domingo, 29 de diciembre de 2013

Nuestra Señora de la tristeza



De la negra escultura que adorna la plaza,
desde que yo era niño conozco la historia:
Fue esculpida por un atormentado poeta,
para honrar de su amada la triste memoria.

Dicen que juntos eran perfectos,
que habían nacido el uno para el otro.
La musa bella, dulce y sensible,
el poeta desgarrado, apasionado, y loco.

Juntos eran el signo de Géminis,
los amantes perfectos del Tarot,
la simetría oscura de un Rorschach,
las mitades extraviadas de un antiguo dios.

Pero había algo que ambos deseaban,
y que a veces hacia sombra en su felicidad:
Él no lograba inmortalizarla en su arte,
ella, con el divino regalo de la paternidad.

Una noche, sin embargo, ocurrió un prodigio;
nadie sabe de dónde surgió esa enorme obsidiana.
Se dice que a la luz de la luna hicieron el amor,
postrados ante aquella majestuosa deidad pagana.

Al poco tiempo, ella se preparaba para ser madre,
pero el, aunque feliz, aun no encontraba inspiración.
Se consumía pensando que violaba un pacto,
por lo que sus días giraron en torno a esa obsesión.

Se volvió distante de su amada,
quien no le pedía nada más que su amor.
El, estúpida víctima del orgullo,
lleno aquellos días de amargura y dolor.

La luna roja de octubre marco el destino aquel día.
En medio de gritos y sangre, el parto se dio.
El ya nunca compensaría el tiempo perdido,
pues el hijo nació muerto, y la madre no sobrevivió.

A partir de entonces, martillo y cincel en mano,
se entregó con desesperación a su nueva obra.
Ya no había poesía en su voz y alma,
solo la imagen fija de su difunta esposa.

Ebrio de dolor, soledad y llanto,
trazo a su musa en la obsidiana.
Su trágica belleza permanecería,
solo en la muerte logro inmortalizarla.

La escultura fue abandonada en el atrio de la iglesia,
pero aquel terrible poeta desapareció.
Algunos dicen que partió al exilio,
otros dicen que de tristeza murió.

Su trágica historia de amor fue heredada a mi pueblo,
que ahora es conocido por su poética destreza.
Nosotros somos los desterrados hijos de Eva,
amparados bajo el manto de Nuestra Señora de la tristeza.

domingo, 27 de octubre de 2013

El rock de la cárcel



Esto le pudo pasar a cualquiera, en cualquier momento, en cualquier parte del mundo; pero me sucedió a mí, pequeño burgués hijo de casa. Aquel día, nos encontrábamos mi mejor amigo, Armando, y yo, esperando a nuestra amiga Sara en su casa, platicando con su mama y con Jimmy, su hermano menor (por dos años), de baseball, deporte que el practicaba con fanatismo.

Habíamos quedado de ver a Sara a las 4:00 pm para ir al cine. Si, ambos éramos unos estúpidos e inocentes chamacos de diecinueve años, enamorados de la misma chica. No sé que métodos empleaba Armando para conquistarla, pero a mí las cartas, los poemas, y las canciones, me habían dado buen resultado, pues Sara y yo ya nos habíamos besado en dos ocasiones. Siempre pensé que si Sara no me daba el "si", era para no lastimar a Armando. Ella, la bonita de la escuela, con sus rizos rubios, sus hermosos ojos azules, y un cuerpo que hacia imposible quitarle la mirada de encima, se habia fijado en mi, y hasta la fecha nunca he entendido por que, pero supongo que eso ya no tiene la menor importancia.

Pasaban ya de las cinco, mas bien, casi eran las seis, y Sara no aparecía. Por aquellos días, previos al año dos mil, el boom de los celulares aun no nos alcanzaba, y no había forma de comunicarnos con ella. Su mama estaba preocupada, pero disimulaba platicando con nosotros. Yo también me sentía inquieto. De pronto, se abrió la puerta de la casa, y Sara entro hecha un mar de lágrimas, con la blusa rasgada en jirones, y sangre en la cara. Todos nos levantamos como rayo para ver que le pasaba. Entre sollozos, nos platico que unos tipos, que por lo general se reunían a tomar afuera de una casa, y a molestar a cuanta chica pasaba por ahí (ya antes le habían dicho "piropos" vulgares a Sara), ese día, envalentonados por el alcohol, habían decidido ir mas allá: La sujetaron entre dos y la metieron a la fuerza a la casa, donde la manosearon y trataron de abusar de ella. Por suerte para Sara, los tipos estaban demasiado ebrios para coordinarse, y ella logro huir dándole un botellazo en la cara a uno.

Mientras Sara nos contaba todo esto, Jimmy se metió a su recamara. Salió armado con un bat de baseball largo, y sin decir palabra, le aventó uno igual a Armando y uno más corto a mí, y salió a la calle hecho una furia. Su mama nos pidió alcanzarlo y detenerlo, antes de que hiciera una tontería. Para cuando yo salí, Armando ya lo había alcanzado. Intercambiaron unas palabras, que por la distancia y la ira de Jimmy no pude entender, y Armando se le unió con la misma convicción asesina. Yo trataba de alcanzarlos, pero sin poder pensar claro.

Vi a Armando abrir la puerta de aquella casa, el numero 23, y entrar junto con Jimmy. Cuando cruce la puerta vi que repartían golpes a diestra y siniestra a los presentes, todos hombres. Habría como doce tipos, y antes de que alguno reaccionara, yo me uní a mis amigos. El sonido de la violencia se tatuó para siempre en mi alma. Vi al dueño de la casa, un ruco con más mala leche que todos los malandros con que se juntaba, entrar a un cuarto, y lo seguí. Me lo tope en la puerta, tratando de ponerle el cargador a una pistola, lo cual impedí con un batazo. Supongo que fue el frenesí, la adrenalina, lo que en un principio me hizo actuar de forma tan violenta, pero luego recordé a Sara, golpeada y llorando, y sentí como la ira llenaba cada rincón de mi alma, en ese entonces, inocente. Descargue todo el odio que sentía en aquel tipo.

Vi como la nariz se le partía a la mitad. Vi sus dientes explotar y su mandíbula brincar hacia un lado. Sentí como sus costillas se hundían bajo el peso de mis golpes, al igual que su rodilla. Lo escuche maldecir, gruñir, suplicar y llorar. Lo vi cubrirse de sangre y perder el conocimiento. Incluso vi cuando su craneo se partia, y aun así, no me detuve. Fue entonces cuando entraron los polis, apuntándome con sus armas y exigiéndome que levantara las manos. Ese momento fue como si despertara de un sueño para entrar a una pesadilla. Recuerdo que pensé "Dios mío, estoy perdido". Yo, inocente niño burgués, no sabía en qué me había metido.
 
*
 
- Agáchate y tose. - Me dice un tipo obeso. Yo me encuentro completamente desnudo. Acto seguido, hurga dentro de mi trasero con un guante de látex y una lamparita
Así perdí mi "otra" virginidad.
 
Después, un oficial me hizo un verdadero favor:
- Chavo, te ves muy "junior", así que te voy a hacer un paro. - Después de decir esto, me rapo con maquina a la cero. - Te voy a dar un consejo: No hables hasta que alguien te hable, y cuando lo hagas, hazlo poco. Pon cara de enojado, pero no andes de farol, y no dejes que vean que te estas cagando de miedo, o vas a terminar siendo la putita de alguien, y si alguien te la hace de pedo, de inmediato rómpele su madre; probablemente sus amigos te revienten de inmediato, pero si no te pican, ya la hiciste. -
Por suerte no tuve tiempo de para usar sus consejos, salvo no estar de farol, poner cara de enojado, y hablar poco, pues desde el primer día el Púas me adopto.
Llegue siendo una especie de pinche celebridad, pues todos querían conocer a uno de los morros que se habían chingado a los Cholos, una pinche bandita de roba coches. El tipo al que mande a "echar pestaña" era el Gordo (después supe que no había muerto, pero lo deje en coma), el chingón de ellos. Si no hubiera sido por el Púas, muchos hubieran querido hacerse de nombre a mis costillas, pero eso nunca paso.
El Púas se identificó conmigo, pues estaba guardado por haberse chingado al cabron que violo a su hija. Él siempre fue paternal conmigo, y me enseño muchas cosas, pero sobre todo a nunca arrepentirme de hacer lo correcto.
Lo primero que tengo que decir de la "cana", como le dicen a la peni, es que no es como en las películas: Ahí no hay habitaciones de lujo para dos, sino cuartos culeros y apestosos donde meten hasta de a doce cabrones, aunque a la mitad le toque dormir en el suelo. No existe "lo tuyo y lo mío", todo es de la banda, y te chingas. Aquí tampoco hay un patio con cancha de tierra, todo es cemento, y el patio parece un mercado o el recreo de una escuela de malandros. No hay comedor con charolitas y fila, o te lleva de comer tu familia, o compras en una de las tres tienditas, donde te venden, además de la comida, caguamas en $100 (en bolsa, de pendejos te dan envases para que hagas "puntas" o Molotov), cigarros de a $10, porros de a $100, y grapas, rebajadas con harina, en $200.
A mi mi familia me dejo abandonado. Me convertí no en la oveja negra, sino en la deshonra, la vergüenza, y simplemente me dieron la espalda. Tampoco Sara me fue a ver. Después supe que su familia se había ido a vivir a Morelos. Nunca la culpe por eso. Armando tampoco me visito nunca. Supongo que estaba demasiado asustado como para hacerlo. Estaba completamente solo.
La neta es que las primeras semanas todo el tiempo tuve el puto nudo en la garganta, pero me aguante las ganas de llorar. En la peni no hay intimidad, hasta las paredes oyen y hablan, y una sola pinche lagrimita derramada me hubiera convertido de inmediato en puta. Me aguante, y así me hice duro. El Púas me enseño a "dilerear" para hacerme de varo y tener que tragar.
A los dos meses yo ya era un malandro: A todo mundo le vendía, a todo mundo le hablaba, y rápido me volví bien carrilla y alburero. Las señoras de las tienditas me invitaban mi pozole, y hasta los polis me regalaban cigarros (un me los fumaba, los vendía). Todo mundo conocía al "Güero", como me decían, pero sabían, sobre todo, que el Púas era quien me hacia el paro, quien llevaba el bisne, y a quien yo le daba un 50 de ganancia de todo lo que moviera. Un 30 era para los polis, y el resto para mí. Mantuve, de pura suerte, mi reputación de cabron por casi haberme cargado al Gordo, así que nunca nadie se metió conmigo.
Al principio, aunque nadie me lo crea, todo estuvo chido, y rápido me olvide de allá afuera. Nunca nadie me llamo a declarar, nunca vi a un abogado, o algo por el estilo, y nunca nadie me dijo algo sobre mi situación legal, pero me valía madres, pues allá afuera nadie me esperaba, y todos me decían que me dejarían salir en menos de tres años, pues no había matado al Gordo. Pero los problemas empezaron el día en que ingresaron al Negro, un pinche violador.
Aquel día, el Púas mando por mí. Recuerdo que estaba en el patio, coqueteando con la hija de un compa que había ido a llevarle comida, y que siempre me guardaba una torta de milanesa. Cuando llegue, tenían al Negro, tan madreado que su rostro se veía desfigurado, en uno de los cuartos acostado boca abajo y con los pantalones a las rodillas. Lo tenían amarrado de brazos y piernas, y de cada cuerda había un compa sujetándolo y estirándolo. Incluso había polis viendo. El Púas me dijo:
- Fíjate bien chavo, porque luego le vas a entrar tú. - Yo estaba temblando, y sentí como el sudor me empapaba las manos.
Estaba esperando que se bajaran los pantalones, o algo así, pero en eso alguien saco un envase de guama. El Púas se puso un grueso guante de obrero, e introdujo el envase violentamente en el recto del Negro. Este grito como nunca había escuchado gritar a nadie.
- ¿Qué se siente, hijo de tu pinche madre? - Le gritaba el Púas, mientras sacaba y metía la punta ensangrentada del envase. El Negro gritaba de una forma que me produjo pesadillas por días. - ¡Güero, vas tú! - Me ordeno el Púas.
Yo, dócil, me puse el guante y obedecí las instrucciones que el Púas me dio. No podía reconocer su cara, desfigurada también, pero por el odio. Me temblaban las manos, pero hice las cosas tal y como el Púas me lo indico. En eso, sentí como el envase se rompía, y el Negro, a pesar de estar bien sujeto, se revolcó como loco. La sangre empezó a manar del ojo de su culo como si fuera un rio. Yo comencé a ver borroso, y me di la vuelta para vomitar. Escuche al Púas reír y decir:
- ¡A que pinche Güero! -
Cuando voltee, vi que todos pateaban violentamente al negro, concentrándose sobre todo en su rostro, estomago, genitales y trasero. Ese fue solo el primer ajuste de cuentas en el que participe, pero fue el que dejo huella en mí. Ese fue el único día, sin que nadie me viera, en que derrame una lágrima. Sentí que algo se había roto dentro de mi pecho.
*
El Negro no la libro, pero resulta que era cuñado del dueño de una flotilla enorme de trailers. Vamos, alguien forrado de dinero. El Negro era el menor de los hermanos de su esposa, y era el consentido, por lo que la susodicha pidió  la cabeza del Púas. Nosotros no lo supimos hasta que fue demasiado tarde.
El diez de mayo, casi seis meses después de lo del Negro, durante la kermes, con su esposa presente, el Chinche y tres cabrones, que eran de los chidos de los Abuelos, picaron al Púas hasta que se cansaron. Se cansaron después de apuñalarlo 37 veces. Incluso le picaron los ojos. Por el desmadre, y por qué los Abuelos, además de otros putos vendidos se pusieron a cubrir a los culeros estos, nadie pudo meterse a tirarle paro al Púas. Lo mataron como a un perro.
Después del desmadre, que salió hasta en los periódicos, nos separaron en áreas, que prácticamente estaban divididas entre los que éramos la gente del Púas y los que se alegraron de verlo muerto. Incluso en el patio nos dividían los tiempos, para no encontrarnos unos con otros, pero todos sabíamos que el odio hervía, y pronto iba a hacer erupción. Un día, el Pericles, que se quedó a cargo de los buisnes del Púas, me llamo:
- El Chinche esta en la enfermería. No sabemos que tiene, pero en dos días van a venir por él, pues lo tienen que operar. Tu eres el único de nosotros al que no revisarían, así que te vas a guardar esto, te vas a meter a la enfermería, y te lo vas a chingar. - Habiendo dicho esto, me dio un fierro hecha con varillas que era casi del tamaño del espacio entre mi codo y mi muñeca. Muchas cosas me vinieron a la mente, y lo único que se me ocurrió preguntar fue:
- ¿Donde la escondo? - El Pericles se cago de risa.
*
Fue el Dientes quien me enseño como hacerlo: Primero, forre la punta, cabron, con papel de baño; luego, lo envolví en plástico con el que envuelven la comida, que doña Miche mí hizo favor de conseguirme; después, lo atasque de vaselina para, acto seguido, introducírmelo en el recto. Me tarde mucho en decidirme a hacerlo, pero no me podía rajar. Sabía que con eso quizá nunca saldría de la caña, pero no me quedaba de otra, o seria yo quien saldría de ahí con los pies por delante.
Ha sido la sensación más desagradable que he tenido en la puta vida. Además de la vergüenza, el asco con uno mismo, están el dolor y la incomodidad. Es como tener todo el tiempo ganas de cagar. Pase un maldito día con esa madre guardada en las entrañas. Al día siguiente, para tener un pretexto para ir a la enfermería, me trague una torta de jamón y queso echada a perder. Empecé a vomitar, y me retorcía de dolores fingidos. Como el Pericles me dijo, por tratarse de mí, nadie me reviso.
Cuando llegue, el Chinche estaba sedado. Pasaron un par de horas en lo que me decidía y buscaba el momento para hacerlo. En eso llevaron al pinche Mudo, un compa que era un intento de sicario al que le habían cortado la lengua por soplón. Ese era mi momento. Pedí un cómodo para poder cagar, y me lo pasaron. Detrás de la cortina, cague el fierro. Ha sido lo más asqueroso que he hecho en la vida. Lo limpie con las sabanas. Le di el cómodo al enfermero, y le dije que había tenido un accidente con las sabanas. Me vio con asco, y salió del cuarto con las cosas. Nos quedamos el Mudo y yo con el poli que nos vigilaba. El Chinche seguía sedado. Me levante y le rebane la garganta al poli. El mudo me veía con los ojos abiertos como plato. Cuando este cayo, el Mudo comenzó a buscar algo entre su ropa, y lo sujeto mientras moría. Me dirigí al Chinche, y también le rebane la garganta. Después le pique ambos ojos con una furia que me cuesta trabajo creer que fui yo quien lo hizo. Tome unas tijeras y corte todo el forro que traía el fierro. Lo escondí dentro del forro del colchón de la camilla. Le avente el fierro al mudo, y este lo atrapo. En eso entro el enfermero, y vio la sangrienta escena, con el Mudo sosteniendo el fierro, y corrió a pedir ayuda. El Mudo, al darse cuenta de que lo había ensartado, se me echo encima. Peleamos violentamente, hasta que llegaron los tiras. El Mudo alcanzo a clavarme el fierro entre las costillas antes de que lograran someterlo.
 
*
Me volví un héroe para la banda. Todo mundo sabía lo que había hecho, y las autoridades estaban convencidas de que había sido el Mudo quien se había cargado al Chinche y al poli. Dos semanas después, también a él le dieron piso los Abuelos. Cuando me regresaron con los demás internos, todos estaban más que contentos conmigo. Aquella noche, el Diablo me tatuó mi primer lágrima con tinta china.
*
Un día, sin previo aviso, me dejaron salir. Resulta que el Gordo había salido del coma, pero apenas puso un pie fuera del hospital, lo balearon. Nunca se supo quién fue ni por qué, pero sin que el declarara, no había caso en mi contra. Había pasado diez meses en la cana, y por fin era libre, pero no tenía ni idea de que haría ahora. La banda me regalo dos mil varos, para empezar allá afuera. Cuando salí, no tenía a donde ir, pero sabía bien que quería hacer. Hay dos formas de reconocer a alguien que ha estado guardado: Por la forma en la que se agacha, sin mostrar el trasero, y por la prisa con la que come. Me dirigí a un Burger King y me trague dos de las hamburguesas más grandes que tenían, además de papas y Coca Cola de a madres. Me sentía lleno como puerco, pero fue la mejor comida de mi vida. Me puse a pensar en que haría ahora. No tenía familia, ni amigos, ni casa, trabajo o dinero. Mi vida de niño fresa se había acabado, yo era otro completamente nuevo. Necesitaba encontrar chamba y donde quedarme, al menos por esa noche. Sea como sea, aun tenia mil ochocientos pesos, el estómago lleno, y la vida por delante. Era un buen comienzo.
 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Striptease


"I feel you", de Depeche Mode, comienza a sonar en el estéreo. Ella sale del cuarto contiguo y camina, lenta y sensualmente, hasta detenerse justo frente a la silla donde me encuentro sentado. Lleva puesto una blusa de red, una falda muy corta de encaje, unas medias con ligeros, y unos tacones de aguja, todo en negro. Se gira y me da la espalda, de modo que puedo contemplar a detalle su bello y bien formado trasero. Abre las piernas y comienza a menear la cadera suave y rítmicamente de lado a lado. Su cuerpo oscila como péndulo, y de inmediato caigo hipnotizado. Mientras se mueve, fatal y seductora como serpiente, se quita con maestría y delicadeza la blusa, dejando al descubierto el tatuaje de rosa que le cubre el hombro izquierdo y baja por su espalda. Levanta, triunfal, la blusa con la mano derecha, y sin voltear a verme la arroja hacia mi, acertando en cubrirme el rostro. Me lo quito rápidamente, y ella me mira, coqueta y divertida, por sobre el hombro. Se gira rápidamente, y se baja, con movimientos ondulatorios de cadera y manos, la falda. La deja caer al suelo y la patea con un movimiento sexy y sutil de bailarina de Can can. Vuelve a girarse y comienza a mover ese bello trasero, apenas decorado, no cubierto, con una tanga negra, también de encaje, como el bra. Se mueve despacio, provocándome. Yo, desde mi silla, ya estoy bramando. Sabe bien lo que tiene, y sabe bien como usarlo para enloquecerme.  Mientras sube y baja, bailando de lado a lado, juega con ambas manos recorriendo la tanga y despegándola de su piel, desde la cintura hasta la parte mas baja de sus nalgas. Luego, retira un tirante de su bra, el del hombro izquierdo, y me sonríe. Respiro con dificultad, trago saliva, y siento como una gota de sudor escurre por mi frente. Sin perder el ritmo, agita el trasero rápida y juguetonamente. Voltea de nuevo, y camina hacia mi con pasos largos y lentos, acentuando su sensualidad. Se desabrocha el bra y lo arroja a un lado. Sus pechos son grandes y hermosos. Llega por fin a mi, se apoya en mis hombros, y arqueando la espalda sube y baja varias veces, permitiendo que la tome de la cintura y acariciando con sus senos mi rostro. Abro la boca y su pezón se posa, por un breve instante, en mis labios. Ambos nos estremecemos. Baja hasta quedar hincada frente a mi. Pasa su barbilla por mi entrepierna, acariciando sobre el pantalón mi miembro firme y dispuesto. Después sube lentamente, apoya su rodilla entre mis piernas, haciendo apenas contacto con mis genitales, y acerca sus labios a mi oído. Mordisquea mi lóbulo izquierdo, jugando con mi arracada, mientras me dice:
- Feliz aniversario, amor. -

domingo, 1 de septiembre de 2013

Como el aire que respiro


Recuerdo claramente la primera vez que te vi, en aquel concierto de Motley Crue. Tocaban "Live wire", y tu agitabas tu melena de leona, roja como el fuego de tu alma, mientras coreabas la canción a gritos y levantabas la mano derecha, con el índice y el meñique arriba, presa de una euforia total. Quizá es estúpido decirlo ahora, pero  fue amor a primera vista.
Estuve cazando tu mirada como por tres canciones, hasta que finalmente volteaste. De todos los hombres presentes, chicos andróginos y perfectos, con alaciados perfectos, o rizos bien definidos, te fijaste en mi, oficinista promedio, sin nada que me hiciera especial.
Ibas acompañada de un tipo, que supuse era tu novio, y no me anime a acercarme. Para que te engaño, sabes que soy muy tímido, y quizá nunca me hubiera acercado a ti. Por suerte tu siempre tuviste los pantalones bien puestos, y juguetonamente te acercaste a mi. Dos semanas después, ya éramos novios.
Siempre me hiciste burla por la forma de pedirte que fueras mi novia: En un centro comercial, frente a una zapatería, y tan nervioso que me trababa al hablar. Tuvo que pasar mucho tiempo para que reconocieras que, en vez de tonto, te había parecido lindo. Recuerdo que íbamos a escondidas al cine, al teatro y a comer, pues en tu casa no les parecía que tuvieras novio, ya que según ellos te distraía de tus estudios. Eso y el asunto de un ex celoso. Con todo y esos obstáculos, ambos disfrutamos muchísimo nuestro noviazgo, y cada dificultad que teníamos que enfrentar no hacia mas que unirnos.
Te pedí matrimonio una semana después de que te titulaste. Yo siempre fui un don nadie, pero me sentía muy orgulloso de cada uno de tus logros. Recuerdo haberte llevado con engaños, pues te dije que iríamos a cenar para festejarte. Cenamos en el Miralto, donde pediste carpaccio de trucha, y yo costilla de cordero. Bebimos una botella de Haras de Pirque, y ya que el vino me había dado algo de valor para pronunciar un emotivo discurso, te pedí que te casaras conmigo. Recuerdo que tus ojitos se llenaron de lagrimas desde que empecé a hablar, por que ya sabias para donde iba. El anillo era de oro blanco, con nueve puntos de diamante. Se que no era la gran cosa, pero tu lo miraste como si te diera las joyas de la corona. Eufórica y emocionada, aceptaste mi propuesta, y me hiciste el hombre mas feliz del mundo.
Nos casamos en la iglesia de Coyoacán. Tu mama y tu hermana decoraron todo con casablancas. Yo estaba muy nervioso, no se por que, pero tu estabas bella y radiante con ese hermoso vestido blanco, sin hombros, que escogiste. Nada ostentoso, sencillo y puro, como tu. Mentiría si dijera que fue el día mas feliz de mi vida por que, desde entonces, cada momento a tu lado fue como vivir en el paraíso. La luna de miel fue en Cancún, donde nos hospedamos en el Hyatt, en un bello cuarto con vista al mar. No sabias nadar, y tuve que enseñarte a hacerlo, fue muy divertido.

Esa noche, de pasión y amor puro, según nuestras cuentas, dimos vida a Aline, nuestra hija, quien llego ocho meses después (yo quería llamarla Sara, como su madre, pero tu no quisiste). Fue un parto difícil, pero te comportaste igual que siempre, como guerrera. Recuerdo que ambos lloramos de felicidad cuando nuestra pequeña tomo tu pulgar entre sus deditos.

Los años siguientes fueron de plena felicidad, y aunque hubo momentos muy difíciles, pudimos sortear todo juntos, como familia, hasta que llego la leucemia. Los últimos meses los viviste, a pesar de todo, feliz y estoicamente. Nunca quisiste que te internáramos, preferías estar en tu hogar, con los tuyos. Alcanzaste a conocer a Ariel, nuestro nieto, y creo que, mas que de dolor, en esos últimos días lloraste de felicidad. Recuerdo una tarde en particular, una semana antes de que te fueras, en que me dijiste que también me habías amado desde la primera vez, y que no habías dejado de hacerlo, ni un poquito, con el paso de los años. Te entendí perfectamente, por que toda la vida me sentí del mismo modo.

¿Sabes? Ahora que estoy aquí, parado frente a tu tumba, como cada año, viendo como cambia el mundo y se convierte en un lugar desconocido y hostil que no logro entender, mientras yo me vuelvo mas viejo, me alegro por que hayas partido primero. Este dolor, con el que supuestamente te acostumbras a vivir, para que nadie te haga preguntas dolorosas, ni te recuerde tiempos que ya se fueron, o se compadezca de ti, en realidad te desgarra el alma, y te consume poco a poco. Prefiero ser yo quien lo viva, yo quien lo soporte, y que tu hayas partido en paz, con mi mano sosteniendo la tuya hasta el ultimo instante.

Yo nunca fui bueno con las palabras, pero cada día, cada minuto de mi existencia, trate de hacerte entender, con mis actos, cuanto te amaba. Me eras tan indispensable como el aire que respiro, quizá mas, pues sin ti, nada, ni la vida misma, tiene sentido. Ahora vuelvo al inicio de mis días, pero ya no soy un joven solitario, sino un viejo melancólico que no deja de mirar el pasado para aferrarse a los recuerdos de los días a tu lado, los mejores de mi existencia.

Aline ya hizo su vida, y aunque seguido me visita, y se preocupa por mi, no es lo mismo que tener a mi lado a mi mejor amiga, a mi compañera, a mi amante, a mi alumna y maestra, a mi esposa y mujer. Trato de vivir dignamente cada día, para honrar tu recuerdo, pero créeme, cuento las horas, minutos y segundos en que finalmente pueda reunirme contigo en la otra vida. Te amo, y te extraño como no tienes idea...

domingo, 25 de agosto de 2013

Escupo en tu tumba


Después de pasar mas de una hora cavando ambas fosas, completamente sudado, y con la espalda adolorida, Adán abrió la cajuela de su viejo Rambler, y con trabajo saco ambos cuerpos. Sin el menor cuidado, arrojo primero a Eva, su esposa, a su respectivo agujero, y lo cubrió de cal, después de tierra. Luego hizo lo mismo con el imbécil de su amante, pero dejo su cabeza descubierta. A este lo enterró prácticamente de pie. Cuando hubo terminado, lo abofeteo para que despertara. Si, lo había dejado con vida, pero ya se encargarían de el los cuervos. En cuanto comenzó a gritar, lo amordazo. Sin decirle absolutamente nada, se levanto, se bajo la cremallera, y orino en su cara. Luego, sin perder mucho tiempo en ello, escupió en la tumba de su esposa. Se rio al pensar que ahora era viudo. Dio media vuelta, subió al coche, y se largo, dejando atrás el profundo y oscuro bosque. Encendió un cigarrillo, y lo disfruto lentamente. Mientras manejaba, escuchando la versión de Creedence de "I put a spell on you", pensó con alegría que, si bien todos merecían un castigo por lo ocurrido aquella noche, al menos no tendría que volver a ver a la puta de su esposa, pues los asesinos y los adúlteros no ocupan el mismo circulo en el Infierno.

domingo, 11 de agosto de 2013

Misterios y milagros


Según mi abuela me conto, sucedió en una calurosa noche del otoño del 72, allá en San José de Chila, Apatzingán. A mitad de la noche, toda la gente del pueblo escuchaba los desesperados gritos de dolor de Eréndira, la esposa de Jeremías, desertor del Ejército mexicano después de aquella fatídica noche de Tlatelolco. Les habían dicho que sería un parto difícil, pero nada los había preparado para esto.
 
La partera hacia cuanto estaba en sus manos, pero nada era suficiente para mitigar el sufrimiento de Eréndira. Finalmente, después de casi una hora de lucha constante, la creatura nació. "Nació" es una forma de decir que había salido del vientre materno, pues en realidad estaba muerto, al igual que su madre. Si, había sido varón.

La noche se cubrió de rezos y lágrimas. De pronto Socorro, quien se encontraba rezando afuera de la casa, abrió la puerta de esta y dijo:

- Esta niña dice que la Virgen le pidió que viniera. -

Habiendo dicho esto, se hizo a un lado y dejo pasar a una pequeña de unos nueve años, cabello negro, tez morena, rasgos indígenas, y los ojos más verdes que nadie hubiera visto jamás. Llevaba una túnica blanca y lisa, e iba descalza. Todo mundo guardo silencio, y la pequeña avanzo hacia donde estaban ambos cuerpos. Se acercó al pequeño y puso sus manitas sobre él. Más tarde, todos los presentes comentaron sobre el calor que estas parecían irradiar. Con los ojos cerrados, comenzó a rezar algo en un dialecto, probablemente en Náhuatl. Estuvo así unos cuantos minutos, de pronto se desplomo al suelo. Estaba muerta. Al instante, el pequeño comenzó a llorar.

Era un milagro, estaba vivo. La multitud se encontraba presa de una confusa mezcla entre éxtasis y congoja, tanto por la resurrección del pequeño, como por la muerte de la misteriosa pequeña que le había salvado la vida. Al día siguiente, afuera de la casa de Jeremías, se le construyo un altar a la niña, justo donde la habían enterrado, y se le venero como una santa. Mi abuela decía que de su tuba nació una higuera que en menos de un mes había alcanzado su plena madures. Me consta que ese árbol sigue en pie hasta la fecha, pues ella me llevo a verlo.

El pequeño fue bautizado como Aurelio. Aurelio Villegas, igual que su abuelo. Extraños e indescifrables son los designios de Dios, que quiso que, años más tarde, Aurelio se convirtiera en el temido líder del cartel de los Villegas Colín. O eso era lo que decían los medios.

La verdad es que un día Aurelio, cansado de la pobreza y opresión que sufría su gente, reunió a una tropa de valientes, se los llevo a la sierra, y los entreno del mismo modo en que había hecho con el su padre (q.e.p.d.), y un buen día arrebataron los plantíos de amapola y marihuana que cultivaba el Ejercito en la región. Al igual a como había sucedido en Colombia, la guerrilla liderada por Aurelio comenzó a obtener sus recursos en base al narcotráfico, sabiendo perfectamente que ellos, los mexicanos, podían ser productores y distribuidores, pero los gringos eran los principales consumidores.

Para su gente, Aurelio era un héroe: Construyo escuelas e iglesia; creo muchas fuentes de empleo (en su mayoría legales), para la gente de todo el estado, y defendió a su pueblo del abuso de criminales y funcionarios (que para el eran lo mismo). Sin embargo, frente al cartel, Aurelio se había convertido en un hombre sanguinario.

Una noche, Aurelio recibió una llamada. Hacia unos meses que andaban cazando a un grupo de tratantes de blancas que robaban niñas indígenas para, presuntamente, prostituirlas en Playa del Carmen o venderlas a los tailandeses. Alfredo, su terrateniente, los había localizado esa misma noche. Aurelio quiso ir para acabar personalmente con ellos, y asegurarse de mandar un mensaje claro a los de su calaña: No son bienvenidos aquí.

Al llegar al lugar, Aurelio y sus hombres fueron testigos de cómo doce tipos hacían abordar a un tráiler a más de treinta niñas indígenas, todas entre siete y doce años de edad. Apenas las niñas estuvieron dentro, lo más seguras posibles, se armó la balacera. Aurelio dio órdenes precisas de disparar primero a los pies, y una vez en el suelo, acribillarlos, para dejar fuera de rango a la caja del tráiler que contenía a las niñas. El operativo fue todo un éxito. Liberaron a las niñas. Aurelio ayudaba a bajarlas cuando se percató de una en particular: Era morena, de cabello negro, pero tenía los ojos más verdes y luminosos que había visto jamás. Experimento una extraña sensación, que hoy en día conocemos como "deja vu", antes de recibir un disparo detrás de la oreja. Uno de los abatidos aún estaba vivo, y quiso llevarse a alguien consigo antes de dejar este mundo.

Todo se oscurecía para Aurelio. La pequeña de ojos verdes se acercó a él, que se desangraba en el suelo. Se tomaron de las manos, y al mismo tiempo, los dos dijeron:

- Gracias. -

En ese momento, Aurelio Villegas falleció.

domingo, 21 de julio de 2013

Fetiche


Cuelgo desnudo del techo, como un cristo sadomasoquista. Mi espalda está cubierta de aros de plata injertados en la piel. Doce, para ser exactos: Ocho a lo largo de la columna vertebral, y dos por cada hombro. Cada uno de estos aros está unido a una gruesa cadena que desemboca en un extraño sistema de poleas. También estoy sujeto a varios grilletes, con sus respectivas cadenas (supongo que para equilibrar mi peso y evitar que los aros desgarren mi piel). Un grillete para cada tobillo, uno para cada muñeca, y uno para cada corva de rodillas y codos.

Los dedos de mis pies casi rozan el suelo. Tengo miedo de moverme, pero no siento nada estando quieto. Mi cuerpo está inclinado hacia adelante. Con lo meticulosamente planeado que ha sido esto, no me sorprendería saber que he sido colocado con una inclinación exacta de 45º. Desde esta perspectiva, apenas puedo ver el cuarto en el que me encuentro, totalmente desprovisto de muebles, pero dotado con una cámara fotográfica y una de video, montadas en tripies colocados justo frente a mí. El suelo esta alfombrado. También puedo ver el suelo y mi cuerpo, con los brazos y el torso cubiertos, casi por completo, de tatuajes. Cada uno cuenta una historia, y en conjunto constituye mi orgullo. Bueno o malo es lo que soy.

Imagino la escena de mi cuerpo desnudo, tatuado, y colgando, desde la perspectiva de las cámaras. Supongo que para Selene debo de constituir una especie de espectáculo enfermizo.

Escucho una pesada puerta de hierro que esta frente a mí, pero detrás de las cámaras, abrirse con un escandaloso rechinido. Un haz de luz rectangular me ilumina súbitamente; la figura perfecta de Selene eclipsa esa luz.

-  ¿Te has portado bien? - Pregunta burlona.

- Sí.  - Contesto titubeante.

Se acerca caminando con esa seductora coquetería que la caracteriza. Su perfume vicia el ambiente, me embriaga. En la mano lleva el viejo fuete de cuero. Está completamente desnuda, salvo por esos tacones de aguja que sabe me enloquecen. Por reflejo, no puedo evitar una erección.

- Veo que te da gusto verme… -

 - Sí. -

Acto seguido, me golpea ferozmente el pómulo con el fuete. La sangre brota de inmediato, y llega a mis labios. Selene me jala fuerte del cabello en mi nuca, obligándome a levantar la cabeza. Me besa salvajemente, lamiendo la sangre que yace en mis labios; luego, muerde mi labio inferior con suave, pero punzante, precisión. El dolor es delicioso. Mi pene empuja contra su vientre. Ella ríe.

 - Con calma, muchacho. -

Se inca frente a mí y se lleva mi miembro a la boca, apretando sus labios alrededor. Mientras sube y baja lenta y rítmicamente la cabeza, devorándome, con una mano me masturba. Su lengua hace cosas increíbles e indescriptibles. Estoy al borde del orgasmo. De pronto se levanta y acaricia suavemente con el fuete mis testículos y pene. De nuevo me dice:

- Con calma muchacho. - Y me besa tierna y apasionadamente. - Te deseo… - Susurra mientras me mira con sus ojos ardientes.

Desliza sus labios hasta la altura de mi pecho, y mordisquea mis pezones. Se levanta súbitamente, y me dice:

- Espera… -

Va hacia la parte de atrás. Después de un rato de hacer no sé qué cosas, me toma por sorpresa cuando me venda los ojos. De nuevo me besa con ternura y pasión, y de nuevo me pone en el cuello mi rosario. Toma mi pezón izquierdo entre sus manos, y de pronto, sin previo aviso, siento una punzada que me hace gritar.

-  Jajajaja acabo de ponerte un piercing, sé que te gustara. -

El dolor y la sorpresa me hacen enfadar, pero reprimo la emoción. Le pertenezco.

-  ¡Cuánta furia! - Y lleva sus labios a mi pezón. Siento como juguetea con la lengua con la pieza que me coloco.

De pronto, algo caliente escurre por mi pecho. Cera. Me enciende la sangre. Mientras estoy distraído, disfrutando la sensación que me escuece el pezón, escucho como manipula las poleas; mi cuerpo comienza a cambiar de posición. Me siento como un puto títere, y ella es el titiritero. Ya no estoy como cristo, ahora estoy estirado completamente, con los brazos hacia arriba. Parezco un costal de box. Las cadenas que penden de los aros se relajan. Sin aviso, comienza a fustigarme salvajemente con el fuete. Grito. Siento la sangre escurrir por mi cuerpo. También siento palpitar mi erección. Cuando más herido estoy, y cegado por el dolor, las cadenas que me sujetan se relajan, y caigo al suelo. La escucho decir:

- Cógeme. -

Me quito la venda de los ojos, y la veo a gatas, subiendo y bajando la cadera de atrás hacia adelante, como felina en celo. Sus nalgas perfectas forman un corazón. Su rostro es una invitación a caer y pecar. Los tacones de aguja me enloquecen. Es más de lo que puedo soportar. Me abalanzo hacia ella, y la monto salvajemente.

- Castígame. - Me dice, y yo obedezco.

Golpeo violentamente sus nalgas con la palma de mi mano. Siento como moja mi pene cuando se viene, y yo termino dentro de ella. Con el orgasmo, una agradable calidez acaricia y envuelve nuestras zonas íntimas. Ambos caemos en el suelo alfombrado. Nos besamos ardientemente, como dos personas enamoradas. Nos fusionamos en un abrazo, y nos cubrimos de besos y caricias. Las caricias comienzan a subir de tono, y ella araña mi espalda enterrando sus uñas con fuerza. La sensación es placentera, comparada con los golpes del fuete. Bajo mi cuerpo a la altura de su pubis. Al ir descendiendo, el rosario acaricia su clítoris. Eso le agrada, así que lo repito un par de veces, juguetonamente. Lo hago bajar, y lo remojo en su esencia. Luego, lo pongo en mi boca. Ella sonríe. Después del jugueteo, escupo la cruz, y bajo de nuevo entre sus muslos. Beso intensamente su clítoris. Ella se retuerce de placer. Hago círculos con mi lengua, metiéndola una y otra vez dentro de ella. Se viene en mi boca. Su sabor es salado y delicioso. Me ordena:

- Continua. -  Y se gira boca abajo.

Paso mi lengua desde su clítoris hasta la parte posterior de su cintura. Al llegar al ano, lo acaricio en círculo. Selene gime. De nuevo no aguanto más, y la monto fuertemente, esta vez entrando con delicadeza por la entrada prohibida. Mientras cogemos salvajemente, como bestias, ella se masturba. Se viene con tal intensidad que moja como fuente. De nuevo llegamos a un glorioso y espectacular orgasmo. Sin previo aviso, se levanta, aun extasiada, y acciona nuevamente las poleas. Violentamente regreso a la posición de cristo. Ni siquiera me da tiempo de poner resistencia. Gruño como bestia, y ella solo sonríe de una forma indescifrable para mí. Me agito y grito. Ella me contempla con gesto inescrutable, y me dice:

- En un momento vendrán a curarte y limpiarte. Pórtate bien. – Antes de salir, titubea un poco. Finalmente voltea y me dice: - Te amo… -


domingo, 7 de julio de 2013

Otro trastornado fan de Pollock


El cuerpo desnudo de aquel hombre obeso estaba acostado sobre el lado derecho del gran lienzo blanco que él había dispuesto en el suelo. Se hallaba clavado de manos y pies al suelo, y dos finas pero resistentes cuerdas transparentes se hallaban también afianzadas al suelo, aferrándolo por el abdomen y el cuello, debajo de los pliegues de su inmenso abdomen y papada. Comenzó amputándole la pierna derecha con una pequeña sierra eléctrica de forma redonda. El hombre obeso grito y chillo desesperadamente. Le gustaba que gritaran. Sentía que el sufrimiento daba vida a su arte. El corte fue rápido y limpio, no así la sangre, que comenzó a brotar como una fuente. El lienzo se encontraba en un pequeño desnivel, por lo que la sangre corrió hacia abajo, dejando limpio el resto del espacio. Luego, corto el brazo izquierdo a hachazos, provocando violentas salpicaduras. Finalmente, corto de un solo tajo la yugular; un grueso chorro de sangre saliera disparado hacia el centro. Mientras el hombre obeso se ahogaba en su propia sangre, el plasmo, con un gran molde, su firma, y dio por terminada la última obra de esta serie. Más bien, la penúltima. Subió al andamio y tomo una fotografía de la imagen completa, luego la imprimió ahí mismo, dentro del enorme almacén que le servia de taller, y cuya otra mitad también habría de ser la galería donde se exhibiría su obra. Tomo la impresión, que media 2m x 1m, y la coloco con las otras de la serie. 21 en total, mas su obra maestra. Miro satisfecho la galería, y cerró la puerta del taller, donde se encontraban todas sus obras. Con la cámara de video en mano, se dirigió al fondo de la galería, donde estaba un enorme lienzo, aun mas grande que los anteriores, lleno de manchas de sangre, ya coagulada, que escurría hasta el suelo. Grabo a detalle cada una de sus obras, compuesta por gente de todas las edades, géneros, y colores de piel. A pie de foto se encontraba una pequeña descripción, que incluía el nombre del “modelo” (cuyo cuerpo podrían encontrar en el taller). Se detuvo frente al gran lienzo blanco, y conecto la cámara a su lap. Cargo el video a la pagina “El ángel negro”; cuando estuvo listo, comenzó a transmitir en vivo. Oriento la cámara para que grabara hacia el lienzo. Subió al andamio, se coloco una vieja cuerda al cuello, y brinco. La cámara capto, a detalle, el momento en que se rompió el cuello.

domingo, 30 de junio de 2013

De La Sangre



11:37 pm carretera libre México – Cuernavaca

El automóvil, un viejo Maverick, avanza a 90 km p/h exactamente. Nunca baja la velocidad, ni acelera. Se mantiene en completo control.  Quien viera el coche pensaría que esa bestia de metal tiene una actitud predatoria. Las luces altas iluminan el asfalto enfrente de el. Arriba, la luna brilla llena. No hay estrellas. A los costados, la oscuridad del bosque seduce, incita al abismo. Dando la vuelta a la curva se vislumbran las luces de un coche a lo lejos. Se trata de una Navigator cuyos integrantes, Papa, Mama e hijos (Raúl, de siete y Andrea, de diez) vienen regresando de una boda. Papa y Mama escuchan a Creedence, “Bad moon rising”, mientras los pequeños duermen. El conductor del Maverick apaga las altas. Papa, que es bastante histérico, toca el claxon con insistencia, y hace cambio de luces. El del Maverick se cierra violentamente a la Navigator, poco antes de que esta se cruce en su camino. Papa frena violentamente, y de inmediato se baja, bastón en mano, para “arreglar” el asunto. Del Maverick se bajan cuatro tipos sin playera y tatuados hasta en el rostro. El que va al volante dispara a Papa un tiro justo en la cabeza, luego va al coche y hace lo mismo con Mama e hijos, quienes están aterrorizados. Después, el silencio. Los cuatro regresan al Maverick. Antes de subir, el conductor aúlla y echa tiros al aire. Completo su iniciación, ya es parte de la clica...

domingo, 23 de junio de 2013

Mein teil



Una vez al mes, apenas se metía el sol, manejaba el taxi por la zona empresarial de Santa Fe. Buscaba solamente morenas guapas, de entre 25 y 30 años. El modus era siempre el mismo: Se mostraba amable, platicador, y algo curioso. Cuando llegaba la hora de pagar, las inyectaba en la muñeca con M99, y se las llevaba hasta su casita en Tacubaya. En el garaje, las cambiaba de coche, y salía de ahí.

Hacía dos años que había enviudado, y llevaba uno haciendo esto. Su casa era una enorme, pero discreta mansión en Polanco, herencia de su madre. Nunca conoció a su padre. Bajo a la chica del coche, y la llevo al taller. El proceso era largo, pero él era hábil, meticuloso, y paciente. La desnudo sobre la plancha. Se quito los guantes de piel que había usado hasta el momento, y los sustituyo por unos de látex. Tomo fotografías a detalle, poniendo especial atención en el rostro. Colgó el cuerpo de cabeza sobre una tina. Hizo un pequeño corte en la garganta, y la dejo que se desangrara por espacio de una hora. Le gustaba pensar que la muerte era como un sueño para ellas.

Después de asegurarse que había muerto, y cuando ya no escurría más sangre, la bajo y la deposito en una mesa. Con un escalpelo removió toda la piel del cuerpo; la limpio y la salo con Bórax. Dejo la piel reposando, pues tenía que secar durante dos días antes de curtirla y engrasarla. Siguió con el cuerpo. Abrió en canal, desde la pelvis hasta la garganta, y removió todas las vísceras. Paso un par de horas cortando y seleccionando lo que servía y lo que no (era especialmente importante conservar el cráneo). Guardo con cuidado las partes que podía utilizar en una hielera; lo demás lo repartió en siete bolsas rojas de R.P.B.I. Tiro los guantes a la basura, y se dirigió a la cocina.

Puso en el estéreo la sonata en G menor de Tartini, y fue a la alacena. Saco unos pequeños recipientes de cristal, de diversos tamaños, donde fue acomodando órganos y huesos; luego, los metió al refrigerador. Aparto los que constituirían la cena, que esta noche seria intestinos fritos (salados, pero deliciosos) y tuétano asado. Cuando todo estuvo listo, puso la mesa. A la luz de las velas, destapo una botella de Haras de Pirque, y se dispuso a cenar. Con un pequeño tenedor, especialmente diseñado para ese menester, comenzó a extraer la medula del hueso, y lo unto en una rebanada de pan tostado. Su consistencia era tierna, y olía muy bien. La cena era para él un rito religioso, donde sentía que alcanzaba el Nirvana.

Terminando de cenar, se dirigió a su “Salón de almas”, como él la llamaba. Era una amplia sala decorada con imitaciones de Goya, el Bosco, Carrington y Blake, principalmente, además de un par de originales de Hans R. Giger y uno de Remedios Varo, que era su orgullo. Pero, a pesar del placer que le causaba admirar sus cuadros, lo que más deleite le proporcionaba era ver sus esculturas: Maniquíes que el mismo había hecho y detallado, minuciosamente, para después recubrirlos con la piel de cada una de sus víctimas. Siete, hasta el momento, pero pronto se les uniría una octava. Los ojos son el espejo del alma, por eso había invertido tanto tiempo y esfuerzo en preservar los originales. Ese cuarto, y su biblioteca, eran los únicos lugares en el mundo donde no se sentía solo. ¿Qué pasaría cuando el Salón de almas estuviera lleno? Ya habría tiempo para pensar en ello.

No sentía remordimiento alguno, al contrario, les había hecho un bien al inmortalizarlas. Tarde o temprano su belleza se apagaría, pero él había logrado preservar sus cuerpos en aquellas estatuas, y sus almas ahora vivían dentro de el. Se dirigió a la biblioteca, y continuo leyendo las “Máximas” de La Rochefoucauld, justo donde se había quedado. Leyó por espacio de una hora, esta vez acompañado por una copa de Vespral, luego se fue a dormir. Era sábado por la noche, no había prisa por levantarse temprano al día siguiente.

El lunes, como siempre, llego una hora antes al hospital. Después de estacionar su coche en su lugar, se dirigió, sin que nadie lo viera, al depósito de basura, donde arrojo en los contenedores rojos las bolsas de R.P.B.I., después de dirigió a su consultorio. Se puso la bata, y comenzó a estudiar los archivos de los pacientes que vería el día de hoy. Era un buen pediatra, de los mejores del país. Le gustaba ayudar a quien más lo necesitaba, y todo mundo decía que era muy humano.