domingo, 21 de julio de 2013

Fetiche


Cuelgo desnudo del techo, como un cristo sadomasoquista. Mi espalda está cubierta de aros de plata injertados en la piel. Doce, para ser exactos: Ocho a lo largo de la columna vertebral, y dos por cada hombro. Cada uno de estos aros está unido a una gruesa cadena que desemboca en un extraño sistema de poleas. También estoy sujeto a varios grilletes, con sus respectivas cadenas (supongo que para equilibrar mi peso y evitar que los aros desgarren mi piel). Un grillete para cada tobillo, uno para cada muñeca, y uno para cada corva de rodillas y codos.

Los dedos de mis pies casi rozan el suelo. Tengo miedo de moverme, pero no siento nada estando quieto. Mi cuerpo está inclinado hacia adelante. Con lo meticulosamente planeado que ha sido esto, no me sorprendería saber que he sido colocado con una inclinación exacta de 45º. Desde esta perspectiva, apenas puedo ver el cuarto en el que me encuentro, totalmente desprovisto de muebles, pero dotado con una cámara fotográfica y una de video, montadas en tripies colocados justo frente a mí. El suelo esta alfombrado. También puedo ver el suelo y mi cuerpo, con los brazos y el torso cubiertos, casi por completo, de tatuajes. Cada uno cuenta una historia, y en conjunto constituye mi orgullo. Bueno o malo es lo que soy.

Imagino la escena de mi cuerpo desnudo, tatuado, y colgando, desde la perspectiva de las cámaras. Supongo que para Selene debo de constituir una especie de espectáculo enfermizo.

Escucho una pesada puerta de hierro que esta frente a mí, pero detrás de las cámaras, abrirse con un escandaloso rechinido. Un haz de luz rectangular me ilumina súbitamente; la figura perfecta de Selene eclipsa esa luz.

-  ¿Te has portado bien? - Pregunta burlona.

- Sí.  - Contesto titubeante.

Se acerca caminando con esa seductora coquetería que la caracteriza. Su perfume vicia el ambiente, me embriaga. En la mano lleva el viejo fuete de cuero. Está completamente desnuda, salvo por esos tacones de aguja que sabe me enloquecen. Por reflejo, no puedo evitar una erección.

- Veo que te da gusto verme… -

 - Sí. -

Acto seguido, me golpea ferozmente el pómulo con el fuete. La sangre brota de inmediato, y llega a mis labios. Selene me jala fuerte del cabello en mi nuca, obligándome a levantar la cabeza. Me besa salvajemente, lamiendo la sangre que yace en mis labios; luego, muerde mi labio inferior con suave, pero punzante, precisión. El dolor es delicioso. Mi pene empuja contra su vientre. Ella ríe.

 - Con calma, muchacho. -

Se inca frente a mí y se lleva mi miembro a la boca, apretando sus labios alrededor. Mientras sube y baja lenta y rítmicamente la cabeza, devorándome, con una mano me masturba. Su lengua hace cosas increíbles e indescriptibles. Estoy al borde del orgasmo. De pronto se levanta y acaricia suavemente con el fuete mis testículos y pene. De nuevo me dice:

- Con calma muchacho. - Y me besa tierna y apasionadamente. - Te deseo… - Susurra mientras me mira con sus ojos ardientes.

Desliza sus labios hasta la altura de mi pecho, y mordisquea mis pezones. Se levanta súbitamente, y me dice:

- Espera… -

Va hacia la parte de atrás. Después de un rato de hacer no sé qué cosas, me toma por sorpresa cuando me venda los ojos. De nuevo me besa con ternura y pasión, y de nuevo me pone en el cuello mi rosario. Toma mi pezón izquierdo entre sus manos, y de pronto, sin previo aviso, siento una punzada que me hace gritar.

-  Jajajaja acabo de ponerte un piercing, sé que te gustara. -

El dolor y la sorpresa me hacen enfadar, pero reprimo la emoción. Le pertenezco.

-  ¡Cuánta furia! - Y lleva sus labios a mi pezón. Siento como juguetea con la lengua con la pieza que me coloco.

De pronto, algo caliente escurre por mi pecho. Cera. Me enciende la sangre. Mientras estoy distraído, disfrutando la sensación que me escuece el pezón, escucho como manipula las poleas; mi cuerpo comienza a cambiar de posición. Me siento como un puto títere, y ella es el titiritero. Ya no estoy como cristo, ahora estoy estirado completamente, con los brazos hacia arriba. Parezco un costal de box. Las cadenas que penden de los aros se relajan. Sin aviso, comienza a fustigarme salvajemente con el fuete. Grito. Siento la sangre escurrir por mi cuerpo. También siento palpitar mi erección. Cuando más herido estoy, y cegado por el dolor, las cadenas que me sujetan se relajan, y caigo al suelo. La escucho decir:

- Cógeme. -

Me quito la venda de los ojos, y la veo a gatas, subiendo y bajando la cadera de atrás hacia adelante, como felina en celo. Sus nalgas perfectas forman un corazón. Su rostro es una invitación a caer y pecar. Los tacones de aguja me enloquecen. Es más de lo que puedo soportar. Me abalanzo hacia ella, y la monto salvajemente.

- Castígame. - Me dice, y yo obedezco.

Golpeo violentamente sus nalgas con la palma de mi mano. Siento como moja mi pene cuando se viene, y yo termino dentro de ella. Con el orgasmo, una agradable calidez acaricia y envuelve nuestras zonas íntimas. Ambos caemos en el suelo alfombrado. Nos besamos ardientemente, como dos personas enamoradas. Nos fusionamos en un abrazo, y nos cubrimos de besos y caricias. Las caricias comienzan a subir de tono, y ella araña mi espalda enterrando sus uñas con fuerza. La sensación es placentera, comparada con los golpes del fuete. Bajo mi cuerpo a la altura de su pubis. Al ir descendiendo, el rosario acaricia su clítoris. Eso le agrada, así que lo repito un par de veces, juguetonamente. Lo hago bajar, y lo remojo en su esencia. Luego, lo pongo en mi boca. Ella sonríe. Después del jugueteo, escupo la cruz, y bajo de nuevo entre sus muslos. Beso intensamente su clítoris. Ella se retuerce de placer. Hago círculos con mi lengua, metiéndola una y otra vez dentro de ella. Se viene en mi boca. Su sabor es salado y delicioso. Me ordena:

- Continua. -  Y se gira boca abajo.

Paso mi lengua desde su clítoris hasta la parte posterior de su cintura. Al llegar al ano, lo acaricio en círculo. Selene gime. De nuevo no aguanto más, y la monto fuertemente, esta vez entrando con delicadeza por la entrada prohibida. Mientras cogemos salvajemente, como bestias, ella se masturba. Se viene con tal intensidad que moja como fuente. De nuevo llegamos a un glorioso y espectacular orgasmo. Sin previo aviso, se levanta, aun extasiada, y acciona nuevamente las poleas. Violentamente regreso a la posición de cristo. Ni siquiera me da tiempo de poner resistencia. Gruño como bestia, y ella solo sonríe de una forma indescifrable para mí. Me agito y grito. Ella me contempla con gesto inescrutable, y me dice:

- En un momento vendrán a curarte y limpiarte. Pórtate bien. – Antes de salir, titubea un poco. Finalmente voltea y me dice: - Te amo… -


domingo, 7 de julio de 2013

Otro trastornado fan de Pollock


El cuerpo desnudo de aquel hombre obeso estaba acostado sobre el lado derecho del gran lienzo blanco que él había dispuesto en el suelo. Se hallaba clavado de manos y pies al suelo, y dos finas pero resistentes cuerdas transparentes se hallaban también afianzadas al suelo, aferrándolo por el abdomen y el cuello, debajo de los pliegues de su inmenso abdomen y papada. Comenzó amputándole la pierna derecha con una pequeña sierra eléctrica de forma redonda. El hombre obeso grito y chillo desesperadamente. Le gustaba que gritaran. Sentía que el sufrimiento daba vida a su arte. El corte fue rápido y limpio, no así la sangre, que comenzó a brotar como una fuente. El lienzo se encontraba en un pequeño desnivel, por lo que la sangre corrió hacia abajo, dejando limpio el resto del espacio. Luego, corto el brazo izquierdo a hachazos, provocando violentas salpicaduras. Finalmente, corto de un solo tajo la yugular; un grueso chorro de sangre saliera disparado hacia el centro. Mientras el hombre obeso se ahogaba en su propia sangre, el plasmo, con un gran molde, su firma, y dio por terminada la última obra de esta serie. Más bien, la penúltima. Subió al andamio y tomo una fotografía de la imagen completa, luego la imprimió ahí mismo, dentro del enorme almacén que le servia de taller, y cuya otra mitad también habría de ser la galería donde se exhibiría su obra. Tomo la impresión, que media 2m x 1m, y la coloco con las otras de la serie. 21 en total, mas su obra maestra. Miro satisfecho la galería, y cerró la puerta del taller, donde se encontraban todas sus obras. Con la cámara de video en mano, se dirigió al fondo de la galería, donde estaba un enorme lienzo, aun mas grande que los anteriores, lleno de manchas de sangre, ya coagulada, que escurría hasta el suelo. Grabo a detalle cada una de sus obras, compuesta por gente de todas las edades, géneros, y colores de piel. A pie de foto se encontraba una pequeña descripción, que incluía el nombre del “modelo” (cuyo cuerpo podrían encontrar en el taller). Se detuvo frente al gran lienzo blanco, y conecto la cámara a su lap. Cargo el video a la pagina “El ángel negro”; cuando estuvo listo, comenzó a transmitir en vivo. Oriento la cámara para que grabara hacia el lienzo. Subió al andamio, se coloco una vieja cuerda al cuello, y brinco. La cámara capto, a detalle, el momento en que se rompió el cuello.