Armando desperto colgando de
cabeza en el aparato que usaba para hacer pesas. Estaba desnudo y amarrado. Por
la cara le escurría sangre, producto de una herida en la frente. La posición, y
la lesión, le producían jaqueca. El cuarto estaba oscuro, pero la luz entraba
parcialmente por la puerta entreabierta. La silueta de una mujer eclipso la
luz.
- ¡Bajame de aquí! –
No hubo respuesta.
- ¿Quién eres? ¿Por qué haces
esto? ¿No sabes quien soy? –
Ella sabia perfectamente quien
era el.
- ¡Sueltame, perra, o te vas a
arrepentir! –
Sin decir palabra alguna, le
disparo en el vientre con su propia arma. Armando grito de dolor. Despues, comenzó
a pedir auxilio.
- ¡Ayudenme, por favor! –
Nadie podía escucharlo. El mismo
se había encargado de aislar el sonido en el piso de arriba para evitar que la
gente se diera cuenta de lo que ahí sucedia. Mientras el gritaba y se retorcía,
mas mujeres, quizá cinco o seis, de unos veinte años aproximadamente, entraron
a la habitacion. En silencio, lo contemplaron sufrir. Finalmente, entraron
otras dos mujeres arrastrando una caja. Algo dentro de la caja chillaba y se
movia inquieto. Las demás mujeres comenzaron a salir. Antes de salir también,
una de ellas corto con un cuchillo la cinta canela que mantenía sellada la
caja, y la pateo hacia Armando, dejando libres a una veintena de gordas y
desagradables ratas de alcantarilla. Estas comenzaron a correr, confundidas,
hambrientas y enojadas, por la habitacion. Antes de cerrar la puerta, y abandonar la casa, pudieron
escuchar gritar a Armando con horror y desesperación.
El bastardo llevaba años violando
niñas de entre doce y quince años, amparado por su cargo militar. Nadie se atrevía
a denunciarlo, por temor a las represalias. Se sentía amo y señor del pueblo.
Algunas de sus victimas decidieron poner fin a esta situación.

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