Solos, en la oscuridad de aquel cuarto, se
besaron apasionadamente. Nada de ternuras, lengua con lengua enredándose
salvajemente. Daniela le quito la camisa mientras mordía la arracada en su lóbulo
izquierdo. El deslizo su mano por debajo de la blusa, acariciando su espalda y aferrándola
más a él. Con algo de dificultad, desabrocho su bra. Con la otra mano,
desabrocho su blusa; luego hizo lo mismo con el pantalón. Daniela se estremeció
cuando la mano que recorría su espalda descendió hasta llegar a sus nalgas, y
las acaricio con una mezcla entre suavidad y lujuria. Luego, esa misma mano recorrió
su piel hasta meterse entre sus muslos, haciéndola gemir de placer. El besaba
con gula sus pechos, mordiendo suavemente sus pezones para después, como
queriendo curarlos, acariciarlos juguetonamente con su lengua.
Daniela sentía como el fuego en su interior
estaba a punto de quemarla. Le desabrocho el pantalón y el cinturón, y comenzó
a acariciar su miembro suavemente. Le gusto sentirlo, húmedo y erguido, temblar
ligeramente en respuesta a sus caricias. Lo empujo hacia la cama. El se rio,
divertido. Daniela le quito el pantalón y el boxer, y antes de subirse a la cama a hacerle
compañía, se quito lo que le quedaba puesto de ropa. El se acomodo en la cama,
recargando la cabeza en la almohada para disfrutar el show. Daniela no sabía
hacia dónde dirigir la vista, si hacia su miembro esperándola con ansiedad, o
hacia su mirada y sonrisa seductora. Se detuvo un momento a contemplarlo, con
deseo y adoración.
Se desplazo hacia él a gatas. Paso su lengua
desde la base de los testículos hasta la punta del pene en repetidas ocasiones,
luego introdujo su miembro en su boca. El, por reflejo, arqueo la espalda,
tenso ambas piernas, y dirigió la cabeza al cielo. Cada sensación era de
intenso placer. Su mente quedo en blanco. Después de juguetear un poco, Daniela
lo monto. Movía lenta y rítmicamente sus caderas, el la aferraba de tal modo
que con cada mano sostenía una de sus nalgas. El se incorporo para besar sus
pechos. No, no besar, devorar, lamer frenéticamente sus pezones, después su
cuello. Una vez más, sus lenguas se encontraron. El coloco su mano derecha en
la nuca de Daniela, acercando más su cabeza para besarla con mayor intensidad.
La acostó boca arriba; paso su brazo debajo de la
corva de su rodilla, y con el antebrazo levanto ligeramente su pierna, para
penetrarla a profundidad. Daniela gimió, casi como un grito. La penetro varias
veces de esa forma, luego, sin salir de su cuerpo, giro delicadamente su pierna,
de modo que ambas piernas se encontraron. Siguió penetrándola de lado, mientras
besaba sus pechos y acariciaba con una mano su clítoris, aquel generoso y
misterioso órgano femenino cuya única función es la de dar placer. Daniela,
completamente extasiada, se giro hasta quedar boca abajo. El la tomo de la
cintura con ambas manos, la puso a gatas, y la monto desenfrenadamente. Rugían
y se estremecían bestialmente, como leones, hasta que llegaron al glorioso
orgasmo (de hecho, tres para Daniela). Después se desvanecieron, uno en el
cuerpo del otro, y se besaron tierna e intensamente los labios, los pómulos,
los parpados, el cuello y los hombros, hasta quedar profundamente dormidos.
Después de haber pasado toda la tarde en aquel
hotel, y de haberlo hecho tres veces más, la ultima en la regadera, Daniela
lo dejo ir, satisfecha, de regreso a los brazos de su esposa.
*
Cinthia no lo escucho llegar, y lo sintió hasta que se metió sigilosamente en la cama. Se giro y le pregunto:
- ¿Que hora es? -
- Las diez veintisiete. Perdón por despertarte. -
Le contesto él.
- No te preocupes, hace poco que me acosté. -
Contenta de verlo, le dio un tierno beso en los
labios a su marido. Él le contesto con la misma ternura, y con una
reconfortante sonrisa. Paso su brazo por debajo del cuello de Cinthia, y la
abrazo amorosamente. Ella se acomodo en su pecho. Le gustaba escuchar los
latidos de su corazón. Mientras el acariciaba con ternura su cabello, ella
pensaba en lo afortunada que era de tenerlo a su lado. Con él se sentía segura,
amada, y sobre todo, comprendida. No cualquier hombre podría entender la falta
de apetito sexual de su pareja, y le parecía estoico el sacrificio que un
hombre como él, con ese carácter y fuego en las venas, hacia por amor a ella.
Se fue arrullando con el suave ritmo del palpitar de aquel corazón, por
ella tan amado. Antes de quedarse dormida, sintió como el besaba suavemente su
frente, y le escucho decir, apenas en un susurro:
- Te amo... -

No hay comentarios:
Publicar un comentario