En recuerdo de Eric García
Guadarrama.
Despertó con un agudo dolor
en el abdomen que lo hizo acomodarse en posición fetal. Apretó los dientes, y
todo su cuerpo se tensó. El dolor fue desapareciendo gradualmente, mientras un
sudor frio le recorría el cuerpo. Acto seguido, aparecieron las náuseas. Corrió
al baño y vomito considerables cantidades de sangre roja y fresca. "Algo
no está bien", pensó Fernando, y volvió a vomitar sangre, esta vez acompañada de amarga bilis, en medio de
violentas arcadas. Después se desmayó.
Cuando reacciono, se sintió mareado. Lo llevaban en una ambulancia rumbo a Centro
Medico. Rosita, la muchacha del aseo, escucho el golpe que dio al caer y llamo
a un numero de emergencia. Lo ingresaron en admisión continua y lo interrogaron:
- ¿Nombre?
- Fernando Vallejo Ramos. -
- ¿Edad? -
- Treinta y cuatro años. -
- ¿Estado civil? -
- Viudo. -
- ¿Ocupación? -
- Escritor. -
- ¿Toma bebidas embriagantes? -
- Sí. -
- ¿Con que frecuencia? -
- A veces en fines de semana.
-
En esa última mintió.
Después le tomaron signos, lo
hicieron desnudarse y ponerse una estúpida bata verde que dejaba al descubierto
su peludo trasero, y le asignaron una cama. El, terco como era, todo el tiempo insistió
en que ya se sentía bien.
- Don Fernando, es por su propio
bien. - ¿Don? ¿Cuantos años podría llevarle a la doctora? Diez o doce, a lo
mucho. Era una bella, sonriente y amable interna de gastro. Le recordaba
mucho a Sara, su difunta esposa. Todo mundo le recordaba a Sara.
Sara era periodista. La más
inteligente, capaz y honesta que el había conocido. Había fallecido hacia
cuatro años, víctima de leucemia. Fernando estuvo hasta el final a su lado. Nunca
tuvieron hijos, pero atesoraron solo buenos recuerdos; aun así, sin ella le
costaba trabajo conseguir fuerza para levantarse día con día. Por espacio de un
año, todas las noches le lloraba desconsoladamente, hasta cansarse, y aun
cansado no podía dormir. Fue por el maldito insomnio que comenzó a beber.
El hospital era un circo. Nueve
de las doce camas estaban ocupadas, y por todos lados veía correr residentes,
enfermeras y trabajadoras sociales. Se acercaron a canalizarlo. Como si fuera
un niño chiquito, todos le celebraron su valentía al no mover un solo musculo
cuando entro la aguja.
Le advirtieron que tendrían que
hacerle un lavado gástrico. Fernando, nervioso, pregunto en que consistía. Le
explicaron que una sonda nasogástrica entraría por su nariz hasta llegar al estómago,
luego lo llenarían con un litro de solución, misma que posteriormente drenarían.
- ¿Entonces la sonda entrara por
mi nariz? -
- Sí. - Contesto con una risilla
la doctora.
Fernando suspiro aliviado al
saber que conservaría intacta su "otra virginidad".
Cuando introdujeron la sonda, su
ojo derecho lloro como Magdalena. Sintió como su estómago
se inflaba al entrar la solución. Después pudo ver como por el tubo de la sonda
salía la solución ligeramente teñida de rojo, acompañada de pequeños coágulos.
Le dijeron que tendrían que hacerle una endoscopia.
Fue una experiencia memorable. Lo
acostaron de lado en una camilla, le pusieron una compresa bajo la cabeza, le
rociaron la garganta con xylocaina, y le dieron a morder una boquilla con un
orificio en el centro. Una enfermera muy amable le explico que por ahí pasaría
el tubo del endoscopio, que tenía que relajarse y dejar escurrir toda la saliva
en la compresa. Después le puso otra compresa para taparle los ojos, y sostuvo delicadamente
su cabeza. Entonces sintió el maldito tubo del endoscopio deslizarse por su
garganta.
Mordió fuerte la boquilla y
relajo por completo el cuerpo mientras el tubo llegaba a su estómago y
comenzaba a llenarlo de aire. Por reflejo, su ojo derecho nuevamente comenzó a
llorar, la saliva escurrió generosamente, y eructo en repetidas ocasiones. A
pesar de todo, siguió sin mover un solo musculo del cuello para abajo. La
enfermera acariciaba su cabeza y lo alentaba con su dulce voz.
Una sonora flatulencia retumbo
por el cuarto. Nadie se rio ni dijo palabra alguna en relación al incidente,
pero Fernando quería desaparecer. Habiendo terminado el estudio, el personal se
despidió de el amablemente y lo regresaron a su cama, mientras se quedaban
comentando y señalando imágenes que aparecían en un gran monitor.
Tuvo que esperar una hora más
antes del diagnóstico: Ulcera duodenal, hernia hiatal tipo I, esofagitis grado
A de la clasificación de los ángeles, gastropatía aguda de cuerpo y fundus, y gastropatía
folicular de antro. En pocas palabras, tenía bastante jodido el estómago, pero
no era grave, ni requería cirugía. Le recetaron Omeprazol, y hablaron con el:
- Necesita dejar de tomar, sr.
Fernando, o puede desarrollar un cáncer gástrico. - El, dócil, dijo a todo que sí.
Apenas lo dieron de alta y llego a casa, encargo a Rosita que le fuera a
comprar un six de Bohemia y una botella de etiqueta roja.
*
Hacía tiempo que había dejado de
importarle todo. Sara le había dejado una modesta pensión, lo cual le permitió
dedicarse de lleno a escribir. Al poco tiempo, Fernando entrego su primer
novela larga "El tiempo de las cerezas", a su editor, quien quedó
fascinado cuando termino de leerla. Era lo primero que escribía desde que Sara
se había ido, y también fue su primer bestseller. La crítica y el público
acogieron bien el libro. Cuando le preguntaron que lo había inspirado para
crear a Eva, la heroína trágica de su historia, envuelta en un mundo de corrupcion y violencia, simplemente contesto:
- Tuve una buena musa. -
Poco a poco se fue quedando solo.
Primero dejo de contestar a sus amigos, conocidos y "fans" en su
cuenta de Facebook; luego dejo de contestar el celular y el teléfono de casa.
Finalmente, dejo de recibir visitas. No necesitaba de nada ni a nadie. Escribía
y bebía whiskey, leía y bebía ajenjo, iba al cine o al teatro, solo, y metía de
contrabando una anforita de ron. Desayunaba, comía y cenaba con tequila.
A veces cruzaba la calle y
olvidaba mirar a los lados. Caminaba por horas durante la noche y hasta la
madrugada sin poner atención por las colonias, a veces peligrosas, por donde
andaba. Jugaba discretamente "gallo/gallina" por la línea amarilla a
la orilla del metro, y escribía por largos periodos de tiempo, alternando
sustancias como la taurina y la cafeína con potentes somníferos, dependiendo de
si quería estar bien despierto o dormir. Vivía apartado de la realidad, en un
perpetuo estado de alteración de consciencia. Eso era mejor que recordar y
sentir.
Su total hermetismo dio pie a que
la prensa alimentara una especie de "leyenda negra" en torno a él, dándole
un aura de escritor misterioso y maldito, que se reflejó convenientemente en
las ventas de sus libros. A el nada de eso le importaba. Vivía solamente para
escribir, que era lo único que aliviaba su dolor y lo único que daba sentido a
su vida.
*
Una semana después de haber
salido del hospital, por fin escogió el lugar: Acapulco. Rentaría la misma
suite con vista al mar en el Hyatt Regency, donde él y Sara habían pasado su
luna de miel.
Escribió cartas, realizo pagos,
hizo un par de visitas a familiares y amigos, y dejo todos sus papeles en
orden. Todo tenía que ser perfecto. Fue al banco y saco una buena cantidad,
pues no quería limitarse. Le dio una suma grande a Rosita para que se fuera de
vacaciones, dio un último vistazo al departamento, y trepo una maleta al
Cavalier, junto con cuatro botellas de etiqueta roja. Finalmente fue a ver a su
editor, a quien hizo muy feliz al entregarle "Mascaras", su última
novela. Paso por última vez al New Orleans, su bar favorito, donde se empino
una botella de whiskey, después partió rumbo al mar.
El viaje fue pesado, pero
agradable: Un par de Red Bull, mucho jugo de arándano, unas cuantas paradas al
baño y por gasolina, una tampiqueña acompañada de frijoles refritos y tres
Negra Modelo; Creedence, Audioslave, AC/DC, The Doors, Led Zeppelín, Kings of León,
The White Stripes, Stone Temple Pilots, y ni una sola gota de alcohol. La brisa
marina alivio un poco su carácter sombrío y melancólico, incluso sonrió cuando
finalmente diviso la playa al atardecer.
Se registró y subió al cuarto.
Muchas cosas habían cambiado, pero en esencia la habitación seguía siendo la
misma. Abrió una botella y se sirvió un whiskey en las rocas. Recordó a Sara al ver el jacuzzi, y una sonrisa triste se dibujó en su rostro.
Recordó su cuerpo desnudo, blanco como la leche, su cabello rojo y sus ojos
verdes. Se estremeció, excitado. Pero luego la recordó en sus últimos días,
postrada en la cama del hospital, y el corazón se le encogió. Decidió salir
cuanto antes de aquella habitación tan llena de dolorosos recuerdos. El estomago le dolia. Vomito de nuevo, mas bilis que sangre, y se trago tres Omeprazol. Despues se puso un
pantalón y una camisa de manga corta, ambos blancos, y se calzo unas sandalias. Dio
un largo trago a la botella y se marchó.
Decidió caminar por la costera
Miguel Alemán. Tenía la cabeza llena de planes e ideas para esos últimos días.
Sumido en oscuras reflexiones, se detuvo a contemplar el monumento a La Diana,
cuando lo abordo una bella pelirroja con cara de niña, pero un impresionante
cuerpo de mujer. Tenía ojos café, pero fuera de eso, el parecido con Sara era
asombroso. La chica le pregunto:
- ¿Buscas compañía? -
- ¿Cuántos años tienes? -
- Veinte ¿Quieres ver mi
credencial de elector? -
- No hace falta. ¿Cuánto cobras?
-
- Por penetrar normal, dos mil,
pero si quieres a... -
- ¡Hey, hey, hey! No hacen falta
detalles. ¿Cuánto cobras por noche? -
- Cinco mil -
- ¿Qué te parece si por esa misma
cantidad te invito a cenar? Solo quiero algo de compañía, alguien con quien
platicar. -
La pelirroja dudo.
- ¿Solo cenar? -
- Si, solo eso. -
- Ok. Por cierto, soy Aline.
¿Sabes? Eres un tipo raro.-
Fernando soltó una carcajada.
Tomaron un taxi que los llevo a
la Barra vieja, donde entraron a cenar al Beto Godoy. Ya en la mesa, frente a
la carta, Aline pidió un pescado a la talla y una Coca. Fernando hizo lo mismo,
pero pidió una paloma. Aline se mostraba evasiva a las preguntas que el formulo
para saber más de ella, y él tampoco estaba dispuesto a platicar cosas personales, así que
cambio la conversación, y comenzó a hablarle de como el cabello rojo simbolizaba
el poder y fuego femenino en la antigüedad, y de cómo eso fue un pretexto para
que la mal llamada "santa" Inquisición acusara a muchas mujeres
pelirrojas de brujería.
- Por supuesto, muchas eran
mujeres de conocimiento y sabiduría opuesta al cristianismo, pero eso no las
hacia adoradoras de Belcebú. - Aline escuchaba fascinada.
Platicaron durante toda la cena, principalmente sobre paganismo. Fernando hablaba sobre el poder que la mujer
siempre ha tenido desde la antigüedad, y sobre como el hombre ha querido
pisotear ese poder, pues se siente inseguro ante el género femenino.
Finalmente, pidieron la cuenta y salieron.
- Fue un placer conocerte, Aline.
- Y le tendió la mano.
- ¿A dónde iras ahora? -
- No tengo idea. Supongo que
caminare un rato. -
- Pagaste por toda la noche.
¿Algo más que quieras hacer? -
Fernando dudo, pero luego dijo:
- ¿En verdad tienes veinte? –
- Sí. –
- ¿Traes tu credencial de
elector? –
Aline la saco de su bolso, y se
la mostro.
- ¿Satisfecho? -
- Si. ¿Sabes bailar? Hace tiempo que no bailo. -
Llegaron al Ibiza lounge. Por ir
vestido de blanco, le obsequiaron una copa de champagne a la entrada. Le agrado
saber que por el precio del cover había barra libre toda la noche. La música
fue, para su disgusto, solo electrónica, pues el queria bailar en pareja, pero recordó sus días en la prepa,
cuando estaban de moda los "raves", y pronto se adaptó. Aline era
sumamente sensual y alegre. Hacía mucho que no se divertía como aquella noche,
no desde... detuvo esos pensamientos, y le dio un trago largo a su whiskey.
Continuaron bailando hasta muy entrada la madrugada.
Entraron, aun enfiestados y con
botella en mano, a la habitación del Hyatt. Aline lo beso, y ese beso envinado
fue lo mejor que había experimentado en muchos años. Aline comenzó a quitarse
la ropa, y el hizo lo mismo. Hacía mucho que no se sentía tan excitado. Ya
desnudos, en la cama, tristes pensamientos hicieron presa de él.
- No puedo. -
- ¿Qué te pasa? -
- En esta misma habitación fue mi
luna de miel. -
- Ya. ¿Dónde está tu esposa
ahora? - Pregunto Aline, y lo abrazo tiernamente.
- Falleció hace cuatro años. -
- Lo siento. -
Permanecieron abrazados en silencio, hasta
que se quedaron dormidos. Al medio día, Fernando despertó y se sintió bien al
tener a Aline a su lado. La contemplo, desnuda y hermosa. Comenzó a besar
tierna y apasionadamente sus pechos, después su cuello, luego sus labios. Aline
despertó y le contesto intensamente los besos, luego hicieron el amor.
Permanecieron todo el día en el hotel, cogiendo y tomando como locos.
Desayunaron tarde en el cuarto y juguetearon en el jacuzzi. Aline le dijo:
- Podría enamorarme de ti. -
Fernando sonrió con tristeza, y volvió
a besarla. Al anochecer, después de comer y hacerlo una vez más,
Aline le dijo, no sin antes dudarlo:
- Tengo que ir a trabajar. -
- Esta bien. ¿Cuánto te debo? -
- Ya pagaste ¿Recuerdas? El resto
del tiempo que estuvimos juntos fue por que quise estar contigo. -
Fernando sonrió y la beso
nuevamente. Mientras ella se bañaba, el metió un fajo de billetes, más del triple de su tarifa por noche, en su bolsa, y le dejo una nota. Aline
salió de bañar.
- ¿Volveré a verte? - Pregunto Aline.
- Tengo algunas cosas que hacer
hoy, pero ¿Te parece si te invito a comer mañana? -
- Claro. - Y le anoto su número
en la palma de la mano.
Se despidieron con un largo y
apasionado beso, después, Aline se fue.
Fernando se sirvió un whiskey, se
bañó y se vistió de blanco nuevamente. Conecto su lap al equipo de sonido del
cuarto, y puso el reproductor en "shuffle". La primer canción que se
escucho fue "Again", de Lenny Kravitz. Esa fue la canción que bailo
con Sara en su boda. Ella había sido todo para él. La mujer perfecta. Su vida
antes de ella había sido gris, pero ella le trajo luz. Ahora, en lo único que
pensaba día y noche es en estar de nuevo a su lado. Se sirvió un whiskey en las
rocas.
Comenzó "El jinete", la
versión de Enrique Bunbury. "Muy apropiado" pensó, y se empino la última botella. Del frigobar saco una botellita de whiskey y lleno un último vaso. Lo sirvió en las rocas con agua mineral y
varios gramos de pentobarbital que había comprado en Tepito. Salió al balcón
y se sentó a contemplar el mar, la luna y las estrellas. Venus brillaba imponente en el
firmamento. Su brillo lo hacía pensar en los ojos de Sara. También pensó en
Peter Pan. Sara solía decirle que él era su "niño perdido". Una última
lágrima escurrió por su mejilla. Tenía prisa por
llegar, así que vacío de un solo trago la mezcla fatal.
- Segunda estrella a la derecha,
y de frente hasta el amanecer... -
Pasaron algunos minutos. Dejo caer, ya sin fuerza, el vaso
vacío. Seguramente Sara ya lo estaría esperando en Nunca jamás. "No volveras a ver la mirada triste del chico que observaba el infinito", penso, y lentamente se
fue desvaneciendo. Antes de perderse para siempre, se permitió una última
sonrisa.


