domingo, 30 de junio de 2013

De La Sangre



11:37 pm carretera libre México – Cuernavaca

El automóvil, un viejo Maverick, avanza a 90 km p/h exactamente. Nunca baja la velocidad, ni acelera. Se mantiene en completo control.  Quien viera el coche pensaría que esa bestia de metal tiene una actitud predatoria. Las luces altas iluminan el asfalto enfrente de el. Arriba, la luna brilla llena. No hay estrellas. A los costados, la oscuridad del bosque seduce, incita al abismo. Dando la vuelta a la curva se vislumbran las luces de un coche a lo lejos. Se trata de una Navigator cuyos integrantes, Papa, Mama e hijos (Raúl, de siete y Andrea, de diez) vienen regresando de una boda. Papa y Mama escuchan a Creedence, “Bad moon rising”, mientras los pequeños duermen. El conductor del Maverick apaga las altas. Papa, que es bastante histérico, toca el claxon con insistencia, y hace cambio de luces. El del Maverick se cierra violentamente a la Navigator, poco antes de que esta se cruce en su camino. Papa frena violentamente, y de inmediato se baja, bastón en mano, para “arreglar” el asunto. Del Maverick se bajan cuatro tipos sin playera y tatuados hasta en el rostro. El que va al volante dispara a Papa un tiro justo en la cabeza, luego va al coche y hace lo mismo con Mama e hijos, quienes están aterrorizados. Después, el silencio. Los cuatro regresan al Maverick. Antes de subir, el conductor aúlla y echa tiros al aire. Completo su iniciación, ya es parte de la clica...

domingo, 23 de junio de 2013

Mein teil



Una vez al mes, apenas se metía el sol, manejaba el taxi por la zona empresarial de Santa Fe. Buscaba solamente morenas guapas, de entre 25 y 30 años. El modus era siempre el mismo: Se mostraba amable, platicador, y algo curioso. Cuando llegaba la hora de pagar, las inyectaba en la muñeca con M99, y se las llevaba hasta su casita en Tacubaya. En el garaje, las cambiaba de coche, y salía de ahí.

Hacía dos años que había enviudado, y llevaba uno haciendo esto. Su casa era una enorme, pero discreta mansión en Polanco, herencia de su madre. Nunca conoció a su padre. Bajo a la chica del coche, y la llevo al taller. El proceso era largo, pero él era hábil, meticuloso, y paciente. La desnudo sobre la plancha. Se quito los guantes de piel que había usado hasta el momento, y los sustituyo por unos de látex. Tomo fotografías a detalle, poniendo especial atención en el rostro. Colgó el cuerpo de cabeza sobre una tina. Hizo un pequeño corte en la garganta, y la dejo que se desangrara por espacio de una hora. Le gustaba pensar que la muerte era como un sueño para ellas.

Después de asegurarse que había muerto, y cuando ya no escurría más sangre, la bajo y la deposito en una mesa. Con un escalpelo removió toda la piel del cuerpo; la limpio y la salo con Bórax. Dejo la piel reposando, pues tenía que secar durante dos días antes de curtirla y engrasarla. Siguió con el cuerpo. Abrió en canal, desde la pelvis hasta la garganta, y removió todas las vísceras. Paso un par de horas cortando y seleccionando lo que servía y lo que no (era especialmente importante conservar el cráneo). Guardo con cuidado las partes que podía utilizar en una hielera; lo demás lo repartió en siete bolsas rojas de R.P.B.I. Tiro los guantes a la basura, y se dirigió a la cocina.

Puso en el estéreo la sonata en G menor de Tartini, y fue a la alacena. Saco unos pequeños recipientes de cristal, de diversos tamaños, donde fue acomodando órganos y huesos; luego, los metió al refrigerador. Aparto los que constituirían la cena, que esta noche seria intestinos fritos (salados, pero deliciosos) y tuétano asado. Cuando todo estuvo listo, puso la mesa. A la luz de las velas, destapo una botella de Haras de Pirque, y se dispuso a cenar. Con un pequeño tenedor, especialmente diseñado para ese menester, comenzó a extraer la medula del hueso, y lo unto en una rebanada de pan tostado. Su consistencia era tierna, y olía muy bien. La cena era para él un rito religioso, donde sentía que alcanzaba el Nirvana.

Terminando de cenar, se dirigió a su “Salón de almas”, como él la llamaba. Era una amplia sala decorada con imitaciones de Goya, el Bosco, Carrington y Blake, principalmente, además de un par de originales de Hans R. Giger y uno de Remedios Varo, que era su orgullo. Pero, a pesar del placer que le causaba admirar sus cuadros, lo que más deleite le proporcionaba era ver sus esculturas: Maniquíes que el mismo había hecho y detallado, minuciosamente, para después recubrirlos con la piel de cada una de sus víctimas. Siete, hasta el momento, pero pronto se les uniría una octava. Los ojos son el espejo del alma, por eso había invertido tanto tiempo y esfuerzo en preservar los originales. Ese cuarto, y su biblioteca, eran los únicos lugares en el mundo donde no se sentía solo. ¿Qué pasaría cuando el Salón de almas estuviera lleno? Ya habría tiempo para pensar en ello.

No sentía remordimiento alguno, al contrario, les había hecho un bien al inmortalizarlas. Tarde o temprano su belleza se apagaría, pero él había logrado preservar sus cuerpos en aquellas estatuas, y sus almas ahora vivían dentro de el. Se dirigió a la biblioteca, y continuo leyendo las “Máximas” de La Rochefoucauld, justo donde se había quedado. Leyó por espacio de una hora, esta vez acompañado por una copa de Vespral, luego se fue a dormir. Era sábado por la noche, no había prisa por levantarse temprano al día siguiente.

El lunes, como siempre, llego una hora antes al hospital. Después de estacionar su coche en su lugar, se dirigió, sin que nadie lo viera, al depósito de basura, donde arrojo en los contenedores rojos las bolsas de R.P.B.I., después de dirigió a su consultorio. Se puso la bata, y comenzó a estudiar los archivos de los pacientes que vería el día de hoy. Era un buen pediatra, de los mejores del país. Le gustaba ayudar a quien más lo necesitaba, y todo mundo decía que era muy humano.

domingo, 16 de junio de 2013

A quemarropa




Hacía ya una semana que les habían avisado que el Presidente de la República visitaría la Universidad; si, el mismo bastardo que, secreto a voces, había matado a su anterior esposa, y golpeaba a la actual. El mismo cerdo que había llegado al poder mediante un descarado fraude, típico del corrupto partido político al que pertenecía, y que además, durante su gestión como Gobernador, había sido responsable de varias masacres a campesinos de su estado. Ernesto, profesor de Ciencias políticas en la Universidad, y hombre de valores y convicciones, creyó ver en esto su oportunidad de hacer algo bueno por este mundo.

El mismo día que le dieron la noticia, se ofreció como voluntario, pues sabía que necesitarían gente de confianza para recibir al Presidente en la comida que se celebraría en su honor dentro del campus. Llegando a su casa, saco la vieja 42 del cajón. Tuvo que apartar la foto de su boda con Eloísa, de quien se había separado hacia poco más de un año, y cuyo recuerdo aun le producía un profundo dolor. Sacudió esa cabeza, como tratando de espantar esos pensamientos, y puso manos a la obra.

Tomo tres balas, aunque sabía que solo tendría oportunidad de realizar un tiro; las preparo, y las coloco en el carrete, justo después de haber limpiado el arma de huellas digitales, la envolvió en papel aluminio; después roció con un atomizador lleno de cloro el paquete, y lo guardo en una bolsa de plástico de esas que se sellan herméticamente, y que por lo general se ocupan para guardar comida. Puso el paquete en su bandolera, y regreso a la Universidad.

Se dirigió al comedor, a la barra donde los empleados sirven la comida para maestros y alumnos. Sin que nadie lo viera, quito los tornillos de la coladera que estaba justo debajo, y deposito el paquete ahí; luego, volvió a atornillar. Si alguien encontraba el arma, lo cual era poco probable, no había forma de que la relacionaran con él.

Por fin llego el gran día. Un par de horas antes de que arribara el Presidente, agentes a cargo de la seguridad presidencial revisaron al personal, y de nueva cuenta las instalaciones. Gracias al cloro y al aluminio, ni los perros ni los detectores encontraron el arma. A ratos, sin que nadie lo viera, Ernesto fue desatornillando poco a poco la coladera; cuando por fin lo logro, guardo el paquete justo detrás de la barra donde se sirven los alimentos, escondido entre los platos. El nunca había sido una persona nerviosa, por lo que nadie noto algo sospechoso en el.

Les avisaron que el Presidente ya había llegado, por lo que tenían que estar en sus puestos. El se coloco detrás de la barra, donde supuestamente serviría los platillos que los meseros llevarían a los comensales. La comitiva presidencial arribo. Al frente de varios funcionarios, y de dos bellas asistentes, iba el Presidente, rodeado de escoltas. Había repasado mentalmente decenas de veces la misma escena: El Presidente lo saluda de mano, el aprovecha para detenerlo y dispararle, por encima de la barra, a quemarropa en la frente.

Mientras la comitiva saludaba y posaba para las fotos, Ernesto, discretamente, desenvolvió el arma. Solo tenía un tiro, una oportunidad antes de que los escoltas lo detuvieran o lo abatieran a tiros. Después de saludar a sus compañeros de mano, tal como lo había previsto, el Presidente se acerco, del otro lado de la barra, y le tendió la mano. Como temía, los escoltas estaban demasiado cerca, y probablemente lo detendrían, bloquearían el tiro, o quitarían de rango al Presidente en cuanto Ernesto levantara la mano con el arma, así que decidió jugársela.

Saludo al Presidente con la mano izquierda, para ganar algo de tiempo, y justo cuando este cambio de mano y tomo la suya para estrecharla, Ernesto disparo los tres tiros contra el cristal de la barra, los cuales impactaron directamente en el tórax del Presidente. La respuesta de los escoltas fue inmediata, y al instante lo derribaron a tiros. Todo eran gritos y caos.

Mientras la vida se le escapaba del cuerpo, Ernesto sonrió: Sabía que esos tres tiros no necesariamente habrían sido letales, a no ser por que tomo la precaucion extra de preparar las balas con cianuro, al igual que el cristal de la barra. Antes de sucumbir al dulce arrullo de la muerte, escucho que el Presidente había fallecido. El también moriría, pero pasaría a la historia como un héroe.

domingo, 9 de junio de 2013

Sombras y secretos




Ella era frágil y hermosa, como una flor. Se veía a sí misma llena de espinas, como una rosa, y pensaba con tristeza que había sido bien abonada, pues había crecido en medio del estiércol. Ella tenía un secreto, y ese secreto la hacía sentirse sucia, triste y avergonzada. Hace muchos años, cuando aún era pequeña, había sido precisamente el jardinero quien había arrancado con brutalidad su inocencia, la flor más bella de su jardín, llenando de amargura donde debió de haber placer y felicidad.

Nunca se atrevió a contárselo a nadie, hasta que lo conoció a el, el escritor. Había algo perverso y oscuro en su personalidad y sus letras que la atraían poderosamente a sus brazos, donde se sentía segura. Después de un par de meses de encuentros clandestinos, poemas, y canciones, él le confesó que la amaba; ella le correspondió sus gestos y palabras en el lecho, y por primera vez en su vida se sintió amada y feliz.

Fue entonces cuando decidió contarle, con lujo de detalle, como había sido violada. El rostro de él se ensombreció de una forma que la hizo sentir miedo, pero la abrazo tiernamente, seco sus lagrimas con besos, y le dijo suavemente al oído “Todo va a estar bien”.

La semana antes de que ella cumpliera veinticinco, el estuvo ausente, pero le prometió una sorpresa. Lo extrañaba mucho, pero también le carcomía la curiosidad. Exactamente a las 12:01 am del día de su cumpleaños, tocaron a la ventana de su cuarto. Le costó algo de trabajo despertar y darse cuenta de lo que sucedía. Cuando por fin fue plenamente consciente de los suaves, pero persistentes golpes en el cristal, se levanto de la cama. Al abrir la ventana se encontró con una pequeña cajita, de unos treinta por veinte, forrada de terciopelo negro, y envuelta en un moño rosa. No había nadie en la calle. Tomo la caja, cerró la ventana, y prendió la luz.

Se sentó en la cama. Con cuidado, quito el moño y la envoltura. La caja era de madera, y en su interior había una pequeña cajita de música, bastante antigua, con una bailarina de porcelana adornando la tapa. La abrió y la música comenzó a sonar. Era una bonita melodía que a ella, por algún motivo, le sonó triste y lúgubre. Había un papel doblado dentro de la cajita. Era una fotografía de una cabeza decapitada sobre una mesa. A pesar de los años, de inmediato reconoció el rostro de Javier, el jardinero.

Comenzó a llorar desconsoladamente, presa de tantos recuerdos. Cuando logro tranquilizarse, se levanto de la cama, tomo encendedor y cenicero, y quemo la foto. Mientras el rostro tan odiado se consumía entre las llamas, sintió luz y paz interior. Además del dolor que le provocaba el recuerdo, siempre le remordió la conciencia haberse quedado callada y pensar que ese monstruo podía haberle hecho lo mismo a otras. 

Cuando la ultima braza dejo de arder, puso en el buro el cenicero, apago la luz, y regreso a las cobijas. Dejo que siguiera sonando la cajita de música, pues ahora le parecía una dulce canción de cuna. Por algún extraño motivo, pensó en el apellido “Carroll”: Lewis Carroll, el escritor, y Joe Carroll, el asesino. También pensó en Allan Poe. Abrazo su almohada y pensó en su amado. Se sentía bendita por tener a su oscuro ángel de la guarda, dispuesto a matar y morir por ella.