Papa frena violentamente en una gasolinera que está
en la México/Toluca, a la altura de Cuajimalpa. Después de discutir y gritar,
azota la cabeza de mama contra el tablero del coche. Mama sangra, grita y llora
de una forma que me rasga el alma para siempre. Yo estoy petrificado y
horrorizado. Papa trata de pegarle de nuevo para que se calle, pero yo brinco
desde el asiento de atrás, me interpongo y golpeo su cara con mi patética
fuerza de niño. El me regresa de un golpe en el estomago al asiento. El aire en
mis pulmones es expulsado violentamente. Trato de recuperarme y vencer la desesperación,
cuando recibo otro golpe, ahora en el rostro. Luces fuera. Cuando despierto,
papa grita desde abajo del coche a mi mama para que se apresure. Mama sale del
baño de la gasolinera, cubriéndose con papel higiénico el rostro, secando la
sangre. Toda la gente nos observa, pero nadie hace nada. Es la primera vez que
recuerdo haber sentido aquel impulso. El camino de regreso transcurre prácticamente
en silencio. Ocasionalmente se escucha algún sollozo de mama o mío.
Papa grita y me golpea con el cinturón. Mama no
hace nada. Siempre fue menos que una sombra en mi vida. Cada vez que lloro o
emito algún quejido es un cinturonazo mas sobre mi espalda desnuda. Rezar no
sirve de nada. Te das cuenta de que no hay nadie que te escuche, nadie que te
salve. Así deje de creer en Dios. Finalmente deje de llorar. Con el paso del
tiempo aprendí a no sentir nada, a poner mi mente lejos, a ser un simple
observador de mi mismo. Frente a la gente fingía un dolor que no sentía cuando
me lastimaba o me lastimaban por accidente, de esa forma los hacía creer que
era como ellos. Pero constantemente me recuerdo a mi mismo que no lo soy. Por
eso me corto, para no olvidar. Mi piel es un caparazón. Estoy hecho de
cicatrices.
El castigo favorito de papa, después de los
cinturonazos, era pararme castigado en un rincón con las manos arriba. Llegue a
permanecer horas en esa posición. A veces también me castigaba poniéndome a
hacer muchísimas lagartijas, sentadillas y abdominales. Es lo único que le
debo. También me hacia pararme con los brazos extendidos a los lados, como
Cristo, sosteniendo un ladrillo en cada mano. Duraba muchísimo menos de esa
forma, solo un par de minutos antes de perder la compostura. El precio a pagar,
como siempre, era el cinturón. Todo en casa se resolvía con el cinturón.
A nadie le caía yo bien en la primaria. Siempre
fui el raro. Todos me pegaban y se reían de mí cuando tartamudeaba. Las niñas
me tenían lastima, pero no se me acercaban. Durante el recreo, para evitar los
golpes y las humillaciones, me escondía en la biblioteca. Una vez, durante una
clase, el maestro me pregunto algo, no recuerdo que, pero yo sabía la
respuesta. Conteste desde mi asiento, pero mi voz fue tan débil que el maestro
me pidió que me levantara. Ya se escuchaban los cuchicheos de mis compañeros.
Trate de responder de nuevo, pero el tartamudeo me lo impedía, y el salón
estallo en risa. Hice mi mayor esfuerzo por recobrar la compostura, pero fue inútil.
Cerré los ojos y sentí el sudor escurrir por mi rostro, pero eso no fue lo único
que escurrió. Sentí una humedad caliente en mi entrepierna, y un charco de
orina creció a mis pies. Todos se reían y decían cosas hirientes, incluso el
maestro se rio. El niño de atrás dijo algo, no recuerdo que, y me volteo a la
fuerza del hombro. Yo le hundí un lápiz en la mano, y le atravesé la palma. Esa
fue la primera vez que cedí al impulso.
Desde entonces, las cosas empeoraron. Me
expulsaron de aquella escuela, y tuvimos que cambiarnos de delegación para
evitar ser señalados. Recuerdo que papa me dijo "¿Te comportas como un
animal? Pues te tratare como un animal." Y lo hizo. Como sea, creo que el cinturón
ya no le era suficiente. Pero los puños no eran tan malos como el cinturón. Los
puños eran anestesia. Llega un punto en que, al golpear tanto la carne, esta
pierde sensibilidad. También mi alma se entumía. Sus palabras eran aun peor que
sus puños. Odiaba su voz. Creo que fue entonces cuando finalmente deje de
sentir.
Durante la secundaria mantuve un bajo perfil.
Esto me permitió observar e imitar la conducta y emociones de los demás. Aprendí
a fingir una sonrisa, y de esta forma, a encajar. Las cosas en casa no
cambiaban, pero yo si lo hice, y siempre conserve una fría y silenciosa ira. Después
vino el ejército, donde halle, por primera vez, un verdadero hogar. Ahí, entre
otros jóvenes inadaptados, furiosos, y llenos de testosterona, encontré mi
lugar. Descubrí que la violencia me venía bien. Ahí no solo era socialmente
aceptable, sino bien recompensada.
También ahí aprendí, por fin, a encajar. Canalice
mi ira, y construí mi mascara. Comencé a salir a fiestas, y conocí chicas. El
sexo era genial. Me sentía fuerte, y a ellas les gustaba. Pero para las mujeres
solo fui un juguete. Me usaban y luego me botaban. Solo me buscaban por sexo, pero ninguna tenia intencion de quedarse. Quiza eso pudo haber hecho una diferencia en mi vida. No se por que la gente siempre me vio como algo desechable. Nunca pude entenderlas. Sus juegos, sus mentiras, su
ternura seguida de total indiferencia. Y eso dolía. Nunca nadie me ha amado. He
conocido el placer. Me he saciado de él hasta la medula, pero no sé lo que es
el amor. Desconozco la felicidad. También aprendí a controlar ese sentimiento.
Contrario a lo que muchos piensan, la primera vez
que mate fue por defensa propia, pero ahora no quiero hablar de eso. No quiero
hablar ahora sobre mi obra, de eso ya se ha leído mucho en los periódicos, y de
momento me siento harto. Tenía que concluir lo que había empezado. En el fondo
no soy malo, pero descubrí, después de ese primer asesinato, que solo la muerte
me hacía sentir bien, pleno. Y eso es triste, si recuerdo el niño bueno y noble
que fui. ¿Sabe? Mi problema es que tengo roto el corazón en tantos pedazos que
ya es imposible repararlo. No, no estoy aquí en busca de una cura. No me entregue
por que necesite su ayuda, o la de nadie. Quiero fama, quiero sentirme respetado, adorado, admirado por los demás. Y temido. He leído cosas tan
gratificantes en Internet, en las páginas que escriben de mí mis fans. Gente
obsesionada con mi trabajo. Muchos me consideran un artista, y me gusta pensar
en mi mismo de esa forma.
Sin embargo, por mucho, mi mejor obra fue la última:
Mi padre. No sentí ni ápice de remordimiento cuando lo desollé, tampoco furia.
Incluso sentí paz cuando deje mi confesión escrita en su piel. Fue sublime.
Muchos se horrorizaron al ver su cuerpo desprovisto de piel y sangre, con su
epidermis en el regazo, sentado afuera de la iglesia de Coyoacan. Modestia
aparte, fue brillante. Solamente mis fans de Internet pudieron ver la relación
entre mi obra y "La Piedad", de Miguel Ángel, una de mis piezas
favoritas. En los medios oficiales no se dijo nada al respecto. Admito que fue
desmoralizante leer los periódicos y ver que me llamaban "loco" o
"psicópata". Soy demasiado pasional, demasiado talentoso y emotivo
como para ser considerado un psicópata. Soy una persona inteligente y culta, y
no solo les di, durante meses, algo en que pensar a los puercos, a los
periodistas, y a mis seguidores; hice un objeto de culto, y una noble labor
social. Fui el mensajero del destino, y libere a muchas almas cuyo único propósito
era hacer el mal. Soy un ángel. ¿Ahora entiende, doctor, porque mato?
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