domingo, 30 de septiembre de 2012

Ronin



Esa noche estaba solo en su casa, hasta la madre de tequila. En el estéreo sonaba a todo volumen el disco "Dirt", de Alice in chains, su banda favorita. Dio un largo trago a la botella, y como pudo se levanto hacia el baño. El tequila era noble con él. No importaba que tanto bebiera, no le causaba malestar alguno, y  cuando estaba hasta el tope, simplemente se quedaba dormido. No, el alcohol no le hacía olvidar, simplemente lograba que todo le valiera madres.

Levanto la tapa con el pie y se tambaleo, teniendo que detenerse del lavabo. Echo una "firma" y se lavo las manos. Se miro al espejo: Los ojos cansados y tristes, el ceño fruncido, la mueca de fastidio en la boca, la barba abundante, el torso fuerte, aunque algo descuidado por los años, los brazos llenos de tatuajes. Cada cicatriz, cada tatuaje, contaba una historia, pero todas sus historias se resumían a mujeres, balas y alcohol.

Inexplicablemente, recordó aquella vez que tuvo que amputarle el meñique al japonés ese. Nunca le dijeron el porqué, pero el sabia que esa era una forma de castigo empleada por los yakuza. Probablemente el tipo debía dinero, o simplemente había molestado a quien no debía. Como sea, más que haber pagado por ello, había recibido una advertencia, y en este mundo, permitirle conservar su vida era un acto de generosidad. Fue entonces cuando le vino la idea.

Regreso a la recamara y tomo un encendedor y una cajetilla de Camel de un cajón. Hacía tiempo que había dejado de fumar, pero recordó que aun estaban esos cigarros guardados. Le dio el último trago a la botella de tequila, y se dirigió de nuevo al baño. Abrió la cajetilla, se llevo un cigarro a la boca, y lo prendió. Le dio una calada corta, después apago el cigarro en su pecho. No sintió nada. Se sacudio la ceniza y repitió esa misma operación varias veces, formando una larga línea compuesta por pares de quemaduras.

Se detuvo a observar su trabajo. Las quemaduras formaban burbujas con la piel ennegrecida. Continúo trazando líneas sobre su pecho por un par de horas. Con la llegada del amanecer, el estaba completamente sobrio, y había concluido su obra. Su pecho aun humeaba. Enormes cicatrices formaban en su pecho dos caracteres japoneses: Eran los kanjis para la palabra "ronin".

Tomo un baño y repaso mentalmente la historia de los 47, después se apresuro a vestirse, pues tenía trabajo que hacer. Venganza. Hacia un año que esperaba este momento, se había preparado en cuerpo y alma para ello. Abandono todo lo que le quedaba o importaba, y a ojos de todos, perdió el honor. Pero estaban equivocados. Era precisamente por honor que había agachado la cabeza y guardado silencio. Pero eso se terminaba hoy. Estaba escrito en las estrellas que esa noche el habría de morir, pero no sin antes haber cobrado una última deuda.

Si, cada tatuaje, cada cicatriz contaba una historia, pero ahora él había trazado en su piel la historia completa de su gloria, su caída, y la única mujer a la que amo. Cada batalla, cada alegría, cada tragedia en su vida estaba implícita en esas líneas que él había grabado con fuego. No le importaba si alguien más las leía o era capaz de interpretarlas. Era un mensaje que le pertenecía únicamente a una persona, y hoy, después de que ruede la última cabeza, se reuniría con ella de nuevo, y esta vez ya nada los habría de separar.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Jano



Solos, en la oscuridad de aquel cuarto, se besaron apasionadamente. Nada de ternuras, lengua con lengua enredándose salvajemente. Daniela le quito la camisa mientras mordía la arracada en su lóbulo izquierdo. El deslizo su mano por debajo de la blusa, acariciando su espalda y aferrándola más a él. Con algo de dificultad, desabrocho su bra. Con la otra mano, desabrocho su blusa; luego hizo lo mismo con el pantalón. Daniela se estremeció cuando la mano que recorría su espalda descendió hasta llegar a sus nalgas, y las acaricio con una mezcla entre suavidad y lujuria. Luego, esa misma mano recorrió su piel hasta meterse entre sus muslos, haciéndola gemir de placer. El besaba con gula sus pechos, mordiendo suavemente sus pezones para después, como queriendo curarlos, acariciarlos juguetonamente con su lengua.

Daniela sentía como el fuego en su interior estaba a punto de quemarla. Le desabrocho el pantalón y el cinturón, y comenzó a acariciar su miembro suavemente. Le gusto sentirlo, húmedo y erguido, temblar ligeramente en respuesta a sus caricias. Lo empujo hacia la cama. El se rio, divertido. Daniela le quito el pantalón y el boxer, y antes de subirse a la cama a hacerle compañía, se quito lo que le quedaba puesto de ropa. El se acomodo en la cama, recargando la cabeza en la almohada para disfrutar el show. Daniela no sabía hacia dónde dirigir la vista, si hacia su miembro esperándola con ansiedad, o hacia su mirada y sonrisa seductora. Se detuvo un momento a contemplarlo, con deseo y adoración.

Se desplazo hacia él a gatas. Paso su lengua desde la base de los testículos hasta la punta del pene en repetidas ocasiones, luego introdujo su miembro en su boca. El, por reflejo, arqueo la espalda, tenso ambas piernas, y dirigió la cabeza al cielo. Cada sensación era de intenso placer. Su mente quedo en blanco. Después de juguetear un poco, Daniela lo monto. Movía lenta y rítmicamente sus caderas, el la aferraba de tal modo que con cada mano sostenía una de sus nalgas. El se incorporo para besar sus pechos. No, no besar, devorar, lamer frenéticamente sus pezones, después su cuello. Una vez más, sus lenguas se encontraron. El coloco su mano derecha en la nuca de Daniela, acercando más su cabeza para besarla con mayor intensidad.

La acostó boca arriba; paso su brazo debajo de la corva de su rodilla, y con el antebrazo levanto ligeramente su pierna, para penetrarla a profundidad. Daniela gimió, casi como un grito. La penetro varias veces de esa forma, luego, sin salir de su cuerpo, giro delicadamente su pierna, de modo que ambas piernas se encontraron. Siguió penetrándola de lado, mientras besaba sus pechos y acariciaba con una mano su clítoris, aquel generoso y misterioso órgano femenino cuya única función es la de dar placer. Daniela, completamente extasiada, se giro hasta quedar boca abajo. El la tomo de la cintura con ambas manos, la puso a gatas, y la monto desenfrenadamente. Rugían  y se estremecían bestialmente, como leones, hasta que llegaron al glorioso orgasmo (de hecho, tres para Daniela). Después se desvanecieron, uno en el cuerpo del otro, y se besaron tierna e intensamente los labios, los pómulos, los parpados, el cuello y los hombros, hasta quedar profundamente dormidos.

Después de haber pasado toda la tarde en aquel hotel, y de haberlo hecho tres veces más, la ultima en la regadera, Daniela lo dejo ir, satisfecha, de regreso a los brazos de su esposa.

*

Cinthia no lo escucho llegar, y lo sintió hasta que se metió sigilosamente en la cama. Se giro y le pregunto:

- ¿Que hora es? -
- Las diez veintisiete. Perdón por despertarte. - Le contesto él.
- No te preocupes, hace poco que me acosté. -

Contenta de verlo, le dio un tierno beso en los labios a su marido. Él le contesto con la misma ternura, y con una reconfortante sonrisa. Paso su brazo por debajo del cuello de Cinthia, y la abrazo amorosamente. Ella se acomodo en su pecho. Le gustaba escuchar los latidos de su corazón. Mientras el acariciaba con ternura su cabello, ella pensaba en lo afortunada que era de tenerlo a su lado. Con él se sentía segura, amada, y sobre todo, comprendida. No cualquier hombre podría entender la falta de apetito sexual de su pareja, y le parecía estoico el sacrificio que un hombre como él, con ese carácter y fuego en las venas, hacia por amor a ella. Se  fue arrullando con el suave ritmo del palpitar de aquel corazón, por ella tan amado. Antes de quedarse dormida, sintió como el besaba suavemente su frente, y le escucho decir, apenas en un susurro:

- Te amo... -