El de la pijama negra, o kimono,
o lo que sea esa mamada, era Ricardo, intento de samurái, tirando patadas, como
de coreografía del Lago de los cisnes, mientras emitía grititos ensayados cuyo
objetivo era, supuestamente, intimidar. El otro, el de los guantes de box, el
pants y los tatuajes, era Elías, y odiaba estar en ese lugar. ¿Cómo coños lo
había convencido el Tlacuache de participar en esa dizque exhibición de estilo
libre? ¡Por Dios! El público estaba compuesto por tipos y tipas disfrazados de
caricaturas japonesas, “rockeros” que cantaban a gritos, como esquizofrénicos, y parecían geishas, y uno que otro tipo pasado de años, y de kilos, jugando
apasionadamente Yugi oh con escuincles que aun no habían tenido su primera
erección. Elías había escuchado que todos estos tetos bebedores de sake eran
una subcultura, y a pesar de que él no había leído muchos libros en su vida,
toda esta gente, y su mundo, le parecían todo, menos culturales.
- $500 por un round de cinco
minutos, y ni siquiera tienes que ganarle al otro tipo. – Le había dicho el
Tlacua. Lo que había olvidado mencionar era que su oponente era Ricardo.
Se habían conocido en la
secundaria. Ricardo era un morrito pálido y afeminado que parecía
espantapájaros, y que se la pasaba dibujando en sus libretas para evitar las
burlas y madrizas de sus compañeros. Lo “buleaban”, pues. Al menos hasta que
llego Elías, quien todos los días recibía “cuerazos” de su alcohólico padre, y
que estaba ansioso por encontrar con quien desquitarse. Pronto Elías se
convirtió en el diablo de la guarda de Ricardo, y nació una gran amistad.
Ricardo vivía en un mundo de fantasía
otaku, llenando sus libretas con dibujos de Los caballeros del Zodiaco, Dragón
Ball Z, y Pokemon. A Elías le parecía que Ricardo ya estaba grandecito para
esas cosas, pero le hacía bastante gracia: Era como el hermano que nunca había
tenido. Elías pronto se familiarizo con el mundo de Ricardo, y con términos
como “anime”, “manga” y, por supuesto, “hentai”. A pesar de todo, Elías siguió
prefiriendo, por mucho, sus Playboy y Penthouse.
Cuando entraron a la prepa,
Ricardo se dio cuenta de que su figura femenina, y su teatral aire melancólico,
le funcionaba con las chicas, por lo que se esmero en trabajar cada día mas esa
apariencia. Comenzó a delinearse los ojos, se corto el cabello estilo “emo”, y
mejoro sus dibujos, acompañándolos con supuestos haiku que en realidad no
decían nada, pero que apantallaban a chicas lindas, pero idiotas.
Por su parte Elías, quien había
descubierto su vocación para los putazos, se dedico a boxear. En secreto, Elías
envidiaba a su amigo por el éxito que tenía este con las morras. El sabía que,
de no ser por Zuleima, una de las chicas que bailaba en “La petit morte”, y con
quien se gastaba cada viernes por la noche la mayor parte de su quincena, aun
seguiría siendo virgen. Eso, hasta que conoció a Ely, la secretaria del dueño
de la cementera donde trabajaba. Ella era perfecta. Inteligente y carismática
como ninguna, y además guapa y con unas curvas que lo hacían a uno desear
chocar y morir en ellas. Elías nunca supo que vio ella en el.
Una noche, por azares del
destino, terminaron tomándose unos tequilas después del trabajo; acto seguido,
fueron a parar a un hotel, donde Elías pudo poner en práctica todo lo aprendido
con Zuleima. Ely quedo mucho más que satisfecha. Así, sin que ninguno lo
planeara, y sin decir más al respecto, comenzó una relación inesperada para
todos, ellos incluidos. Ely y Elías, la pareja perfecta.
En cuanto pudo, Elías presento a
Ely con Ricardo, quien no dejo de coquetearle a esta. Elías fingió demencia, y
pronto olvido el asunto. Después de unos meses de relación, Ely y Elías
decidieron vivir juntos.
Llevaban ya un par de años viviendo una eterna luna de
miel cuando una tarde Elías sorprendió a su novia y a su mejor amigo haciéndolo
“de a perrito”. Esa era su posición favorita, por lo que la triple traición fue
aun más dolorosa. Ricardo, sabiendo que Elías sería incapaz de pegarle, le
pidió a este, en un ridículo y exagerado gesto de estoicismo, que le pegara a él,
pero la perdonara a ella. Sin decir nada, Elías lo tomo del cuello y lo saco de
la casa con una patada en el culo que le impidió a Ricardo sentarse bien por
tres días. Ely, entre lágrimas, pedía perdón por haberse dejado envolver, vía
Facebook, por las palabras del "amigo" Judas. Se sentía sola y quien sabe cuántas
cosas más. Incluso se atrevió a decir que Ricardo era malísimo en la cama.
Mientras Ely vociferaba, Elías, sin decir palabra alguna, hacia su maleta.
Cuando hubo terminado se fue sin siquiera mirarla. Nunca le paso por la mente
pegarle o insultarla.
Se largo a la terminal y dejo
atrás a Ely, a Ricardo, el box, la cementera, y todo lo que hasta ese momento había sido
su vida. Viajo por toda la república trabajando en lo que podía, durmiendo
donde caía. Lloro amargamente noche tras noche, e incluso pensó en quitarse la
vida, pero sobrevivió. Después de tres años regreso a la ciudad, decidido a
entrar a la Universidad.
Como siempre, el Tlacua lo puso
al tanto de todo: Tiempo después de que Elías se había ido, Ely y Ricardo
comenzaron a andar. Ricardo comenzó a practicar artes marciales, y ahora se hacía
llamar Ishiru, o una mamada así. Un día, borracho y cegado por los celos, le dio
una terrible golpiza a Ely, quien fue a parar al hospital.
Mientras esquivaba y se cubría de
las patadas que le tiraba el que había sido su mejor amigo, Daniel recordaba
todo lo que había sufrido con aquella traición. Pero no fue eso, ni el abucheo
que recibía del publico, lo que lo hizo reaccionar, sino el imaginar a Ely, su
adoración, siendo golpeada por aquel imbécil.
Habían pasado dos minutos
aproximadamente, aun tenía tiempo de sobra para hacer pagar a aquel hijo
de perra antes de enviarlo a la lona. Primero le detuvo una patada con un
cruzado en el muslo, que lo puso a aullar de dolor. Luego, como si del Karate
Kid se tratara, el imbécil de Ricardo trato de recuperar teatralmente la postura
y atacarlo después de ejecutar una especie de kata, que hubiera sido muy
espectacular si hubiera logrado conectar una sola patada, en vez de recibir un
gancho directo a la boca del estomago. Elías sabia que aquello no duraría mucho
más, así que decidió cerrar con broche de oro: Cruzado de izquierda y cruzado
de derecha, ambos al rostro, jab demoledor directo a la nariz, y un poderoso
gancho al mentón. Un chorro de sangre salpico a Elías antes de elevarse al
cielo. Luces fuera, Ricardo se desplomo. Elías, sin mirar atrás, abandono
el ring, ignorando las ovaciones y el alboroto que los ñoños esos hacían. Después
supo, por el Tlacua, que Ricardo había perdido media lengua con aquel gancho al
mentón, lo cual lo dejo hablando como mongol.
Elías se dirigió inmediatamente a
casa de los papas de Ely, con la esperanza de saber algo de ella. Para su
sorpresa, fue ella quien abrió la puerta. Después de unos segundos de tensión y
drama telenovelero, se abrazaron fuertemente, con lágrimas en los ojos. Ely le
cubrió el rostro de besos, y le pidió que no se fuera. Dos meses después, se
casaron.
Tiempo después, por el puto
chismoso del Tlacua, se enteraron que el imbécil de Ricardo había agregado y
tratado de seducir por Facebook a la novia de un tipo de la Doctores, que resulto
ser un “pelón” (o sea, de la banda de los Pelones). Acto seguido, comenzó a
recibir amenazas anónimas en su muro. Ricardo, quien se cagaba de miedo, pero
no quería quedar como un cobarde, lo reto a un duelo, e incluso le dio a escoger
lugar y fecha. Quedaron de verse a las doce de la noche en el estacionamiento
de un Soriana. Ricardito llego de nuevo enfundado en su kimono, y armado con
una katana. Se habían juntado varios chismosos, entre ellos el Tlacua, para
presenciar todo. Ricardo hizo nuevamente alarde de sus supuestas habilidades,
pavoneándose con una kata. El otro tipo lo miraba inmóvil, con un frio odio y
una sonrisa depredadora. Antes de que pudiera desenfundar, el pelón le dio una
patada en los guevos que lo hizo gritar y chillar, según el Tlacua, como niña;
después le arrebato la katana. Fue entonces cuando le cayeron encima los demás
pelones. Después de una monumental putiza, que se hizo famosa en Youtube, y
antes de partirle el cráneo con su propia katana, los presentes escucharon al ganguero
decirle a Ricardo “Sayonara, hijo de perra”.

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