domingo, 28 de abril de 2013

Santa sangre


* Inspirado en "La leyenda de San Julián, el hospitalario", de Gustave Flaubert.

Fue cuando entro a primaria que los papas de Julio decidieron meterlo al Cedros, escuela católica adoctrinada por el Opus Dei. Un año antes su mama, la señora Adriana, había soñado que el Espíritu santo le revelaba que Julio seria un santo; ella, fiel hasta el fanatismo a las enseñanzas de José María Escriba de Balaguer, convenció al señor Héctor, su marido, de poner a su hijo en el camino del señor.

Julio era un niño tranquilo, amable e inteligente que, a pesar de ganarse el cariño de todos por su educación y sincera sonrisa, prefería siempre estar solo. A pesar de lo mucho que disfrutaba de toda la creación divina, siempre estaba en espera de que sucediera algo más, algo que solo encontraba leyendo a Shakespeare, Dumas, y las leyendas del Cid campeador y La mesa redonda.

Sucedió que un día, mientras cursaba quinto de primaria, cuando Julio caminaba por el bosque del colegio, sumido en profundas reflexiones, hallo al perro del conserje jugando con el cuerpecito herido de una pobre paloma. Después de ahuyentar al canino, intento socorrer al avecilla, la cual se encontraba bastante mal herida, al punto de tener, además de severos cortes en todo el cuerpo, un ala desgarrada, casi desprendida del resto del cuerpo. Aquel animalito no sobreviviría. Julio lo sabía, y además podía sentir su dolor, así que, sin detenerse a pensarlo, le rompió el cuello con un rápido movimiento de ambas manos. Después enterró a la avecilla lo más profundo que pudo al pie de un pino. Julio rezaba mientras hacía esto.

Tenía las manos teñidas de rojo, y su corazón palpitaba salvajemente. El olor de la sangre lo embriagaba. Lamio un poco. Sabía bien. Observo detenidamente las palmas y el dorso de sus manos, pues no las reconocía. Acababa de descubrir una fuerza y una habilidad que no sabía que poseía. También se sentía puro, pues había hecho bien en librar a aquel ser de su dolor.

Permaneció largo rato observando la sangre que lo cubría. Noto como cambiaba de color y consistencia, volviéndose quebradiza. Cuando sonó el timbre que indicaba el fin del receso, corrió a lavarse las manos, para que nadie sospechara nada. Paso el resto de las clases oliendo el dulce olor de la sangre que aun impregnaba sus manos.

Casi dos años después, en secundaria, en contra del deseo de su mama, y para beneplácito de su padre, Julio ingreso a la Academia Militarizada México. Aun tenía muy presente la sensación que le produjo "liberar" a aquella paloma. La sangre se había vuelto su obsesión. Durante su segundo año en la AMM, descubrió el box. Se sentía fascinado al ver la sangre de su oponente, y la propia, pintando la lona. Le gustaba oler a sangre y sudor. Imaginaba que así olían las bestias salvajes.

Ya en la preparatoria, además de seguir boxeando, comenzó a asistir a corridas de toros. Le causaba el mismo placer cuando el toro, o el torero, eran sangrientamente abatidos en la arena. Había poesía y misticismo en esa lucha entre el hombre y la bestia. Ahí, en la Monumental, conoció a Iván, quien era aficionado a la caza.

En la AMM, de la cual aun era alumno, tenía tres prácticas de tiro con semiautomática a la semana, de dos horas cada una. El olor a pólvora el sonido que hacia la bala al salir del cañón, el control al retroceso, y la puntería que había adquirido con la práctica, lo hacían sentir poderoso; pero nada se comparaba a la sensación que le producía el cazar pequeños animales, principalmente conejos y aves, con el .223 Rem de Iván.

Una semana antes de cumplir los dieciocho, mientras se encontraban de cacería en un bosque cercano a El mapa, escucharon gritos. Ambos corrieron cuesta arriba para dominar el panorama. Descubrieron, al pie del cerro en que se encontraban, una Pick up blanca estacionada junto a un pequeño claro; ahí, dos jóvenes trataban de abusar de una chica, y estaban a punto de lograrlo.

Sin pensarlo, Julio se hinco, apoyando el brazo que sostenía el cañón del rifle sobre su rodilla izquierda, y apunto. Se tomo su tiempo para calcular dos tiros, el primero fijo y el segundo en movimiento. Inhalo profundamente, y al finalizar la exhalación, tal como le habían enseñado, jalo el gatillo. La cabeza del tipo que estaba sobre la chica exploto como una sandia. El segundo tipo, tal como Julio había previsto, corrió asustado en dirección a la Pick up. Con tranquilidad, Julio disparo, no hacia donde estaba, sino hacia donde iba a estar. El tiro pego justo en la sien. La chica, confundida, aterrorizada, y bañada en sangre, salió corriendo sin proferir sonido alguno.

Julio le ordeno a Iván que recogiera los casquillos, y bajo corriendo a donde estaban los cuerpos. Saco el cuchillo que usaba para desollar animales, y extrajo del cráneo de cada uno de los muertos la bala; al terminar la sangrienta operación, se dio la vuelta para encontrar a Iván completamente horrorizado. Este le entrego los casquillos, y ambos regresaron corriendo al coche de Iván. De regreso nadie dijo una sola palabra. Después de ese día, Iván no volvió a llamarlo ni a contestarle el teléfono.

Julio no sentía el menor remordimiento.  Sabía que había hecho bien al salvar a aquella chica; sin embargo, esa noche no durmió bien. Se soñó a si mismo corriendo por el bosque desnudo y bañado en sangre. Su rostro, su respiración, y sus movimientos, eran los propios de un animal. Olfateaba el rastro de una presa, De pronto, algo se movió entre los arbustos y el, sin pensarlo, ataco. Todo era sangre, gritos y gruñidos. El desgarraba y mordía. Cuando todo hubo terminado, y por fin había saciado su sed de sangre, se detuvo. Horrorizado, descubrió el rostro de sus padres en medio de aquel amasijo de vísceras y sangre. Despertó espantado y sudando frio. Esa noche decidió abandonar ese modo de vida que estaba llevando.

Meses más tarde, entro a la facultad de Medicina. Sus padres, quienes al verlo vestido de blanco creían ver a un ángel, estaban muy orgullosos de él. Aunque constantemente se sentía intranquilo por el recuerdo de aquel sangriento pasado, que seguía avivando en él una anómala sed, esos fueron los mejores años de su vida.

Aunque todo era distinto, en el hospital también había mucha sangre; eso, la satisfacción de hacer algo bueno por los demás, y la adrenalina, fueron lo que lo hicieron decidirse por traumatología. Seis meses después de haber concluido la especialidad, y con su base en Centro Médico, se caso con Viviana, su novia desde hacía tres años, a quien conoció en la facultad.

Un día, Julio tuvo como paciente al pequeño Genaro, de tres años de edad. Fractura expuesta en el brazo. La mama, una joven mujer de 25 años, dijo que se había caído de las escaleras. Estaba mintiendo. Las trabajadoras sociales, sin embargo, no pudieron hacer nada: El marido era un judicial bastante prepotente, que se los llevo a ambos en cuanto pudo. Julio pudo ver como el tipo abofeteaba a la mama en el coche, ante la mirada del aterrorizado Genaro. Fue más de lo que pudo soportar.

Busco en el expediente la dirección de esa familia, y durante dos semanas estuvo acechando, en espera del momento oportuno. Finalmente, una noche en que el judicial llego pasado de copas, Julio decidió abordarlo. Debido a la ansiedad y la inexperiencia, le clavo un bisturí en el cuello, en vez de hacer un corte limpio que atravesara de lado a lado la garganta. El judicial trato de luchar. Julio, quien estaba en buena condición física, logro someterlo, pero tuvo que apuñalarlo en repetidas ocasiones, hasta que lo mato. Se sintió eufórico, fuerte y pleno, pero sobre todo, puro. Por fin sabía lo que era.

 Recordó como durante sus años de servicio en la UMF 4, en la colonia Doctores, los vecinos vivían atemorizados por el constante acoso de las pandillas locales, por lo que decidió establecer ahí su coto de caza. Se dedico a entrenar más duro, a perfeccionar su puntería, y se hizo de un par de Colt.

Por muchas lunas cazo y dio muerte a los pandilleros, siempre cuidando de hacer que pareciera un ajuste de cuentas de una pandilla rival. Por lo general los mataba de un tiro directo a la cabeza y a quemarropa., pero a algunos, a los peores, los reservaba para su bisturí. Un solo corte  en la yugular, limpio profundo y preciso, era todo lo que necesitaba. Luego, con gran deleite, se quedaba a verlos morir desangrados. Sin embargo, siempre tuvo la esperanza de encontrar a uno lo suficientemente sagaz como para proporcionarle una confrontación física, pero eso nunca sucedía. Tampoco le incomodaba, era mejor no correr riesgos.

En casa tampoco los corría; siempre podía decirle a Viviana que se quedaría a guardia en el hospital. Esa doble vida que llevaba, ayudando a quienes lo necesitaban de día, y cazando animales de noche, lo hacía muy feliz.

Sin embargo, una noche particularmente sangrienta, Julio obtuvo lo que tanto anhelaba: Después de abatir a tres pandilleros a tiro limpio, la Colt se atasco, y tuvo que enfrentar, cuchillo a cuchillo, a un cuarto pandillero. Al final, Julio logro vencer y darle muerte al enemigo, pero salió bastante malherido. Quiso la suerte que, en vez de acudir directamente al hospital, decidiera ir a su casa para que Viviana lo curara. Pensaba decirle que lo habían asaltado camino al hospital.

Faltaba una semana para su cumpleaños #40, por lo que Viviana, con ayuda de los papas de Julio, le preparaban una fiesta sorpresa. Aquella noche, después de recorrer la ciudad afinando los últimos detalles del plan, Viviana y sus suegros cenaron en casa. Después de la cena, al señor Héctor le bajo la presión, por lo que Viviana insistió en que pasaran la noche ahí. El señor Héctor y la señora Adriana accedieron, y Viviana les cedió la recamara que compartía con Julio.

Cuando este llego, las luces estaban apagadas, y todo mundo dormía. Entro sin hacer ruido. De inmediato percibió una loción que no era la suya. La sangre le hirvió. Abrió la puerta de la recamara y pudo ver, en su propia cama, dos figuras que dormían abrazadas. Confundido, cansado, herido, y sediento de sangre, como el animal que era, se abalanzo, cuchillo en mano, sobre ellos. Todo eran gritos, sangre, y gruñidos. Viviana corrió a la recamara al escuchar el escándalo, y al encender la luz descubrió horrorizada a Julio, bañado en sangre, hincado sobre los dos bultos sanguinolentos y destazados que habían sido sus padres.

Viviana grito. Julio volteo a verla y luego, invadido por un hondo penar, se dio cuenta de lo que había hecho. Cegado por una nube de dolor y confusión, Julio corrió. Corrió hasta que los pulmones le ardieron y las venas en la sien le palpitaban violentamente, como martillos. Se detuvo a tomar aire, lloro, grito, o más bien, rugió como bestia, y volvió a correr.

Cuando salió el sol, Julio había cruzado la ciudad, y había llegado al bosque. Estaba rendido, y busco un lugar donde dormir. Al despertar, cuando ya había salido el sol, lloro amargamente. ¿Que había hecho? Por satisfacer sus instintos, en una sola noche había destruido todo lo que amaba. Nunca podría borrar de su mente los cuerpos destrozados de sus amados padres, ni el rostro crispado por el horror de Viviana. Tampoco podría perdonarse. No podía volver, pues le esperaba la cárcel, y sabía que no duraría mucho en cautiverio. No, el tenía que estar lejos del resto de la humanidad, pero aun tenía mucho que pagar.

Paso años vagando por bosques y pequeños poblados. Dormía en cuevas y troncos; cazaba conejos y aves para alimentarse, y robaba ropa de los tendederos para vestir; se bañaba en ríos y lagos, y nunca más se rasuro o corto el cabello. Aprendió a usar hierbas de forma medicinal, curando a perros que iba recogiendo en el camino, y por fin un día, cansado de vagar, llego a Pueblo nuevo de los ángeles, una pequeña ranchería en El Oro, Estado de México.

Los primeros días, la gente lo miraba con recelo, pero pronto se dieron cuenta que era alguien pacifico, y terminaron por acostumbrarse a su presencia. Un día, mientras Julio alimentaba a sus perros con hogazas de pan, escucho gritos. De inmediato se dirigió a donde estos provenían, y encontró a una mujer pidiendo ayuda para su marido, que se había desbarrancado mientras acarreaba leña. Julio, quien a pesar de la edad aun era ágil, bajo al fondo a ayudar a aquel hombre. Al llegar con él, y revisarlo, se dio cuenta de que tenia rotas una mano y la pierna. Con ramas y trozos de su ropa, se las ingenio para entablillarle la pierna y hacerle un cabestrillo. Improviso también una especie de camilla con troncos, y arrastro cuesta arriba al señor. Todo el mundo se entero de su hazaña, y fue no solo aceptado, sino querido por todos.

Un par de años después, Julio ya era conocido como el curandero del pueblo.  No cobraba por sus servicios, pues sentía que era lo menos que podía hacer para compensar todo el daño que había hecho. La gente lo proveía de comida y otro tipo de materias primas, tenía una modesta chocita que el mismo había hecho, y no le faltaba cariño rodeado de sus perros. Por fin había encontrado la paz.

La tarde de un doce de junio, cuando regresaban de la escuela, Beto, de ocho años, y su hermana María, de doce, se perdieron en el cerro tratando de encontrar refugio de una terrible tormenta. Después de cuatro horas en que la lluvia no amainaba, y los niños no aparecían, se organizo una búsqueda, temiendo lo peor. Julio dejo a resguardo a sus perros, y se unió a la búsqueda.

Armados con linternas, se dividieron en grupos de dos. A Julio lo acompañaba Daniel, un chico sumamente delgado de unos diecisiete años. Caminaron poco más de una hora, llamando a gritos a los niños por su nombre. El chubasco hacia casi imposible ver o escuchar nada. Julio olfateo sangre. El inconfundible aroma lo embriagaba, acelerándole el corazón. Sus sentidos se avivaron, como hacía muchos años que no lo hacían, y decidió seguir el rastro, confiando en su instinto.

A unos metros de donde había percibido el olor, se encontraba María, llorando escondida en el tronco de un árbol. Beto había caído en una cueva, y hacía rato que no le contestaba. Julio ilumino con la linterna, y no pudo ver nada. Decidió bajar. La caverna era profunda y estrecha. Al llegar al fondo, descubrió a Beto, inconsciente y con una herida sangrante, pero no de gravedad, en la cabeza. No podría sacarlo de ahí sin cuerdas, por lo que le ordeno a Daniel que se llevara a María, y trajera ayuda. Beto estaba helado, tenía que hacerlo entrar en calor, o pronto moriría de hipotermia. Se quito la chamarra empapado que llevaba, y después la sudadera que llevaba debajo. Hacia muchísimo frio, pero al menos en la cueva estaban a resguardo de la tempestad. Envolvió en la sudadera a Beto y lo abrazo. Pronto el niño entro en calor. 

Julio temblaba violentamente de frio, pero trataba de contenerse para no alterar el sueño del pequeño. Respiraba profundamente para tratar de relajar su cuerpo. Su mente comenzó a viajar al pasado. Se recordó riendo de pequeño en casa de sus padres, y luego amando en brazos de Viviana. Inconscientemente, comenzó a hacer un repaso de todos los momentos alegres que había vivido. Que equivocado había estado al pensar que la sed de sangre constituía la fuente primigenia de su felicidad. Pero ya era demasiado tarde para hacer las cosas de otra manera. Con una gran sonrisa en el rostro, Julio se quedo dormido.

Debido a la lluvia, Daniel no pudo guiar a los demás hombres hasta el lugar donde se encontraba Julio con Beto. Los encontraron cerca de las once am del día siguiente. Cuando bajaron a socorrerlos, Beto despertó. Se encontraba completamente sano y salvo. Sin embargo, Julio había fallecido. Tenía cincuenta y dos años. En el lugar de los hechos, justo frente a la caverna, se le puso un altar. Para le gente del pueblo, y en especial para Beto y María, Julio había sido un santo.

domingo, 21 de abril de 2013

Corazon pagano


Ayer, durante un breve viaje de negocios al DF, el destino me llevo a vagar por mis viejos rumbos: El barrio de Copilco y sus alrededores. A pesar de los años transcurridos desde la última vez que estuve ahí, fue bueno ver que el barrio me reconoció de inmediato. La memoria de las personas pronto borra un nombre o un rostro, pero la calle jamás olvida a los que nos educamos en ella.

Mientras caminaba, la nostalgia me hacia su presa, y es que cada rincón evocaba nuevamente en mi recuerdos de buenos tiempos que ya se han ido. Amistades y amores perdidos, buenas fiestas y mucho baile, todo acompañado por grandes cantidades de alcohol. En esos días, la bohemia en la que vivía me hacía ver a la ciudad de México como al Paris de Miller o Los Ángeles de Bukowski.

Inevitablemente, mi vagabundeo me llevo hasta el Centro Cultural San Ángel, di un rápido vistazo, y al no encontrar algo interesante, me dirigí a Casa Jaime Sabines, solo para descubrir que ahí tampoco había cambiado nada, pero a la vez todo era distinto. Tristemente me di cuenta de que ahí ya no había nada para mí. Decidí detenerme a tomar una cerveza en un billar que solía frecuentar, cuando recordé de pronto un lugar que también tenía muchas historias que contarme (o más bien, recordarme): El bar "New Orleans", refugio de bebedores solitarios y parejas clandestinas que encontramos en el whiskey y el blues arrullo para nuestras penas, e intimidad para nuestras perversas pasiones. Decidí ir para allá.

Las luces, como se acostumbra ahí por la tarde, estaban apagadas, y solo iluminaba tenuemente el lugar la luz del sol que aun se filtraba por la ventana que da a Revolución, y la eterna luz de neón de la barra. Fue grato para mí ser recibido con "Matilda Waltz" de Tom Waitts, pues acentuó en mí la sensación de nostalgia por los viejos tiempos. Supongo que así de cálido debe de sentirse el abrazo de un ser querido cuando se regresa al hogar después de una larga ausencia.

El cantinero me saludo con un  ligero movimiento de cabeza y un sutil gesto de complicidad, libre de un forzado y sonoro "buenas tardes", dedicado hipócritamente a los que no son habituales parroquianos del lugar. Buena señal, pues quería decir que me recordaba (yo no lo recuerdo) o me veía como a un igual. Me gusta pensar que, como los vagabundos, tengo ese tipo de rostro de aquel que no es de ninguna parte, pero ha estado en todos lados.

Como buen inadaptado social, elegí una mesa del rincón, lejos de una pareja que mi turbia imaginación asocio con los términos "secretaria/amante" y "jefe lujurioso", y de un par de viejos que jugaban domino y tomaban cerveza. Pedí una etiqueta roja en las rocas y saque una libreta para comenzar a escribir.

Fui dejando que el whiskey me fuera llenando lentamente con su oscuridad liquida, cerré los ojos y me concentre en la dulce niebla que poco a poco me iba envolviendo, parte por el áspero sabor del whiskey, parte por el humo del cigarro, y parte por la canción "Here comes the snake", de los "Cherry Poppin Daddies" (que en ese momento servía de fondo para mi sagrada comunión), pero la inspiración nunca llego. Pedí un escoses mas, y después una cerveza, pero la inspiración seguía sin llegar. En esas estaba cuando escuche al cantinero decir:

- Buenas tardes. - Confirmando así mis sospechas.

Levante la vista y vi a una chica entrando sola al bar; resalto esto pues, a pesar de que no es un lugar sórdido o peligroso, tampoco es un café al que podría ir una chica sola a reflexionar. Me quede pensando en esto y no me di cuenta de que estaba sosteniéndole la mirada, cuando reaccione regrese la vista a mi libreta, pues no quería incomodarla.

Comencé a pensar en una historia para escribir, partiendo del por qué una chica como ella podría querer estar sola en un bar de viejos que escuchan blues y jazz, cuando de reojo vi que se acercaba a mí. Lo reconozco: Me puso nervioso. Creo que sobre todo fue la incertidumbre de saber si venia hacia mi o pensaba sentarse en la mesa de junto. Se detuvo y me pregunto: 

- ¿Puedo sentarme? -

Fingí un poco de sorpresa (que más bien eran nervios) y dije que sí. Ella pregunto: 

- ¿Que escribes? -

Le respondí que aun nada, pues no estaba inspirado, y me dijo: 

- Si quieres puedo leerte la mano por $30, eso podría ayudarte con la inspiración. - 

A pesar de que no fue brusca, me dio un poco de risa lo directa que fue. Le dije que estaba bien lo de la mano, pero además le invitaba una cerveza. Lo pensó un momento, me dio la mano con un gesto un poco infantil, y me dijo:

- ¡Va! Soy Gretel. -

Tomo suavemente mi mano izquierda (lo cual fue un sorpresivo contraste a su forma de ser tan directa) y la volteo con la palma hacia ella. Me explico que la línea que empieza en la muñeca y pasa en medio del pulgar y el índice, es la línea de la vida, y en mi caso indica una vida agitada y llena de cambios, pero que gracias a mi buena salud y vitalidad los afrontaba bien. Me dijo también que el largo de la línea y la profundidad no necesariamente quieren decir longevidad o muerte prematura, pero que en mi veía mucha intensidad de experiencias, sensibilidad y pasión, lo cual me hacían una persona creativa.

Después me enseño la línea de la inteligencia, en mi caso unida a la de la vida y más fuerte que la del destino, lo cual quiere decir, según me dijo, que tengo mucha conciencia de mi, de mi cuerpo y de mis emociones, y que a pesar de llevar una vida agitada y muy accidentada (sospecho que eso lo "intuyo" al ver mi cara) yo decido mi destino. También vio un ángulo que se forma entre esta línea y la del destino, una "sombra de mala suerte" (eso me dio risa, pues la frase la saco de una rola que acabábamos de escuchar unos minutos antes "Bad luck shadow", y dramatizo intencionalmente a la hora de decirlo).

Menciono otras líneas que para mí no tuvieron gran importancia (salvo una línea de "viaje", como ella la llamo, que hablaba de una búsqueda espiritual que me mantendría en constante movimiento por el resto de mi vida), finalmente llego a la del corazón.

De acuerdo a lo que ella leyó en la traidora palma de mi mano, idealizo constantemente a cada ser excepcional que conozco, me enamoro profundamente, sin celos o ataduras, y me entrego sin exigir nada a cambio, pero también sin medir las consecuencias de mis actos. Debido a esto siempre soy motivo de críticas entre la gente, pues en vez de ver libertad en mi forma de proceder, ven libertinaje, lo que invariablemente provoca que se alejen de mi. Me dijo también que mi forma de concebir el amor hubiera sido la ideal entre los antiguos griegos, pero ahora estaba fuera de lugar, por lo que constantemente sufría decepciones. Mientras todo mundo busca estabilidad, a mí solo me interesa vivir el momento. Por desgracia, dijo ella, estoy consciente de esto y no quiero ni puedo cambiarlo. Dijo que tengo un "Corazón pagano".

Esta brillante frase suya le dio mayor inspiración, y me dijo que esta forma "pagana" de vivir la vida era lo que me daba fuerza para afrontar cualquier obstáculo, pues inconscientemente me veo a mi mismo como un sacrificio humano ("El cristo de la carretera", pensé). En este punto interrumpió para preguntarme a que religión pertenezco, y le confesé que, a pesar de que creo en muchas cosas, no soy devoto de nada, sin embargo me identifico profundamente con el culto a Venus y a Dionisos. "El dios del vino y la diosa del amor, tenía que ser", me dijo.

Después de una pausa para pedir otras cervezas, me desahogue un poco con ella, ya que tenia la fuerte impresión de estar frente a una psicóloga en vez de una moderna gitana. Ella me escucho pacientemente, y cuando por fin hablo me dio un sabio consejo para mi "mal de amores". Lo que alcanzo a recordar es más o menos lo siguiente: 

- A las mujeres, al igual que a los hombres, ni todo el dinero ni todo el amor. Todas las diosas tienen su lado bueno y su lado malo, todas las mujeres somos medio bipolares, estamos locas, no sabemos tener un compañero sin querer convertirlo en esclavo o amo. Tú no tienes madera de domador de fieras, y créeme que no te gustaría ser nuestro esclavo. Lo mejor para ti es dar y recibir todo el amor que puedas, pero después síguete de largo. -

La lectura termino, y le agradecí de corazón la atención y el consejo, y ofrecí leerle el Tarot a cambio. Al principio se rehusó pues ella si me había cobrado la lectura de mano, yo le argumente que lo había hecho tan bien que valía mi lectura, los $30, y las chelas que quisiera. Pedimos otra ronda de cervezas y comencé la lectura. Durante el tiempo que duro esta y hasta que nos despedimos, Gretel nunca soltó mi mano.

Nos dio la noche en el bar, y tuve que poner fin al mágico momento, pues todavía me esperaba el viaje de regreso a Cuautla, ciudad en la que ahora resido. Pague la cuenta y salimos al frio de la noche. Gretel me tomo fuerte del brazo y nos fuimos caminando hasta donde tomo su camión. Al despedirnos quise besarla, pero preferí no hacerlo. Nos despedimos con un efusivo abrazo, como si fuéramos viejos conocidos, y quedamos de llamarnos para vernos otra vez. Mientras su camión se alejaba seguimos mirándonos y sonriendo fraternalmente. Cuando la perdí de vista me di la vuelta para emprender la marcha y pensé "Adiós Gretel, se que nunca mas te volveré a ver".

domingo, 14 de abril de 2013

Algo de justicia en el mundo




Armando desperto colgando de cabeza en el aparato que usaba para hacer pesas. Estaba desnudo y amarrado. Por la cara le escurría sangre, producto de una herida en la frente. La posición, y la lesión, le producían jaqueca. El cuarto estaba oscuro, pero la luz entraba parcialmente por la puerta entreabierta. La silueta de una mujer eclipso la luz.

- ¡Bajame de aquí! –

No hubo respuesta.

- ¿Quién eres? ¿Por qué haces esto? ¿No sabes quien soy? –

Ella sabia perfectamente quien era el.

- ¡Sueltame, perra, o te vas a arrepentir! –

Sin decir palabra alguna, le disparo en el vientre con su propia arma. Armando grito de dolor. Despues, comenzó a pedir auxilio.

- ¡Ayudenme, por favor! –

Nadie podía escucharlo. El mismo se había encargado de aislar el sonido en el piso de arriba para evitar que la gente se diera cuenta de lo que ahí sucedia. Mientras el gritaba y se retorcía, mas mujeres, quizá cinco o seis, de unos veinte años aproximadamente, entraron a la habitacion. En silencio, lo contemplaron sufrir. Finalmente, entraron otras dos mujeres arrastrando una caja. Algo dentro de la caja chillaba y se movia inquieto. Las demás mujeres comenzaron a salir. Antes de salir también, una de ellas corto con un cuchillo la cinta canela que mantenía sellada la caja, y la pateo hacia Armando, dejando libres a una veintena de gordas y desagradables ratas de alcantarilla. Estas comenzaron a correr, confundidas, hambrientas y enojadas, por la habitacion. Antes de cerrar la puerta, y abandonar la casa, pudieron escuchar gritar a Armando con horror y desesperación.

El bastardo llevaba años violando niñas de entre doce y quince años, amparado por su cargo militar. Nadie se atrevía a denunciarlo, por temor a las represalias. Se sentía amo y señor del pueblo. Algunas de sus victimas decidieron poner fin a esta situación.

domingo, 7 de abril de 2013

La nausea



Checas tu entrada a las 6:45 am. Aun no instalan en el hospital el biométrico, por lo que aun tienes que usar el primitivo sistema de chequeo por tarjeta. Tu entrada del día de hoy se encima con la de ayer, por lo que pierdes cerca de diez minutos discutiendo con el de personal.

Te presentas a tu servicio a las 7:07 am, después de haberte cambiado. Aun no llegan tus compañeros de turno, por lo que te entretienes platicando con las residentes.

De las treinta camillas con las que cuenta la sala de observación, doce están ocupadas, mas uno de los aislados con un paciente con VIH. El primer estudio de rayos x está programado para las 8:30 am. Aun hay tiempo para el desayuno.

Aun no acabas de comer tu torta de tamal verde y tu atole de cajeta, mientras echas desmadre con las enfermeras de tu área, cuando escuchas que te llama la enfermera de primer contacto. Los camilleros de esa área, y choque, no aparecen por ningún lado, por lo que tienes que ir a cubrirlos.

Trasladaras a una paciente a rayos x. Trae hecha una pelota el pie; probablemente se trate de una fractura. Rápidamente cierras y descuelgas el suero, lo acomodas en la camilla a un costado de ella subes los barandales laterales y quitas el freno trasero y el delantero. Después desplazas la camilla y la giras de modo que la paciente salga con la cabeza por delante (nunca con los pies).

En el pasillo, intercambias un par de bromas con la paciente y la enfermera, mientras esta guía la camilla y tú la empujas. Ambas ríen, divertidas.

Llegan a rayos x, metes la camilla, la sitúas al lado de la plancha (después de haber quitado el barandal que queda hacia esta), y la subes para que ambas queden al mismo nivel; pones ambos frenos y ayudas a la paciente a deslizarse desde la camilla hasta la plancha. Una vez que lo hizo, haces la camilla a un lado y te pones detrás del muro de seguridad, en lo que se toman las placas. Mientras, coqueteas, como todos los días, con la radióloga. Mientras esta graba el disco con el estudio y se lo da a la enfermera, tu ayudas a la paciente a regresar a la camilla, subes el barandal, quitas ambos frenos, le acomodas el respaldo, y te dispones a salir con la paciente para llevarla, esta vez, a observación.

Apenas llegas a urgencias, te lavas obsesiva y adecuadamente las manos; primero con jabón liquido y luego con jabón en barra. Después regresas a la central de enfermeras y le das un trago a tu atole (el cual ya está cubierto de una gruesa capa de nata), te avisan que ya está listo el paciente para rayos x. Esta vez es un señor con necrobiosis invadiéndole toda una pierna. La herida es escandalosamente fetida, llagada, y sanguinolenta. Después de repetir todo el proceso en rayos x (incluido el coqueteo con la radióloga), te dispones a salir y regresar al paciente a observación. Antes de hacerlo, la radióloga te pasa en un papelito su teléfono y su mail, quedando entendido que acepto tu invitación a salir.

Dejas al paciente, vuelves a lavarte de la misma forma las manos, y regresas a terminar el desayuno. Apenas acabas, te hablan para que subas al paciente con necrobiosis a segundo piso. En compañía de una enfermera que guía la camilla, suben al paciente al elevador (la cabeza siempre por delante).

Llegando al segundo piso, la cama en hospitalización aun no esta lista, por lo que debes de esperar a que la enfermera, una bella y frondosa sinaloense, la tienda. Tú, rebosante de caballerosidad, te ofreces a ayudarla de inmediato. Un par de bromas, tu habitual sonrisa, y consigues que ella te pregunte tu nombre. El paciente, que también presencio el coqueteo con la radióloga, ríe con complicidad, como diciendo “este cabron”. Bajas los barandales de la cama, giras una de las manivelas para subirla al nivel de la camilla; giras otra para bajar el respaldo (a tercera, la de Treleborg, casi no se ocupa). Acomodas la camilla junto a la cama. Pones los seguros de ambas, y le ayudas al paciente a deslizarse hacia la cama. Una vez hecho esto, ayudas a taparlo con la cobija, no sin antes haber visto su peludo trasero por debajo de la bata que se le levanto. Antes de que lo hagas, y de que se acabe de acomodar, te ofrece una panorámica de su diminuto pene. Acomodas la cama, pones el freno, acomodas el respaldo y todavía te da tiempo de ayudarle a la enfermera a colgar el suero.

Te dispones a irte de regreso con tu camilla, mientras la enfermera de observación aun sigue con el papeleo, pero la enfermera sinaloense te pide ayuda con una paciente en silla de ruedas. Tienes que subirla a una cama, pues no puede moverse. Buscas a uno de los camilleros de segundo piso para que te ayude, pues se trata de una mujer de la tercera edad ligeramente obesa.

Después de cerciorarte de que la silla tiene los seguros puestos, cada uno se coloca a un costado. Pasan cada brazo de la señora sobre sus hombros, de forma que ella los abrace por el cuello mientras ustedes la abrazan por la cintura, y desplazan una de sus manos bajo cada corva de sus rodillas. Cuentan tres y la levantan. La enfermera hace para atrás la silla y ustedes giran para que la paciente quede de espaldas a la cama, y poder sentarla. Es en ese momento cuando un desagradable sonido liquido, acompañado de un asqueroso olor, sale de la paciente. Sientes tu mano, con la que sujetas la corva de su rodilla, repugnantemente húmeda: Si, acaba de cagarse en tu brazo.

Amablemente la depositas en la orilla de la cama para que la enfermera y su familiar puedan limpiarla y cambiarla. El otro camillero emprende retirada, pero tú, estoicamente, controlas la nausea y esperas hasta el final de la operación. Te despides cortes, pero velozmente, y corres a lavarte el brazo; primero lo dejas al chorro del agua, para que escurra toda la mierda; después te frotas con jabón liquido, luego con jabón en barra, y luego con gel antibacterial. Por si las dudas, repites de nuevo el proceso de limpieza.

Todo mundo te mira, te sientes avergonzado. Caminas hacia el elevador con tu camilla cuando la enfermera sinaloense te alcanza. Te agradece lo que hiciste y la forma en que te comportaste. Se despide con un efusivo beso en la mejilla. Apenas se da la vuelta, sonríes como imbécil.

Llegas al pasillo de urgencias y tienes que abandonar la camilla ahí mismo, pues te solicitan en choque. Los otros camilleros siguen sin aparecer. Un señor, bastante robusto y con demencia senil, no deja que lo canalicen y lo pongan bajo efecto del sedante. Corres a ayudar y lo sometes con cuidado. El señor se calma. Te dicen que lo sueltes, y así lo haces. Te distraes y el paciente aprovecha el descuido para acomodarte un golpe de zurda que te manda directo al piso. Te dio, con sus manazas, en el oído y mandíbula, por lo que casi te noquea. Una doctora corre a auxiliarte pero, aun aturdido, te levantas y ayudas a amarrarlo con vendas, para evitar que se lastime o lastime a alguien más.

Después de tu “valiente hazaña”, y de estabilizar al paciente, toda la atención cae sobre ti. Entre bromas y cuidados, las enfermeras te apapachan; tu, mártir, te dejas consentir. Llega la hora de comer. En el comedor, de lo único que se habla es del madrazo que recibiste. Cada quien tiene su versión de los hechos, y tu solo ríes sin afirmar o censurar nada.

Termina la comida y regresas a tu área. Llevas al paciente de VIH a un aislado en tercer piso, en hospitalización, y regresas a esterilizar el aislado de observación. Después de rociarlo con cloro, limpias con un trapo todos los muebles y ventanas. Tiene que permanecer así una hora antes de que pueda volverse a ocupar.

Ese día te toca quedarte a guardia, así que a las 2:30 checas tu salida del turno matutino, y a las 2:31 tu entrada al vespertino.

La tarde transcurre bastante tranquila. Dos pacientes a rayos x, tres a hospitalización en segundo piso, y dos más a hospitalización en tercero. Tienes tiempo para leer un capitulo de “El péndulo de Foucault”, de Umberto Eco.

A las 6:30 pm, mientras todos están en el comedor, tú vas al consultorio de dental. Ahí te espera Karla, la enfermera de esa área. Entras, cierras la puerta con seguro, y apagas la luz. Ella se hinca frente a ti y te hace un breve oral como preámbulo; después quiere montarte sobre el sillón de exploración, como la semana pasada, pero tú la volteas y la apoyas sobre el escritorio. La montas salvajemente. Todo acaba rápido, pero con un gran clímax para los dos. Se suben la ropa interior y los pantalones, se lavan las manos, y salen como si nada rumbo al comedor.

A la 8:00 pm, una hora antes de que salgas, ya estas de nuevo en tu servicio. Te dispones a leer un poco, cuando escuchas los gritos de una asistente. Sales corriendo, y la vez ayudando a sostenerse a un tipo corpulento, de 1.80 aproximadamente, cubriendo con ambas manos una herida abdominal que sangra abundantemente. Antes de que llegues a socorrer, el tipo se le resbala a la asistente y cae. Al caer, sus tripas salen y se esparcen por el suelo. El tipo fallece antes de que alguien pueda reaccionar. Notas que la herida en su abdomen tiene forma de “z”. Un nauseabundo olor invade la sala. Ya habías escuchado hablar del desagradable olor de las entrañas, pero nunca imaginaste algo así.

Una de las doctoras pide que no toquen el cuerpo, por indicaciones de la coordinadora medica. Te preguntas como carajo se entero ella tan pronto de esto. Llega la coordinadora, la doctora Rodríguez, nerviosa y acompañada por dos tipos, igual de corpulentos que el fallecido, y con la misma cara de malandros. La doctora les indica que les permitan examinar el cuerpo. Un frio sudor te perla la frente, y sientes como te tiemblan las manos. Después de cerciorarse que el que yace en el suelo está muerto, los otros dos tipos se van. Notas que ambos ocultan algo bajo la chamarra; probablemente iban armados. En cuanto salen, la doctora Rodríguez se pone a llorar. Las otras enfermeras lloran, y llegan los de seguridad. El ambiente huele a tripas y sangre. Tratas de reprimir la nausea, pero te es imposible. Corres al baño y vomitas bilis. Lo único que quieres es tomarte una cerveza helada y dormir, pero aun tienes que esperar a que llegue el MP para declarar. Sera una larga noche…