domingo, 24 de junio de 2012

Segunda estrella a la derecha, y de frente hasta el amanecer








En recuerdo de Eric García Guadarrama.

 Despertó con un agudo dolor en el abdomen que lo hizo acomodarse en posición fetal. Apretó los dientes, y todo su cuerpo se tensó. El dolor fue desapareciendo gradualmente, mientras un sudor frio le recorría el cuerpo. Acto seguido, aparecieron las náuseas. Corrió al baño y vomito considerables cantidades de sangre roja y fresca. "Algo no está bien", pensó Fernando, y volvió a vomitar sangre, esta vez acompañada de amarga bilis, en medio de violentas arcadas. Después se desmayó.

Cuando reacciono, se sintió mareado. Lo llevaban en una ambulancia rumbo a Centro Medico. Rosita, la muchacha del aseo, escucho el golpe que dio al caer y llamo a un numero de emergencia. Lo ingresaron en admisión continua y lo interrogaron:

- ¿Nombre?
- Fernando Vallejo Ramos. -
- ¿Edad? -
- Treinta y cuatro años. -
- ¿Estado civil? -
- Viudo. -
- ¿Ocupación? -
- Escritor. -
- ¿Toma bebidas embriagantes? -
- Sí. -
- ¿Con que frecuencia? -
- A veces en fines de semana. - 

En esa última mintió.

Después le tomaron signos, lo hicieron desnudarse y ponerse una estúpida bata verde que dejaba al descubierto su peludo trasero, y le asignaron una cama. El, terco como era, todo el tiempo insistió en que ya se sentía bien.

- Don Fernando, es por su propio bien. - ¿Don? ¿Cuantos años podría llevarle a la doctora? Diez o doce, a lo mucho. Era una bella, sonriente y amable interna de gastro. Le recordaba mucho a Sara, su difunta esposa. Todo mundo le recordaba a Sara.

Sara era periodista. La más inteligente, capaz y honesta que el había conocido. Había fallecido hacia cuatro años, víctima de leucemia. Fernando estuvo hasta el final a su lado. Nunca tuvieron hijos, pero atesoraron solo buenos recuerdos; aun así, sin ella le costaba trabajo conseguir fuerza para levantarse día con día. Por espacio de un año, todas las noches le lloraba desconsoladamente, hasta cansarse, y aun cansado no podía dormir. Fue por el maldito insomnio que comenzó a beber.

El hospital era un circo. Nueve de las doce camas estaban ocupadas, y por todos lados veía correr residentes, enfermeras y trabajadoras sociales. Se acercaron a canalizarlo. Como si fuera un niño chiquito, todos le celebraron su valentía al no mover un solo musculo cuando entro la aguja.

Le advirtieron que tendrían que hacerle un lavado gástrico. Fernando, nervioso, pregunto en que consistía. Le explicaron que una sonda nasogástrica entraría por su nariz hasta llegar al estómago, luego lo llenarían con un litro de solución, misma que posteriormente drenarían. 

- ¿Entonces la sonda entrara por mi nariz? -
- Sí. - Contesto con una risilla la doctora.

Fernando suspiro aliviado al saber que conservaría intacta su "otra virginidad".

Cuando introdujeron la sonda, su ojo derecho lloro como Magdalena. Sintió como su estómago se inflaba al entrar la solución. Después pudo ver como por el tubo de la sonda salía la solución ligeramente teñida de rojo, acompañada de pequeños coágulos. Le dijeron que tendrían que hacerle una endoscopia.

Fue una experiencia memorable. Lo acostaron de lado en una camilla, le pusieron una compresa bajo la cabeza, le rociaron la garganta con xylocaina, y le dieron a morder una boquilla con un orificio en el centro. Una enfermera muy amable le explico que por ahí pasaría el tubo del endoscopio, que tenía que relajarse y dejar escurrir toda la saliva en la compresa. Después le puso otra compresa para taparle los ojos, y sostuvo delicadamente su cabeza. Entonces sintió el maldito tubo del endoscopio deslizarse por su garganta.

Mordió fuerte la boquilla y relajo por completo el cuerpo mientras el tubo llegaba a su estómago y comenzaba a llenarlo de aire. Por reflejo, su ojo derecho nuevamente comenzó a llorar, la saliva escurrió generosamente, y eructo en repetidas ocasiones. A pesar de todo, siguió sin mover un solo musculo del cuello para abajo. La enfermera acariciaba su cabeza y lo alentaba con su dulce voz.

Una sonora flatulencia retumbo por el cuarto. Nadie se rio ni dijo palabra alguna en relación al incidente, pero Fernando quería desaparecer. Habiendo terminado el estudio, el personal se despidió de el amablemente y lo regresaron a su cama, mientras se quedaban comentando y señalando imágenes que aparecían en un gran monitor.

Tuvo que esperar una hora más antes del diagnóstico: Ulcera duodenal, hernia hiatal tipo I, esofagitis grado A de la clasificación de los ángeles, gastropatía aguda de cuerpo y fundus, y gastropatía folicular de antro. En pocas palabras, tenía bastante jodido el estómago, pero no era grave, ni requería cirugía. Le recetaron Omeprazol, y hablaron con el:

- Necesita dejar de tomar, sr. Fernando, o puede desarrollar un cáncer gástrico. - El, dócil, dijo a todo que sí. Apenas lo dieron de alta y llego a casa, encargo a Rosita que le fuera a comprar un six de Bohemia y una botella de etiqueta roja.

*

Hacía tiempo que había dejado de importarle todo. Sara le había dejado una modesta pensión, lo cual le permitió dedicarse de lleno a escribir. Al poco tiempo, Fernando entrego su primer novela larga "El tiempo de las cerezas", a su editor, quien quedó fascinado cuando termino de leerla. Era lo primero que escribía desde que Sara se había ido, y también fue su primer bestseller. La crítica y el público acogieron bien el libro. Cuando le preguntaron que lo había inspirado para crear a Eva, la heroína trágica de su historia, envuelta en un mundo de corrupcion y violencia, simplemente contesto:

- Tuve una buena musa. -

Poco a poco se fue quedando solo. Primero dejo de contestar a sus amigos, conocidos y "fans" en su cuenta de Facebook; luego dejo de contestar el celular y el teléfono de casa. Finalmente, dejo de recibir visitas. No necesitaba de nada ni a nadie. Escribía y bebía whiskey, leía y bebía ajenjo, iba al cine o al teatro, solo, y metía de contrabando una anforita de ron. Desayunaba, comía y cenaba con tequila.

A veces cruzaba la calle y olvidaba mirar a los lados. Caminaba por horas durante la noche y hasta la madrugada sin poner atención por las colonias, a veces peligrosas, por donde andaba. Jugaba discretamente "gallo/gallina" por la línea amarilla a la orilla del metro, y escribía por largos periodos de tiempo, alternando sustancias como la taurina y la cafeína con potentes somníferos, dependiendo de si quería estar bien despierto o dormir. Vivía apartado de la realidad, en un perpetuo estado de alteración de consciencia. Eso era mejor que recordar y sentir.

Su total hermetismo dio pie a que la prensa alimentara una especie de "leyenda negra" en torno a él, dándole un aura de escritor misterioso y maldito, que se reflejó convenientemente en las ventas de sus libros. A el nada de eso le importaba. Vivía solamente para escribir, que era lo único que aliviaba su dolor y lo único que daba sentido a su vida.

*

Una semana después de haber salido del hospital, por fin escogió el lugar: Acapulco. Rentaría la misma suite con vista al mar en el Hyatt Regency, donde él y Sara habían pasado su luna de miel.

Escribió cartas, realizo pagos, hizo un par de visitas a familiares y amigos, y dejo todos sus papeles en orden. Todo tenía que ser perfecto. Fue al banco y saco una buena cantidad, pues no quería limitarse. Le dio una suma grande a Rosita para que se fuera de vacaciones, dio un último vistazo al departamento, y trepo una maleta al Cavalier, junto con cuatro botellas de etiqueta roja. Finalmente fue a ver a su editor, a quien hizo muy feliz al entregarle "Mascaras", su última novela. Paso por última vez al New Orleans, su bar favorito, donde se empino una botella de whiskey, después partió rumbo al mar.

El viaje fue pesado, pero agradable: Un par de Red Bull, mucho jugo de arándano, unas cuantas paradas al baño y por gasolina, una tampiqueña acompañada de frijoles refritos y tres Negra Modelo; Creedence, Audioslave, AC/DC, The Doors, Led Zeppelín, Kings of León, The White Stripes, Stone Temple Pilots, y ni una sola gota de alcohol. La brisa marina alivio un poco su carácter sombrío y melancólico, incluso sonrió cuando finalmente diviso la playa al atardecer.

Se registró y subió al cuarto. Muchas cosas habían cambiado, pero en esencia la habitación seguía siendo la misma. Abrió una botella y se sirvió un whiskey en las rocas. Recordó a Sara al ver el jacuzzi, y una sonrisa triste se dibujó en su rostro. Recordó su cuerpo desnudo, blanco como la leche, su cabello rojo y sus ojos verdes. Se estremeció, excitado. Pero luego la recordó en sus últimos días, postrada en la cama del hospital, y el corazón se le encogió. Decidió salir cuanto antes de aquella habitación tan llena de dolorosos recuerdos. El estomago le dolia. Vomito de nuevo, mas bilis que sangre, y se trago tres Omeprazol. Despues se puso un pantalón y una camisa de manga corta, ambos blancos, y se calzo unas sandalias. Dio un largo trago a la botella y se marchó.

Decidió caminar por la costera Miguel Alemán. Tenía la cabeza llena de planes e ideas para esos últimos días. Sumido en oscuras reflexiones, se detuvo a contemplar el monumento a La Diana, cuando lo abordo una bella pelirroja con cara de niña, pero un impresionante cuerpo de mujer. Tenía ojos café, pero fuera de eso, el parecido con Sara era asombroso. La chica le pregunto:

- ¿Buscas compañía? -
- ¿Cuántos años tienes? -
- Veinte ¿Quieres ver mi credencial de elector? -
- No hace falta. ¿Cuánto cobras? -
- Por penetrar normal, dos mil, pero si quieres a... -
- ¡Hey, hey, hey! No hacen falta detalles. ¿Cuánto cobras por noche? -
- Cinco mil -
- ¿Qué te parece si por esa misma cantidad te invito a cenar? Solo quiero algo de compañía, alguien con quien platicar. -

La pelirroja dudo.

- ¿Solo cenar? -
- Si, solo eso. -
- Ok. Por cierto, soy Aline. ¿Sabes? Eres un tipo raro.-

Fernando soltó una carcajada.

Tomaron un taxi que los llevo a la Barra vieja, donde entraron a cenar al Beto Godoy. Ya en la mesa, frente a la carta, Aline pidió un pescado a la talla y una Coca. Fernando hizo lo mismo, pero pidió una paloma. Aline se mostraba evasiva a las preguntas que el formulo para saber más de ella, y él tampoco estaba dispuesto a platicar cosas personales, así que cambio la conversación, y comenzó a hablarle de como el cabello rojo simbolizaba el poder y fuego femenino en la antigüedad, y de cómo eso fue un pretexto para que la mal llamada "santa" Inquisición acusara a muchas mujeres pelirrojas de brujería.

- Por supuesto, muchas eran mujeres de conocimiento y sabiduría opuesta al cristianismo, pero eso no las hacia adoradoras de Belcebú. - Aline escuchaba fascinada.

Platicaron durante toda la cena, principalmente sobre paganismo. Fernando hablaba sobre el poder que la mujer siempre ha tenido desde la antigüedad, y sobre como el hombre ha querido pisotear ese poder, pues se siente inseguro ante el género femenino. Finalmente, pidieron la cuenta y salieron.

- Fue un placer conocerte, Aline. - Y le tendió la mano.
- ¿A dónde iras ahora? -
- No tengo idea. Supongo que caminare un rato. -
- Pagaste por toda la noche. ¿Algo más que quieras hacer? -

Fernando dudo, pero luego dijo:

- ¿En verdad tienes veinte? –
- Sí. –
- ¿Traes tu credencial de elector? –
Aline la saco de su bolso, y se la mostro.
- ¿Satisfecho? -
- Si. ¿Sabes bailar? Hace tiempo que no bailo. -

Llegaron al Ibiza lounge. Por ir vestido de blanco, le obsequiaron una copa de champagne a la entrada. Le agrado saber que por el precio del cover había barra libre toda la noche. La música fue, para su disgusto, solo electrónica, pues el queria bailar en pareja, pero recordó sus días en la prepa, cuando estaban de moda los "raves", y pronto se adaptó. Aline era sumamente sensual y alegre. Hacía mucho que no se divertía como aquella noche, no desde... detuvo esos pensamientos, y le dio un trago largo a su whiskey. Continuaron bailando hasta muy entrada la madrugada.

Entraron, aun enfiestados y con botella en mano, a la habitación del Hyatt. Aline lo beso, y ese beso envinado fue lo mejor que había experimentado en muchos años. Aline comenzó a quitarse la ropa, y el hizo lo mismo. Hacía mucho que no se sentía tan excitado. Ya desnudos, en la cama, tristes pensamientos hicieron presa de él.

- No puedo. -
- ¿Qué te pasa? -
- En esta misma habitación fue mi luna de miel. -
- Ya. ¿Dónde está tu esposa ahora? - Pregunto Aline, y lo abrazo tiernamente.
- Falleció hace cuatro años. -
- Lo siento. -

Permanecieron abrazados en silencio, hasta que se quedaron dormidos. Al medio día, Fernando despertó y se sintió bien al tener a Aline a su lado. La contemplo, desnuda y hermosa. Comenzó a besar tierna y apasionadamente sus pechos, después su cuello, luego sus labios. Aline despertó y le contesto intensamente los besos, luego hicieron el amor. Permanecieron todo el día en el hotel, cogiendo y tomando como locos. Desayunaron tarde en el cuarto y juguetearon en el jacuzzi. Aline le dijo:

- Podría enamorarme de ti. -

Fernando sonrió con tristeza, y volvió a besarla. Al anochecer, después de comer y hacerlo una vez más, Aline le dijo, no sin antes dudarlo:

- Tengo que ir a trabajar. -
- Esta bien. ¿Cuánto te debo? -
- Ya pagaste ¿Recuerdas? El resto del tiempo que estuvimos juntos fue por que quise estar contigo. -

Fernando sonrió y la beso nuevamente. Mientras ella se bañaba, el metió un fajo de billetes, más del triple de su tarifa por noche, en su bolsa, y le dejo una nota. Aline salió de bañar.

- ¿Volveré a verte? - Pregunto Aline.
- Tengo algunas cosas que hacer hoy, pero ¿Te parece si te invito a comer mañana? -
- Claro. - Y le anoto su número en la palma de la mano.

Se despidieron con un largo y apasionado beso, después, Aline se fue.

Fernando se sirvió un whiskey, se bañó y se vistió de blanco nuevamente. Conecto su lap al equipo de sonido del cuarto, y puso el reproductor en "shuffle". La primer canción que se escucho fue "Again", de Lenny Kravitz. Esa fue la canción que bailo con Sara en su boda. Ella había sido todo para él. La mujer perfecta. Su vida antes de ella había sido gris, pero ella le trajo luz. Ahora, en lo único que pensaba día y noche es en estar de nuevo a su lado. Se sirvió un whiskey en las rocas.

Comenzó "El jinete", la versión de Enrique Bunbury. "Muy apropiado" pensó, y se empino la última botella. Del frigobar saco una botellita de whiskey y lleno un último vaso. Lo sirvió en las rocas con agua mineral y varios gramos de pentobarbital que había comprado en Tepito. Salió al balcón y se sentó a contemplar el mar, la luna y las estrellas. Venus brillaba imponente en el firmamento. Su brillo lo hacía pensar en los ojos de Sara. También pensó en Peter Pan. Sara solía decirle que él era su "niño perdido". Una última lágrima escurrió por su mejilla. Tenía prisa por llegar, así que vacío de un solo trago la mezcla fatal.

- Segunda estrella a la derecha, y de frente hasta el amanecer... -

Pasaron algunos minutos. Dejo caer, ya sin fuerza, el vaso vacío. Seguramente Sara ya lo estaría esperando en Nunca jamás. "No volveras a ver la mirada triste del chico que observaba el infinito", penso, y lentamente se fue desvaneciendo. Antes de perderse para siempre, se permitió una última sonrisa.

domingo, 17 de junio de 2012

Los pecados del padre


Papa frena violentamente en una gasolinera que está en la México/Toluca, a la altura de Cuajimalpa. Después de discutir y gritar, azota la cabeza de mama contra el tablero del coche. Mama sangra, grita y llora de una forma que me rasga el alma para siempre. Yo estoy petrificado y horrorizado. Papa trata de pegarle de nuevo para que se calle, pero yo brinco desde el asiento de atrás, me interpongo y golpeo su cara con mi patética fuerza de niño. El me regresa de un golpe en el estomago al asiento. El aire en mis pulmones es expulsado violentamente. Trato de recuperarme y vencer la desesperación, cuando recibo otro golpe, ahora en el rostro. Luces fuera. Cuando despierto, papa grita desde abajo del coche a mi mama para que se apresure. Mama sale del baño de la gasolinera, cubriéndose con papel higiénico el rostro, secando la sangre. Toda la gente nos observa, pero nadie hace nada. Es la primera vez que recuerdo haber sentido aquel impulso. El camino de regreso transcurre prácticamente en silencio. Ocasionalmente se escucha algún sollozo de mama o mío.

Papa grita y me golpea con el cinturón. Mama no hace nada. Siempre fue menos que una sombra en mi vida. Cada vez que lloro o emito algún quejido es un cinturonazo mas sobre mi espalda desnuda. Rezar no sirve de nada. Te das cuenta de que no hay nadie que te escuche, nadie que te salve. Así deje de creer en Dios. Finalmente deje de llorar. Con el paso del tiempo aprendí a no sentir nada, a poner mi mente lejos, a ser un simple observador de mi mismo. Frente a la gente fingía un dolor que no sentía cuando me lastimaba o me lastimaban por accidente, de esa forma los hacía creer que era como ellos. Pero constantemente me recuerdo a mi mismo que no lo soy. Por eso me corto, para no olvidar. Mi piel es un caparazón. Estoy hecho de cicatrices.

El castigo favorito de papa, después de los cinturonazos, era pararme castigado en un rincón con las manos arriba. Llegue a permanecer horas en esa posición. A veces también me castigaba poniéndome a hacer muchísimas lagartijas, sentadillas y abdominales. Es lo único que le debo. También me hacia pararme con los brazos extendidos a los lados, como Cristo, sosteniendo un ladrillo en cada mano. Duraba muchísimo menos de esa forma, solo un par de minutos antes de perder la compostura. El precio a pagar, como siempre, era el cinturón. Todo en casa se resolvía con el cinturón.

A nadie le caía yo bien en la primaria. Siempre fui el raro. Todos me pegaban y se reían de mí cuando tartamudeaba. Las niñas me tenían lastima, pero no se me acercaban. Durante el recreo, para evitar los golpes y las humillaciones, me escondía en la biblioteca. Una vez, durante una clase, el maestro me pregunto algo, no recuerdo que, pero yo sabía la respuesta. Conteste desde mi asiento, pero mi voz fue tan débil que el maestro me pidió que me levantara. Ya se escuchaban los cuchicheos de mis compañeros. Trate de responder de nuevo, pero el tartamudeo me lo impedía, y el salón estallo en risa. Hice mi mayor esfuerzo por recobrar la compostura, pero fue inútil. Cerré los ojos y sentí el sudor escurrir por mi rostro, pero eso no fue lo único que escurrió. Sentí una humedad caliente en mi entrepierna, y un charco de orina creció a mis pies. Todos se reían y decían cosas hirientes, incluso el maestro se rio. El niño de atrás dijo algo, no recuerdo que, y me volteo a la fuerza del hombro. Yo le hundí un lápiz en la mano, y le atravesé la palma. Esa fue la primera vez que cedí al impulso.

Desde entonces, las cosas empeoraron. Me expulsaron de aquella escuela, y tuvimos que cambiarnos de delegación para evitar ser señalados. Recuerdo que papa me dijo "¿Te comportas como un animal? Pues te tratare como un animal." Y lo hizo. Como sea, creo que el cinturón ya no le era suficiente. Pero los puños no eran tan malos como el cinturón. Los puños eran anestesia. Llega un punto en que, al golpear tanto la carne, esta pierde sensibilidad. También mi alma se entumía. Sus palabras eran aun peor que sus puños. Odiaba su voz. Creo que fue entonces cuando finalmente deje de sentir.

Durante la secundaria mantuve un bajo perfil. Esto me permitió observar e imitar la conducta y emociones de los demás. Aprendí a fingir una sonrisa, y de esta forma, a encajar. Las cosas en casa no cambiaban, pero yo si lo hice, y siempre conserve una fría y silenciosa ira. Después vino el ejército, donde halle, por primera vez, un verdadero hogar. Ahí, entre otros jóvenes inadaptados, furiosos, y llenos de testosterona, encontré mi lugar. Descubrí que la violencia me venía bien. Ahí no solo era socialmente aceptable, sino bien recompensada.

También ahí aprendí, por fin, a encajar. Canalice mi ira, y construí mi mascara. Comencé a salir a fiestas, y conocí chicas. El sexo era genial. Me sentía fuerte, y a ellas les gustaba. Pero para las mujeres solo fui un juguete. Me usaban y luego me botaban. Solo me buscaban por sexo, pero ninguna tenia intencion de quedarse. Quiza eso pudo haber hecho una diferencia en mi vida. No se por que la gente siempre me vio como algo desechable. Nunca pude entenderlas. Sus juegos, sus mentiras, su ternura seguida de total indiferencia. Y eso dolía. Nunca nadie me ha amado. He conocido el placer. Me he saciado de él hasta la medula, pero no sé lo que es el amor. Desconozco la felicidad. También aprendí a controlar ese sentimiento.

Contrario a lo que muchos piensan, la primera vez que mate fue por defensa propia, pero ahora no quiero hablar de eso. No quiero hablar ahora sobre mi obra, de eso ya se ha leído mucho en los periódicos, y de momento me siento harto. Tenía que concluir lo que había empezado. En el fondo no soy malo, pero descubrí, después de ese primer asesinato, que solo la muerte me hacía sentir bien, pleno. Y eso es triste, si recuerdo el niño bueno y noble que fui. ¿Sabe? Mi problema es que tengo roto el corazón en tantos pedazos que ya es imposible repararlo. No, no estoy aquí en busca de una cura. No me entregue por que necesite su ayuda, o la de nadie. Quiero fama, quiero sentirme respetado, adorado, admirado por los demás. Y temido. He leído cosas tan gratificantes en Internet, en las páginas que escriben de mí mis fans. Gente obsesionada con mi trabajo. Muchos me consideran un artista, y me gusta pensar en mi mismo de esa forma. 

Sin embargo, por mucho, mi mejor obra fue la última: Mi padre. No sentí ni ápice de remordimiento cuando lo desollé, tampoco furia. Incluso sentí paz cuando deje mi confesión escrita en su piel. Fue sublime. Muchos se horrorizaron al ver su cuerpo desprovisto de piel y sangre, con su epidermis en el regazo, sentado afuera de la iglesia de Coyoacan. Modestia aparte, fue brillante. Solamente mis fans de Internet pudieron ver la relación entre mi obra y "La Piedad", de Miguel Ángel, una de mis piezas favoritas. En los medios oficiales no se dijo nada al respecto. Admito que fue desmoralizante leer los periódicos y ver que me llamaban "loco" o "psicópata". Soy demasiado pasional, demasiado talentoso y emotivo como para ser considerado un psicópata. Soy una persona inteligente y culta, y no solo les di, durante meses, algo en que pensar a los puercos, a los periodistas, y a mis seguidores; hice un objeto de culto, y una noble labor social. Fui el mensajero del destino, y libere a muchas almas cuyo único propósito era hacer el mal. Soy un ángel. ¿Ahora entiende, doctor, porque mato?

domingo, 10 de junio de 2012

Fuego


La noche era tranquila y fría. Las estrellas brillaban silenciosas en el firmamento, y en el aire se respiraba melancolía. Adentro, en las casas, todo era fiesta y alegría. Era veinticuatro de diciembre, y Beto no tenía nada que celebrar. Entro en silencio, y contemplo el lugar: Las imágenes religiosas en la pared y vitrinas, las figuras de porcelana, los bordados que hacia su mama. La recordó a su lado, enseñándole a rezar el Padre nuestro, la única defensa que de niño tuvo contra el mundo.

Se acercó al Cristo negro que aun vigilaba la entrada. Por costumbre, más que por convicción, se persigno. Recordó como cada noche, sin importar si había sido un buen o mal día, él y Rodrigo, su hermano menor, rezaban a Dios para que los protegiera. Aunque era mayor solo por dos años, Beto solía pensar que la misión que Dios le había dado en el mundo era proteger a Rodrigo.

Él no era violento. Si había aprendido a pelear fue precisamente por defender a su hermano. Beto siempre había sido insignificante: Pálido, cabello negro, introvertido y siempre perdido en ensoñaciones. A nadie le importaba, y nadie se metía con él. Pero cuando Rodrigo entro a la primaria, las cosas cambiaron.

Rodrigo era perfecto. El consentido de su mama, el sol que iluminaba a la familia. Sumamente inteligente, risueño, y además hermoso: Con su cabello casi rubio, sus ojos color miel, su piel rosada. Parecía un querubín de esos que adornaban ciertas imágenes religiosas. Pero tanta perfección lo había hecho, aun a temprana edad, alguien cruel y arrogante. Molestaba a las niñas con bromas hirientes, y buscaba humillar a los niños con sus altas calificaciones. Pronto gano enemistades, incluso en grados superiores. Cuando los niños grandes le pegaban, Rodrigo acudía llorando con Javier quien, sin hacer preguntas, de inmediato vengaba la afrenta a su hermano. Eso los convirtió en parias durante toda la primaria.

Beto no entendía como Rodrigo podía ser tan distinto dependiendo de la persona con la que se encontrara. Con él y con la familia se daba a querer, pero siempre provocaba el odio de los demás, y a veces parecía disfrutarlo. También parecía disfrutar la violencia. A veces pensaba que Rodrigo provocaba los problemas solo para verlo pelear, e incluso le daba la impresión de que inventaba agresiones a su persona. También le gustaba el fuego.

Solía quemar "pipiolos", esos bichitos parecidos a escarabajos que solo aparecen durante una temporada al año. Cuando invadían el jardín, Rodrigo disfrutaba quemándolos con un spray para cabello y un encendedor, a manera de soplete. Una vez, durante una fiesta familiar, amarro fuegos artificiales a la cola del perro de su tía Conchita, y después encendió la mecha. Los cohetes comenzaron a tronar, y el perro corría y chillaba asustado. El pelo comenzó a prenderse, y el animalito acabo en llamas. Por más que hicieron el intento por atraparlo y apagar el fuego, todo fue en vano. Finalmente murió. Toda la familia estaba horrorizada, sin embargo, Rodrigo miro todo fascinado. Beto tuvo que echarse la culpa, y dijo que había sido un accidente.

Al entrar a la secundaria, Rodrigo había aprendido a ser agradable. Las niñas lo adoraban, y los niños lo seguían, pero marco una gran distancia con Beto. Se volvió mas reservado con sus cosas, pero Beto sabía que seguía jugando con fuego. Ahora que era "popular", Rodrigo había hecho de su hermano objeto de burla, lo que provoco pleitos entre ellos más de una vez. Sus papas pensaban que Beto estaba celoso, y seguido se lo echaban en cara. Pronto se acentuó la imagen de Rodrigo de niño perfecto, pero Beto comenzó a notar cosas que no le parecían de su hermano: En el fondo, seguía siendo cruel con las niñas. Las enamoraba y las botaba a su gusto. En la escuela era común ver a alguna llorando en silencio por él. Nunca estuvo seguro, pero sospecho que incluso llego a pegarle a una de ellas.

Pero un día, ya en la preparatoria, Rodrigo cometió un error: Llego demasiado ebrio de una fiesta, y discutió violentamente con sus padres. Mientras gritaban y peleaban, Beto observaba en silencio, listo para intervenir, de ser necesario. En ese momento, Beto pudo ver claramente en su hermano el otro yo que escondía de los demás, y que solo el conocía a la perfección. Un escalofrió lo sacudió, y sintió miedo. Su mama lloraba, y Rodrigo se burlaba, hasta que su papa no tuvo otro remedio que darle una bofetada. Rodrigo se fue a su habitación  hecho una fiera y maldiciendo. Su papa aun consolaba a su mama, y le decía que ya se le pasaría cuando el efecto del alcohol se fuera, pero Beto sabía que eso no era cierto. Sabia, o intuía, que su hermano no dejaría las cosas así.

Beto permaneció despierto esa noche, con el corazón palpitándole salvajemente. Pasada la medianoche, escucho rechinar ligeramente la puerta de Rodrigo. Lo escucho deslizándose por el corredor, en dirección a la recamara de sus papas. Abrió la puerta y vio a Rodrigo con algo brillante, pero cubierto por un trapo, colgando de su mano. Recordó la vieja lámpara de aceite que Rodrigo tenia, y supuso que este no planeaba algo bueno. Se acercó en silencio a él, y lo vio tomar vuelo y prepararse para lanzar la lámpara hacia la cabecera de sus papas. Beto alcanzo a sujetar la lámpara, pero esto solo provoco que cayera al suelo, justo a los pies de Rodrigo, quien de inmediato se convirtió en una pira humana. Sus papas despertaron con los gritos de Rodrigo quemándose. Beto se quedó petrificado, y no pudo reaccionar mientras sus papas trataban de apagar con las cobijas a su hermano. Cuando pudieron apagarlo ya era demasiado tarde: Rodrigo había muerto.

Sus padres lo culpaban por la muerte de Rodrigo, pero nunca pudieron desahogar ese coraje con palabras, pues Beto no volvió a reaccionar, así que lo internaron en el San Bernardino, que estaba cerca de casa. Al principio se le trato como paciente de alto riesgo, y se le aisló, pero después se le permitió convivir con los demás pacientes. Beto nunca salió de ese estado de trance, producto del horror. En su mente solo existían los gritos de Rodrigo, su rostro crispado por el dolor y la furia, y el fuego. Paso de esa forma varios años, reviviendo el momento una y otra vez. Con el paso del tiempo, su mente comenzó a dejar de lado la imagen de su hermano ardiendo, y comenzó a pensar en el fuego: La forma en que bailaba, como serpientes ondulando en el suelo al desplazarse; los colores que albergaba la llama, el calor agradable que producía. Por fin entendió por que su hermano se sentía tan fascinado, y comenzó el mismo a amar el fuego.

Un día, de pronto, se levantó de la cama de golpe. Había estado soñando, para variar, con fuego. En el sueño, su hermano lo llamaba desde el interior de la llama. No gritaba ni sufría, parecía cómodo, y le tendía la mano. Beto titubeo, pero por fin decidió ir con su hermano. Al tomar su mano, despertó. Se levantó de la cama y se dirigió a la salida. Las cámaras seguramente lo captarían, pero lo importante es que nadie lo vería salir, pues todos estaban muy ocupados festejando la Navidad. Además, nadie pensaba que volvería a reaccionar. Aunque para los demás estaba perdido en su mente, y aislado de la realidad, a nivel subconsciente siempre había estado presente en el mundo. Era solo que ya no se sentía parte de él. Beto se había ido aquella trágica noche con su hermano, y solo había quedado un frio caparazón. Se dirigió al baño de visitas, abrió la ventana, salió al patio, y brinco la barda, tan simple como eso. Era como si, en secreto, llevara tiempo planeando su fuga.

Ahora, en medio de tantos recuerdos, todos dolorosos, había venido a terminar lo que su hermano empezó hace tanto tiempo. Pero el, a diferencia de Rodrigo, no albergaba el mal en su corazón. Era incapaz de dañar a nadie, así que eligió ese día porque sabía que sus papas no estarían. Lo único que deseaba era estar con su hermano, al lado de Dios. Gracias a él, Rodrigo no había cometido un pecado que condenara su alma. Lo había salvado, y el precio a pagar había sido vivir un infierno. Pero no importaba, había cumplido bien la misión que Dios le había encomendado. Había sido un ángel para Rodrigo hasta el último momento.

Tomo uno de los galones de gasolina que papa guardaba de emergencia para el coche, y se alegró de ver que algunas cosas nunca cambiaban. Se dirigió a la cocina y tomo unos cerillos, después se fue a la recamara de sus papas. Contemplo una última vez aquel lugar maldito. Derramo el galón entero de gasolina sobre sí mismo. Encendió un cerillo, y se prendió fuego. No grito. Ni siquiera estaba seguro de sentir dolor alguno. Solo podía pensar en su hermano, y en que pronto volverían a encontrarse juntos, en la Gracia de Dios. Derramo lágrimas, parte de felicidad, parte de tristeza, y cerró los ojos. Conocía bien el infierno. Un último dolor, una última agonía, no lograrían quebrar su espíritu. Se sentía cómodo en medio del fuego. Su cuerpo no era importante en este, su último momento caminando por el valle de lágrimas. Ya podía sentir el dolor, y era insoportable, pero pronto terminaría todo. Finalmente, dejo de sentir. Ese cuerpo ya no era suyo. Él se disolvía lentamente, y su espíritu se elevaba hacia el cielo, en forma de humo. Por la Biblia sabía que ese olor, el del cordero inmolado, era agradable al olfato del señor.

domingo, 3 de junio de 2012

El crimen de Leonardo Luna


Eran las 9 pm de un jueves por la noche. La calle estaba desierta, y no había nadie en la casa. Abrió la puerta sin forzarla, pues conocía perfectamente bien su maña. Entro en medio del silencio que imperaba. La oscuridad lo envolvía con un cálido manto que le era familiar. Después de todo, el había pasado los últimos diez años de su vida en esa casa. Se deslizo entre los muebles sin chocar. Conocía perfectamente bien el terreno. Quito los fusibles de la caja de luz, que se encontraba en la cocina, y tiro a la basura las velas. Se dirigió a la recamara. Abrió la puerta, y de inmediato se sintió embriagado por el perfume de Janet, su ex esposa. Sintió alivio al poner de nuevo un pie en esa habitación, pero de inmediato lo atormentaron los recuerdos. Tantas noches de intimidad, tantas sonrisas, tantos buenos recuerdos para que, súbitamente, Janet le dijera "Lo siento, ya no te amo". Ese dia, para variar, acepto su derrota y se fue, como el buen perdedor que era. Pero la amaba. Siempre iba a hacerlo, y le calaba pensar que alguien más pudiera amarla en cuerpo y alma, como él lo había hecho. Ya no podía más. Si no era para él, no sería de nadie.

Espero sentado en el reposet, en medio del más profundo silencio. Su alma era más negra que la noche. Espero hora y media, aproximadamente, cuando escucho abrirse la puerta. Luego, el "click" del interruptor de luz, seguido de un "carajo". Había llegado Janet.

Escucho sus tacones. Imagino sus amplias caderas contoneándose sensualmente al caminar. Recordó como esas mismas caderas se habían mecido rítmicamente muchas veces sobre él, mientras la penetraba, pasando de un movimiento suave y profundo a uno salvaje y desenfrenado. Haberla amado fue el cielo, cuando se fue, conoció el infierno. Antes de estrangularla, estaba decidido a poseerla una última vez.

Mientras la escuchaba moverse por la casa, buscando las velas, se quito la ropa hasta quedar completamente desnudo. Acaricio su miembro y pensó, involuntariamente, en una espada. Janet entro a la recamara y cerró la puerta. Desde el rincón mas oscuro del cuarto, y con la luz que entraba por la venta a su favor, observo a Janet desnudarse, hasta que quedo solamente con una diminuta tanga. Su cuerpo era tal y como lo recordaba, con sus nalgas redondas, generosas, y suaves; con sus pechos bellos y firmes. Cada lunar, e incluso las marcas que de niña le habían quedado por la varicela, seguían en el mismo lugar donde él las había dejado la última vez que la recorrió con los labios.

Se acerco a ella mientras estaba distraída buscando su pijama en el closet. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo. La respiro una última vez. Tenía los labios y la garganta reseca. Paso saliva para que no le fallara la voz. Había escogido cuidadosamente sus últimas palabras de amor...

- ¡Leonardo! - El grito de su jefe lo saco de su ensoñación, y lo regreso de golpe a la realidad.

- Deja de tragar camote, cabron, y entrégame los reportes que te pedí. -

Acto seguido, se dio la vuelta y regreso a su oficina. Ni siquiera vio la mirada de frio odio que Leonardo le dirigió. Quizá el imbecil de su jefe había hecho bien en sacarlo de sus fantasías enfermizas. Desde que Janet lo había dejado, su cabeza no estaba bien. Algo negro había incubado en su alma, y lo sentía palpitar y crecer. Pero amaba a Janet, y era incapaz de lastimarla a ella o a cualquier otra mujer. Leonardo podía ser un perdedor y un loco, pero tenía principios y era un caballero.

Saliendo del trabajo se fue un rato al parque que estaba a la vuelta de su casa, para pensar y fumarse un par de cigarros. Todo le recordaba a ella: Aquel firmamento que tantas veces habían visto juntos; aquellas calles que habían recorrido tomados de la mano, y la noche, que hicieron suya a base de gemidos y caricias.

Un gato negro se acerco a él. Le gustaban los gatos. Los perros eran estúpidos y rastreros. Una pequeña muestra de cariño y te daban su amor eterno e incondicional. Igual que el. En cambio, los gatos eran inteligentes y bellos. No tenían dueño, e iban y venían cuando se les daba la gana. Al igual que cada mujer que había amado.

Una furia ciega se apodero de él. Tomo al gato del cuello y lo azoto violentamente contra un árbol. Después comenzó a estrangularlo con ambas manos. El gato se retorcía, bufaba y tiraba zarpazos, pero no conseguía liberarse. Enterró las uñas repetidas veces en las manos de Leonardo, provocando profundos y sangrientos cortes. Este, en vez de aflojar, apretó más fuerte. Finalmente, la batalla termino con un chasquido que anunciaba el cuello roto del felino.

Leonardo contemplo la escena: Sus manos ensangrentadas, y el cuerpo negro e inerte que sujetaban. Soltó el cadáver, horrorizado, y corrió a su casa. Llego directo a vomitar al baño. Lloro como niña.

- Maldito psicopa... - No pudo terminar la frase. Algo en su interior lo callo violentamente.

Un escalofrió sacudió todo su cuerpo. Grito con furia, dirigiendo la cabeza, desafiante, hacia el techo. Permaneció con los ojos y los puños apretados un momento. Después, su cuerpo se soltó, y su pulso comenzó a normalizarse. Bajo la cabeza, suspiro, y abrió los ojos. Algo se había endurecido en su mirada. Sus manos palpitaban de dolor, pero no importaba. Después de todo, el dolor es solo la debilidad abandonando el cuerpo. Se levanto y se dirigió al estéreo. Coloco un disco de nocturnos de Chopin, y le dio play al nocturno #20 en C menor. Siempre le había gustado esa pieza, lo llenaba y envolvía en una negra melancolía. Comenzo a tararear la melodia y a mecerse suavemente. En la oscuridad de su sala, bailo a solas un vals con la muerte. Abrió los ojos al terminar la canción, y sonrió maliciosamente. Había aprendido muchas cosas de si mismo esa noche. La más importante era que, finalmente, Leonardo Luna había muerto.