domingo, 9 de septiembre de 2012

Jano



Solos, en la oscuridad de aquel cuarto, se besaron apasionadamente. Nada de ternuras, lengua con lengua enredándose salvajemente. Daniela le quito la camisa mientras mordía la arracada en su lóbulo izquierdo. El deslizo su mano por debajo de la blusa, acariciando su espalda y aferrándola más a él. Con algo de dificultad, desabrocho su bra. Con la otra mano, desabrocho su blusa; luego hizo lo mismo con el pantalón. Daniela se estremeció cuando la mano que recorría su espalda descendió hasta llegar a sus nalgas, y las acaricio con una mezcla entre suavidad y lujuria. Luego, esa misma mano recorrió su piel hasta meterse entre sus muslos, haciéndola gemir de placer. El besaba con gula sus pechos, mordiendo suavemente sus pezones para después, como queriendo curarlos, acariciarlos juguetonamente con su lengua.

Daniela sentía como el fuego en su interior estaba a punto de quemarla. Le desabrocho el pantalón y el cinturón, y comenzó a acariciar su miembro suavemente. Le gusto sentirlo, húmedo y erguido, temblar ligeramente en respuesta a sus caricias. Lo empujo hacia la cama. El se rio, divertido. Daniela le quito el pantalón y el boxer, y antes de subirse a la cama a hacerle compañía, se quito lo que le quedaba puesto de ropa. El se acomodo en la cama, recargando la cabeza en la almohada para disfrutar el show. Daniela no sabía hacia dónde dirigir la vista, si hacia su miembro esperándola con ansiedad, o hacia su mirada y sonrisa seductora. Se detuvo un momento a contemplarlo, con deseo y adoración.

Se desplazo hacia él a gatas. Paso su lengua desde la base de los testículos hasta la punta del pene en repetidas ocasiones, luego introdujo su miembro en su boca. El, por reflejo, arqueo la espalda, tenso ambas piernas, y dirigió la cabeza al cielo. Cada sensación era de intenso placer. Su mente quedo en blanco. Después de juguetear un poco, Daniela lo monto. Movía lenta y rítmicamente sus caderas, el la aferraba de tal modo que con cada mano sostenía una de sus nalgas. El se incorporo para besar sus pechos. No, no besar, devorar, lamer frenéticamente sus pezones, después su cuello. Una vez más, sus lenguas se encontraron. El coloco su mano derecha en la nuca de Daniela, acercando más su cabeza para besarla con mayor intensidad.

La acostó boca arriba; paso su brazo debajo de la corva de su rodilla, y con el antebrazo levanto ligeramente su pierna, para penetrarla a profundidad. Daniela gimió, casi como un grito. La penetro varias veces de esa forma, luego, sin salir de su cuerpo, giro delicadamente su pierna, de modo que ambas piernas se encontraron. Siguió penetrándola de lado, mientras besaba sus pechos y acariciaba con una mano su clítoris, aquel generoso y misterioso órgano femenino cuya única función es la de dar placer. Daniela, completamente extasiada, se giro hasta quedar boca abajo. El la tomo de la cintura con ambas manos, la puso a gatas, y la monto desenfrenadamente. Rugían  y se estremecían bestialmente, como leones, hasta que llegaron al glorioso orgasmo (de hecho, tres para Daniela). Después se desvanecieron, uno en el cuerpo del otro, y se besaron tierna e intensamente los labios, los pómulos, los parpados, el cuello y los hombros, hasta quedar profundamente dormidos.

Después de haber pasado toda la tarde en aquel hotel, y de haberlo hecho tres veces más, la ultima en la regadera, Daniela lo dejo ir, satisfecha, de regreso a los brazos de su esposa.

*

Cinthia no lo escucho llegar, y lo sintió hasta que se metió sigilosamente en la cama. Se giro y le pregunto:

- ¿Que hora es? -
- Las diez veintisiete. Perdón por despertarte. - Le contesto él.
- No te preocupes, hace poco que me acosté. -

Contenta de verlo, le dio un tierno beso en los labios a su marido. Él le contesto con la misma ternura, y con una reconfortante sonrisa. Paso su brazo por debajo del cuello de Cinthia, y la abrazo amorosamente. Ella se acomodo en su pecho. Le gustaba escuchar los latidos de su corazón. Mientras el acariciaba con ternura su cabello, ella pensaba en lo afortunada que era de tenerlo a su lado. Con él se sentía segura, amada, y sobre todo, comprendida. No cualquier hombre podría entender la falta de apetito sexual de su pareja, y le parecía estoico el sacrificio que un hombre como él, con ese carácter y fuego en las venas, hacia por amor a ella. Se  fue arrullando con el suave ritmo del palpitar de aquel corazón, por ella tan amado. Antes de quedarse dormida, sintió como el besaba suavemente su frente, y le escucho decir, apenas en un susurro:

- Te amo... -

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