Hacía ya una semana que les
habían avisado que el Presidente de la República visitaría la Universidad; si,
el mismo bastardo que, secreto a voces, había matado a su anterior esposa, y
golpeaba a la actual. El mismo cerdo que había llegado al poder mediante un
descarado fraude, típico del corrupto partido político al que pertenecía, y que
además, durante su gestión como Gobernador, había sido responsable de varias
masacres a campesinos de su estado. Ernesto, profesor de Ciencias políticas en
la Universidad, y hombre de valores y convicciones, creyó ver en esto su
oportunidad de hacer algo bueno por este mundo.
El mismo día que le dieron la
noticia, se ofreció como voluntario, pues sabía que necesitarían gente de
confianza para recibir al Presidente en la comida que se celebraría en su honor
dentro del campus. Llegando a su casa, saco la vieja 42 del cajón. Tuvo que
apartar la foto de su boda con Eloísa, de quien se había separado hacia poco más
de un año, y cuyo recuerdo aun le producía un profundo dolor. Sacudió esa
cabeza, como tratando de espantar esos pensamientos, y puso manos a la obra.
Tomo tres balas, aunque sabía que
solo tendría oportunidad de realizar un tiro; las preparo, y las coloco en el
carrete, justo después de haber limpiado el arma de huellas digitales, la envolvió
en papel aluminio; después roció con un atomizador lleno de cloro el paquete, y
lo guardo en una bolsa de plástico de esas que se sellan herméticamente, y que
por lo general se ocupan para guardar comida. Puso el paquete en su bandolera,
y regreso a la Universidad.
Se dirigió al comedor, a la barra
donde los empleados sirven la comida para maestros y alumnos. Sin que nadie lo
viera, quito los tornillos de la coladera que estaba justo debajo, y deposito
el paquete ahí; luego, volvió a atornillar. Si alguien encontraba el arma, lo
cual era poco probable, no había forma de que la relacionaran con él.
Por fin llego el gran día. Un par
de horas antes de que arribara el Presidente, agentes a cargo de la seguridad
presidencial revisaron al personal, y de nueva cuenta las instalaciones.
Gracias al cloro y al aluminio, ni los perros ni los detectores encontraron el
arma. A ratos, sin que nadie lo viera, Ernesto fue desatornillando poco a poco
la coladera; cuando por fin lo logro, guardo el paquete justo detrás de la
barra donde se sirven los alimentos, escondido entre los platos. El nunca había
sido una persona nerviosa, por lo que nadie noto algo sospechoso en el.
Les avisaron que el Presidente ya
había llegado, por lo que tenían que estar en sus puestos. El se coloco detrás de
la barra, donde supuestamente serviría los platillos que los meseros llevarían a
los comensales. La comitiva presidencial arribo. Al frente de varios
funcionarios, y de dos bellas asistentes, iba el Presidente, rodeado de
escoltas. Había repasado mentalmente decenas de veces la misma escena: El
Presidente lo saluda de mano, el aprovecha para detenerlo y dispararle, por
encima de la barra, a quemarropa en la frente.
Mientras la comitiva saludaba y
posaba para las fotos, Ernesto, discretamente, desenvolvió el arma. Solo tenía
un tiro, una oportunidad antes de que los escoltas lo detuvieran o lo abatieran
a tiros. Después de saludar a sus compañeros de mano, tal como lo había previsto,
el Presidente se acerco, del otro lado de la barra, y le tendió la mano. Como temía,
los escoltas estaban demasiado cerca, y probablemente lo detendrían, bloquearían
el tiro, o quitarían de rango al Presidente en cuanto Ernesto levantara la mano
con el arma, así que decidió jugársela.
Saludo al Presidente con la mano
izquierda, para ganar algo de tiempo, y justo cuando este cambio de mano y tomo
la suya para estrecharla, Ernesto disparo los tres tiros contra el cristal de
la barra, los cuales impactaron directamente en el tórax del Presidente. La
respuesta de los escoltas fue inmediata, y al instante lo derribaron a tiros.
Todo eran gritos y caos.
Mientras la vida se le escapaba
del cuerpo, Ernesto sonrió: Sabía que esos tres tiros no necesariamente habrían sido letales,
a no ser por que tomo la precaucion extra de preparar las balas con cianuro, al igual que el
cristal de la barra. Antes de sucumbir al dulce arrullo de la muerte, escucho
que el Presidente había fallecido. El también moriría, pero pasaría a la
historia como un héroe.