Cuelgo desnudo del techo, como un
cristo sadomasoquista. Mi espalda está cubierta de aros de plata injertados en
la piel. Doce, para ser exactos: Ocho a lo largo de la columna vertebral, y dos
por cada hombro. Cada uno de estos aros está unido a una gruesa cadena que
desemboca en un extraño sistema de poleas. También estoy sujeto a varios
grilletes, con sus respectivas cadenas (supongo que para equilibrar mi peso y
evitar que los aros desgarren mi piel). Un grillete para cada tobillo, uno para
cada muñeca, y uno para cada corva de rodillas y codos.
Los dedos de mis pies casi rozan
el suelo. Tengo miedo de moverme, pero no siento nada estando quieto. Mi cuerpo
está inclinado hacia adelante. Con lo meticulosamente planeado que ha sido
esto, no me sorprendería saber que he sido colocado con una inclinación exacta
de 45º. Desde esta perspectiva, apenas puedo ver el cuarto en el que me
encuentro, totalmente desprovisto de muebles, pero dotado con una cámara
fotográfica y una de video, montadas en tripies colocados justo frente a mí. El
suelo esta alfombrado. También puedo ver el suelo y mi cuerpo, con los brazos y
el torso cubiertos, casi por completo, de tatuajes. Cada uno cuenta una
historia, y en conjunto constituye mi orgullo. Bueno o malo es lo que soy.
Imagino la escena de mi cuerpo
desnudo, tatuado, y colgando, desde la perspectiva de las cámaras. Supongo que
para Selene debo de constituir una especie de espectáculo enfermizo.
Escucho una pesada puerta de
hierro que esta frente a mí, pero detrás de las cámaras, abrirse con un
escandaloso rechinido. Un haz de luz rectangular me ilumina súbitamente; la
figura perfecta de Selene eclipsa esa luz.
- ¿Te has portado bien? -
Pregunta burlona.
- Sí. - Contesto
titubeante.
Se acerca caminando con esa
seductora coquetería que la caracteriza. Su perfume vicia el ambiente, me
embriaga. En la mano lleva el viejo fuete de cuero. Está completamente desnuda,
salvo por esos tacones de aguja que sabe me enloquecen. Por reflejo, no puedo
evitar una erección.
- Veo que te da gusto verme… -
- Sí. -
Acto seguido, me golpea
ferozmente el pómulo con el fuete. La sangre brota de inmediato, y llega a mis
labios. Selene me jala fuerte del cabello en mi nuca, obligándome a levantar la
cabeza. Me besa salvajemente, lamiendo la sangre que yace en mis labios; luego,
muerde mi labio inferior con suave, pero punzante, precisión. El dolor es
delicioso. Mi pene empuja contra su vientre. Ella ríe.
- Con calma, muchacho.
-
Se inca frente a mí y se lleva mi
miembro a la boca, apretando sus labios alrededor. Mientras sube y baja lenta y
rítmicamente la cabeza, devorándome, con una mano me masturba. Su lengua hace
cosas increíbles e indescriptibles. Estoy al borde del orgasmo. De pronto se
levanta y acaricia suavemente con el fuete mis testículos y pene. De nuevo me
dice:
- Con calma muchacho. - Y me
besa tierna y apasionadamente. - Te deseo… - Susurra mientras me mira con sus
ojos ardientes.
Desliza sus labios hasta la
altura de mi pecho, y mordisquea mis pezones. Se levanta súbitamente, y me
dice:
- Espera… -
Va hacia la parte de atrás.
Después de un rato de hacer no sé qué cosas, me toma por sorpresa cuando me
venda los ojos. De nuevo me besa con ternura y pasión, y de nuevo me pone en el
cuello mi rosario. Toma mi pezón izquierdo entre sus manos, y de pronto, sin
previo aviso, siento una punzada que me hace gritar.
- Jajajaja acabo de ponerte
un piercing, sé que te gustara. -
El dolor y la sorpresa me hacen
enfadar, pero reprimo la emoción. Le pertenezco.
- ¡Cuánta furia! - Y
lleva sus labios a mi pezón. Siento como juguetea con la lengua con la pieza
que me coloco.
De pronto, algo caliente escurre
por mi pecho. Cera. Me enciende la sangre. Mientras estoy distraído,
disfrutando la sensación que me escuece el pezón, escucho como manipula las
poleas; mi cuerpo comienza a cambiar de posición. Me siento como un puto
títere, y ella es el titiritero. Ya no estoy como cristo, ahora estoy estirado
completamente, con los brazos hacia arriba. Parezco un costal de box. Las
cadenas que penden de los aros se relajan. Sin aviso, comienza a fustigarme
salvajemente con el fuete. Grito. Siento la sangre escurrir por mi cuerpo.
También siento palpitar mi erección. Cuando más herido estoy, y cegado por el
dolor, las cadenas que me sujetan se relajan, y caigo al suelo. La escucho
decir:
- Cógeme. -
Me quito la venda de los ojos, y
la veo a gatas, subiendo y bajando la cadera de atrás hacia adelante, como
felina en celo. Sus nalgas perfectas forman un corazón. Su rostro es una
invitación a caer y pecar. Los tacones de aguja me enloquecen. Es más de lo que
puedo soportar. Me abalanzo hacia ella, y la monto salvajemente.
- Castígame. - Me dice, y yo
obedezco.
Golpeo violentamente sus nalgas
con la palma de mi mano. Siento como moja mi pene cuando se viene, y yo termino
dentro de ella. Con el orgasmo, una agradable calidez acaricia y envuelve
nuestras zonas íntimas. Ambos caemos en el suelo alfombrado. Nos besamos
ardientemente, como dos personas enamoradas. Nos fusionamos en un abrazo, y nos
cubrimos de besos y caricias. Las caricias comienzan a subir de tono, y ella
araña mi espalda enterrando sus uñas con fuerza. La sensación es placentera,
comparada con los golpes del fuete. Bajo mi cuerpo a la altura de su pubis. Al
ir descendiendo, el rosario acaricia su clítoris. Eso le agrada, así que lo
repito un par de veces, juguetonamente. Lo hago bajar, y lo remojo en su
esencia. Luego, lo pongo en mi boca. Ella sonríe. Después del jugueteo, escupo
la cruz, y bajo de nuevo entre sus muslos. Beso intensamente su clítoris. Ella
se retuerce de placer. Hago círculos con mi lengua, metiéndola una y otra vez
dentro de ella. Se viene en mi boca. Su sabor es salado y delicioso. Me ordena:
- Continua. - Y se
gira boca abajo.
Paso mi lengua desde su clítoris
hasta la parte posterior de su cintura. Al llegar al ano, lo acaricio en
círculo. Selene gime. De nuevo no aguanto más, y la monto fuertemente, esta vez
entrando con delicadeza por la entrada prohibida. Mientras cogemos
salvajemente, como bestias, ella se masturba. Se viene con tal intensidad que
moja como fuente. De nuevo llegamos a un glorioso y espectacular orgasmo. Sin
previo aviso, se levanta, aun extasiada, y acciona nuevamente las poleas.
Violentamente regreso a la posición de cristo. Ni siquiera me da tiempo de
poner resistencia. Gruño como bestia, y ella solo sonríe de una forma
indescifrable para mí. Me agito y grito. Ella me contempla con gesto
inescrutable, y me dice:
- En un momento vendrán a
curarte y limpiarte. Pórtate bien. – Antes de salir, titubea un poco. Finalmente
voltea y me dice: - Te amo… -

