* Relato escrito en coautoria con Shandi
I
Sentía que algo me llamaba. Algo
muy dentro de mí. Inexplicable, pero omnipresente. Constantemente se asomaba y
colocaba en mi mente imágenes apocalípticas, reflejos de aquellos deseos que
anidaban en las sombras de mi corazón. Recuerdo una época obscura en la que una
parte de mi se sostenía sólo de sueños, creando oraciones cubiertas de lágrimas
de cristal. Cada noche era igual, deseando encontrar mi alma separada por los Dioses.
El mito del Andrógino. Pero cada llamado quedaba sin respuesta. Sumergida en la
negrura de mi soledad, que parecía infinita, pasaron los años, y ya había
perdido la esperanza de hallar ese sentido de perpetuidad y trascendencia.
Hasta que llego Demian, mi oración hecha carne y sangre.
Pero fue hasta esta eterna y fría
noche de otoño cuando lo conocí en verdad. Nuestra luna de miel. Llevábamos dos
años saliendo, y hacia seis que me propuso matrimonio en el Miralto, donde
corono una magnifica cena con un bello anillo de oro blanco y varios puntos de
diamante. Después de la ceremonia en la iglesia de Coyoacán, que estuvo llena
de casa blancas, hubo un pequeño brindis familiar; después, partimos rumbo a
París. La noche, en todos los sentidos, fue mágica: Nos hospedamos en el Champs
Elysees, asistimos al Palais Garnier a una opera de Jules Massenet basada en el
Werther, de Goethe, y cenamos en el Benoit, en la rue Saint Martin. Después de
la cena decidimos caminar, tomados de la mano, hasta el Sena. Parecíamos niños
enamorados, riendo por todo y nada, jugando y caminando dentro de la negrura de
ese instante. Después de un rato de caminar por oscuras callejuelas, nos dimos
cuenta de que nos habíamos perdido. Aun así, reímos como tontos. No le teníamos
miedo a nada.
De pronto, noté a Demian tenso y
alerta, como animal salvaje. También noté que sostenía en su otra mano una
pluma. Las risas cesaron. Demian me pedía que tratara de caminar rápido, y que
no me separara de él. Hasta entonces fui consciente de la soledad del lugar, y
la oscuridad que nos rodeaba. Ni siquiera había ya mujeres de la vida galante
en ese tramo por el que caminábamos. A pesar de todo, no me sentía angustiada,
sino alerta. Sí hubiera estado con cualquier otra persona probablemente hubiera
tenido miedo, pero con Demian, no sé porque, siempre me sentía segura. También
me sentía observada. De pronto, mi amado acompañante se retiró los lentes, y
los guardó en su saco. Él también lo había sentido. Todo sucedió muy rápido:
Sentí como una mano, que no era la de Demian, me tocaba de forma indecente, y
trataba de acercarme a sí, tomando el talle de mi cintura. El frío que nos
rodeaba ya no existía; el infierno había llegado a nosotros. Me paralicé un
momento, pero aun así percibía mi sangre hirviendo; era como ver todo en cámara
lenta. Sabía que tenía que salir de ahí, y tratar de buscar donde refugiarme,
pero algo en mí no me dejó partir, realmente necesitaba estar en ese lugar, y
ver cada cuadro del suceso. Escuche una sucesión de palabras en francés, que me
parecieron insultos, y una risa estúpida burlándose de Demian, quien aun
permanecía en calma. Pensé en algo que había escuchado con anterioridad “La
Sonrisa del Diablo”, cuando el rostro de mi amado, el hombre que yo había
tenido entre mis brazos, cambiaba hasta distorsionarse en algo que no puedo
describir. Mi corazón palpitaba salvaje, comulgando con esa metamorfosis.
Demian me puso detrás de sí,
donde permanecí todo el tiempo. La pluma que sostenía fue a parar al costado
izquierdo de nuestro atacante, por debajo de las costillas. Se fundieron en un
violento forcejeo, que también parecía un apasionado abrazo, y rodaron por el
suelo como amantes. Mientras el otro gritaba, Demian seguía penetrando su carne
una y otra vez. La noche se cubrió de sangre. Mi mente percibía todo como un
eco brilloso y lejano, y a la vez estaba presente en cada golpe que Demian
descargaba en el rostro del otro, ésta vez con el puño. Era excitante. No
sentía ningún tipo de lástima por el maldito, que estaba prácticamente deforme
por cada uno de los golpes que había recibido. De pronto todo se detuvo, y la
noche quedó en silencio. Demian se reincorporó lentamente, y fue hacia mí, con
las manos y el rostro salpicados de sangre. Su gesto reflejaba sorpresa, quizá
porque había perdido conciencia, por un momento, de que yo estaba ahí,
observando. Lo abrace tranquilamente, y a media voz le dije:
- Gracias.-
Él estaba desconcertado por mi
reacción. El otro no podía moverse por la brutalidad de la que había sido
objeto, pero yo sabía que el que esa bestia siguiera respirando no me
permitiría vivir en paz. Cubiertos por el manto de la noche, y ocultos entre
unos arbustos, miré a Demian a los ojos y envolví con mis manos la suya, que
nuevamente sostenía la pluma. Lo acerque a mi rostro y lo bese. Hubo entre
nosotros un silencio que fue una verdadera comunión, una íntima complicidad.
Escuche su voz, grave y cálida, diciéndome:
- Sólo pídemelo.-
Él había visto en mis ojos algo
perverso que también habitaba en mí, pero no quería que yo me entregará a eso.
Quería pedirle que terminara con el otro, para que todos pudiéramos estar en
paz, pero no me atreví. Me dio la espalda y camino hacia nuestro agresor. Se
puso en cuclillas, tapo los labios del otro con una mano, con la otra, clavo la
pluma en su cuello. El otro forcejeo, pero Demian lo sostuvo en silencio y con
calma, casi como si fuera un ritual. Después permaneció en silencio, como
rezando. Me acerqué y vi que Demian lloraba.
-No quería que vieras esto. En
verdad quiero una vida a tu lado, y estar en paz contigo, pero entiendo sí ya
no quieres estar con alguien como yo”. –
Camine hacia a él. No podía
entender lo que decía, o más bien, porque lo decía. Era como ver a un lobo
después de matar a su presa. Sólo quería abrazarlo. Lo rodeé con mis brazos, y
con un cálido beso bebí las lágrimas que corrían, tímidas, por sus mejillas. No
había miedo, ya no sentía la ira que me recorría minutos antes; era
conmiseración lo que sentía, y un profundo amor hacia él. Lo alejé del cuerpo,
retiré la pluma, y la cubrí con algunos pañuelos desechables que tenía; después
la guardé en mi bolsa. Del cuerpo inerte del otro tomé cartera y celular, para
que pensaran en un robo. Con los otros pañuelos trate de limpiar posibles
huellas digitales nuestras, como hacían en la tele. Mientras, Demian tiraba por
una coladera su camisa blanca, quedándose sólo con una playera negra y el saco.
Ya había limpiado su rostro y manos, supongo con la camisa.
Llegamos al hotel. Pocos metros
antes de la entrada, tirada sobre la banqueta, yacía una rosa. La levanté algo
dudosa, pero me pareció una señal de que todo iba a estar bien. Se la mostré y
él sonrió. Su mirada había vuelto a ser la de siempre, tierna y cálida.
Entramos al hotel como si nada hubiera ocurrido. Entramos a nuestra habitación,
e inmediatamente fue a bañarse. Me quedé sentada en la cama viendo la rosa,
tratando de asimilar todo lo sucedido. Fui testigo de esa oscuridad que él
había tratado de esconder inútilmente de mi durante mucho tiempo, y él había
visto la que habitaba en mí. Un escalofrío me recorrió, comencé a llorar, tenía
miedo, miedo de que lo ocurrido me hiciera perderlo, y en ese momento alcé
nuevamente una oración, con un único deseo, estar con él por toda la eternidad.
Salí de mis pensamientos al oír
la puerta del baño abrirse. Posé mis ojos en mi amado Demian. Su rostro
mostraba el peso de la culpa y la aflicción. Me miró buscando perdón. Se sentó
a mi lado, y quedamos por un momento en silencio. Descansé mi cabeza en su
hombro derecho, y el silencio se rompió por un profundo suspiro que provenía de
sus labios. Llevó sus manos a la cabeza. Estaba desesperado y enojado. Trató de
levantarse y lo detuve. Tomé su rostro con ambas manos, lo miré a los ojos y le
dije:
- Te amo, y no te dejaré solo. –
Se tiró a mis pies, y sólo
escuche:
- Perdóname Sara, no quiero esto
para ti, mereces más. –
Me hinqué junto a él, tomé su
rostro entre mis manos, y no dejé que dijera más. Con un beso sellé sus labios,
obligándolo a guardar silencio. Entonces lo atraje hacia mí...
II
Una fantasía puede llegar a ser
más poderoso bálsamo que nos vincula con nuestras pasiones, y el más resistente
símbolo de fragilidad, pero el llevarla a la realidad resulta tan contundente
como un huracán, puede definir todo el trayecto de la forma en como
coexistiremos con lo deseado. La fantasía, un poderoso veneno insustancial,
porqué al final es morir en el Nirvana, renacer en el Olimpo, o vivir en la
decepción de los encuentros.
La habitación esta decorada con
detalles exquisitos, con un delicado estilo de película del Hollywood de los
40’s, pero cubierto por una total oscuridad. Sólo flota un suave reflejo de luz
que surge del gran ventanal, pero es más que suficiente para visualizar
nuestras figuras, estéticas y esbeltas, enredándose en esta desenfrenada danza
de amor.
Me excita mucho vernos por el
reflejo del techo. Yo boca arriba, abierta como las alas de una paloma; el
sobre mí, embistiéndome como un toro. Mis manos recorriendo sus nalgas, sus
tatuajes. Mis piernas enredadas en su cintura. Sus piernas, sus brazos, y su
espalda moviéndose rítmicamente, penetrándome con fuerza. Me veo a mi misma
mordiendo el lóbulo de su oído izquierdo, justo donde está su arracada, y
diciéndole en susurros todas las obscenidades que quiero que me haga.
Terminamos al mismo tiempo. Se viene dentro de mí con un orgasmo glorioso.
Estoy empapada. Decido ir abajo a secarme.
Cuando regresó, poseído por no sé
qué demonios, Demian me ata de pie al poste de la cama. Yo sé cuanto lo hacen
sufrir sus celos, cuanto desea que mi mirada no se pose, ni por accidente, en
ningún otro hombre, ni pronuncie un nombre que no sea el suyo. Trato de
satisfacerlo siempre, en medida de lo posible, pues me brindaba un perverso
placer tener a ese hombre, oscuro y complejo, loco de deseo. Esta noche, y el
resto de mi vida, estoy dispuesta a complacer todas sus excéntricas exigencias.
Él es mío, y yo suya. Nos pertenecemos.
Siento el calor de las cuerdas en
mis muñecas, mi respiración y corazón acelerados e impacientes, tratando de anticipar
el juego de mi amado. Estoy por completo a su merced, ansiosa por que me vuelva
a hacer suya. Súbitamente se detiene, y va a sentarse en aquel sillón blanco,
deleitándose al contemplar cada centímetro de mi cuerpo, como si tratará de
grabar en su mente cada detalle de mi figura. Se sirve una copa de absenta. Yo
llevo puesto para el un delicado conjunto de encaje blanco, acompañado de unas
medias de red que llegaban hasta mis muslos. Agregué al atuendo unas finas
zapatillas negras con tacón de aguja, pues se cuánto lo enloquecen.
Demian deja en una pequeña mesa
la copa, y se dirige, sigiloso, hacia mí, como cazador, con una mirada decisiva
y penetrante que se me clava. Soy su presa. Da vueltas a mí alrededor, como en
alguna clase de ritual previo. Sutil, apenas imperceptible, pasa el dorso de su
mano por mis nalgas, acariciándolas. No puedo evitar un gemido. Mi espalda se
arquea como con vida propia. Se detiene detrás de mí, y puedo ver por el espejo
como se hinca. Muerde y besa mis nalgas, mientras aparta con sus dedos la
tanga. Después se pone a lamer mi intimidad. Me excita mucho sentir sus labios
y manos recorriéndome por completo, no me deja duda alguna de cuanto me desea y
necesita de mí.
Se acerca a besar mi cuello;
susurro en su oído: Soy sólo tuya, quiero que hagas de mi todo lo que habías
deseado. Y con esas palabras detoné su pasión. Nuestros labios se funden;
jugamos con nuestras lenguas. Eufórico, hace a un lado el encaje que cubre mis
pechos. Sus manos juegan con mis senos, su boca y lengua retozan en mis
pezones, estoy temblando con cada cosa que él hace. Parece saber exactamente lo
que deseo. Quiero sentir su piel desnuda en la mía. Quiero besar sus tatuajes,
lamer sus tatuajes. Me excitan. Entonces veo la navaja en su mano derecha.
Recorre suavemente con ella mi cuerpo semidesnudo. No tengo miedo,
paradójicamente me excita aún más. Corta con contundentes pero delicados
movimientos mi ropa, dejándome completamente expuesta a él. ¡Ya no puedo más!
Necesito tenerlo dentro de mí. Clava con fuerza la navaja en el buró que está a
mi lado. Me suelta las manos, pero sólo para volver a amarrarme, esta vez con
los brazos en la espalda, y me arroja con delicadeza a la cama. Estoy
impaciente, siento que no podré más. El baja y vuelve a lamer mi intimidad. Me
hace gemir con fuerza, mientras me estimula con sus dedos y lengua. Sabe justo
lo que mi cuerpo necesita. De nuevo exploto en un brutal orgasmo, llenando su
boca de mí. Pero aún quiero más, lo quiero a él. Se levanta, y yo volteo. Nuestras
miradas se cruzan, y puedo ver como esboza una sutil sonrisa de satisfacción,
logró lo que deseaba. Hincado detrás de mí, acaricia mi intimidad con su
miembro, subiendo y bajando desde mi clítoris hasta aquella otra entrada, la
que por siglos ha estado prohibida por las religiones patriarcales. Estoy
temblando. Me penetra suavemente por esa otra puerta.
Muerdo la almohada con fuerza.
Mis manos, atadas hacia atrás, extienden los dedos y acarician el bello de su
pubis. Ambos sentimos cuando llega hasta el fondo. Lo escucho gemir, y eso me
prende más. Entonces comienza a darme con fuerza, pero cuidando de no hacerme
daño. El placer recorre todo mi cuerpo, estoy temblando a merced de él. Mis
senos se mueven al ritmo en que él me penetra. Tendré un magnifico orgasmo; uno
como nunca antes había tenido. Es cuestión de segundos antes de que todo vuelva
a detonar. Mi piel se eriza. Estoy temblando, y mis pezones están duros. Cada
sensación se magnifica. Puedo sentir su sudor gotear por mi espalda, hasta mis
nalgas. Con una mano toma el cabello de mí nunca, sujetándome con firmeza, pero
sin violencia, y llevándome hacia él. Siento dentro de mí la cálida humedad de
su orgasmo, mezclado con el mío. Lo escucho rugir como animal.
Mi amado Demian me abraza con
fuerza. Se aferra a mí. La fusión no ha terminado, respira con dificultad, pero
eso no le impide tomar mi rostro entre sus manos y besarme con ternura, para
decirme que me ama. Con mucho cuidado me desata, mientras me besa con devoción.
Pienso en aquel reflejo en el techo, que ha sido testigo de cada cosa que hemos
hecho hoy. Me situó frente al espejo, dándole la espalda. De inmediato Demian
se sitúa detrás de mí, y me abraza. Me pregunta si me gusta cómo nos vemos
juntos. Le respondo con la sonrisa de una mujer locamente enamorada. Me
fascina, y no quiero otra piel que me cubra que no sea la suya. Sólo quiero ser
su mujer. Nunca nadie me había besado, mirado y tocado como él lo hace, con esa
mezcla de amor, de pasión, de ternura y deseo que lo hace aún más siniestro, y
tan mío.
Me recorre nuevamente con sus
manos. Puedo sentir su aliento en mi cuello, y lo escucho diciéndome que me
ama, que soy su mujer, su amiga, su confidente, su amante, su todo. Toma mis
caderas, y vuelve a penetrarme. No me di cuenta que de nuevo estaba excitado.
Pone sus manos en mis senos, juega con ellos y los aprieta, baja una de sus
manos, y me masturba. Nunca deja de mirarme en el espejo, cada detalle y cambio
que hay en mi cuerpo, y cada gesto que se detona ante todo lo que hace conmigo.
Vuelve a terminar dentro de mí.
Volteo para besarlo. Lo abrazo
colgando de su cuello, como chiquilla, y le digo que lo amo. Descanso mi cabeza
en su hombro. Demian me carga y me lleva hasta la cama, se recuesta a mi lado y
acaricia mi rostro. Me mira con ternura, y me besa suavemente. Me recuesto en
su pecho. Siento su mano acariciar mi cabello. En la oscuridad, casi como un
susurro, comienza a cantarme con su grave, pero dulce voz. Demian es mi oración
hecha vida; mi ángel caído, pero de la guarda, y yo seré suya por siempre. Me
hace sentir tan amada y protegida...