Esa noche estaba solo en su casa, hasta la madre
de tequila. En el estéreo sonaba a todo volumen el disco "Dirt", de
Alice in chains, su banda favorita. Dio un largo trago a la botella, y como
pudo se levanto hacia el baño. El tequila era noble con él. No importaba que
tanto bebiera, no le causaba malestar alguno, y cuando estaba hasta el
tope, simplemente se quedaba dormido. No, el alcohol no le hacía olvidar,
simplemente lograba que todo le valiera madres.
Levanto la tapa con el pie y se tambaleo,
teniendo que detenerse del lavabo. Echo una "firma" y se lavo las
manos. Se miro al espejo: Los ojos cansados y tristes, el ceño fruncido, la
mueca de fastidio en la boca, la barba abundante, el torso fuerte, aunque algo
descuidado por los años, los brazos llenos de tatuajes. Cada cicatriz, cada
tatuaje, contaba una historia, pero todas sus historias se resumían a mujeres,
balas y alcohol.
Inexplicablemente, recordó aquella vez que tuvo
que amputarle el meñique al japonés ese. Nunca le dijeron el porqué, pero el
sabia que esa era una forma de castigo empleada por los yakuza. Probablemente
el tipo debía dinero, o simplemente había molestado a quien no debía. Como sea,
más que haber pagado por ello, había recibido una advertencia, y en este mundo,
permitirle conservar su vida era un acto de generosidad. Fue entonces cuando le
vino la idea.
Regreso a la recamara y tomo un encendedor y una
cajetilla de Camel de un cajón. Hacía tiempo que había dejado de fumar, pero recordó
que aun estaban esos cigarros guardados. Le dio el último trago a la botella de
tequila, y se dirigió de nuevo al baño. Abrió la cajetilla, se llevo un cigarro
a la boca, y lo prendió. Le dio una calada corta, después apago el cigarro en
su pecho. No sintió nada. Se sacudio la ceniza y repitió esa misma operación varias veces, formando
una larga línea compuesta por pares de quemaduras.
Se detuvo a observar su trabajo. Las quemaduras
formaban burbujas con la piel ennegrecida. Continúo trazando líneas sobre su
pecho por un par de horas. Con la llegada del amanecer, el estaba completamente
sobrio, y había concluido su obra. Su pecho aun humeaba. Enormes cicatrices formaban en su pecho dos
caracteres japoneses: Eran los kanjis para la palabra "ronin".
Tomo un baño y repaso mentalmente la historia de los
47, después se apresuro a vestirse, pues tenía trabajo que hacer. Venganza.
Hacia un año que esperaba este momento, se había preparado en cuerpo y alma
para ello. Abandono todo lo que le quedaba o importaba, y a ojos de todos, perdió
el honor. Pero estaban equivocados. Era precisamente por honor que había
agachado la cabeza y guardado silencio. Pero eso se terminaba hoy. Estaba
escrito en las estrellas que esa noche el habría de morir, pero no sin antes
haber cobrado una última deuda.
Si, cada tatuaje, cada cicatriz contaba una
historia, pero ahora él había trazado en su piel la historia completa de su
gloria, su caída, y la única mujer a la que amo. Cada batalla, cada alegría,
cada tragedia en su vida estaba implícita en esas líneas que él había grabado
con fuego. No le importaba si alguien más las leía o era capaz de
interpretarlas. Era un mensaje que le pertenecía únicamente a una persona, y
hoy, después de que ruede la última cabeza, se reuniría con ella de nuevo, y
esta vez ya nada los habría de separar.

