domingo, 17 de marzo de 2013

Un poema tu cuerpo es


Ella gemía tierna, pero sensualmente, mientras él la penetraba con delicadeza. Ella le daba la espalda. El, con la mano izquierda, acariciaba su entrepierna, mientras con la derecha la abrazaba y acariciaba gentilmente sus pechos. El besaba con cariño y pasión el lunar que ella le había regalado, el que se encontraba en su hombro; después subía por su cuello, mordisqueaba su oído, hasta que sus labios se fundían en un beso donde sus lenguas eran las principales protagonistas. Ambos jadeaban, sudaban, y decían cosas que no eran aptas para otros oídos.

Luego, la giro y quedaron frente a frente, el encima de ella. Goloso, lamio y besos su pechos, luego sus labios. Acomodo las rodillas de ella en sus hombros, y la penetro con mayor intensidad, mientras se contemplaban extasiados en los ojos del otro. El orgasmo fue magnífico para ambos.

Le fascinaban sus pechos. Eran lo que más le gustaba, sexualmente hablando, de ella. Le encantaba como arqueaba la espalda de placer, como felina, cuando él la acariciaba, y lo volvía loco su cuello de cisne. Amaba quedar impregnado de su olor, le resultaba embriagante. Ella tenía unas piernas firmes y bonitas, un vientre suave y perfecto, y amaba sus ojos, su sonrisa, y su voz. Era inteligente, bella, y sensible. A ojos de él, era perfecta.

Después de hacer el amor, dormían abrazados, hasta que ella se acaloraba y se separaban. Después de un rato, volvían a buscarse, y así cada noche. Casi no dormían cuando estaban juntos, pero el simple hecho de compartir ese mismo espacio y ese mismo aire con el ser amado, los hacía sentirse en el paraíso.

Esa noche el, con la cabeza aun llena de whiskey, se levanto al baño. Orino, se enjuago y seco los genitales, y después de lavarse las manos, se lavo los dientes. Después de completar su extraño ritual, regreso a la habitación. Sin hacer ruido, se dirigió a la mesita, encendió una lámpara, saco una hoja y un bolígrafo, y le escribió:

“Déjame ser el árbol de tus noches tristes;
seré tu refugio, tu santuario, tu último bastión.
Déjame ser el negro gorrión que te cante en las mañanas;
seré dócil entre tus manos, y entre tus sabanas, un león.

Déjame apagar el fuego que consume tu cuerpo,
pero solo para volver a encenderlo cada noche.
Yo no sé si esto es amor, pasión o un embrujo,
ni si habrás de salvarme, o mi corazón destroces.

Déjame ser el asesino silencioso de tu melancolía,
el ladrón descarado de tus tímidos besos,
el preso político que pide asilo entre tus muslos,
el juguete sadomasoquista de tus más negros deseos.

Déjame forjar, mi reina, en el crisol de mis anhelos tu corona;
será de oro blanco como la luna, en señal de noble pureza.
El tocado, símbolo de realeza, será de espinas y pétalos de rosa,
pues no es amor si no lastima, y no es mujer si no es peligrosa.

Llevo una cruz más negra que la sombra del pecado,
pero brilla como el sol cuando cuelga de tu cuello.
Déjame ser el cristo que se sacrifica por tus labios,
con tal de morir besando el calvario de tus pechos.”

Después de terminar, volvió a su lado. Durmieron abrazados hasta el medio día.

Era la típica historia que se repite una y otra vez por los siglos de los siglos, la de amores prohibidos: Ella, princesa moderna, tenía un futuro brillante, pero se sentía esclavizada a las normas que le imponían su familia, sus amigos, y la sociedad en general. El, que no tenía más que su poesía para darle, vivía con miedo al día en que esta historia llegara a su final. Sin embargo, una vez a la semana, en aquel cuarto de hotel, ambos se sabían completos, felices, y libres.

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