domingo, 31 de marzo de 2013

Dada



Yo pensaba en Zen y dadaísmo, lo juro. En la estructura de un haiku, y en ciertos arcanos según Crowley. Cuando estoy así de concentrado parezco autista. No, no autista, parezco imbécil. Dada no es nada. Pero el tipo, enano musculoso de gimnasio, creyó que veía a su novia. Juro que no los había visto. Ya que lo menciono, tenía bonitas piernas la morra, y una mirada y sonrisa que seducían por naturaleza. Dada no es nada. Mientras el tipo gritaba y manoteaba, yo alternaba mis ojos entre ponerle atención a sus chillidos nasales y descifrar la mirada de la novia. Bueno, también pensaba en el chiste que me contaron hoy sobre una chica que se tatúa una inicial de su novio (Bruno Benítez) en cada lado del trasero (BB), pero cuando este ve el tatuaje, se molesta y le pregunta ¿Quien es Bob? Lo se, la cague de nuevo al soltar la carcajada. Dada no es nada. Fue justo que me recetara su puño directo a la boca. Ahora me reía doble: Por el chiste y por su fuerza de niña. Dada no es nada. Tomo vuelo y de nuevo lo vi en cámara lenta. Su puño contra mi estomago. De nuevo no moví ni un musculo para recibir en seco su golpe. Dada no es nada. Bueno, esta vez si fue algo. El primer golpe solo corto un poco mis labios por dentro, ni siquiera me floreo la boca, el marica. Con el segundo, sentí como regresaba todo lo que había comido. Dada no es nada. Bueno, fue algo para el, pues le vomite encima. El tipo no lo podía creer. El momento fue surrealista, y la imagen que deje en su playera también (la Sabana Santa, el ayate de Juan Diego, la carita feliz de un dios cubista). Dada no es nada. Reí más fuerte, y me limpie con su suetercito rosa, el cual cayó al suelo durante la "pelea". Sangre y vomito, mis ojos fijos en el. Me puso de buenas el chiste. Le dije ¡Buuu! y ambos retrocedieron, desconcertados. Avente el sweater a sus pies, y cruce la calle riendo, sin importar el tráfico. La gente que se acerco a ver todo debe de haber pensado que estoy loco. Dada no es nada. Los coches tocaban con el claxon boleros y tangos para mi madre. Yo me veía por fuera, como en proyección astral. Me reí del Yo intelectual y poético, del Yo agresivo y salvaje, del Yo optimista y desmadroso, del Yo que vomitaba después de haber recibido una "paliza" por no haber movido ni un musculo para defenderse o atacar. Dada no es nada. También me reía del chiste de Bob. Una vocecita dentro del oído me decía "tocaras fondo". Yo le conteste "chinga tu madre". Entonces volví a reír. Dada lo es todo...

domingo, 17 de marzo de 2013

Un poema tu cuerpo es


Ella gemía tierna, pero sensualmente, mientras él la penetraba con delicadeza. Ella le daba la espalda. El, con la mano izquierda, acariciaba su entrepierna, mientras con la derecha la abrazaba y acariciaba gentilmente sus pechos. El besaba con cariño y pasión el lunar que ella le había regalado, el que se encontraba en su hombro; después subía por su cuello, mordisqueaba su oído, hasta que sus labios se fundían en un beso donde sus lenguas eran las principales protagonistas. Ambos jadeaban, sudaban, y decían cosas que no eran aptas para otros oídos.

Luego, la giro y quedaron frente a frente, el encima de ella. Goloso, lamio y besos su pechos, luego sus labios. Acomodo las rodillas de ella en sus hombros, y la penetro con mayor intensidad, mientras se contemplaban extasiados en los ojos del otro. El orgasmo fue magnífico para ambos.

Le fascinaban sus pechos. Eran lo que más le gustaba, sexualmente hablando, de ella. Le encantaba como arqueaba la espalda de placer, como felina, cuando él la acariciaba, y lo volvía loco su cuello de cisne. Amaba quedar impregnado de su olor, le resultaba embriagante. Ella tenía unas piernas firmes y bonitas, un vientre suave y perfecto, y amaba sus ojos, su sonrisa, y su voz. Era inteligente, bella, y sensible. A ojos de él, era perfecta.

Después de hacer el amor, dormían abrazados, hasta que ella se acaloraba y se separaban. Después de un rato, volvían a buscarse, y así cada noche. Casi no dormían cuando estaban juntos, pero el simple hecho de compartir ese mismo espacio y ese mismo aire con el ser amado, los hacía sentirse en el paraíso.

Esa noche el, con la cabeza aun llena de whiskey, se levanto al baño. Orino, se enjuago y seco los genitales, y después de lavarse las manos, se lavo los dientes. Después de completar su extraño ritual, regreso a la habitación. Sin hacer ruido, se dirigió a la mesita, encendió una lámpara, saco una hoja y un bolígrafo, y le escribió:

“Déjame ser el árbol de tus noches tristes;
seré tu refugio, tu santuario, tu último bastión.
Déjame ser el negro gorrión que te cante en las mañanas;
seré dócil entre tus manos, y entre tus sabanas, un león.

Déjame apagar el fuego que consume tu cuerpo,
pero solo para volver a encenderlo cada noche.
Yo no sé si esto es amor, pasión o un embrujo,
ni si habrás de salvarme, o mi corazón destroces.

Déjame ser el asesino silencioso de tu melancolía,
el ladrón descarado de tus tímidos besos,
el preso político que pide asilo entre tus muslos,
el juguete sadomasoquista de tus más negros deseos.

Déjame forjar, mi reina, en el crisol de mis anhelos tu corona;
será de oro blanco como la luna, en señal de noble pureza.
El tocado, símbolo de realeza, será de espinas y pétalos de rosa,
pues no es amor si no lastima, y no es mujer si no es peligrosa.

Llevo una cruz más negra que la sombra del pecado,
pero brilla como el sol cuando cuelga de tu cuello.
Déjame ser el cristo que se sacrifica por tus labios,
con tal de morir besando el calvario de tus pechos.”

Después de terminar, volvió a su lado. Durmieron abrazados hasta el medio día.

Era la típica historia que se repite una y otra vez por los siglos de los siglos, la de amores prohibidos: Ella, princesa moderna, tenía un futuro brillante, pero se sentía esclavizada a las normas que le imponían su familia, sus amigos, y la sociedad en general. El, que no tenía más que su poesía para darle, vivía con miedo al día en que esta historia llegara a su final. Sin embargo, una vez a la semana, en aquel cuarto de hotel, ambos se sabían completos, felices, y libres.

domingo, 10 de marzo de 2013

Una segunda oportunidad




La última vez que lo vio, el estaba muerto. O casi. Sobredosis de barbitúricos. Lo vio echar espuma por la boca, y de inmediato supo de qué se trataba. Se las ingenio para hacerlo vomitar, en lo que llegaba la ambulancia. Cuando se lo llevaron, estaba prácticamente gris. Llegando al hospital hizo un paro, por lo que tuvieron que desfibrilarlo. No sabe si fue real o lo imagino, pero le pareció escucharlo gritar. Cuando llegaron sus familiares, Diana les explico lo que había pasado, les entrego sus papeles del Seguro Social, y se disculpo por no quedarse: Era lo último que quería saber de Jonathan.

*

Jonathan sobrevivió. Paso un día inconsciente, cuidado por familiares y amigos, pero se estabilizo rápidamente. Después del paro, lo demás había sido un sencillo proceso de desintoxicación. Después de cuatro días de recuerdos confusos y amnesia parcial, por fin lo dieron de alta en el hospital. Diana nunca fue a verlo, ni siquiera le hablo. Le recetaron anti psicóticos y anti depresivos, y tendría que ir, por dos semanas, a evaluación psicológica para determinar si habría o no necesidad de ingresarlo a un hospital psiquiátrico.
Lo llevaron a casa de sus padres. Su familia había acondicionado el cuarto de televisión para que el pudiera habitarlo. Por todos lados había cajas repletas de libros, discos, y dvd, sus únicas posesiones. En un sillón estaba toda su ropa. Un cómodo sofá había sido acondicionado como cama. Para distraerlo, ese día en la noche su hermana y sus amigos lo llevaron al cine a ver una película de gangsters que le fascino. Para bien o para mal, aquel era el comienzo de una nueva vida.

*

¿Cómo había podido ser tan egoísta para hacerle eso? Pensaba Diana. ¿Acaso no pensó en la culpa y el remordimiento que le hubiera causado? Antes de esa noche, no sabía que sentía por él, solo sabía que había dejado de amarlo; ahora, lo único que le quedaba era rencor. ¿Cómo habían llegado a esto?
Ella estaba sometida a mucho stress, y Jonathan lo sabia; lo único que necesitaba era sentirse libre e independiente, saberse fuerte y capaz, pero él no dejaba de sobreprotegerla. Para él, el mundo era un lugar peligroso, y todos los hombres eran unos seres viles. Ella nunca creyó eso pero al principio le siguió el juego. Ella, niña de casa, aprendió con él a moverse en todos lados, a tratar con todo tipo de gente, a prevenir, e incluso defenderse, ante cualquier situación.

Pero no era una niña, y eso era algo que él nunca entendió. Ella no quería un príncipe azul que la salvara de ningún dragón, simplemente quería sentirse libre y amada, pero él la hostigaba con sus exagerados cuidados y atenciones.

La noche que todo exploto, justo antes de decirle que ya no lo amaba, él le reclamaba por no haberle dicho antes todo esto. Ella se quedo callada, pero en el fondo, a pesar de que él nunca levanto una mano en su contra, ella siempre le tuvo miedo.

*

Los primeros días fueron un infierno. Diario soñaba, o recordaba, como solían hacer el amor. Los dos eran fuego, y aunque eso había sido muy malo en lo cotidiano, las reconciliaciones en la cama habían sido lo mejor. En sueños, Diana le decía que lo amaba, y que estarían juntos toda la vida. Jonathan, al despertar y darse cuenta de que todo había acabado, de nuevo se sumía en la desesperación.

Conforme el día iba avanzando, y los antidepresivos se impregnaban a su sistema, comenzaba a sentirse mejor. Salía a distraerse con los amigos, y trataba de hacer su vida de manera “normal”, pero se sentía estúpido y señalado por ser el patético tipo que había “tratado” de suicidarse por amor. Cursi telenovela debió de haberle parecido a más de uno. Algunos de sus más cercanos “amigos” comenzaron a ignorarlo.

Después se entero que una conversación que él había tenido con Yolanda, una supuesta “amiga” de ambos, había sido el detonante para que Diana decidiera sacarlo de una vez por todas de su vida. En aquella conversación, Jonathan le platico a Yolanda, a manera de desahogo, y no de queja, los problemas que tenia con Diana; la supuesta “amiga” corrió a contarle todo, agregándole otro poco de su cosecha.

Al enterarse de esto Jonathan, quien había permanecido por semanas como zombie o alma en pena, sintió como el odio reanimaba su corazón.

*

Habían pasado ya seis meses desde aquella dramática ruptura, cuando Diana comenzo a salir con Carlos, un compañero del trabajo. Quizá no era guapo ni culto, y definitivamente estaba muy lejos de la exagerada pasión de Jonathan, pero era amable, y la entendía bien. El había estado a su lado durante esos difíciles momentos, y lo que en un principio era amistad y gratitud, lentamente comenzó a transformarse en algo más. Jonathan seguía siendo su parámetro para medir a los hombres, y precisamente las diferencias que había entre ambos eran lo que la habían hecho fijarse en Carlos. Diana solo quería una vida tranquila y normal, y quien sabe, quizá con el tiempo, y Carlos, finalmente podría encontrarla.

*

Jonathan siguió con su vida, trabajando, estudiando, saliendo con los amigos, y conociendo nuevas personas. Desaprovecho un par de buenas oportunidades en el amor, pues seguía amando a Diana, y creía injusto para la otra persona comenzar una relación si su mente seguía en ella. Más de una vez quiso hablarle o ir a verla, pero tuvo que aguantar ese deseo que le quemaba por dentro.

Pensó que el tiempo y la distancia serian un buen bálsamo para sanar las heridas, y hacer que ella pudiera ver las cosas desde otra perspectiva. Quizá, pensaba, Diana lo extrañara, y decidiera darle esa segunda oportunidad que antes le había negado. La extrañaba muchísimo, y aunque hacia lo posible por salir adelante, vivía constantemente atormentado.

Un día, sin embargo, se armo de valor y compro las flores favoritas de Diana, y fue a su trabajo decidido a hablar con ella. Había pasado ya casi un año desde aquella dramática noche, la última vez que se habían visto. Espero hasta las 6:00 pm, hora de salida de Diana, y entonces la vio salir, bella y radiante como siempre, de la mano de otro tipo. Su corazón se rompió por última vez. Al hacerlo, sintió que algo negro en su alma se liberaba, y se dio cuenta que aquella lejana noche, en vez de salvarle la vida, Diana lo había matado, y dentro de él se había venido incubando algo horrible y cruel que hoy por fin veía la luz.

*
Esa noche, Carlos y Diana habían quedado de ir al cine. Era sábado, y el día anterior habían ido a bailar. No es que Carlos fuera muy bueno, pero al menos hacia el intento, a diferencia de Jonathan. Diana amaba bailar. Acababa de salir de bañarse cuando escucho el claxon del Chevy de Carlos. Le mando un mensaje diciendo que le esperara quince minutos. Los dos sabían que en realidad seria media hora.

Al salir, estacionada detrás del Chevy, lo primero que vio fue una Van de vidrios polarizados; le pareció extraño que una puerta estuviera abierta. Se acerco al Chevy, pero este estaba cerrado, y Carlos no estaba en su interior. Sintió un ligero piquete en el lado derecho del cuello antes de desvanecerse.

*

Antes de continuar el relato, hay algo que es necesario saber de Jonathan: Es un psicópata. En el fondo siempre lo supo, y toda su vida fue una lucha constante entre lo que el sabía que estaba mal y lo que le dictaba su instinto. Durante su infancia y adolescencia, la lucha consigo mismo se volvió salvaje y brutal, pero logro ganarla y evitar herir a quienes le causaban algún mal. Cuando Diana apareció en su vida, Jonathan creyó que el amor era suficiente para mantener a raya a la bestia. Que ingenuo fue.

Por desgracia para ambos, las personas con algún tipo de trastorno de personalidad, o psicopatía, por mucho empeño que pongan en “controlarse” o “curarse”, no pueden hacerlo solo. Necesitan ayuda especializada. Es cierto que hay psicópatas conviviendo cotidianamente entre la multitud, y permanecen inactivos toda su vida gracias a que nunca ocurre un evento limite que detone su violencia y maldad, pero, en mayor o menor medida, los síntomas de su enfermedad siempre se hacen presentes. En el caso de Jonathan, además de su pasión desmedida, y su permanente hambre por dar y recibir cariño, eran su necesidad de controlarlo y saberlo todo.

En las películas y los libros, los psicópatas son fascinantes y seductores; en la realidad, la gente no soporta estar mucho tiempo cerca de ellos. Quizá es su instinto de supervivencia el que los obliga a alejarse por considerar que están en peligro. A pesar de que el instinto de Jonathan nunca había apuntado a herir a una mujer, y de que sus valores nunca se lo hubieran permitido, el sabía perfectamente de que hablaba cuando le decía a Diana que el mundo era peligroso y los hombres malos. Lo sabía porque el mismo era peligroso y malo.

*

Esa última noche, Jonathan sabia que Carlos y Diana irían al cine. Lo sabía porque el mismo la había acostumbrado a ir cada sabado al cine. También sabía cuanto se tardaría en arreglarse antes de estar lista. Observo, como lo había hecho los últimos tres sabados, como Carlos llegaba y tocaba el claxon al estacionarse, en vez de tocar el timbre. Eso siempre le había parecido de huevones y patanes. Arranco la Van, que le había prestado un amigo, y choco en la parte de atrás del Chevy. Carlos, tranquilo, se bajo a ver qué había pasado.

Jonathan, con gorra puesta para no ser reconocido tan fácilmente, bajo de la Van. Se acerco a Carlos disculpándose, y lo sorprendió con un cabezazo en pleno rostro, seguido de un fuerte golpe en la boca del estomago, que de inmediato lo noquearon. Lo subió a la parte trasera de la Van, cuyo interior se escondía bajo las sombras de la noche, y dejo la puerta abierta. Después de amarrarlo y amordazarlo, espero.

Minutos más tarde, vio salir a Diana y asomarse al Chevy. Se acerco, sin que esta lo viera, y le inyecto etorfina en el cuello; la cargo suavemente y la puso en la parte de en medio de la Van, después cerró la puerta, se sentó frente al volante, y arranco.

*


Diana despertó con un ligero dolor de cabeza. Abrió los ojos y se sorprendió al descubrirse amarrada a una pesada y vieja silla, parecida a esas sillas eléctricas de las películas, en un lugar desconocido; unos diez metros delante de ella, amarrado también a una silla igual, pero desnudo y amordazado, estaba Carlos. A un costado había un hombre muerto por un tiro en la cabeza. Reconoció al papa de Yolanda. Diana comenzó a gritar desesperada pidiendo ayuda. Detrás de ella, alguien olio su cabello. Giro tanto como pudo, y de entre las sombras salió Jonathan.

- ¿Qué madres estás haciendo? – Le pregunto, espantada.

- Vengo a pedirte una segunda oportunidad. –

- ¿Estas loco? ¿Por qué no me hablaste? Pudimos quedar de vernos y hablar. –

- No, esta vez no es para mí, es para él, para Carlos. –

- No entiendo de que hablas. Suéltame y hablamos tranquilamente, no tenemos por qué llegar a estos extremos.-

- Ya llegamos a estos extremos. –

- ¿Qué pretendes? –

- Ya te dije, quiero una segunda oportunidad para Carlos. –

- ¡Suéltame, carajo, y hablamos tranquilamente! –

- ¿Tan pronto comienzas a exaltarte? Nunca pudimos hablar tranquilamente… -

- Si pudimos, y aun podemos hacerlo. Por favor, déjanos ir y tú y yo hablamos tranquilamente. –

- Disculpa, pero no. Hoy, aquí, resolveremos aquello que dejamos inconcluso hace ya casi un año. –

- Muchas veces pensé en hablarte, para resolver las cosas, pero no pude. No sabes como me arrepiento de haberte tratado como lo hice… -

- Ya es demasiado tarde para eso. –

- No, aun no lo es. No sé que siento por ti, ni que siento por Carlos, pero esta no es forma de resolver las cosas. Me gustaría poder hablar tranquilamente contigo, y ser amigos. Que el tiempo decida por nosotros. –

- ¡Ja! ¿Y dejar que otro siga cosechando los frutos que yo sembré? ¡Estuve a tu lado en tus peores y mejores momentos, siempre apoyándote! Te anime cada que te desanimabas por la escuela, hasta que te graduaste; estuve a tu lado venciendo el luto cuando falleció tu mama; te apoye y aconseje en cada problema laboral y personal que tuviste; te enseñe muchas cosas, y aprendí muchísimo de ti, y a pesar de los problemas, siempre trate de poner de mi parte, mientras tú, en silencio, te dabas por vencida. ¡Yo nunca hice caso cuando alguien me hablo mal de ti, y tú creíste las intrigas de la maldita víbora de Yolanda! ¡Me echaste como a un perro de tu vida y de la casa! Ni siquiera fuiste a verme al hospital, o hablaste para preguntar como estaba, y simplemente te hiciste a la idea de que yo había muerto. –

- ¡Eso no es cierto! Estuve al tanto, preguntándoles a los amigos, por tu estado de salud. Me mantuve pendiente de tu progreso emocional, y aunque al principio te odie como no tienes idea, nunca deje de preocuparme por ti. Nunca pudiste entender cuanto te ame, y cuan agradecida estaba contigo, pero me asfixiabas, y yo quería solamente estar un tiempo lejos de ti, para respirar. –

- Te pedí perdón hasta el cansancio. Como tú dices, nunca me di cuenta de muchas cosas, y al final tú solo veías lo malo que había en mí, o que tú creías que había en mí. Pero lo hecho hecho esta, y ya no podemos dar marcha atrás. Volviendo a nuestro asunto, te repito que no estamos aquí por mí, sino por él. Es él quien necesita una segunda oportunidad. –

- ¡No te entiendo, carajo! -

- De ti depende, aquí y esta noche, si él vive o muere. –

 - ¿Te volviste loco o estas estúpido?  ¡Ya deja de decir pendejadas, y suéltanos! –

- Veo que no me estas tomando en serio… -

Jonathan se dirigió hacia Carlos, quien estaba evidentemente asustado. Tomo unas pinzas y le corto dos dedos de la mano. Carlos grito, pero su grito fue sofocado por la mordaza. Diana, en cambio, grito con todas sus fuerzas.

- ¿Por qué estas haciendo esto? –

- Yo sabía, quizá inconscientemente, que esto iba a terminar así. Por eso quise quitarme la vida, para dejarte libre. Pero tú decidiste salvarme la vida, y aquí estamos. Pase largos y angustiosos meses, llenos de dolor, y a ti no te importo. Finalmente, tú me olvidaste, y yo logre superarte mediante el odio. No puedo odiarte, eres lo más sagrado que hay para mí, pero con el no tengo por qué tener ningún tipo de consideración… -

- ¡Ya suéltanos, carajo! Déjalo libre, tu y yo somos quienes tenemos que arreglar esto. –

- Veo que sigues sin ponerme atención… -

A pesar de las suplicas y gritos de Diana, Jonathan le corto dos dedos mas a Carlos, esta vez, de la otra mano.

- ¿Lo amas? –

- ¡No sé, carajo, ya te dije que no se! –

- No me estas dando motivos para que viva, y se está desangrando. –

Fue y le cortó dos dedos más.

- ¿Qué es lo que quieres de mi? ¿Por qué no me dejas en paz? –

- ¡Lo único que quiero de ti es que le salves la vida a este pendejo! ¿Lo amas? –

- ¡Si, lo amo, pero no tanto como te ame a ti! Me dejaste jodida, y me dejaras aun mas jodida después de esto. ¿Por qué siempre tuviste que llevar las cosas de extremo a extremo? ¡Yo te amaba con todo mi corazón! –

- ¿Es bueno en la cama? –

- Por favor, ya acaba con esto… -

Diana lloraba desesperada. Antes, cuando llegaban a las lágrimas, Jonathan sentía un profundo remordimiento, y cortaba, de tajo, el pleito. La abrazaba y trataba de hacerla sonreír. No soportaba verla llorar. Aun hoy, para su sorpresa, descubrió que aun lo conmovían sus lágrimas. La cosa negra que lo habitaba se agito violentamente dentro de el, recordándole por que estaban ahí.

- ¡Pregunte si es bueno en la cama! –

- ¡No! ¡Es tierno, pero no es tan apasionado como tú! Por favor, déjalo ir, haz conmigo lo que quieras… -

Jonathan saco un celular, y marco un número.

- Por favor, quiero reportar un homicidio. ¡Ya mataron a alguien, y están torturando a un pobre tipo! -

Diana escucho como les daba la dirección.

- ¡Apúrense, y traigan una ambulancia! – Después colgó.

- ¿Qué va a pasar ahora? –

- Llegaran en quince minutos, ya medí en otra ocasión el tiempo de respuesta. –

- Me refiero a nosotros. –

- ¿Hay un “nosotros”? –

- Estas mal, necesitas ayuda, pero no es demasiado tarde. Déjalo vivir, prometo estar contigo en cada paso de tu recuperación. –

- Aun tengo un par de preguntas: Si no es bueno en la cama, y aun piensas en mí ¿Por qué sigues con él? –

- Porque es buena persona, y me ha ayudado a superarte. –

- ¿Sabes? Yo pensaba que el sexo nos unía a ti y a mí, aun en los peores momentos, pero después vi que no era así. ¿Lo amarías por ser un buen hombre, aun si nunca llega a satisfacerte sexualmente? Ya no digas nada de lo que paso entre nosotros, solamente contesta mi pregunta. –

Diana dudo un poco, finalmente respondió

- Si. –

- Gracias, eso es lo que quería escuchar. Ahora, finalmente, te perdono y te dejo libre, y Carlos tendrá exactamente la misma oportunidad que yo tuve para rehacer su vida, con la gran diferencia de que tú estarás a su lado para apoyarlo. –

Habiendo dicho esto, tomo las pinzas y le corto el pene a Carlos. Aun a pesar de la mordaza, se pudo oír su desgarrador grito de dolor. También Diana grito. Y justo cuando iba entrando la policía, Jonathan saco un revolver y se disparo en la sien.