domingo, 12 de enero de 2014

La sonrisa del payaso


Risitas, el payaso qué le había enseñado el arte, le contó la historia de un pobre tipo que un día, estando muy deprimido, fue a visitar a un doctor. Éste le dijo que no había mejor remedio para curar su tristeza que ir a ver al payaso Pagliachi. El tipo comenzó a llorar desesperado, y le dijo al doctor "Pero doctor, yo soy Pagliachi".

Ese día mientras se maquillaba frente al espejo, recordo aquella historia. Su padre solía decirle que, además de feo, era estúpido, y que nunca haría nada importante en su vida. A pesar de que odiaba al viejo sabía que en cierta forma tenía razón: Con esa cara no iba a llegar a ningún lado. Pero comparado con sus compañeritos de primaria, cuya crueldad no conocia limite, y mas tarde con la gente que conocio en la calle, su padre era una dulce monja. Su cara, fea y llena de cicatrices de acne, siempre fue un problema y un gran dolor para el. Fue así cómo comenzó a pintarse. También, con el tiempo, aprendió a reírse de sí mismo. Riendo por fuera, llorando por dentro.

Lagrimitas se sacudió de la cabeza aquellos pensamientos, y se dispuso a subirse al camión, decidido a poner en práctica su nueva rutina. Después de las presentaciones, comenzó:

- Soy tan feo que cuando naci el doctor, en vez de darme una nalgada, cacheteo a mi mamá. Despues, el doctor fue a la sala de espera y le dijo a mi padre: "Hicimos lo que pudimos... pero nació vivo". Soy tan feo que cuando nací no lloré yo, lloraron mi papá y mi mamá. Mi mamá no sabía si quedarse conmigo o con la placenta. Como era prematuro me metieron en una incubadora... con vidrios polarizados. Mi madre nunca me dio pecho, me daba la espalda. Yo siempre fui muy peludo. A mi madre siempre le preguntaban: "Señora, a su hijo ¿Lo parió o lo tejió?" Mi padre llevaba en su cartera la foto del niño que venía en ella cuando la compró. Pronto me di cuenta que mis padres me odiaban, pues mis juguetes para la bañera eran un radio y un tostador eléctrico. Soy tan feo que cuando jugaba a las escondidillas nadie me buscaba. Una vez me perdí. Le pregunte al policía si creía que íbamos a encontrar a mis padres, y me contesto: "No lo sé; hay un montón de lugares donde se pudieron haber escondido". Soy tan feo que me exhibían en una feria por teléfono. Soy tan feo que hago llorar a las cebollas. Y para colmo era muy flaco, tan flaco que para hacer sombra tenía que pasar dos veces por el mismo lugar. Tan flaco que el único trabajo que me ofrecían era para limpiar mangueras... por dentro. Pero mi problema no es ser tan flaco, sino ser feo. Mis padres tenían que atarme un trozo de carne al cuello para que el perro jugara conmigo. Sí, amigos, yo soy feo, tan feo que una vez me atropelló un auto y quedé mejor. Soy tan feo que un día tiré un boomerang, y éste no regresó nunca mas. Cuando me secuestraron, los secuestradores mandaron un dedo mío a mis padres para pedir recompensa. Mi madre les contestó que quería más pruebas. Tuve que trabajar desde chico. Trabajé en una veterinaria, y la gente no paraba de preguntar cuando me sacrificarían. Un día llamó una chica a mi casa diciéndome: "Ven a mi casa, no hay nadie". Cuando llegué, no había nadie. El psiquiatra me dijo un día que yo estaba loco. Yo le dije que quería escuchar una segunda opinión. Me dijo: "De acuerdo, además de loco, es usted muy feo". Una vez me iba a suicidar tirándome desde la terraza de un edificio de 50 pisos, mandaron a un cura a darme unas palabras de aliento, y este dijo: "En sus marcas, listos..." El último deseo de mi padre antes de morir era que me sentara en sus piernas. Lo habían condenado a la silla eléctrica. -

Era genial, la rutina había funcionado a la perfección. Sus chistes, combinados con su habilidad para contarlos, tuvieron al público riendo a carcajadas todo el tiempo. La gente del camión incluso le aplaudió. Lagrimitas sonreía y agradecía amablemente. Eran las ocho y media de la noche, la hora pico de las salidas de trabajo y escuelas.

Cuando Lagrimitas, usando su voz más tierna, les pidió todo su dinero y celulares, la gente volvió a reír. Fue entonces cuando sacó la 48. La gente comenzo a gritar. Habil e imponente, Lagrimitas los callo a todos con un voz grave y ronca. Dos tipos se levantaron de sus asientos, y con pistola en mano, comenzaron a despojar a los pasajeros de sus pertenencias. La sonrisa de Lagrimitas era ahora una mueca que a mas de uno le causo pesadillas por semanas. El atraco no duró más de 5 minutos, después de esto, Lagrimitas y sus dos cómplices huyeron, perdiéndose entre las calles. Lagrimitas se sentía satisfecho, retribuido. Como dicen, quien ríe al último...

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