domingo, 27 de enero de 2013

Gallo

I

A veces le parecía que no era él quien sangraba. Ni siquiera la culpa o la vergüenza podían alcanzarlo, pues gracias a su padre había aprendido a mirarse como si fuera otra persona. Nunca puso la mente en otro lugar mientras la piel le ardía por los constantes golpes de su cinturón. Nunca le pidió que le levantara un castigo, sin importar el tiempo que llevara sosteniendo piedras con los brazos extendidos. Nunca dejo que le contaminara su malicia, aunque le llamara "estúpido" o "maricon". Simplemente aprendió, con el paso de los años, a no verse a sí mismo desde la perspectiva de la víctima, sino desde la de un observador. Esto le ayudo a despejar el miedo y alimentar la ira.

Estaba en quinto de primaria la primera vez que se dejo llevar por aquella sensación. Era inseguro y enfermizo debido al asma, por lo que casi todos sus compañeros de clase lo usaban de saco de box. En una ocasión, unos tipos quisieron pasarse de listos con él y con su hermana a la salida de la escuela; les pidieron su dinero y el estaba dispuesto a dárselos, hasta que uno de ellos quiso besar a su hermana. Lo golpeo en la cara con un termo y forcejeo con ellos en lo que ella corría; de pronto sintió la pierna caliente y un hormigueo. Cayó al suelo mientras ellos se largaban, y fue entonces cuando vio la sangre que empapaba la manga de su pantalón.

Llego cojeando a su casa. En un par de ocasiones se cayó, a punto de desmayarse. Los vecinos lo vieron, pero nadie le ayudo. Sus padres lo llevaron a la Cruz Roja, donde le dieron tres puntadas, y le dijeron que la navaja había ido de entrada por salida, pero que estaría bien. Llegando a la casa su padre le dijo que era un imbécil que ni siquiera podía proteger a su hermana, y le dio un par de cinturonazos, pero solo lo castigo una hora en la esquina.

Al día siguiente tuvo que soportar toda la mañana las burlas en la escuela. Uno de los listillos que trato de asaltarlos iba en su salón, y les dijo a todos que se había desmayado cuando él y sus amigos les habían pedido el dinero "en broma", y que su hermana había tenido que defenderlo. Llego el recreo y el imbécil y sus amigos seguían jodiendolo, hasta que decidieron buscarle pleito. Nunca hasta ese momento se había sentido tan humillado y solo, pues se dio cuenta de que toda la escuela quería verlo sangrando y en el suelo. Benjamín (así se llamaba el imbécil) comenzó a acercarle la cara para fintarlo; eso, sumado a las burlas de los demás, provoco en él una furia como nunca antes había sentido. Hizo la cara para atrás, tomando vuelo, y le estrello la frente en la nariz con toda la fuerza que pudo.

En ese momento dejo de pensar. Su cuerpo se soltó y actuó por instinto. Golpear se volvió una necesidad fisiológica, un instinto que necesitaba satisfacer desesperadamente, y sus puños se movían involuntariamente, como los latidos de su corazón. Nunca hubo resistencia de parte de su oponente. La primera señal de oposición vino de los gritos de sus compañeras, después los amigos de Benjamín trataron de quitarlo de encima de él; cuando finalmente lo lograron, logro zafarse por que sus manos estaban resbalosas por la sangre, y alcanzo a darle un pisotón en la mano.

Los maestros, la sociedad de padres de familia, y medio mundo, hablaron de reformatorios e instituciones mentales, pero finalmente solo lo corrieron de la escuela. Su padre le dio la peor golpiza que había recibido hasta entonces. 

- ¿Te gusta comportarte como animal? Pues te tratare como un animal. - Esas fueron sus palabras.

Después de la paliza, mientras estaba castigado en su acostumbrado rincón, escucho que su madre le decía a alguien por teléfono que le había roto la nariz y tres dedos a Benjamín, y esa revelación fue el primer recuerdo de verdadera felicidad que tuvo en su vida.

II

Por supuesto, las peleas continuaron. Con cada una se daba cuenta de que no era tan débil como creía. Sus dientes no eran de cristal, sus huesos no eran de porcelana, y comparados con los golpes de su padre, los de sus compañeros eran casi caricias. Todo sexto de primaria fue de aprendizaje acelerado. A veces peleaba por estupideces con los de secundaria, y aunque no siempre ganaba, después de un tiempo ya nadie se metía con él. Como siempre, esto significo estar solo, por lo que los recreos y las tardes se dedico a leer.

En casa se volvió un "mocoso insolente". Ya no le importaban el cinturón, los puños o los castigos. A veces hacia mas lagartijas o sentadillas de las que su padre le ponía, solo para hacerlo encabronar, y cuando las discusiones eran demasiado acaloradas, le decía, entre lagrimas, que algún día seria más fuerte que el. Incluso lo retaba poniéndole la otra mejilla cuando le pegaba.

Durante la cena de Navidad de su primer año en secundaria, su padre lo llamo "perdedor" frente a toda su familia por que unos días antes había llegado con el labio reventado y un ojo morado. Se levanto de la mesa como si fuera al baño, pero se dirigió a la cocina. Envolvió pólvora de unos cohetes junto a unos cubiertos en papel aluminio, remojo la mitad del paquete en gasolina, y lo metió en el microondas; lo encendió y corrió hacia su lugar en el comedor, donde pudo disfrutar las caras de todos cuando el micro exploto. Regresando de las vacaciones ya era un interno de la Academia Militarizada México.

III

El primer mes fue muy difícil. Estúpidamente pensó que sería un descanso indefinido de su casa. En las películas gringas, donde el protagonista es recluido en un cuartel o internado militar, siempre resaltan el honor, la verdad, y otros falsos valores norteamericanos, y aunque siempre hay un cabron con rango superior que le hace un infierno al "héroe", al final este se gana su respeto y demuestra su valía. Nada más lejos de la realidad.

En primera, desde que ponías un pie dentro de la Academia, te volvías enemigo de todos. Eras un paria, un "potro", como llamaban ahí a los novatos, y eso te hacía por default acreedor a cualquier estupidez, humillación o brutalidad que se le ocurriera a cualquier cadete con más de un año de antigüedad (tiempo en que dejabas de ser potro). En segunda, los oficiales, sargentos, y demás personal con rango te calaban constantemente para averiguar de que estabas hecho, y saber como habrían de quebrarte. Tercera, a pesar de ser un chiquillo, el llego creyendo que era un cabronazo, el tipo más duro de su colonia (no en vano lo metieron ahí), pero lo que él no sabía es que ahí dentro había tipos en verdad ojetes, contentos de serlo, y además ya con tiempo ejerciendo el oficio. Gracias a su arrogancia y estupidez, pronto descubrió todo esto a la mala.

Para los cadetes normales lo duro empezaba a las 7 am, hora de entrada a la Academia, y terminaba a las 4 pm, hora en que sus papis pasaban por ellos y se olvidaban de todo como si hubiera sido un mal sueño, pero la vida era muy distinta para un interno. El oficial Ramírez, su oficial a cargo, los levantaba a las 4 am y les daba 5 minutos para estar en formación. Después de pasar lista salían a correr. A las 5 am regresaban a bañarse en las regaderas con agua fría, desayunaban y se ponían en chinga el uniforme, pues el camión que los llevaba a la Academia salía a las 6 am (la Academia estaba en Tacubaya, pero el internado estaba en La Viga). En el trayecto estaba prohibido dormirse pues ameritaba castigo (a los que se dormían "les tocaba bile", es decir, les ponían el pene en la boca).

Llegando a la Academia pasaban otra vez por formación y lista por compañía (el pertenecía a la 5a), después se hacían honores a la bandera, y finalmente entraban a clases a las 8 am. A las 2 pm salían a entrenamiento. Había varios grupos especiales de entrenamiento, por ejemplo la Banda de Guerra, cuya formación era musical (todos los consideraban "maricas"). Estaba la Policía Militar (los "Cerberos" o "perros policía"), también el Cuerpo de Enfermería, el de Comunicaciones, y los Comandos. Estos últimos recibían entrenamiento de asalto e inteligencia militar. Para entrar a cualquiera de los grupos especiales era necesario hacer un examen de aptitudes, al cual tenían derecho cuando dejaban de ser potros.

El camión pasaba por ellos a las 4 pm, para regresarlos al internado. Llegando se cambiaban a ropa de entrenamiento. Diario tenían práctica de tiro de 6 a 7 pm, lunes y miércoles de 7 a 8 pm tenían natación, y martes y jueves había box, pero los potros solamente servían de sparring (o eso decían, ya que no recibían entrenamiento formal, aprendían observando mientras servían de costal). A las 8:30 pm cenaban, después iban a las regaderas, hacían tareas, y preparaban el uniforme (lo que incluía arreglar la cuartelera, cirolear las insignias, lustras las botas y demás). Nunca jugaban videojuegos ni veían televisión, y lo unico satisfactorio en la semana era escuchar todos los dias, a las once de la noche, el programa de radio "La mano peluda" (no, no era albur).

Los internos cuyas familias vivían en el DF regresaban a sus casas en fin de semana, el resto se quedaba a entrenamiento de football (americano). Con algo de suerte, sus familias pasaban por ellos o les mandaban dinero para que regresaran a casa en vacaciones, pero la mayoría prefería quedarse ahí. Desde que entro a la Academia, no volvió a pasar nunca una Navidad con su familia. En ese tiempo, los internos no eran más de 30, y él era el menor. Al principio mantuvo un perfil bajo para no llamar la atención, y con el tiempo fue adoptado por el grupo formado por "La bruja", de Guanajuato, "Lencha", de Oaxaca, "Pretty boy", de Toluca, "El Flippy", de Veracruz, y el "Acapulco", de Durango (???). Comparados con otros internos, sus amigos eran los más "inocentes". 

Los fines de semana, de ley, eran de borracheras. Aprendió a jugar póker, domino y billar. Perdió el miedo a hablarle a las chicas, y conoció los " raves" y el desmadre que rodeaba a la música electrónica (cucarachas, Hoffman, Simpson y demás ácidos que en ese entonces estaban de moda, además de las llamadas "smart drinks") y volvió a las peleas. Pelear, junto con conocer chicas, era lo que más disfrutaba de salir con ellos. Cuando se armaban los madrazos en los bares o fiestas, el Flippy lo sentaba en la barra, o en algún lugar un poco alto, y empujaba hacia donde él estaba a su contrincante, para que le reventara un vaso o botella en la cabeza. Eso era muy divertido, hasta que el Flippy comenzó a llamarle "Junior". En una ocasión, se le cayó la botella cuando se la iba a estrellar a un tipo; este se dio cuenta, y volteo para pegarle, pero aun no había acabado de girar hacia el por completo cuando le estrello la frente en la nariz, justo como había hecho con Benjamín hacia un par de años. A partir de ese día, cada que comenzaba un pleito trataba de hacerlo con la cabeza. Sentía que estaba poniendo su firma.

Cada vez se fue involucrando más en los pleitos, y no le preocupaba que fuera con tipos mayores, ya que siempre llegaban sus amigos para salvarlo. Cada que podía clavaba su frente en la nariz de otro, y con el tiempo los demás se dieron cuenta. Al principio les daba cierta ternura, y decían que daba picotazos en vez de puñetazos; era su gallito de pelea, pero poco a poco fue ganando su respeto, y de ser "Junior" comenzaron a decirle "Gallo".

IV

Cuando Gallo cumplió un año en la Academia hizo la prueba para la Policía Militar. De 32 morros que la hicieron, solo 11 calificaron, entre ellos el, quien varias veces estuvo a punto de caer por el asma. Duro ahí 6 meses y se aburrió como nunca (llego a la conclusión de que ser guardia real del palacio de Buckingham es más divertido), por lo que decidió hacer la prueba para entrar a comandos (no sin antes haber pasado por tabla, por desertor). Pretty boy también se alisto. El y el Flippy tuvieron problemas unos meses antes ya que Pretty boy le dio baje con su novia. Gallo no se involucro en el asunto, pero los demás se solidarizaron con el Flippy. Todos los nuevos amigos de Pretty boy eran Comandos, por lo que era importante para el enlistarse.

Entrar a Comandos era el máximo orgullo posible en la AMM, pues solo entraban los más duros. Todo mundo quería estar ahí, pero pocos se atrevían a hacer la prueba por su brutalidad, además, fallar era motivo de burla. Cuando eras de los Comandos nadie se metía contigo, incluso los oficiales les daban bastantes privilegios. Eran criminales consentidos por serlo. Entre ellos había cuatro que destacaban, pues además eran Internos: "El Chicano", que era quien conseguía los ácidos, la hierba y la coca, además del alcohol para sobornar a los maestros; "El Chino", que por $100 te tatuaba con tinta china en el gimnasio durante el receso; "El Van Dame", un cabron enorme que con una mano te rodeaba el cuello y te levantaba; finalmente el peor de todos, "Vasago", el sargento de los Comandos, quien estaba muy clavado en cosas de ocultismo, y gustaba de romperle el meñique a quien lo desobedecía.

La prueba fue más difícil que la de PM, pero al final quedaban solo Pretty Boy y el, de secundaria. Los Comandos eran tipos de preparatoria, solo dos de secundaria habían logrado pasar la prueba. Se suponía que al final solo admitían a uno de prepa y a uno de secundaria cada tres meses, aunque había veces que nadie calificaba. Cuando al final quedaban dos o más, el resultado se decidía con una pelea. Todos los miembros hicieron circulo y pusieron un cinturón en medio; el chiste era colarse al círculo (no podían soltarse de las manos, pero daban codazos y patadas para que no entraran), agarrar el cinturón y usarlo para que el otro se rindiera. Se quitamos las playeras y zapatos. Pretty boy entro antes que él y le gano el cinturón. Comenzó a darle con la hebilla, dejándole en claro que ya no eran amigos; Gallo se ocupaba más de defenderse que de atacar, pues le preocupaba mucho un golpe en la cara o la cabeza. Recibió un golpe en la costilla, pero logro abrazar el cinturón y agarrarlo. Le dio un cabezazo a Pretty boy para que lo soltara, y funciono. Le puso el cinturón en el cuello y comenzó a ahorcarlo; este trato de zafarse en vez de rendirse, y de repente se desmayo.

Después de la pelea el médico los reviso a ambos, Pretty Boy estaba bien, aunque tenía lastimada la garganta y duro una semana hablando como Vitto Corleone, en cambio el cabron le fisuro a Gallo la costilla con el madrazo del cinturón. Los Comandos lo admitieron, y Pretty Boy nunca se lo perdono. Lo peor de todo es que llamo la atención de la gente incorrecta. A partir de entonces vinieron los verdaderos problemas.

Todo mundo supo como "El Gallito" le gano a Pretty Boy. Por desgracia, su apodo provocaba a los demás, pues creían que se sentía muy rompemadres. De pronto llegaba algún cabroncito a buscarle pleito, y cuando le daba la vuelta, sus amigos se metían. Volvieron los días de las madrizas, de los ojos morados, de escupir sangre. El respeto que había logrado a base de callar y aprender valió madres. Los oficiales lo conocían y lo chingaban más de lo acostumbrado, pues creían que era un escuincle mamon, y cuando los demás lo reventaban, todo mundo se hacía de la vista gorda. Un día, en un entrenamiento con los Comandos, le cortaron la cuerda mientras rapeleaba, y cayo de casi 3 metros de altura, por lo que se disloco la clavícula izquierda. Lo peor fue cuando el doctor se la acomodo. Y justo cuando creía que ya no podían ser peor las cosas, Pretty Boy por fin se desquito.

V

Estaba a mitad de tercero de secundaria y le gustaba el box. Tenía buena condición, y aguantaba los madrazos. Le agarro gusto a las lagartijas con nudillos, pero le faltaba velocidad en los puños y ritmo en las piernas. Practicaba mucho con la pera ("picando hielo"), el costal y con la cuerda, pero siempre lo hizo por su cuenta, así que de nada sirvió.

Nunca paso de entrenar en peleas de 4 rounds debido al asma. Corría mucho y leía en voz alta mientras brincaba, pero siempre olvidaba respirar. Gallo sabía que si en el tercer asalto no había ganado la pelea por puntos o por knockout, seguro besaría la lona. Un día, al entrenador se le "ocurrió" (después supo que fue idea de Pretty Boy) que ya estaba listo para dar el brinco a seis rounds, y le programo una supuesta pelea de entrenamiento contra Pretty Boy, quien además de ser de otra categoría, tenía un año más boxeando.

Casualmente ese día estuvieron varios oficiales y todos los comandos presentes.

La pelea fue una masacre. Pretty boy lo hizo puré. Trato de derribarlo con todo en los primeros dos asaltos, pero el imbécil se la pasó fintando y saliendo; a veces tiraba golpes para que no dijeran que no peleaba, pero todo el tiempo se cubría. En el tercer asalto Gallo logro entrar, le dio fuerte en la nariz y lo aturdió, después comenzó a golpearlo fuerte, y logro encajarle un par de buenos golpes, pero eso fue todo.

Cuando comenzó el cuarto asalto, Gallo ya estaba agotado. Pretty Boy lo sabía, y ahí arranco. Primero acabo con lo que le quedaba de condición: Se movía mucho y fintaba a la cara para que descuidara el estomago. Logro conectarle dos o tres golpes seguidos en la costilla, y eso lo acabo. En el quinto asalto, Gallo se deshizo. Pretty boy lo golpeo como y donde se le dio la gana. Las piernas no le funcionaban, el ritmo se había ido, los pómulos hinchados no lo dejaban ver, y sus pulmones rechinaban como puertas viejas. Toda su voluntad estaba puesta en no caerse, ya no digamos en que no lo derribaran. Empezando el sexto asalto, Pretty boy le saco todo el aire que le quedaba con un fuerte golpe en el estomago. Hizo un extraño ruido cuando el aire salió violentamente de sus pulmones por la boca. Solo vio luces. Sería cosa de segundos antes de desmayarse, pero antes sintió como si un mazo le golpeara con fuerza el rostro. Después no supo nada de sí. En unos cuantos minutos Pretty Boy acabo con sus sueños de boxeador.

Todos se enteraron de eso y las burlas regresaron. Ya nadie le buscaba pleito. En vez de eso, cuando Gallo pasaba, hacían ruido de gallina. Después de un tiempo todos lo olvidaron. Debido a la lesión de la costilla no pudo seguir entrenando por el resto del año. Por si fuera poco se clavo con la coca y se metió en problemas con el Chicano. Un día antes del fin de año escolar lo encerraron en las regaderas, le dieron la putiza de su vida, y le inyectaron heroína. Mientras estaba de "viaje" sacaron sus navajas para que dieran un paseo por su espalda y pecho. También lo usaron de cenicero. Lo dejaron hecho una desgracia. Misteriosamente, nadie se entero.

A pesar de todo, Gallo nunca fue un soplón. Además sabía que si alguien se enteraba se desquitarían con su familia, eso sin mencionar que tendría mucho que explicar por la coca y el caballo. También estaba el hecho de que no sabía quién mas podría estar sacando provecho del negocio, así que se quedo callado y se fue con la cola entre las patas.

VI

Paso la mitad de las vacaciones en una granja de rehabilitación gratuita. Ahí lo curaron de su adicción, y casi se volvió cristiano en agradecimiento. Después estuvo con la familia del Acapulco, donde tuvo por fin un verdadero descanso. Fue el paraíso. Para disgusto de su padre, decidió no volver a la Academia (el viejo fue milico de joven, así que durante ese periodo Gallo fue, por primera y única vez, su orgullo), pero se calmo cuando además de continuar con la prepa entro al Pentatlón. Después de un tiempo,  se fue de casa y comenzó a vagar. Para transportarse le pedía "raid" (ride) a los traileros, que son los únicos que hoy en día llegan a subir a un desconocido (aunque tuvo que pegarle a un par de hijos de perra que querían que se las chupara). A veces barría, trapeaba, y lavaba platos en las cocinas económicas a cambio de algo de dinero o del menú del día. Otras veces entraba a Gigante o Aurrera, pedía jamón y queso, se los escondía en la chamarra, y solo pagaba 3 o 4 pesos de bolillo o telera. Hubo semanas en las que lo único que comía eran tortas. Robaba refrescos de los Oxxos, y cuando veía que solo había una persona atendiendo, le pedía algo de la cámara fría para que dejara sola la caja, entonces tomaba el dinero y flip tops de cigarros o una botella. Dormía en iglesias gracias a la caridad de algunos sacerdotes. A veces dormía de día en parques, y caminaba de noche para no morirse de frio. Robaba ropa o cobijas de los tendederos, y en un par de ocasiones fingió asaltar con una pistola de juguete a los fresitas que entraban a los antros (quienes se asustaban lo suficiente como para no distinguir el engaño). También robaba libros de Sanborns.

En Oaxaca conoció a Jazmín, quien lo tuvo durmiendo a escondidas casi dos semanas en su recamara. Estuve a punto de quedarse a vivir allá con ella, pero se dio cuenta de que no tenía nada que ofrecerle, así que se despidió diciéndole sinceramente que en un año regresaría por ella, pero nunca más volvió a verla.

Regreso a casa de sus padres y jugo a la ruleta rusa. Nada sucedió, y no tuvo los cojones para suicidarse. Respiro profundo y trato de tranquilizarse. "Pelea", se repetía una y otra vez a sí mismo. Poco a poco fue dejando atrás el dolor. Se propuso seguir luchando, y construirse una buena vida. Por mucho que fueran mal las cosas en lo sucesivo, nada podía compararse al infierno que ya había vivido. Después de todo ¿Que podría ser peor?

domingo, 20 de enero de 2013

Los amantes suicidas de la Roma




Se conocieron justo al término de la carrera, y en el ocaso de su vida. Daniela y Fernando, dos jóvenes promesas de la medicina. Ella, hermosa, sensible, de buena familia y muy dedicada a sus responsabilidades; el, apasionado, noble, y poseedor de una memoria privilegiada. Ambos desgarrados profunda e irrevocablemente por el amor.

Ella, que tuvo que dejar Querétaro, su tierra natal, porque sus papas querían que estudiara medicina en la capital, perdió a Rubén, el hombre que había amado durante tres años, pues este no pudo soportar la distancia, y pronto encontró reemplazo para ella en su lecho y en su corazón. El, quien después de un intenso, pero fallido matrimonio que duro diez años con Rebeca, perdió la esperanza, la pasión y la voluntad, aferrándose al trabajo en el hospital y convirtiéndose en una triste sombra de lo que fue.

- Prométeme que pase lo que pase, no te vas a enamorar de mí. Tarde o temprano me voy a ir, y no quiero lastimarte. – Le había dicho Daniela en un momento de calma durante la primera noche que pasaron juntos.
- Esta bien, pero prométeme que pase lo que pase no trataras de salvarme, por favor. – Daniela no supo que contestar.

Habían sido presentados por amigos, y nadie nunca imagino que entre ellos podría llegar a haber más que amistad, pero así fue. Lo que los unió, curiosamente, fue una red social, donde Fernando volcaba el alma publicando desoladores poemas y pensamientos, propios y ajenos, con los que Daniela se identifico. Pronto quedaron en salir a tomar un café, y esa primer conversación fue un bello desahogo para ambos, pues sentían que nunca antes nadie los había comprendido como ese día.

Comenzaron a verse más seguido. Iban a todos lados juntos. Eventualmente, gracias a una noche de copas, terminaron haciendo el amor. Sin decir una sola palabra al respecto, comenzaron a actuar como una pareja. Un día, después de una fiesta en la colonia Roma, decidieron caminar un poco antes de tomar un taxi que habría de llevarlos a sus respectivos departamentos. Caminaron, rieron y platicaron un poco de todo. Como atraídos magnéticamente por un hechizo, llegaron frente a un edificio ubicado frente a la Plaza Roma. 

- Seria un buen lugar para vivir ¿No crees? - Pregunto Daniela.

- Si. – “La casa de las brujas” siempre le había recordado a Fernando al sitio donde mataron a Lennon, y donde Roman Polanski grabo “El bebe de Rose Mary”. Le gustaba mucho, le parecía un sitio agradable para morir.

Dos semanas más tarde, Daniela había encontrado un departamento vacio en ese mismo edificio, y convenció a sus papas de cambiarse ahí, donde compartiría renta con un amigo. Ese amigo era Fernando. Hicieron de ese departamento su refugio. Era lo más cerca que habían estado de tocar el cielo después del infierno que dejaron sus relaciones anteriores.

El trabajo en el hospital era un buen distractor, y era algo que a ambos apasionaba, pero apenas terminaban su turno, ambos salían disparados para encontrarse con el otro, antes de que la tormenta que crecía en sus almas arreciara fuerte. Estudiaban juntos, veían películas acostados en la cama, desayunaban, comían y cenaban sushi encargado en Kabuki, (aunque con bastante frecuencia iban a comer a Micasa), nunca se perdían el dos por uno de Yogurthland, los domingos caminaban tomados de la mano por el tianguis, comiendo helado de tiramizu y comprando cuanta cosa se les ponía en frente, y frecuentemente hacían el amor; pero siempre había una sombra presente en el corazón de ambos: Para Daniela esa sombra era Rubén, a quien aun no lograba olvidar; para Fernando, quien tampoco podía dejar de pensar en Rebeca, esa sombra era la muerte.

El día que un abogado le entrego los papeles de divorcio firmados pro Rebeca, junto con una nota diciéndole que había conocido a alguien más, y que quería rehacer su vida, Fernando sintió que el mundo se le venía abajo. Daniela, después de consolarlo, le confesó que hacía dos días se había enterado que Rubén se acababa de casar. Esa noche lloraron y cogieron como si fuera el fin del mundo. Finalmente, durmieron profundamente, agotados de tantas lágrimas y sudor.

Un domingo, después de que Daniela regresara de visitar a su familia en Querétaro, Fernando noto muy seria a Daniela, pero no dijo nada, pues temía  lo que esta tuviera que decir. Después de caminar por el tianguis y comprar su ya típico helado, se fueron a sentar a un café, y hasta entonces ella se decidió a soltar la bomba.

- En dos meses, apenas terminen las vacaciones, regresare a vivir a Querétaro. Discutí con mis padres, y aunque no estoy de acuerdo, creo que es lo mejor. Fernando guardo silencio. - ¿No vas a decirme nada? Ambos sabíamos que esto tenía que pasar. – Insistió Daniela.

- Si ya lo has decidido, no hay algo que yo pueda hacer o decir al respecto. Lo único que podemos hacer es disfrutar este tiempo que nos queda juntos. – Dijo Fernando, y así lo hicieron.

El sexo, que al principio había sido difícil debido a la tristeza que imperaba en ambos, mejoro considerablemente. Esta vez había voluntad de hacer y permanecer, y el cuerpo de sus anteriores parejas, que tantas noches había estado presente, ahora era solo un recuerdo lejano.

Finalmente, llego el día tan temido por ambos. Los papas de Daniela pasaron a recogerla al departamento para tomar el avión; ya luego enviarían a alguien a recoger el resto de las cosas. La esperaron abajo mientras se despedían.

- Dame un tiempo para arreglar mis cosas por allá, y luego vemos que pasa con nosotros ¿Si? Espérame, por favor. –

Fernando asintió y sonrió antes de besarla por última vez. Hubiese podido engañar a cualquiera, menos a ella, quien pudo ver la tristeza que se escondía en su mirada. Sin embargo, permaneció callada. Le dio un último y tierno beso en los labios, lo abrazo con toda la fuerza de la que era capaz su diminuto y bello cuerpo, después se dio la vuelta y salió del departamento sin decir nada y sin mirar atrás.

Esa noche, Daniela no pudo dormir. Estaba preocupada por Fernando, y además extrañaba dormir pegada a su cuerpo. Le hacían falta su loción impregnándola, sus brazos rodeándola y protegiéndola, sus piernas enredadas con las suyas, su respiración en su cuello, su pelvis rozando suavemente sus nalgas, su calor. Pensaba también en lo tonta que había sido por haber permitido que sus papas decidieran, una vez más, por ella, siendo que en el DF ya había construido toda una vida, haciendo de la Roma su santuario, y encontrando en Fernando su religión.

En cuanto salió el sol, Daniela ya estaba vestida y terminando de hacer maletas. Después de una acalorada y dolorosa discusión con sus padres, quienes amenazaron con desheredarla y dejarla en la ciudad a la deriva y sin ayuda económica, Daniela tomo un taxi y abordo un camión de regreso a la ciudad, ansiando estar pronto de regreso en su adorada Roma y con su amado Fernando. Si, su amado, pues esa noche había decidido que lo amaba, y que habría de luchar por él y por esa bella, pero dolorosa, relación que tenían. Él era el hombre con el que quería pasar el resto de sus días, y ella era la mujer que habría de darle la familia y el hogar que el tanto añoraba. Su destino era estar juntos.

Ya había oscurecido cuando llego al departamento. Saco su llave y entro gritando

- ¿Amor? - No hubo respuesta.

En el departamento se respiraba un frio aire sepulcral. Al entrar a la recamara lo encontró. La piel estaba impresionantemente morada, y su rostro se veía como hundido en los huesos. No necesitaba tomarle el pulso para darse cuenta que estaba muerto. En su laptop sonaba “Black”, de Pearl Jam.

“I know someday you'll have a beautiful life,
i know you'll be a star in somebody else's sky,
but why can't it be mine?”

En la penumbra pudo ver vidrios brillando en el suelo, pertenecían a un cuadro roto con la foto de Rebeca. En el buro, junto a la cama, había una botella vacía de whiskey y un frasco a medias de Clonazemap. Temblorosa, Daniela se acerco a Fernando, entonces descubrió que abrazaba la ultima foto que se habían tomado juntos, frente a la fuente de las Cibeles.

Se recostó en sus piernas y lloro desconsolada, hasta que se quedo dormida. Despertó un par de horas después, y sin pensarlo, bebió de fondo lo que quedaba en el frasco. El sabor dulce del medicamento era agradable. Se levanto con torpeza de la cama y puso “Luz de día”, de los Enanitos verdes. Siempre pensó que esa sería la canción que habría de bailar en su boda. Regreso a acostarse al lado de Fernando. Quito la foto y con trabajo pudo meterse bajo su brazo rígido. Le dio un último beso en los labios antes de cerrar los ojos para nunca más volver a abrirlos.

domingo, 6 de enero de 2013

Sayonara, hijo de perra




El de la pijama negra, o kimono, o lo que sea esa mamada, era Ricardo, intento de samurái, tirando patadas, como de coreografía del Lago de los cisnes, mientras emitía grititos ensayados cuyo objetivo era, supuestamente, intimidar. El otro, el de los guantes de box, el pants y los tatuajes, era Elías, y odiaba estar en ese lugar. ¿Cómo coños lo había convencido el Tlacuache de participar en esa dizque exhibición de estilo libre? ¡Por Dios! El público estaba compuesto por tipos y tipas disfrazados de caricaturas japonesas, “rockeros” que cantaban a gritos, como esquizofrénicos, y parecían geishas, y uno que otro tipo pasado de años, y de kilos, jugando apasionadamente Yugi oh con escuincles que aun no habían tenido su primera erección. Elías había escuchado que todos estos tetos bebedores de sake eran una subcultura, y a pesar de que él no había leído muchos libros en su vida, toda esta gente, y su mundo, le parecían todo, menos culturales.

- $500 por un round de cinco minutos, y ni siquiera tienes que ganarle al otro tipo. – Le había dicho el Tlacua. Lo que había olvidado mencionar era que su oponente era Ricardo.

Se habían conocido en la secundaria. Ricardo era un morrito pálido y afeminado que parecía espantapájaros, y que se la pasaba dibujando en sus libretas para evitar las burlas y madrizas de sus compañeros. Lo “buleaban”, pues. Al menos hasta que llego Elías, quien todos los días recibía “cuerazos” de su alcohólico padre, y que estaba ansioso por encontrar con quien desquitarse. Pronto Elías se convirtió en el diablo de la guarda de Ricardo, y nació una gran amistad.

Ricardo vivía en un mundo de fantasía otaku, llenando sus libretas con dibujos de Los caballeros del Zodiaco, Dragón Ball Z, y Pokemon. A Elías le parecía que Ricardo ya estaba grandecito para esas cosas, pero le hacía bastante gracia: Era como el hermano que nunca había tenido. Elías pronto se familiarizo con el mundo de Ricardo, y con términos como “anime”, “manga” y, por supuesto, “hentai”. A pesar de todo, Elías siguió prefiriendo, por mucho, sus Playboy y Penthouse.

Cuando entraron a la prepa, Ricardo se dio cuenta de que su figura femenina, y su teatral aire melancólico, le funcionaba con las chicas, por lo que se esmero en trabajar cada día mas esa apariencia. Comenzó a delinearse los ojos, se corto el cabello estilo “emo”, y mejoro sus dibujos, acompañándolos con supuestos haiku que en realidad no decían nada, pero que apantallaban a chicas lindas, pero idiotas.

Por su parte Elías, quien había descubierto su vocación para los putazos, se dedico a boxear. En secreto, Elías envidiaba a su amigo por el éxito que tenía este con las morras. El sabía que, de no ser por Zuleima, una de las chicas que bailaba en “La petit morte”, y con quien se gastaba cada viernes por la noche la mayor parte de su quincena, aun seguiría siendo virgen. Eso, hasta que conoció a Ely, la secretaria del dueño de la cementera donde trabajaba. Ella era perfecta. Inteligente y carismática como ninguna, y además guapa y con unas curvas que lo hacían a uno desear chocar y morir en ellas. Elías nunca supo que vio ella en el.

Una noche, por azares del destino, terminaron tomándose unos tequilas después del trabajo; acto seguido, fueron a parar a un hotel, donde Elías pudo poner en práctica todo lo aprendido con Zuleima. Ely quedo mucho más que satisfecha. Así, sin que ninguno lo planeara, y sin decir más al respecto, comenzó una relación inesperada para todos, ellos incluidos. Ely y Elías, la pareja perfecta.

En cuanto pudo, Elías presento a Ely con Ricardo, quien no dejo de coquetearle a esta. Elías fingió demencia, y pronto olvido el asunto. Después de unos meses de relación, Ely y Elías decidieron vivir juntos.

Llevaban ya un par de años viviendo una eterna luna de miel cuando una tarde Elías sorprendió a su novia y a su mejor amigo haciéndolo “de a perrito”. Esa era su posición favorita, por lo que la triple traición fue aun más dolorosa. Ricardo, sabiendo que Elías sería incapaz de pegarle, le pidió a este, en un ridículo y exagerado gesto de estoicismo, que le pegara a él, pero la perdonara a ella. Sin decir nada, Elías lo tomo del cuello y lo saco de la casa con una patada en el culo que le impidió a Ricardo sentarse bien por tres días. Ely, entre lágrimas, pedía perdón por haberse dejado envolver, vía Facebook, por las palabras del "amigo" Judas. Se sentía sola y quien sabe cuántas cosas más. Incluso se atrevió a decir que Ricardo era malísimo en la cama. Mientras Ely vociferaba, Elías, sin decir palabra alguna, hacia su maleta. Cuando hubo terminado se fue sin siquiera mirarla. Nunca le paso por la mente pegarle o insultarla.

Se largo a la terminal y dejo atrás a Ely, a Ricardo, el box, la cementera, y todo lo que hasta ese momento había sido su vida. Viajo por toda la república trabajando en lo que podía, durmiendo donde caía. Lloro amargamente noche tras noche, e incluso pensó en quitarse la vida, pero sobrevivió. Después de tres años regreso a la ciudad, decidido a entrar a la Universidad.

Como siempre, el Tlacua lo puso al tanto de todo: Tiempo después de que Elías se había ido, Ely y Ricardo comenzaron a andar. Ricardo comenzó a practicar artes marciales, y ahora se hacía llamar Ishiru, o una mamada así. Un día, borracho y cegado por los celos, le dio una terrible golpiza a Ely, quien fue a parar al hospital.

Mientras esquivaba y se cubría de las patadas que le tiraba el que había sido su mejor amigo, Daniel recordaba todo lo que había sufrido con aquella traición. Pero no fue eso, ni el abucheo que recibía del publico, lo que lo hizo reaccionar, sino el imaginar a Ely, su adoración, siendo golpeada por aquel imbécil.

Habían pasado dos minutos aproximadamente, aun tenía tiempo de sobra para hacer pagar a aquel hijo de perra antes de enviarlo a la lona. Primero le detuvo una patada con un cruzado en el muslo, que lo puso a aullar de dolor. Luego, como si del Karate Kid se tratara, el imbécil de Ricardo trato de recuperar teatralmente la postura y atacarlo después de ejecutar una especie de kata, que hubiera sido muy espectacular si hubiera logrado conectar una sola patada, en vez de recibir un gancho directo a la boca del estomago. Elías sabia que aquello no duraría mucho más, así que decidió cerrar con broche de oro: Cruzado de izquierda y cruzado de derecha, ambos al rostro, jab demoledor directo a la nariz, y un poderoso gancho al mentón. Un chorro de sangre salpico a Elías antes de elevarse al cielo. Luces fuera, Ricardo se desplomo. Elías, sin mirar atrás, abandono el ring, ignorando las ovaciones y el alboroto que los ñoños esos hacían. Después supo, por el Tlacua, que Ricardo había perdido media lengua con aquel gancho al mentón, lo cual lo dejo hablando como mongol.

Elías se dirigió inmediatamente a casa de los papas de Ely, con la esperanza de saber algo de ella. Para su sorpresa, fue ella quien abrió la puerta. Después de unos segundos de tensión y drama telenovelero, se abrazaron fuertemente, con lágrimas en los ojos. Ely le cubrió el rostro de besos, y le pidió que no se fuera. Dos meses después, se casaron.

Tiempo después, por el puto chismoso del Tlacua, se enteraron que el imbécil de Ricardo había agregado y tratado de seducir por Facebook a la novia de un tipo de la Doctores, que resulto ser un “pelón” (o sea, de la banda de los Pelones). Acto seguido, comenzó a recibir amenazas anónimas en su muro. Ricardo, quien se cagaba de miedo, pero no quería quedar como un cobarde, lo reto a un duelo, e incluso le dio a escoger lugar y fecha. Quedaron de verse a las doce de la noche en el estacionamiento de un Soriana. Ricardito llego de nuevo enfundado en su kimono, y armado con una katana. Se habían juntado varios chismosos, entre ellos el Tlacua, para presenciar todo. Ricardo hizo nuevamente alarde de sus supuestas habilidades, pavoneándose con una kata. El otro tipo lo miraba inmóvil, con un frio odio y una sonrisa depredadora. Antes de que pudiera desenfundar, el pelón le dio una patada en los guevos que lo hizo gritar y chillar, según el Tlacua, como niña; después le arrebato la katana. Fue entonces cuando le cayeron encima los demás pelones. Después de una monumental putiza, que se hizo famosa en Youtube, y antes de partirle el cráneo con su propia katana, los presentes escucharon al ganguero decirle a Ricardo “Sayonara, hijo de perra”.