Veintidós cabrones rapados, sin playera, y tatuados hasta la
madre, te rodean en círculo. Sonríen como hienas, y sus miradas son más
depredadoras que las de una jauría de perros rabiosos y hambrientos. Te estás
cagando de miedo, pero no quieres que lo noten. El único que tiene el rostro
cubierto de tatuajes comienza la cuenta:
Uno.
Alguien detrás de ti te patea en la espalda, arrojándote violentamente
hacia adelante.
Dos.
El de enfrente te recibe con un puñetazo que de inmediato te
rompe la nariz.
Tres.
Un tipo más se les une pateándote los guevos.
Cuatro.
Un tipo más; ya no sabes ni como cubrirte de la lluvia de
madrazos.
Cinco.
Te derriban a patadas en las piernas.
Seis.
Está claro que conforme la cuenta aumenta también lo hacen
los agresores.
Siete.
Una patada en los riñones te hará orinar sangre por una
semana.
Ocho.
Descuidas la cara, pierdes un diente.
Nueve.
Dieciocho pares de puños y piernas arremeten furiosos contra
ti.
Diez.
Te zumban los oídos, la sangre te inunda los ojos y amenaza
con ahogarte.
Once.
No te desmayes, no te desmayes.
Doce.
Tienes tan entumidos los brazos y piernas que ya no puedes
cubrirte.
Trece.
La cuenta termina. Todos se detienen, menos un cabron que todavía
te receta un último putazo en la boca.
Felicidades, sigues consciente, y ya eres parte de la clicka. Ayer por la noche, fierro en mano, te ganaste tu primer lágrima, y hoy el tatuaje
pa que te reconozcan como ganguero.

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