Tenía los ojos tan hinchados que apenas y podía
abrirlos para ver. La sangre escurría por los cortes en su ceja y pómulo. Sus
labios estaban completamente reventados, había perdido un diente, y tenía rota
la nariz. Su rostro estaba entumido por tantos golpes, y aun así, seguían golpeándolo.
Así había sido ya por tres días, quizá más. Lo jodian, lo curaban, y le volvían
a dar. Estaba desnudo y atado a una silla con soporte para los brazos. No sabía
bien de que rincón de aquel cuarto húmedo y oscuro provenía el sonido, pero podía
escuchar música clásica.
Ya habían tratado de hacerlo hablar sumergiéndolo
repetidas veces en una tina con agua helada. Después le habían dado toques en
los testículos. Se orino, se cago, y tuvo una erección, pero nada funciono.
Luego vinieron los golpes. Pero estaban bien pendejos si creían que con eso iba
a hablar. Él era el "Gallo" Morales, carajo. Un boxeador duro, y por ningún
motivo iba a delatar a Vianney.
Ella era bella e inteligente, y lo amaba tanto
como él la amaba a ella. La había visto por primera vez entre el público, durante una
de sus peleas. Esa noche el se había rifado noqueando a "La Troca"
Valdez. Al terminar la pelea, ella fue a verlo al vestidor. Le impresiono ver a
una mujer tan fina y hermosa dando órdenes a sus guaruras. Desde ese día
comenzaron a frecuentarse, hasta que iniciaron una relación. Ella no hablaba
mucho de sí misma, pero él se daba cuenta del poder y dinero que seguramente debía
de tener. Otro en su lugar hubiera buscado sacar provecho, pero el no. El la
amaba e idolatraba.
Muchas veces pasaron la noche en la casa que ella
tenía en el Desierto de los leones, pero a él le quedaba lejos, y le incomodaba
tanto guarura, por lo que solían frecuentar el Sheraton, en Reforma. Si estos estúpidos
lo hubieran seguido esa noche, en vez de haberlo levantado, hubieran llegado a
ella. Se alegro de que las cosas se hubieran dado de esa manera. El estaba
tallado en piedra, pero no soportaba la idea de que algo le pudiera pasar a
ella, así que, si no podía salvarla ni defenderla, por lo menos no rajaría
donde podían encontrarla. Estos tipos no usaban mascara, pasamontañas, o algo
por el estilo. Les había valido madres que les viera las caras, así que supuso
que de todos modos le iban a dar cuello. Aguantar hasta la muerte era lo menos
que podía hacer por amor a Vianney.
- ¡Dinos donde está la pinche vieja, hijo de tu
puta madre! - Y le volvían a dar.
Mal golpe. Escucho crujir los nudillos, o quizá
la muñeca, del cabron que estaba atizándole.
- ¡Puta madre, ya me chingue la mano! -
Levanto la cabeza y abrió un poco el ojo
izquierdo, logrando ver su propio rostro desfigurado en el reflejo de una hebilla. Se parecía
a Quasimodo, el mono de la película de Disney. No pudo evitar una risilla ronca
e idiota.
- ¿De qué te ríes, pendejo? -
Y volvieron a darle, hasta que se desmayo.
Quien sabe cuánto estuvo inconsciente, pero
cuando despertó sentía menos dolor y podía abrir un poco los ojos. Aun estaba
desnudo y amarrado a la misma silla. Arqueo la espalda y vomito bilis y sangre sobre
sus rodillas. Vomito de hambre. De fondo seguía escuchándose música clásica.
Una melodía triste de piano. Apenas podía respirar, tenía la nariz deshecha y
estaba constipado de tanta sangre. Aun así, le pareció oler el perfume de
Vianney.
- ¡Ahora si vas a hablar, putito! -
Un tipo se sentó delante de él con una especie de
mesita de metal, donde llevaba material que a él le pareció quirúrgico.
Conforme el interrogatorio avanzaba, y él se rehusaba a hablar, le clavaban,
dedo por dedo, largas y filosas agujas bajo las uñas. Podía sentir como sus
nervios ardían. Los músculos de los brazos se tensaban en espasmos de infinito
dolor, y cada vez que se desmayaba le daban toques en los pezones con un cable
pelado que de un lado estaba conectado a la corriente. Finalmente, le
arrancaron cada una de las uñas de las manos. El gritaba y ellos se reían, hasta que se
desmayo.
Despertó, otra vez, desnudo y atado a la puta
silla. Tenía vendadas ambas manos.
- Última oportunidad para cantar, o te va a alzar
la verga. -
Ya se lo había alzado, así que, con lagrimas de
furia e impotencia en los ojos, les escupió algo que parecía un coagulo.
- ¡Chinguen a su madre! -
Lo desamarraron. Trato de ponerse al brinco y
golpearlos, pero fue inútil. No le quedaba nada. De fondo pudo reconocer el
"Ave María", así que se encomendó.
- Ave María, llena eres de gracia, el señor este
contigo... -
Le pusieron una especie de cinturón, y lo
acostaron boca abajo. Del cinturón lo encadenaron a unos eslabones
que había en el suelo. Le pusieron grilletes con cadenas en tobillos y muñecas.
Cuatro tipos lo sujetaban, uno por cada extremidad, y lo estiraron formando una
"x". Afianzaron las cadenas a unos postes. Le pusieron una especie de
manta plastificada en la espalda. La rociaron abundantemente de gasolina. Le
prendieron fuego. Mientras el gritaba y luchaba por liberarse, ellos, en
silencio, lo veían arder. Un dolor indescriptible recorría cada fibra de su
cuerpo. Podía oler su propia carne quemándose. Se encomendó de nuevo a la
Virgen, y pensó por última vez en Vianney. Alguien jalo la manta igual a como
un mago lo haría para revelar un truco. Sintió como se le desprendía la piel. Siguio gritando, se retorcio, y luego se desmayo.
Despertó en un cuarto que se parecía mucho a
donde lo habían tenido, pero este estaba lleno de aparatos y cosas de hospital.
Estaba acostado, boca abajo, en una especie de cama que abrazaba su rostro, dejándolo
libre, al igual que sucedía con sus genitales. Aun podía escuchar música clásica.
Estaba adolorido, y unas cómodas bandas sujetaban sus pies y manos, pero aun así
tenía suficiente espacio para girarse. Con trabajos logro acomodarse hasta
quedar acostado de lado. Sus sentidos estaban nublados, probablemente lo habían
sedado. Escucho voces, y volteo a ver hacia la puerta del cuarto: Una mujer
daba órdenes a un grupo de hombres. Pudo reconocer entre ellos a sus captores.
Todos se fueron, y ella se dirigió hacia él. Se sentó a su lado, y tomo su mano.
Reconoció su perfume.
- Pasaste la prueba, amor. Te pondrás bien. Ahora
nada ni nadie podrá separarnos... -

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