Eran las 9 am, y Darío se encontraba desayunando
en el Sacks de San Ángel. Había pedido un americano bien cargado, para
despertar, seguido de un jugo de naranja, un plato de sandía, y una orden de
"Los sopes de la abuela". "Que ridículo nombre para tres sopes
de doscientos pesos", pensó. Sonó su teléfono, era el Gato.
- Estamos saliendo. - Y colgó.
Perfecto. En lo que llegaban tendría tiempo
suficiente de terminar el desayuno. Él era un hombre metódico, por eso le
agradaba el Pachuco, quien, a su edad y con su experiencia, funcionaba preciso
como reloj. Todo un hombre de hábitos.
"El tipo es una leyenda", pensó
mientras limpiaba los cubiertos. Había sido un fiero soldado de la Eme,
sanguinario y cruel como él solo. Vivió, en carne propia, muchas de las anécdotas
que ahora inspiraban a los jóvenes sicarios, pues había pasado dieciocho años
en San Quintín, construyendo una sólida reputación como asesino silencioso y
eficiente. Cuando salió vino a vivir a México, donde hizo dinero con una taquería
"nice" en Coyoacán, y un gimnasio en la Condesa, donde ahora vive
tomando té Chai y haciendo Yoga con su esposa.
El Pachuco era un sobreviviente, pero había
cometido un error: Parte de el nunca pudo olvidar, e incluso añoraba, su vida
como mafioso. Quizá se trataba, más que de dinero, de respeto, el caso es que había
comenzado a traficar polvo por su cuenta, liderando un pequeño, pero influyente
grupo de menudistas que operaba principalmente en Tepito y la Doctores, y que
lo seguían fanáticamente, impresionados por su reputación. A mas de uno molesto que el Pachuco anduviera por ahi, tan campante, calentando la plaza.
Quizá el Pachuco creyó que su reputación era más
que suficiente para dejarlo operar libremente, pero se equivocó. La legendaria
y tenebrosa mano de la Eme era una buena carta de presentación, pero hoy en día
los carteles son quienes imponen la ley, así que los dueños de la plaza,
quienes quiera que fueran, le habían puesto precio a su cabeza.
Hacia un mes que los Perros le habían dado el
encargo. No se trataba solo de una ejecución, sino de dejar un mensaje. Darío siguió
al Pachuco día y noche, hasta que conoció a profundidad y detalle cada uno de
sus hábitos. Escogió ese día y lugar porque sabía que el Pachuco, confiado en
su máscara de ciudadano común, y en sus habilidades como matón, dejaba a su
escolta cada domingo que salía con su esposa.
Finalmente, el Pachuco llego a Sacks.
Su esposa, una belleza morena de ojos verdes,
lucia escultural y sofisticada. El, 1.80 de puro musculo, rapado, y con el clásico
bigote cholo, impone con su altura y traje de marca, que oculta
convenientemente sus tatuajes. Ambos pasan de los cincuenta.
Bajaron de la Navigator, y el Pachuco le entrego
las llaves al valet parking. Darío, instalado en las mesas de fuera, pago la
cuenta disimuladamente, pero no perdió detalle. Después de un mes de vigilancia
sabía exactamente en qué mesa se sentarían, que ordenaría el Pachuco, y que después
de ordenar se levantaría al baño, donde se tomaría su tiempo, así que se le
adelanto.
Ya estando en el baño, saco de su bandolera unos
guantes de látex, y se los puso. Había solo dos baños, así que ocupo el
primero, y espero observando por la rendija, hasta que vio al Pachuco entrar al
baño contiguo. Darío jalo de la cadena, saco una Magnum 22, y salió hacia el
lavamanos. Escucho como el Pachuco jalo de la cadena, y apenas abrió la puerta,
le coloco una bala justo entre las cejas. El silenciador fue como un beso
soplado por la muerte. Darío sostuvo al Pachuco antes de que este cayera al
suelo, y como pudo lo sentó sobre la taza del baño, cuya tapa había quedado
levantada. Cerró la puerta detrás de él. Saco una pequeña segueta para cortar
hueso, puso el brazo izquierdo del Pachuco entre sus piernas, y le corto la
mano, de modo que la sangre escurrió dentro de la taza. Saco una lata de spray
negro, puso un periódico sobre las piernas del Pachuco, y pinto la mano
completamente. Cuando hubo terminado, la envolvió en el periódico,
y la guardo en la bolsa izquierda del saco del muerto. Limpio lo más que pudo
la sangre con una toalla que llevaba guardada en la bandolera, pera retrasar lo
más posible el momento en que descubrieran el cuerpo, tiro la toalla en el bote
que estaba junto al lavamanos, y salió del baño y del establecimiento. Dio una última
mirada a la ahora viuda, quien desayunaba y checaba su celular
despreocupadamente. Darío cruzo el parque y se encontró al Gato, quien lo
esperaba en su Yamaha FZ. Darío se puso el casco, subió a la moto, y se fueron.
*
- Entro de lleno en la oscuridad, sin
dudas, quejas ni remordimientos... - Repitió Darío frente al espejo.
Tenía el torso desnudo, y contemplaba con
detenimiento sus cicatrices y tatuajes. Era delgado, pero fuerte, aunque tenía panza de
perro callejero, según le había dicho alguna vez la única mujer por la que había
sentido algo parecido al amor. Dio una última calada al cigarro, y lo
apago contra su pecho. No hizo ningún gesto, ni pronuncio sonido alguno. Una
quemada por cada muerto. Le parecía justo. Cuando la quemadura cicatrizara, sería
una más entre el mapa de cicatrices que era su cuerpo. Cicatrización queloide.
Las marcas de navaja, cigarro y acné se fusionaban en su pecho y espalda, dándole
a su piel la apariencia de un pergamino ajado por el tiempo. Era un monstruo
por dentro y por fuera, pero había aprendido a vivir con ello.
La muerte era su negocio y su profesión. Quizá no
había podido elegir la vida que llevaba. Quizá nunca tuvo otra opción, pero no
se quejaba, y a sus veintidós años era muy bueno en lo que hacía. En este
negocio debes de rifarte, vivir al máximo cada día, y forrarte tanto como
puedas, pues no hay futuro, ni jubilación, ni planes de retiro. Darío vivía día
a día, no tenía esperanza de llegar a los treinta.
Se sirvió otro whiskey en las rocas, y fue a
sentarse al sillón. Decidió quedarse descalzo y sin playera. Carmilla, su
gatita, se subió ronroneando a sus piernas, y se acurruco. Darío acaricio su
lomo aterciopelado y encendió el televisor. Pasaban "La vida es
bella", de Benigni. Le gustaba esa película.

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