domingo, 16 de marzo de 2014

¿Como crear un monstruo?


Después de una violenta discusión por teléfono con Angélica, mi novia, estrangulé a Misha, mi gatita. Perdí el control, no quería hacerlo. Estaba echada en mis piernas, sobre las cobijas, así que la envolví en ellas, para que no me rasguñara, y apreté fuerte su cuello. Ni siquiera lo pensé, fue un impulso súbito, que ejecute de inmediato. Ella trataba frenéticamente de liberarse, y yo apretaba con más fuerza, hasta que, finalmente, dejó de moverse. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, el vacío en el estómago que me había acompañado todo el día, y la desesperación, se hicieron aún mayores. Lloré como no lo hacía desde niño, mientras la abrazaba y repetía su nombre, sinceramente arrepentido. Me levanté de la cama y tome su cuerpecito entre mis brazos, con la intención de llevarla de inmediato al veterinario. Confundido, y quizá en busca de consuelo, le hablé a Angélica. Pensé en decirle la misma mentira que le diría al veterinario, que así la había encontrado. El teléfono sonó tres veces, luego se cortó la llamada. Seguramente me colgó, como acostumbra hacer cuando está enojada. Insisto, pero el teléfono está apagado. Voy llegando a la puerta de salida cuando Misha reacciona. Un pequeño y lastimero maullido. La abrazo y vuelvo a llorar. Esta débil, pero bien. La llevo de regreso a la cama, y se queda dormida echa bolita junto a mí. También yo me quedo dormido, abrazándola.

*

Cuando estoy con Angélica todo es perfecto. Me cubre de amor, y siempre tiene detalles conmigo. Platicamos, reímos, hacemos planes a futuro, nos la pasamos bien. Pero cuando platicamos por Facebook o Whatsapp, no la soporto. Se vuelve una persona completamente distinta. Es fría, arrogante, paranoica, cortante, ofensiva e irracional. Incluso he llegado a pensar que es otra persona la que está al otro lado de la línea. Ayer discutimos, como siempre, por una estupidez. Se enojó porque una amiga, a la que según Angélica le gusto, le dio "like" a algo que escribí. Como siempre, terminé pidiéndole disculpas. Pero ella no sabe perdonar, y una vez que se enoja, no se detiene hasta que ambos explotamos. Me insulta, me manda a la chingada, y me ignora todo el día. No contesta mis llamadas, mensajes, inbox y Whats. No soporto que me ignore, y eso es lo que me hace perder el control.

*

Después del episodio con Misha, Angélica viene a verme. En un principio me emociona y da mucha alegría verla. En otras ocasiones, cuando peleamos, ella llega de sorpresa a mi casa para hacer las paces. Me lleva de comer, o algún regalito, y vuelve a ser la misma mujer tierna de la que estoy enamorado, pero esta vez no es así. Viene decidida a terminar conmigo. Le pido que hablemos, pero no quiere escuchar. Me pide que le regrese las cosas que me ha regalado, le digo que no. Trató de calmarla, pero está furiosa. Discutimos, y ambos decimos cosas de las que después habremos de arrepentirnos. Ella me cachetea en dos ocasiones. La detengo de las muñecas y caemos a la cama en un violento forcejeo. Cuando por fin se calma, le digo que la voy a dejar ir, que la amo, pero que no volveré a buscarla ni molestarla. Nos levantamos, caminamos hacia la puerta, y entonces me besa y me dice que no quiere perderme. Nos besamos apasionadamente, y comenzamos a desvestirnos, pero yo no puedo lograr una erección. No puedo excitarme. Es como si mi cuerpo y mi mente estuvieran en distintos lugares. Entonces ella pone mi miembro en su boca, y por fin comienzo a sentir. Me monta, y cogemos fuerte. Angélica entierra sus uñas en mi piel, rasguñando en varias ocasiones mi pecho y abdomen. La amo, pero me aterra ver el rencor que me tiene. Después del orgasmo, caemos rendidos uno en el cuerpo del otro. Se recarga en mi pecho, y antes de quedarse dormida, me dice que me ama. Entonces me siento inmensamente feliz, hasta que veo los moretones que dejé en sus muñecas cuando la detuve.

*

Duermo. Mis sueños son una mezcla entre actos pornográficos inacabados e imágenes de violencia extrema.

*

Hoy estuvimos todo el día tranquilos. No pudimos vernos, pero nos escribíamos. Por la noche salí a comprar algo de cenar, pero olvidé mi celular en la casa. No le di importancia, pero al regresar tenía varias llamadas perdidas de Angélica, y mensajes donde me decía lo encabronada que estaba por no contestarle. Pasó las siguientes dos horas tratando de calmarla y explicarle, pero es inútil. Ya no sé cómo disculparme, o qué más decirle, entonces exploto. Apagó el teléfono, y salgo a cazar.

*

Cada que mato a alguien veo en esa persona a mi padre. Algún gesto, una palabra, o su apariencia física me lo recuerdan y detonan toda la ira contenida en mí. Odiaba su violencia, su machismo, su estupidez. Por eso busco tipos que me lo recuerden. La primera vez qué lo hice fue obedeciendo un impulso incontrolable. Le destroce la cabeza a un desconocido con un bat de baseball. Fue un porquerillero. Aunque fue agradable liberar toda esa cantidad de energía, no me gustó quedar empapado de sangre. La segunda vez puse una cobija sobre la cabeza antes de machacarla. Fue limpio, pero me sentí estúpido. Después quise probar algo distinto, y degollé al individuo. De nuevo fue sucio, pero me gustó su resistencia ante lo inevitable, y someterlo. Ayer, tras lo de Misha, por fin descubrí el que habrá de ser mi método.

*

Conozco desde hace años a este vecino. Su esposa lo abandonó hace poco, y se llevó a los niños. Hace unos días me enteré que el tipo les pegaba. Entró sin hacer ruido por una ventana que rompí hace dos días con una pelota. Estando en la sala, tiró un vaso de vidrio al suelo, y se rompe escandalosamente. Espero escondido a que el salga a ver qué sucedió. Entonces, en medio de esa oscuridad parcial, a la que mis ojos ya se acostumbraron, rodeo su cuello con un cable, y aprieto con fuerza. Forcejeamos con violencia, como si estuviera montando un toro mecánico. Tiramos la mesa y chocamos contra el sillón. Finalmente logro someterlo, y siento como su vida se apaga tras una exhalación. Un negro silencio llena el ambiente. ¿Me siento mejor? Sí, pero es un placebo. Me recuesto boca arriba, y con las extremidades extendidas y relajadas, al lado del cuerpo, en el suelo frío. Permanezco unos minutos ahí, en completa calma. Incluso mi cabeza se siente limpia y vacía de pensamientos. Entonces una lágrima escurre por mi mejilla. ¡Dios! ¡Que ganas tengo de que Angélica me abrazara!

domingo, 12 de enero de 2014

La sonrisa del payaso


Risitas, el payaso qué le había enseñado el arte, le contó la historia de un pobre tipo que un día, estando muy deprimido, fue a visitar a un doctor. Éste le dijo que no había mejor remedio para curar su tristeza que ir a ver al payaso Pagliachi. El tipo comenzó a llorar desesperado, y le dijo al doctor "Pero doctor, yo soy Pagliachi".

Ese día mientras se maquillaba frente al espejo, recordo aquella historia. Su padre solía decirle que, además de feo, era estúpido, y que nunca haría nada importante en su vida. A pesar de que odiaba al viejo sabía que en cierta forma tenía razón: Con esa cara no iba a llegar a ningún lado. Pero comparado con sus compañeritos de primaria, cuya crueldad no conocia limite, y mas tarde con la gente que conocio en la calle, su padre era una dulce monja. Su cara, fea y llena de cicatrices de acne, siempre fue un problema y un gran dolor para el. Fue así cómo comenzó a pintarse. También, con el tiempo, aprendió a reírse de sí mismo. Riendo por fuera, llorando por dentro.

Lagrimitas se sacudió de la cabeza aquellos pensamientos, y se dispuso a subirse al camión, decidido a poner en práctica su nueva rutina. Después de las presentaciones, comenzó:

- Soy tan feo que cuando naci el doctor, en vez de darme una nalgada, cacheteo a mi mamá. Despues, el doctor fue a la sala de espera y le dijo a mi padre: "Hicimos lo que pudimos... pero nació vivo". Soy tan feo que cuando nací no lloré yo, lloraron mi papá y mi mamá. Mi mamá no sabía si quedarse conmigo o con la placenta. Como era prematuro me metieron en una incubadora... con vidrios polarizados. Mi madre nunca me dio pecho, me daba la espalda. Yo siempre fui muy peludo. A mi madre siempre le preguntaban: "Señora, a su hijo ¿Lo parió o lo tejió?" Mi padre llevaba en su cartera la foto del niño que venía en ella cuando la compró. Pronto me di cuenta que mis padres me odiaban, pues mis juguetes para la bañera eran un radio y un tostador eléctrico. Soy tan feo que cuando jugaba a las escondidillas nadie me buscaba. Una vez me perdí. Le pregunte al policía si creía que íbamos a encontrar a mis padres, y me contesto: "No lo sé; hay un montón de lugares donde se pudieron haber escondido". Soy tan feo que me exhibían en una feria por teléfono. Soy tan feo que hago llorar a las cebollas. Y para colmo era muy flaco, tan flaco que para hacer sombra tenía que pasar dos veces por el mismo lugar. Tan flaco que el único trabajo que me ofrecían era para limpiar mangueras... por dentro. Pero mi problema no es ser tan flaco, sino ser feo. Mis padres tenían que atarme un trozo de carne al cuello para que el perro jugara conmigo. Sí, amigos, yo soy feo, tan feo que una vez me atropelló un auto y quedé mejor. Soy tan feo que un día tiré un boomerang, y éste no regresó nunca mas. Cuando me secuestraron, los secuestradores mandaron un dedo mío a mis padres para pedir recompensa. Mi madre les contestó que quería más pruebas. Tuve que trabajar desde chico. Trabajé en una veterinaria, y la gente no paraba de preguntar cuando me sacrificarían. Un día llamó una chica a mi casa diciéndome: "Ven a mi casa, no hay nadie". Cuando llegué, no había nadie. El psiquiatra me dijo un día que yo estaba loco. Yo le dije que quería escuchar una segunda opinión. Me dijo: "De acuerdo, además de loco, es usted muy feo". Una vez me iba a suicidar tirándome desde la terraza de un edificio de 50 pisos, mandaron a un cura a darme unas palabras de aliento, y este dijo: "En sus marcas, listos..." El último deseo de mi padre antes de morir era que me sentara en sus piernas. Lo habían condenado a la silla eléctrica. -

Era genial, la rutina había funcionado a la perfección. Sus chistes, combinados con su habilidad para contarlos, tuvieron al público riendo a carcajadas todo el tiempo. La gente del camión incluso le aplaudió. Lagrimitas sonreía y agradecía amablemente. Eran las ocho y media de la noche, la hora pico de las salidas de trabajo y escuelas.

Cuando Lagrimitas, usando su voz más tierna, les pidió todo su dinero y celulares, la gente volvió a reír. Fue entonces cuando sacó la 48. La gente comenzo a gritar. Habil e imponente, Lagrimitas los callo a todos con un voz grave y ronca. Dos tipos se levantaron de sus asientos, y con pistola en mano, comenzaron a despojar a los pasajeros de sus pertenencias. La sonrisa de Lagrimitas era ahora una mueca que a mas de uno le causo pesadillas por semanas. El atraco no duró más de 5 minutos, después de esto, Lagrimitas y sus dos cómplices huyeron, perdiéndose entre las calles. Lagrimitas se sentía satisfecho, retribuido. Como dicen, quien ríe al último...

domingo, 5 de enero de 2014

Demian


* Relato escrito en coautoria con Shandi

I

Sentía que algo me llamaba. Algo muy dentro de mí. Inexplicable, pero omnipresente. Constantemente se asomaba y colocaba en mi mente imágenes apocalípticas, reflejos de aquellos deseos que anidaban en las sombras de mi corazón. Recuerdo una época obscura en la que una parte de mi se sostenía sólo de sueños, creando oraciones cubiertas de lágrimas de cristal. Cada noche era igual, deseando encontrar mi alma separada por los Dioses. El mito del Andrógino. Pero cada llamado quedaba sin respuesta. Sumergida en la negrura de mi soledad, que parecía infinita, pasaron los años, y ya había perdido la esperanza de hallar ese sentido de perpetuidad y trascendencia. Hasta que llego Demian, mi oración hecha carne y sangre.

Pero fue hasta esta eterna y fría noche de otoño cuando lo conocí en verdad. Nuestra luna de miel. Llevábamos dos años saliendo, y hacia seis que me propuso matrimonio en el Miralto, donde corono una magnifica cena con un bello anillo de oro blanco y varios puntos de diamante. Después de la ceremonia en la iglesia de Coyoacán, que estuvo llena de casa blancas, hubo un pequeño brindis familiar; después, partimos rumbo a París. La noche, en todos los sentidos, fue mágica: Nos hospedamos en el Champs Elysees, asistimos al Palais Garnier a una opera de Jules Massenet basada en el Werther, de Goethe, y cenamos en el Benoit, en la rue Saint Martin. Después de la cena decidimos caminar, tomados de la mano, hasta el Sena. Parecíamos niños enamorados, riendo por todo y nada, jugando y caminando dentro de la negrura de ese instante. Después de un rato de caminar por oscuras callejuelas, nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido. Aun así, reímos como tontos. No le teníamos miedo a nada.

De pronto, noté a Demian tenso y alerta, como animal salvaje. También noté que sostenía en su otra mano una pluma. Las risas cesaron. Demian me pedía que tratara de caminar rápido, y que no me separara de él. Hasta entonces fui consciente de la soledad del lugar, y la oscuridad que nos rodeaba. Ni siquiera había ya mujeres de la vida galante en ese tramo por el que caminábamos. A pesar de todo, no me sentía angustiada, sino alerta. Sí hubiera estado con cualquier otra persona probablemente hubiera tenido miedo, pero con Demian, no sé porque, siempre me sentía segura. También me sentía observada. De pronto, mi amado acompañante se retiró los lentes, y los guardó en su saco. Él también lo había sentido. Todo sucedió muy rápido: Sentí como una mano, que no era la de Demian, me tocaba de forma indecente, y trataba de acercarme a sí, tomando el talle de mi cintura. El frío que nos rodeaba ya no existía; el infierno había llegado a nosotros. Me paralicé un momento, pero aun así percibía mi sangre hirviendo; era como ver todo en cámara lenta. Sabía que tenía que salir de ahí, y tratar de buscar donde refugiarme, pero algo en mí no me dejó partir, realmente necesitaba estar en ese lugar, y ver cada cuadro del suceso. Escuche una sucesión de palabras en francés, que me parecieron insultos, y una risa estúpida burlándose de Demian, quien aun permanecía en calma. Pensé en algo que había escuchado con anterioridad “La Sonrisa del Diablo”, cuando el rostro de mi amado, el hombre que yo había tenido entre mis brazos, cambiaba hasta distorsionarse en algo que no puedo describir. Mi corazón palpitaba salvaje, comulgando con esa metamorfosis.

Demian me puso detrás de sí, donde permanecí todo el tiempo. La pluma que sostenía fue a parar al costado izquierdo de nuestro atacante, por debajo de las costillas. Se fundieron en un violento forcejeo, que también parecía un apasionado abrazo, y rodaron por el suelo como amantes. Mientras el otro gritaba, Demian seguía penetrando su carne una y otra vez. La noche se cubrió de sangre. Mi mente percibía todo como un eco brilloso y lejano, y a la vez estaba presente en cada golpe que Demian descargaba en el rostro del otro, ésta vez con el puño. Era excitante. No sentía ningún tipo de lástima por el maldito, que estaba prácticamente deforme por cada uno de los golpes que había recibido. De pronto todo se detuvo, y la noche quedó en silencio. Demian se reincorporó lentamente, y fue hacia mí, con las manos y el rostro salpicados de sangre. Su gesto reflejaba sorpresa, quizá porque había perdido conciencia, por un momento, de que yo estaba ahí, observando. Lo abrace tranquilamente, y a media voz le dije:

- Gracias.-

Él estaba desconcertado por mi reacción. El otro no podía moverse por la brutalidad de la que había sido objeto, pero yo sabía que el que esa bestia siguiera respirando no me permitiría vivir en paz. Cubiertos por el manto de la noche, y ocultos entre unos arbustos, miré a Demian a los ojos y envolví con mis manos la suya, que nuevamente sostenía la pluma. Lo acerque a mi rostro y lo bese. Hubo entre nosotros un silencio que fue una verdadera comunión, una íntima complicidad. Escuche su voz, grave y cálida, diciéndome:

- Sólo pídemelo.-

Él había visto en mis ojos algo perverso que también habitaba en mí, pero no quería que yo me entregará a eso. Quería pedirle que terminara con el otro, para que todos pudiéramos estar en paz, pero no me atreví. Me dio la espalda y camino hacia nuestro agresor. Se puso en cuclillas, tapo los labios del otro con una mano, con la otra, clavo la pluma en su cuello. El otro forcejeo, pero Demian lo sostuvo en silencio y con calma, casi como si fuera un ritual. Después permaneció en silencio, como rezando. Me acerqué y vi que Demian lloraba.

-No quería que vieras esto. En verdad quiero una vida a tu lado, y estar en paz contigo, pero entiendo sí ya no quieres estar con alguien como yo”. –

Camine hacia a él. No podía entender lo que decía, o más bien, porque lo decía. Era como ver a un lobo después de matar a su presa. Sólo quería abrazarlo. Lo rodeé con mis brazos, y con un cálido beso bebí las lágrimas que corrían, tímidas, por sus mejillas. No había miedo, ya no sentía la ira que me recorría minutos antes; era conmiseración lo que sentía, y un profundo amor hacia él. Lo alejé del cuerpo, retiré la pluma, y la cubrí con algunos pañuelos desechables que tenía; después la guardé en mi bolsa. Del cuerpo inerte del otro tomé cartera y celular, para que pensaran en un robo. Con los otros pañuelos trate de limpiar posibles huellas digitales nuestras, como hacían en la tele. Mientras, Demian tiraba por una coladera su camisa blanca, quedándose sólo con una playera negra y el saco. Ya había limpiado su rostro y manos, supongo con la camisa.

Llegamos al hotel. Pocos metros antes de la entrada, tirada sobre la banqueta, yacía una rosa. La levanté algo dudosa, pero me pareció una señal de que todo iba a estar bien. Se la mostré y él sonrió. Su mirada había vuelto a ser la de siempre, tierna y cálida. Entramos al hotel como si nada hubiera ocurrido. Entramos a nuestra habitación, e inmediatamente fue a bañarse. Me quedé sentada en la cama viendo la rosa, tratando de asimilar todo lo sucedido. Fui testigo de esa oscuridad que él había tratado de esconder inútilmente de mi durante mucho tiempo, y él había visto la que habitaba en mí. Un escalofrío me recorrió, comencé a llorar, tenía miedo, miedo de que lo ocurrido me hiciera perderlo, y en ese momento alcé nuevamente una oración, con un único deseo, estar con él por toda la eternidad.

Salí de mis pensamientos al oír la puerta del baño abrirse. Posé mis ojos en mi amado Demian. Su rostro mostraba el peso de la culpa y la aflicción. Me miró buscando perdón. Se sentó a mi lado, y quedamos por un momento en silencio. Descansé mi cabeza en su hombro derecho, y el silencio se rompió por un profundo suspiro que provenía de sus labios. Llevó sus manos a la cabeza. Estaba desesperado y enojado. Trató de levantarse y lo detuve. Tomé su rostro con ambas manos, lo miré a los ojos y le dije:

- Te amo, y no te dejaré solo. –

Se tiró a mis pies, y sólo escuche:

- Perdóname Sara, no quiero esto para ti, mereces más. –

Me hinqué junto a él, tomé su rostro entre mis manos, y no dejé que dijera más. Con un beso sellé sus labios, obligándolo a guardar silencio. Entonces lo atraje hacia mí...

II

Una fantasía puede llegar a ser más poderoso bálsamo que nos vincula con nuestras pasiones, y el más resistente símbolo de fragilidad, pero el llevarla a la realidad resulta tan contundente como un huracán, puede definir todo el trayecto de la forma en como coexistiremos con lo deseado. La fantasía, un poderoso veneno insustancial, porqué al final es morir en el Nirvana, renacer en el Olimpo, o vivir en la decepción de los encuentros.

La habitación esta decorada con detalles exquisitos, con un delicado estilo de película del Hollywood de los 40’s, pero cubierto por una total oscuridad. Sólo flota un suave reflejo de luz que surge del gran ventanal, pero es más que suficiente para visualizar nuestras figuras, estéticas y esbeltas, enredándose en esta desenfrenada danza de amor.

Me excita mucho vernos por el reflejo del techo. Yo boca arriba, abierta como las alas de una paloma; el sobre mí, embistiéndome como un toro. Mis manos recorriendo sus nalgas, sus tatuajes. Mis piernas enredadas en su cintura. Sus piernas, sus brazos, y su espalda moviéndose rítmicamente, penetrándome con fuerza. Me veo a mi misma mordiendo el lóbulo de su oído izquierdo, justo donde está su arracada, y diciéndole en susurros todas las obscenidades que quiero que me haga. Terminamos al mismo tiempo. Se viene dentro de mí con un orgasmo glorioso. Estoy empapada. Decido ir abajo a secarme.

Cuando regresó, poseído por no sé qué demonios, Demian me ata de pie al poste de la cama. Yo sé cuanto lo hacen sufrir sus celos, cuanto desea que mi mirada no se pose, ni por accidente, en ningún otro hombre, ni pronuncie un nombre que no sea el suyo. Trato de satisfacerlo siempre, en medida de lo posible, pues me brindaba un perverso placer tener a ese hombre, oscuro y complejo, loco de deseo. Esta noche, y el resto de mi vida, estoy dispuesta a complacer todas sus excéntricas exigencias. Él es mío, y yo suya. Nos pertenecemos.

Siento el calor de las cuerdas en mis muñecas, mi respiración y corazón acelerados e impacientes, tratando de anticipar el juego de mi amado. Estoy por completo a su merced, ansiosa por que me vuelva a hacer suya. Súbitamente se detiene, y va a sentarse en aquel sillón blanco, deleitándose al contemplar cada centímetro de mi cuerpo, como si tratará de grabar en su mente cada detalle de mi figura. Se sirve una copa de absenta. Yo llevo puesto para el un delicado conjunto de encaje blanco, acompañado de unas medias de red que llegaban hasta mis muslos. Agregué al atuendo unas finas zapatillas negras con tacón de aguja, pues se cuánto lo enloquecen.

Demian deja en una pequeña mesa la copa, y se dirige, sigiloso, hacia mí, como cazador, con una mirada decisiva y penetrante que se me clava. Soy su presa. Da vueltas a mí alrededor, como en alguna clase de ritual previo. Sutil, apenas imperceptible, pasa el dorso de su mano por mis nalgas, acariciándolas. No puedo evitar un gemido. Mi espalda se arquea como con vida propia. Se detiene detrás de mí, y puedo ver por el espejo como se hinca. Muerde y besa mis nalgas, mientras aparta con sus dedos la tanga. Después se pone a lamer mi intimidad. Me excita mucho sentir sus labios y manos recorriéndome por completo, no me deja duda alguna de cuanto me desea y necesita de mí.

Se acerca a besar mi cuello; susurro en su oído: Soy sólo tuya, quiero que hagas de mi todo lo que habías deseado. Y con esas palabras detoné su pasión. Nuestros labios se funden; jugamos con nuestras lenguas. Eufórico, hace a un lado el encaje que cubre mis pechos. Sus manos juegan con mis senos, su boca y lengua retozan en mis pezones, estoy temblando con cada cosa que él hace. Parece saber exactamente lo que deseo. Quiero sentir su piel desnuda en la mía. Quiero besar sus tatuajes, lamer sus tatuajes. Me excitan. Entonces veo la navaja en su mano derecha. Recorre suavemente con ella mi cuerpo semidesnudo. No tengo miedo, paradójicamente me excita aún más. Corta con contundentes pero delicados movimientos mi ropa, dejándome completamente expuesta a él. ¡Ya no puedo más! Necesito tenerlo dentro de mí. Clava con fuerza la navaja en el buró que está a mi lado. Me suelta las manos, pero sólo para volver a amarrarme, esta vez con los brazos en la espalda, y me arroja con delicadeza a la cama. Estoy impaciente, siento que no podré más. El baja y vuelve a lamer mi intimidad. Me hace gemir con fuerza, mientras me estimula con sus dedos y lengua. Sabe justo lo que mi cuerpo necesita. De nuevo exploto en un brutal orgasmo, llenando su boca de mí. Pero aún quiero más, lo quiero a él. Se levanta, y yo volteo. Nuestras miradas se cruzan, y puedo ver como esboza una sutil sonrisa de satisfacción, logró lo que deseaba. Hincado detrás de mí, acaricia mi intimidad con su miembro, subiendo y bajando desde mi clítoris hasta aquella otra entrada, la que por siglos ha estado prohibida por las religiones patriarcales. Estoy temblando. Me penetra suavemente por esa otra puerta.

Muerdo la almohada con fuerza. Mis manos, atadas hacia atrás, extienden los dedos y acarician el bello de su pubis. Ambos sentimos cuando llega hasta el fondo. Lo escucho gemir, y eso me prende más. Entonces comienza a darme con fuerza, pero cuidando de no hacerme daño. El placer recorre todo mi cuerpo, estoy temblando a merced de él. Mis senos se mueven al ritmo en que él me penetra. Tendré un magnifico orgasmo; uno como nunca antes había tenido. Es cuestión de segundos antes de que todo vuelva a detonar. Mi piel se eriza. Estoy temblando, y mis pezones están duros. Cada sensación se magnifica. Puedo sentir su sudor gotear por mi espalda, hasta mis nalgas. Con una mano toma el cabello de mí nunca, sujetándome con firmeza, pero sin violencia, y llevándome hacia él. Siento dentro de mí la cálida humedad de su orgasmo, mezclado con el mío. Lo escucho rugir como animal.

Mi amado Demian me abraza con fuerza. Se aferra a mí. La fusión no ha terminado, respira con dificultad, pero eso no le impide tomar mi rostro entre sus manos y besarme con ternura, para decirme que me ama. Con mucho cuidado me desata, mientras me besa con devoción. Pienso en aquel reflejo en el techo, que ha sido testigo de cada cosa que hemos hecho hoy. Me situó frente al espejo, dándole la espalda. De inmediato Demian se sitúa detrás de mí, y me abraza. Me pregunta si me gusta cómo nos vemos juntos. Le respondo con la sonrisa de una mujer locamente enamorada. Me fascina, y no quiero otra piel que me cubra que no sea la suya. Sólo quiero ser su mujer. Nunca nadie me había besado, mirado y tocado como él lo hace, con esa mezcla de amor, de pasión, de ternura y deseo que lo hace aún más siniestro, y tan mío.

Me recorre nuevamente con sus manos. Puedo sentir su aliento en mi cuello, y lo escucho diciéndome que me ama, que soy su mujer, su amiga, su confidente, su amante, su todo. Toma mis caderas, y vuelve a penetrarme. No me di cuenta que de nuevo estaba excitado. Pone sus manos en mis senos, juega con ellos y los aprieta, baja una de sus manos, y me masturba. Nunca deja de mirarme en el espejo, cada detalle y cambio que hay en mi cuerpo, y cada gesto que se detona ante todo lo que hace conmigo. Vuelve a terminar dentro de mí.


Volteo para besarlo. Lo abrazo colgando de su cuello, como chiquilla, y le digo que lo amo. Descanso mi cabeza en su hombro. Demian me carga y me lleva hasta la cama, se recuesta a mi lado y acaricia mi rostro. Me mira con ternura, y me besa suavemente. Me recuesto en su pecho. Siento su mano acariciar mi cabello. En la oscuridad, casi como un susurro, comienza a cantarme con su grave, pero dulce voz. Demian es mi oración hecha vida; mi ángel caído, pero de la guarda, y yo seré suya por siempre. Me hace sentir tan amada y protegida...