Checas tu entrada a las 6:45 am.
Aun no instalan en el hospital el biométrico, por lo que aun tienes que usar el
primitivo sistema de chequeo por tarjeta. Tu entrada del día de hoy se encima
con la de ayer, por lo que pierdes cerca de diez minutos discutiendo con el de
personal.
Te presentas a tu servicio a las
7:07 am, después de haberte cambiado. Aun no llegan tus compañeros de turno,
por lo que te entretienes platicando con las residentes.
De las treinta camillas con las
que cuenta la sala de observación, doce están ocupadas, mas uno de los aislados
con un paciente con VIH. El primer estudio de rayos x está programado para las
8:30 am. Aun hay tiempo para el desayuno.
Aun no acabas de comer tu torta
de tamal verde y tu atole de cajeta, mientras echas desmadre con las enfermeras
de tu área, cuando escuchas que te llama la enfermera de primer contacto. Los
camilleros de esa área, y choque, no aparecen por ningún lado, por lo que
tienes que ir a cubrirlos.
Trasladaras a una paciente a rayos
x. Trae hecha una pelota el pie; probablemente se trate de una fractura. Rápidamente
cierras y descuelgas el suero, lo acomodas en la camilla a un costado de ella
subes los barandales laterales y quitas el freno trasero y el delantero. Después
desplazas la camilla y la giras de modo que la paciente salga con la cabeza por
delante (nunca con los pies).
En el pasillo, intercambias un
par de bromas con la paciente y la enfermera, mientras esta guía la camilla y tú
la empujas. Ambas ríen, divertidas.
Llegan a rayos x, metes la
camilla, la sitúas al lado de la plancha (después de haber quitado el barandal
que queda hacia esta), y la subes para que ambas queden al mismo nivel; pones
ambos frenos y ayudas a la paciente a deslizarse desde la camilla hasta la
plancha. Una vez que lo hizo, haces la camilla a un lado y te pones detrás del
muro de seguridad, en lo que se toman las placas. Mientras, coqueteas, como
todos los días, con la radióloga. Mientras esta graba el disco con el estudio y
se lo da a la enfermera, tu ayudas a la paciente a regresar a la camilla, subes
el barandal, quitas ambos frenos, le acomodas el respaldo, y te dispones a
salir con la paciente para llevarla, esta vez, a observación.
Apenas llegas a urgencias, te
lavas obsesiva y adecuadamente las manos; primero con jabón liquido y luego con
jabón en barra. Después regresas a la central de enfermeras y le das un trago a
tu atole (el cual ya está cubierto de una gruesa capa de nata), te avisan que
ya está listo el paciente para rayos x. Esta vez es un señor con necrobiosis invadiéndole
toda una pierna. La herida es escandalosamente fetida, llagada, y sanguinolenta. Después de repetir todo el proceso en rayos x (incluido el
coqueteo con la radióloga), te dispones a salir y regresar al paciente a observación.
Antes de hacerlo, la radióloga te pasa en un papelito su teléfono y su mail, quedando
entendido que acepto tu invitación a salir.
Dejas al paciente, vuelves a
lavarte de la misma forma las manos, y regresas a terminar el desayuno. Apenas
acabas, te hablan para que subas al paciente con necrobiosis a segundo piso. En
compañía de una enfermera que guía la camilla, suben al paciente al elevador
(la cabeza siempre por delante).
Llegando al segundo piso, la cama
en hospitalización aun no esta lista, por lo que debes de esperar a que la
enfermera, una bella y frondosa sinaloense, la tienda. Tú, rebosante de
caballerosidad, te ofreces a ayudarla de inmediato. Un par de bromas, tu habitual
sonrisa, y consigues que ella te pregunte tu nombre. El paciente, que también presencio
el coqueteo con la radióloga, ríe con complicidad, como diciendo “este cabron”.
Bajas los barandales de la cama, giras una de las manivelas para subirla al
nivel de la camilla; giras otra para bajar el respaldo (a tercera, la de
Treleborg, casi no se ocupa). Acomodas la camilla junto a la cama. Pones los
seguros de ambas, y le ayudas al paciente a deslizarse hacia la cama. Una vez
hecho esto, ayudas a taparlo con la cobija, no sin antes haber visto su peludo
trasero por debajo de la bata que se le levanto. Antes de que lo hagas, y de
que se acabe de acomodar, te ofrece una panorámica de su diminuto pene.
Acomodas la cama, pones el freno, acomodas el respaldo y todavía te da tiempo
de ayudarle a la enfermera a colgar el suero.
Te dispones a irte de regreso con
tu camilla, mientras la enfermera de observación aun sigue con el papeleo, pero
la enfermera sinaloense te pide ayuda con una paciente en silla de ruedas.
Tienes que subirla a una cama, pues no puede moverse. Buscas a uno de los
camilleros de segundo piso para que te ayude, pues se trata de una mujer de la
tercera edad ligeramente obesa.
Después de cerciorarte de que la
silla tiene los seguros puestos, cada uno se coloca a un costado. Pasan cada
brazo de la señora sobre sus hombros, de forma que ella los abrace por el
cuello mientras ustedes la abrazan por la cintura, y desplazan una de sus manos
bajo cada corva de sus rodillas. Cuentan tres y la levantan. La enfermera hace
para atrás la silla y ustedes giran para que la paciente quede de espaldas a la
cama, y poder sentarla. Es en ese momento cuando un desagradable sonido
liquido, acompañado de un asqueroso olor, sale de la paciente. Sientes tu mano,
con la que sujetas la corva de su rodilla, repugnantemente húmeda: Si, acaba de
cagarse en tu brazo.
Amablemente la depositas en la
orilla de la cama para que la enfermera y su familiar puedan limpiarla y
cambiarla. El otro camillero emprende retirada, pero tú, estoicamente,
controlas la nausea y esperas hasta el final de la operación. Te despides
cortes, pero velozmente, y corres a lavarte el brazo; primero lo dejas al
chorro del agua, para que escurra toda la mierda; después te frotas con jabón
liquido, luego con jabón en barra, y luego con gel antibacterial. Por si las
dudas, repites de nuevo el proceso de limpieza.
Todo mundo te mira, te sientes
avergonzado. Caminas hacia el elevador con tu camilla cuando la enfermera
sinaloense te alcanza. Te agradece lo que hiciste y la forma en que te
comportaste. Se despide con un efusivo beso en la mejilla. Apenas se da la
vuelta, sonríes como imbécil.
Llegas al pasillo de urgencias y
tienes que abandonar la camilla ahí mismo, pues te solicitan en choque. Los
otros camilleros siguen sin aparecer. Un señor, bastante robusto y con demencia
senil, no deja que lo canalicen y lo pongan bajo efecto del sedante. Corres a
ayudar y lo sometes con cuidado. El señor se calma. Te dicen que lo sueltes, y así
lo haces. Te distraes y el paciente aprovecha el descuido para acomodarte un
golpe de zurda que te manda directo al piso. Te dio, con sus manazas, en el oído
y mandíbula, por lo que casi te noquea. Una doctora corre a auxiliarte pero,
aun aturdido, te levantas y ayudas a amarrarlo con vendas, para evitar que se
lastime o lastime a alguien más.
Después de tu “valiente hazaña”,
y de estabilizar al paciente, toda la atención cae sobre ti. Entre bromas y
cuidados, las enfermeras te apapachan; tu, mártir, te dejas consentir. Llega la
hora de comer. En el comedor, de lo único que se habla es del madrazo que
recibiste. Cada quien tiene su versión de los hechos, y tu solo ríes sin
afirmar o censurar nada.
Termina la comida y regresas a tu
área. Llevas al paciente de VIH a un aislado en tercer piso, en hospitalización,
y regresas a esterilizar el aislado de observación. Después de rociarlo con
cloro, limpias con un trapo todos los muebles y ventanas. Tiene que permanecer así
una hora antes de que pueda volverse a ocupar.
Ese día te toca quedarte a
guardia, así que a las 2:30 checas tu salida del turno matutino, y a las 2:31
tu entrada al vespertino.
La tarde transcurre bastante
tranquila. Dos pacientes a rayos x, tres a hospitalización en segundo piso, y
dos más a hospitalización en tercero. Tienes tiempo para leer un capitulo de “El
péndulo de Foucault”, de Umberto Eco.
A las 6:30 pm, mientras todos están
en el comedor, tú vas al consultorio de dental. Ahí te espera Karla, la
enfermera de esa área. Entras, cierras la puerta con seguro, y apagas la luz.
Ella se hinca frente a ti y te hace un breve oral como preámbulo; después quiere
montarte sobre el sillón de exploración, como la semana pasada, pero tú la
volteas y la apoyas sobre el escritorio. La montas salvajemente. Todo acaba rápido,
pero con un gran clímax para los dos. Se suben la ropa interior y los
pantalones, se lavan las manos, y salen como si nada rumbo al comedor.
A la 8:00 pm, una hora antes de
que salgas, ya estas de nuevo en tu servicio. Te dispones a leer un poco,
cuando escuchas los gritos de una asistente. Sales corriendo, y la vez ayudando
a sostenerse a un tipo corpulento, de 1.80 aproximadamente, cubriendo con ambas
manos una herida abdominal que sangra abundantemente. Antes de que llegues a
socorrer, el tipo se le resbala a la asistente y cae. Al caer, sus tripas salen
y se esparcen por el suelo. El tipo fallece antes de que alguien pueda
reaccionar. Notas que la herida en su abdomen tiene forma de “z”. Un
nauseabundo olor invade la sala. Ya habías escuchado hablar del desagradable
olor de las entrañas, pero nunca imaginaste algo así.
Una de las doctoras pide que no
toquen el cuerpo, por indicaciones de la coordinadora medica. Te preguntas como
carajo se entero ella tan pronto de esto. Llega la coordinadora, la doctora Rodríguez,
nerviosa y acompañada por dos tipos, igual de corpulentos que el fallecido, y
con la misma cara de malandros. La doctora les indica que les permitan examinar
el cuerpo. Un frio sudor te perla la frente, y sientes como te tiemblan las
manos. Después de cerciorarse que el que yace en el suelo está muerto, los otros
dos tipos se van. Notas que ambos ocultan algo bajo la chamarra; probablemente
iban armados. En cuanto salen, la doctora Rodríguez se pone a llorar. Las otras
enfermeras lloran, y llegan los de seguridad. El ambiente huele a tripas y
sangre. Tratas de reprimir la nausea, pero te es imposible. Corres al baño y
vomitas bilis. Lo único que quieres es tomarte una cerveza helada y dormir,
pero aun tienes que esperar a que llegue el MP para declarar. Sera una larga
noche…

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