Mientras bajaban el ataúd, Armando arrojo un puño de
tierra, y pensó "Adiós". Aun había algo de sol, y llovía
moderadamente. Las gafas oscuras y las gotas de lluvia que escurrían por su
rostro eran la máscara perfecta para las lágrimas que derramaba discretamente,
en silencio. Si, estaba llorando. Él, el fuerte de la familia, el hermano
mayor, la oveja negra.
No había mucha gente en el funeral, aun así, le pareció
bastante agotador despedirse y recibir las condolencias. Sus hermanos eran
demasiado, como decirlo, "descorteses", como para tratar a los
presentes con la delicadeza que la situación ameritaba. Su padre estaba hecho
una Magdalena. Es curioso, nunca le pareció que el viejo la quisiera realmente.
Supuso que así debía de comportarse y sentirse un imbécil cuando se da cuenta
de que la única persona que lo soportaba se había ido para siempre.
Por otro lado, fue bueno ver de nuevo a Lucia, su ex esposa. Cuando lo abrazo para darle el pésame, Armando estuvo tentado a
pedirle que regresara. Quería decirle que aun la amaba, y que nunca dejaría de
hacerlo, pero no pudo decir nada. Entre sus brazos, en silencio, se embriago
con su perfume, con la suavidad de su voz, con la calidez de su cuerpo, que
tantos recuerdos le traía. Era hermosa y feliz, el cielo y el infierno hechos
mujer. Lucia se despidió y regreso al lado de Pedro, su nueva pareja, después se fueron.
Luego de un rato, todos se marcharon. Armando fingió
irse, para que lo dejaran tranquilo. Dio una vuelta con el coche, y regreso. Quería
estar a solas con su mama, y platicar como nunca lo habían hecho. Hacía diez
años que no veía a nadie de su familia, hasta que le dijeron que su madre
estaba muy enferma. Cirrosis. Problemas con el alcohol: No había otra forma en
que hubiera podido soportar durante más de treinta años al viejo. Se fue rápido,
casi sin sufrir. Hacía mucho que se había rendido.
Se hinco junto a la tumba, y rezo el Rosario
completo. El no creía en esas pendejadas, pero su mama si, y eso era lo que
importaba. Siempre tan devota, siempre tan caritativa, siempre tan creyente.
Gracias a ella había aprendido a leer y rezar. La letra con sangre entra, y por
la fuerza aprendió a amar al Señor.
Trato de apartar esos pensamientos negativos,
pero no pudo: Cada recuerdo que tenía de ella era empañado por un agudo dolor.
Por más que trataba, no lograba recordar nada bello o bueno para despedirla en
paz. Lo que más le dolía no era recordar lo lejana y severa que había sido al
educarlo, sino que hubiera sido incapaz de demostrarle, aunque sea una vez,
algo de amor.
Desde que tuvo uso de razón, a Armando siempre le había
atormentado ver como cada niño en el parque recibía
amor de su respectiva mama, pero no él. Hubiera dado lo que fuera por un beso, un abrazo,
una palabra de consuelo, pero él tuvo que crecer sin una sola pizca de amor. "Innecesario", "incompleto", "solitario", eran palabras con las que se le podia definir. Se
supone que cuando eres incapaz de encontrar consuelo en la gente y en la vida debes recurrir a Dios,
pero él nunca pudo sentir el cariño del Señor, asi como tampoco pudo sentir el de su mama. Estaba solo, y
siempre iba a estarlo.
Por eso tampoco pudo culpar o reprocharle nada a Lucia cuando dejo de amarlo y se marcho. ¿Quien, en este bendito mundo, podría
quererlo, si ni siquiera su propia madre lo hizo? Lo peor de todo es que el si
amaba, y lo hacía con todo el corazón. A veces recordaba la escena final de
"El fantasma de la opera", y se imaginaba dejando flores cada año en
la tumba de Lucy. Así de estúpido era. Aun la amaba, y la amaría hasta el final
de sus días, sin importar lo que pasara. De igual forma amo siempre a su mama.
Siempre lo había hecho, pero ¿Que caso tenia habérselo dicho, si seguramente
ella saldría con alguna estupidez relacionada con la religión?
Pero ahora no había nadie que le impidiera decir
lo que sentía, así que rezo, con todo el dolor y amor del que era capaz su corazón,
el Ave María. Al finalizar, en vez de decir "Amen", dijo "Te
quiero".
El cielo, la tumba, y todo lo que alcanzaba a
ver, se lleno de mariposas. De todos los colores y tamaños. Recordó que alguna
vez, en un día de campo organizado por la iglesia donde su mama era catequista,
un numeroso grupo de mariposas atravesó volando el claro que ocupaban ellos y
las demás familias. Ella, extasiada por tan bella visión, sonrió como nunca, lo
abrazo, y señalando las mariposas, le dijo:
- Son los espíritus de todas las personas que nos
han amado y se han ido. Es la forma que tiene Dios para hacernos ver que aun están
aquí, que nos cuidan, y que son felices... -
El tenía nueve o diez años, pero nunca pudo
olvidarlo. Se puso de pie, y las mariposas siguieron revoloteando a su
alrededor, acariciándolo y abrazándolo. El sonrió, como hacía mucho que no lo hacía, y por primera vez en su vida, lloro de felicidad.
- Gracias y adiós, mama. Descansa en paz... -

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