domingo, 27 de octubre de 2013

El rock de la cárcel



Esto le pudo pasar a cualquiera, en cualquier momento, en cualquier parte del mundo; pero me sucedió a mí, pequeño burgués hijo de casa. Aquel día, nos encontrábamos mi mejor amigo, Armando, y yo, esperando a nuestra amiga Sara en su casa, platicando con su mama y con Jimmy, su hermano menor (por dos años), de baseball, deporte que el practicaba con fanatismo.

Habíamos quedado de ver a Sara a las 4:00 pm para ir al cine. Si, ambos éramos unos estúpidos e inocentes chamacos de diecinueve años, enamorados de la misma chica. No sé que métodos empleaba Armando para conquistarla, pero a mí las cartas, los poemas, y las canciones, me habían dado buen resultado, pues Sara y yo ya nos habíamos besado en dos ocasiones. Siempre pensé que si Sara no me daba el "si", era para no lastimar a Armando. Ella, la bonita de la escuela, con sus rizos rubios, sus hermosos ojos azules, y un cuerpo que hacia imposible quitarle la mirada de encima, se habia fijado en mi, y hasta la fecha nunca he entendido por que, pero supongo que eso ya no tiene la menor importancia.

Pasaban ya de las cinco, mas bien, casi eran las seis, y Sara no aparecía. Por aquellos días, previos al año dos mil, el boom de los celulares aun no nos alcanzaba, y no había forma de comunicarnos con ella. Su mama estaba preocupada, pero disimulaba platicando con nosotros. Yo también me sentía inquieto. De pronto, se abrió la puerta de la casa, y Sara entro hecha un mar de lágrimas, con la blusa rasgada en jirones, y sangre en la cara. Todos nos levantamos como rayo para ver que le pasaba. Entre sollozos, nos platico que unos tipos, que por lo general se reunían a tomar afuera de una casa, y a molestar a cuanta chica pasaba por ahí (ya antes le habían dicho "piropos" vulgares a Sara), ese día, envalentonados por el alcohol, habían decidido ir mas allá: La sujetaron entre dos y la metieron a la fuerza a la casa, donde la manosearon y trataron de abusar de ella. Por suerte para Sara, los tipos estaban demasiado ebrios para coordinarse, y ella logro huir dándole un botellazo en la cara a uno.

Mientras Sara nos contaba todo esto, Jimmy se metió a su recamara. Salió armado con un bat de baseball largo, y sin decir palabra, le aventó uno igual a Armando y uno más corto a mí, y salió a la calle hecho una furia. Su mama nos pidió alcanzarlo y detenerlo, antes de que hiciera una tontería. Para cuando yo salí, Armando ya lo había alcanzado. Intercambiaron unas palabras, que por la distancia y la ira de Jimmy no pude entender, y Armando se le unió con la misma convicción asesina. Yo trataba de alcanzarlos, pero sin poder pensar claro.

Vi a Armando abrir la puerta de aquella casa, el numero 23, y entrar junto con Jimmy. Cuando cruce la puerta vi que repartían golpes a diestra y siniestra a los presentes, todos hombres. Habría como doce tipos, y antes de que alguno reaccionara, yo me uní a mis amigos. El sonido de la violencia se tatuó para siempre en mi alma. Vi al dueño de la casa, un ruco con más mala leche que todos los malandros con que se juntaba, entrar a un cuarto, y lo seguí. Me lo tope en la puerta, tratando de ponerle el cargador a una pistola, lo cual impedí con un batazo. Supongo que fue el frenesí, la adrenalina, lo que en un principio me hizo actuar de forma tan violenta, pero luego recordé a Sara, golpeada y llorando, y sentí como la ira llenaba cada rincón de mi alma, en ese entonces, inocente. Descargue todo el odio que sentía en aquel tipo.

Vi como la nariz se le partía a la mitad. Vi sus dientes explotar y su mandíbula brincar hacia un lado. Sentí como sus costillas se hundían bajo el peso de mis golpes, al igual que su rodilla. Lo escuche maldecir, gruñir, suplicar y llorar. Lo vi cubrirse de sangre y perder el conocimiento. Incluso vi cuando su craneo se partia, y aun así, no me detuve. Fue entonces cuando entraron los polis, apuntándome con sus armas y exigiéndome que levantara las manos. Ese momento fue como si despertara de un sueño para entrar a una pesadilla. Recuerdo que pensé "Dios mío, estoy perdido". Yo, inocente niño burgués, no sabía en qué me había metido.
 
*
 
- Agáchate y tose. - Me dice un tipo obeso. Yo me encuentro completamente desnudo. Acto seguido, hurga dentro de mi trasero con un guante de látex y una lamparita
Así perdí mi "otra" virginidad.
 
Después, un oficial me hizo un verdadero favor:
- Chavo, te ves muy "junior", así que te voy a hacer un paro. - Después de decir esto, me rapo con maquina a la cero. - Te voy a dar un consejo: No hables hasta que alguien te hable, y cuando lo hagas, hazlo poco. Pon cara de enojado, pero no andes de farol, y no dejes que vean que te estas cagando de miedo, o vas a terminar siendo la putita de alguien, y si alguien te la hace de pedo, de inmediato rómpele su madre; probablemente sus amigos te revienten de inmediato, pero si no te pican, ya la hiciste. -
Por suerte no tuve tiempo de para usar sus consejos, salvo no estar de farol, poner cara de enojado, y hablar poco, pues desde el primer día el Púas me adopto.
Llegue siendo una especie de pinche celebridad, pues todos querían conocer a uno de los morros que se habían chingado a los Cholos, una pinche bandita de roba coches. El tipo al que mande a "echar pestaña" era el Gordo (después supe que no había muerto, pero lo deje en coma), el chingón de ellos. Si no hubiera sido por el Púas, muchos hubieran querido hacerse de nombre a mis costillas, pero eso nunca paso.
El Púas se identificó conmigo, pues estaba guardado por haberse chingado al cabron que violo a su hija. Él siempre fue paternal conmigo, y me enseño muchas cosas, pero sobre todo a nunca arrepentirme de hacer lo correcto.
Lo primero que tengo que decir de la "cana", como le dicen a la peni, es que no es como en las películas: Ahí no hay habitaciones de lujo para dos, sino cuartos culeros y apestosos donde meten hasta de a doce cabrones, aunque a la mitad le toque dormir en el suelo. No existe "lo tuyo y lo mío", todo es de la banda, y te chingas. Aquí tampoco hay un patio con cancha de tierra, todo es cemento, y el patio parece un mercado o el recreo de una escuela de malandros. No hay comedor con charolitas y fila, o te lleva de comer tu familia, o compras en una de las tres tienditas, donde te venden, además de la comida, caguamas en $100 (en bolsa, de pendejos te dan envases para que hagas "puntas" o Molotov), cigarros de a $10, porros de a $100, y grapas, rebajadas con harina, en $200.
A mi mi familia me dejo abandonado. Me convertí no en la oveja negra, sino en la deshonra, la vergüenza, y simplemente me dieron la espalda. Tampoco Sara me fue a ver. Después supe que su familia se había ido a vivir a Morelos. Nunca la culpe por eso. Armando tampoco me visito nunca. Supongo que estaba demasiado asustado como para hacerlo. Estaba completamente solo.
La neta es que las primeras semanas todo el tiempo tuve el puto nudo en la garganta, pero me aguante las ganas de llorar. En la peni no hay intimidad, hasta las paredes oyen y hablan, y una sola pinche lagrimita derramada me hubiera convertido de inmediato en puta. Me aguante, y así me hice duro. El Púas me enseño a "dilerear" para hacerme de varo y tener que tragar.
A los dos meses yo ya era un malandro: A todo mundo le vendía, a todo mundo le hablaba, y rápido me volví bien carrilla y alburero. Las señoras de las tienditas me invitaban mi pozole, y hasta los polis me regalaban cigarros (un me los fumaba, los vendía). Todo mundo conocía al "Güero", como me decían, pero sabían, sobre todo, que el Púas era quien me hacia el paro, quien llevaba el bisne, y a quien yo le daba un 50 de ganancia de todo lo que moviera. Un 30 era para los polis, y el resto para mí. Mantuve, de pura suerte, mi reputación de cabron por casi haberme cargado al Gordo, así que nunca nadie se metió conmigo.
Al principio, aunque nadie me lo crea, todo estuvo chido, y rápido me olvide de allá afuera. Nunca nadie me llamo a declarar, nunca vi a un abogado, o algo por el estilo, y nunca nadie me dijo algo sobre mi situación legal, pero me valía madres, pues allá afuera nadie me esperaba, y todos me decían que me dejarían salir en menos de tres años, pues no había matado al Gordo. Pero los problemas empezaron el día en que ingresaron al Negro, un pinche violador.
Aquel día, el Púas mando por mí. Recuerdo que estaba en el patio, coqueteando con la hija de un compa que había ido a llevarle comida, y que siempre me guardaba una torta de milanesa. Cuando llegue, tenían al Negro, tan madreado que su rostro se veía desfigurado, en uno de los cuartos acostado boca abajo y con los pantalones a las rodillas. Lo tenían amarrado de brazos y piernas, y de cada cuerda había un compa sujetándolo y estirándolo. Incluso había polis viendo. El Púas me dijo:
- Fíjate bien chavo, porque luego le vas a entrar tú. - Yo estaba temblando, y sentí como el sudor me empapaba las manos.
Estaba esperando que se bajaran los pantalones, o algo así, pero en eso alguien saco un envase de guama. El Púas se puso un grueso guante de obrero, e introdujo el envase violentamente en el recto del Negro. Este grito como nunca había escuchado gritar a nadie.
- ¿Qué se siente, hijo de tu pinche madre? - Le gritaba el Púas, mientras sacaba y metía la punta ensangrentada del envase. El Negro gritaba de una forma que me produjo pesadillas por días. - ¡Güero, vas tú! - Me ordeno el Púas.
Yo, dócil, me puse el guante y obedecí las instrucciones que el Púas me dio. No podía reconocer su cara, desfigurada también, pero por el odio. Me temblaban las manos, pero hice las cosas tal y como el Púas me lo indico. En eso, sentí como el envase se rompía, y el Negro, a pesar de estar bien sujeto, se revolcó como loco. La sangre empezó a manar del ojo de su culo como si fuera un rio. Yo comencé a ver borroso, y me di la vuelta para vomitar. Escuche al Púas reír y decir:
- ¡A que pinche Güero! -
Cuando voltee, vi que todos pateaban violentamente al negro, concentrándose sobre todo en su rostro, estomago, genitales y trasero. Ese fue solo el primer ajuste de cuentas en el que participe, pero fue el que dejo huella en mí. Ese fue el único día, sin que nadie me viera, en que derrame una lágrima. Sentí que algo se había roto dentro de mi pecho.
*
El Negro no la libro, pero resulta que era cuñado del dueño de una flotilla enorme de trailers. Vamos, alguien forrado de dinero. El Negro era el menor de los hermanos de su esposa, y era el consentido, por lo que la susodicha pidió  la cabeza del Púas. Nosotros no lo supimos hasta que fue demasiado tarde.
El diez de mayo, casi seis meses después de lo del Negro, durante la kermes, con su esposa presente, el Chinche y tres cabrones, que eran de los chidos de los Abuelos, picaron al Púas hasta que se cansaron. Se cansaron después de apuñalarlo 37 veces. Incluso le picaron los ojos. Por el desmadre, y por qué los Abuelos, además de otros putos vendidos se pusieron a cubrir a los culeros estos, nadie pudo meterse a tirarle paro al Púas. Lo mataron como a un perro.
Después del desmadre, que salió hasta en los periódicos, nos separaron en áreas, que prácticamente estaban divididas entre los que éramos la gente del Púas y los que se alegraron de verlo muerto. Incluso en el patio nos dividían los tiempos, para no encontrarnos unos con otros, pero todos sabíamos que el odio hervía, y pronto iba a hacer erupción. Un día, el Pericles, que se quedó a cargo de los buisnes del Púas, me llamo:
- El Chinche esta en la enfermería. No sabemos que tiene, pero en dos días van a venir por él, pues lo tienen que operar. Tu eres el único de nosotros al que no revisarían, así que te vas a guardar esto, te vas a meter a la enfermería, y te lo vas a chingar. - Habiendo dicho esto, me dio un fierro hecha con varillas que era casi del tamaño del espacio entre mi codo y mi muñeca. Muchas cosas me vinieron a la mente, y lo único que se me ocurrió preguntar fue:
- ¿Donde la escondo? - El Pericles se cago de risa.
*
Fue el Dientes quien me enseño como hacerlo: Primero, forre la punta, cabron, con papel de baño; luego, lo envolví en plástico con el que envuelven la comida, que doña Miche mí hizo favor de conseguirme; después, lo atasque de vaselina para, acto seguido, introducírmelo en el recto. Me tarde mucho en decidirme a hacerlo, pero no me podía rajar. Sabía que con eso quizá nunca saldría de la caña, pero no me quedaba de otra, o seria yo quien saldría de ahí con los pies por delante.
Ha sido la sensación más desagradable que he tenido en la puta vida. Además de la vergüenza, el asco con uno mismo, están el dolor y la incomodidad. Es como tener todo el tiempo ganas de cagar. Pase un maldito día con esa madre guardada en las entrañas. Al día siguiente, para tener un pretexto para ir a la enfermería, me trague una torta de jamón y queso echada a perder. Empecé a vomitar, y me retorcía de dolores fingidos. Como el Pericles me dijo, por tratarse de mí, nadie me reviso.
Cuando llegue, el Chinche estaba sedado. Pasaron un par de horas en lo que me decidía y buscaba el momento para hacerlo. En eso llevaron al pinche Mudo, un compa que era un intento de sicario al que le habían cortado la lengua por soplón. Ese era mi momento. Pedí un cómodo para poder cagar, y me lo pasaron. Detrás de la cortina, cague el fierro. Ha sido lo más asqueroso que he hecho en la vida. Lo limpie con las sabanas. Le di el cómodo al enfermero, y le dije que había tenido un accidente con las sabanas. Me vio con asco, y salió del cuarto con las cosas. Nos quedamos el Mudo y yo con el poli que nos vigilaba. El Chinche seguía sedado. Me levante y le rebane la garganta al poli. El mudo me veía con los ojos abiertos como plato. Cuando este cayo, el Mudo comenzó a buscar algo entre su ropa, y lo sujeto mientras moría. Me dirigí al Chinche, y también le rebane la garganta. Después le pique ambos ojos con una furia que me cuesta trabajo creer que fui yo quien lo hizo. Tome unas tijeras y corte todo el forro que traía el fierro. Lo escondí dentro del forro del colchón de la camilla. Le avente el fierro al mudo, y este lo atrapo. En eso entro el enfermero, y vio la sangrienta escena, con el Mudo sosteniendo el fierro, y corrió a pedir ayuda. El Mudo, al darse cuenta de que lo había ensartado, se me echo encima. Peleamos violentamente, hasta que llegaron los tiras. El Mudo alcanzo a clavarme el fierro entre las costillas antes de que lograran someterlo.
 
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Me volví un héroe para la banda. Todo mundo sabía lo que había hecho, y las autoridades estaban convencidas de que había sido el Mudo quien se había cargado al Chinche y al poli. Dos semanas después, también a él le dieron piso los Abuelos. Cuando me regresaron con los demás internos, todos estaban más que contentos conmigo. Aquella noche, el Diablo me tatuó mi primer lágrima con tinta china.
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Un día, sin previo aviso, me dejaron salir. Resulta que el Gordo había salido del coma, pero apenas puso un pie fuera del hospital, lo balearon. Nunca se supo quién fue ni por qué, pero sin que el declarara, no había caso en mi contra. Había pasado diez meses en la cana, y por fin era libre, pero no tenía ni idea de que haría ahora. La banda me regalo dos mil varos, para empezar allá afuera. Cuando salí, no tenía a donde ir, pero sabía bien que quería hacer. Hay dos formas de reconocer a alguien que ha estado guardado: Por la forma en la que se agacha, sin mostrar el trasero, y por la prisa con la que come. Me dirigí a un Burger King y me trague dos de las hamburguesas más grandes que tenían, además de papas y Coca Cola de a madres. Me sentía lleno como puerco, pero fue la mejor comida de mi vida. Me puse a pensar en que haría ahora. No tenía familia, ni amigos, ni casa, trabajo o dinero. Mi vida de niño fresa se había acabado, yo era otro completamente nuevo. Necesitaba encontrar chamba y donde quedarme, al menos por esa noche. Sea como sea, aun tenia mil ochocientos pesos, el estómago lleno, y la vida por delante. Era un buen comienzo.