domingo, 25 de agosto de 2013

Escupo en tu tumba


Después de pasar mas de una hora cavando ambas fosas, completamente sudado, y con la espalda adolorida, Adán abrió la cajuela de su viejo Rambler, y con trabajo saco ambos cuerpos. Sin el menor cuidado, arrojo primero a Eva, su esposa, a su respectivo agujero, y lo cubrió de cal, después de tierra. Luego hizo lo mismo con el imbécil de su amante, pero dejo su cabeza descubierta. A este lo enterró prácticamente de pie. Cuando hubo terminado, lo abofeteo para que despertara. Si, lo había dejado con vida, pero ya se encargarían de el los cuervos. En cuanto comenzó a gritar, lo amordazo. Sin decirle absolutamente nada, se levanto, se bajo la cremallera, y orino en su cara. Luego, sin perder mucho tiempo en ello, escupió en la tumba de su esposa. Se rio al pensar que ahora era viudo. Dio media vuelta, subió al coche, y se largo, dejando atrás el profundo y oscuro bosque. Encendió un cigarrillo, y lo disfruto lentamente. Mientras manejaba, escuchando la versión de Creedence de "I put a spell on you", pensó con alegría que, si bien todos merecían un castigo por lo ocurrido aquella noche, al menos no tendría que volver a ver a la puta de su esposa, pues los asesinos y los adúlteros no ocupan el mismo circulo en el Infierno.

domingo, 11 de agosto de 2013

Misterios y milagros


Según mi abuela me conto, sucedió en una calurosa noche del otoño del 72, allá en San José de Chila, Apatzingán. A mitad de la noche, toda la gente del pueblo escuchaba los desesperados gritos de dolor de Eréndira, la esposa de Jeremías, desertor del Ejército mexicano después de aquella fatídica noche de Tlatelolco. Les habían dicho que sería un parto difícil, pero nada los había preparado para esto.
 
La partera hacia cuanto estaba en sus manos, pero nada era suficiente para mitigar el sufrimiento de Eréndira. Finalmente, después de casi una hora de lucha constante, la creatura nació. "Nació" es una forma de decir que había salido del vientre materno, pues en realidad estaba muerto, al igual que su madre. Si, había sido varón.

La noche se cubrió de rezos y lágrimas. De pronto Socorro, quien se encontraba rezando afuera de la casa, abrió la puerta de esta y dijo:

- Esta niña dice que la Virgen le pidió que viniera. -

Habiendo dicho esto, se hizo a un lado y dejo pasar a una pequeña de unos nueve años, cabello negro, tez morena, rasgos indígenas, y los ojos más verdes que nadie hubiera visto jamás. Llevaba una túnica blanca y lisa, e iba descalza. Todo mundo guardo silencio, y la pequeña avanzo hacia donde estaban ambos cuerpos. Se acercó al pequeño y puso sus manitas sobre él. Más tarde, todos los presentes comentaron sobre el calor que estas parecían irradiar. Con los ojos cerrados, comenzó a rezar algo en un dialecto, probablemente en Náhuatl. Estuvo así unos cuantos minutos, de pronto se desplomo al suelo. Estaba muerta. Al instante, el pequeño comenzó a llorar.

Era un milagro, estaba vivo. La multitud se encontraba presa de una confusa mezcla entre éxtasis y congoja, tanto por la resurrección del pequeño, como por la muerte de la misteriosa pequeña que le había salvado la vida. Al día siguiente, afuera de la casa de Jeremías, se le construyo un altar a la niña, justo donde la habían enterrado, y se le venero como una santa. Mi abuela decía que de su tuba nació una higuera que en menos de un mes había alcanzado su plena madures. Me consta que ese árbol sigue en pie hasta la fecha, pues ella me llevo a verlo.

El pequeño fue bautizado como Aurelio. Aurelio Villegas, igual que su abuelo. Extraños e indescifrables son los designios de Dios, que quiso que, años más tarde, Aurelio se convirtiera en el temido líder del cartel de los Villegas Colín. O eso era lo que decían los medios.

La verdad es que un día Aurelio, cansado de la pobreza y opresión que sufría su gente, reunió a una tropa de valientes, se los llevo a la sierra, y los entreno del mismo modo en que había hecho con el su padre (q.e.p.d.), y un buen día arrebataron los plantíos de amapola y marihuana que cultivaba el Ejercito en la región. Al igual a como había sucedido en Colombia, la guerrilla liderada por Aurelio comenzó a obtener sus recursos en base al narcotráfico, sabiendo perfectamente que ellos, los mexicanos, podían ser productores y distribuidores, pero los gringos eran los principales consumidores.

Para su gente, Aurelio era un héroe: Construyo escuelas e iglesia; creo muchas fuentes de empleo (en su mayoría legales), para la gente de todo el estado, y defendió a su pueblo del abuso de criminales y funcionarios (que para el eran lo mismo). Sin embargo, frente al cartel, Aurelio se había convertido en un hombre sanguinario.

Una noche, Aurelio recibió una llamada. Hacia unos meses que andaban cazando a un grupo de tratantes de blancas que robaban niñas indígenas para, presuntamente, prostituirlas en Playa del Carmen o venderlas a los tailandeses. Alfredo, su terrateniente, los había localizado esa misma noche. Aurelio quiso ir para acabar personalmente con ellos, y asegurarse de mandar un mensaje claro a los de su calaña: No son bienvenidos aquí.

Al llegar al lugar, Aurelio y sus hombres fueron testigos de cómo doce tipos hacían abordar a un tráiler a más de treinta niñas indígenas, todas entre siete y doce años de edad. Apenas las niñas estuvieron dentro, lo más seguras posibles, se armó la balacera. Aurelio dio órdenes precisas de disparar primero a los pies, y una vez en el suelo, acribillarlos, para dejar fuera de rango a la caja del tráiler que contenía a las niñas. El operativo fue todo un éxito. Liberaron a las niñas. Aurelio ayudaba a bajarlas cuando se percató de una en particular: Era morena, de cabello negro, pero tenía los ojos más verdes y luminosos que había visto jamás. Experimento una extraña sensación, que hoy en día conocemos como "deja vu", antes de recibir un disparo detrás de la oreja. Uno de los abatidos aún estaba vivo, y quiso llevarse a alguien consigo antes de dejar este mundo.

Todo se oscurecía para Aurelio. La pequeña de ojos verdes se acercó a él, que se desangraba en el suelo. Se tomaron de las manos, y al mismo tiempo, los dos dijeron:

- Gracias. -

En ese momento, Aurelio Villegas falleció.