domingo, 10 de junio de 2012

Fuego


La noche era tranquila y fría. Las estrellas brillaban silenciosas en el firmamento, y en el aire se respiraba melancolía. Adentro, en las casas, todo era fiesta y alegría. Era veinticuatro de diciembre, y Beto no tenía nada que celebrar. Entro en silencio, y contemplo el lugar: Las imágenes religiosas en la pared y vitrinas, las figuras de porcelana, los bordados que hacia su mama. La recordó a su lado, enseñándole a rezar el Padre nuestro, la única defensa que de niño tuvo contra el mundo.

Se acercó al Cristo negro que aun vigilaba la entrada. Por costumbre, más que por convicción, se persigno. Recordó como cada noche, sin importar si había sido un buen o mal día, él y Rodrigo, su hermano menor, rezaban a Dios para que los protegiera. Aunque era mayor solo por dos años, Beto solía pensar que la misión que Dios le había dado en el mundo era proteger a Rodrigo.

Él no era violento. Si había aprendido a pelear fue precisamente por defender a su hermano. Beto siempre había sido insignificante: Pálido, cabello negro, introvertido y siempre perdido en ensoñaciones. A nadie le importaba, y nadie se metía con él. Pero cuando Rodrigo entro a la primaria, las cosas cambiaron.

Rodrigo era perfecto. El consentido de su mama, el sol que iluminaba a la familia. Sumamente inteligente, risueño, y además hermoso: Con su cabello casi rubio, sus ojos color miel, su piel rosada. Parecía un querubín de esos que adornaban ciertas imágenes religiosas. Pero tanta perfección lo había hecho, aun a temprana edad, alguien cruel y arrogante. Molestaba a las niñas con bromas hirientes, y buscaba humillar a los niños con sus altas calificaciones. Pronto gano enemistades, incluso en grados superiores. Cuando los niños grandes le pegaban, Rodrigo acudía llorando con Javier quien, sin hacer preguntas, de inmediato vengaba la afrenta a su hermano. Eso los convirtió en parias durante toda la primaria.

Beto no entendía como Rodrigo podía ser tan distinto dependiendo de la persona con la que se encontrara. Con él y con la familia se daba a querer, pero siempre provocaba el odio de los demás, y a veces parecía disfrutarlo. También parecía disfrutar la violencia. A veces pensaba que Rodrigo provocaba los problemas solo para verlo pelear, e incluso le daba la impresión de que inventaba agresiones a su persona. También le gustaba el fuego.

Solía quemar "pipiolos", esos bichitos parecidos a escarabajos que solo aparecen durante una temporada al año. Cuando invadían el jardín, Rodrigo disfrutaba quemándolos con un spray para cabello y un encendedor, a manera de soplete. Una vez, durante una fiesta familiar, amarro fuegos artificiales a la cola del perro de su tía Conchita, y después encendió la mecha. Los cohetes comenzaron a tronar, y el perro corría y chillaba asustado. El pelo comenzó a prenderse, y el animalito acabo en llamas. Por más que hicieron el intento por atraparlo y apagar el fuego, todo fue en vano. Finalmente murió. Toda la familia estaba horrorizada, sin embargo, Rodrigo miro todo fascinado. Beto tuvo que echarse la culpa, y dijo que había sido un accidente.

Al entrar a la secundaria, Rodrigo había aprendido a ser agradable. Las niñas lo adoraban, y los niños lo seguían, pero marco una gran distancia con Beto. Se volvió mas reservado con sus cosas, pero Beto sabía que seguía jugando con fuego. Ahora que era "popular", Rodrigo había hecho de su hermano objeto de burla, lo que provoco pleitos entre ellos más de una vez. Sus papas pensaban que Beto estaba celoso, y seguido se lo echaban en cara. Pronto se acentuó la imagen de Rodrigo de niño perfecto, pero Beto comenzó a notar cosas que no le parecían de su hermano: En el fondo, seguía siendo cruel con las niñas. Las enamoraba y las botaba a su gusto. En la escuela era común ver a alguna llorando en silencio por él. Nunca estuvo seguro, pero sospecho que incluso llego a pegarle a una de ellas.

Pero un día, ya en la preparatoria, Rodrigo cometió un error: Llego demasiado ebrio de una fiesta, y discutió violentamente con sus padres. Mientras gritaban y peleaban, Beto observaba en silencio, listo para intervenir, de ser necesario. En ese momento, Beto pudo ver claramente en su hermano el otro yo que escondía de los demás, y que solo el conocía a la perfección. Un escalofrió lo sacudió, y sintió miedo. Su mama lloraba, y Rodrigo se burlaba, hasta que su papa no tuvo otro remedio que darle una bofetada. Rodrigo se fue a su habitación  hecho una fiera y maldiciendo. Su papa aun consolaba a su mama, y le decía que ya se le pasaría cuando el efecto del alcohol se fuera, pero Beto sabía que eso no era cierto. Sabia, o intuía, que su hermano no dejaría las cosas así.

Beto permaneció despierto esa noche, con el corazón palpitándole salvajemente. Pasada la medianoche, escucho rechinar ligeramente la puerta de Rodrigo. Lo escucho deslizándose por el corredor, en dirección a la recamara de sus papas. Abrió la puerta y vio a Rodrigo con algo brillante, pero cubierto por un trapo, colgando de su mano. Recordó la vieja lámpara de aceite que Rodrigo tenia, y supuso que este no planeaba algo bueno. Se acercó en silencio a él, y lo vio tomar vuelo y prepararse para lanzar la lámpara hacia la cabecera de sus papas. Beto alcanzo a sujetar la lámpara, pero esto solo provoco que cayera al suelo, justo a los pies de Rodrigo, quien de inmediato se convirtió en una pira humana. Sus papas despertaron con los gritos de Rodrigo quemándose. Beto se quedó petrificado, y no pudo reaccionar mientras sus papas trataban de apagar con las cobijas a su hermano. Cuando pudieron apagarlo ya era demasiado tarde: Rodrigo había muerto.

Sus padres lo culpaban por la muerte de Rodrigo, pero nunca pudieron desahogar ese coraje con palabras, pues Beto no volvió a reaccionar, así que lo internaron en el San Bernardino, que estaba cerca de casa. Al principio se le trato como paciente de alto riesgo, y se le aisló, pero después se le permitió convivir con los demás pacientes. Beto nunca salió de ese estado de trance, producto del horror. En su mente solo existían los gritos de Rodrigo, su rostro crispado por el dolor y la furia, y el fuego. Paso de esa forma varios años, reviviendo el momento una y otra vez. Con el paso del tiempo, su mente comenzó a dejar de lado la imagen de su hermano ardiendo, y comenzó a pensar en el fuego: La forma en que bailaba, como serpientes ondulando en el suelo al desplazarse; los colores que albergaba la llama, el calor agradable que producía. Por fin entendió por que su hermano se sentía tan fascinado, y comenzó el mismo a amar el fuego.

Un día, de pronto, se levantó de la cama de golpe. Había estado soñando, para variar, con fuego. En el sueño, su hermano lo llamaba desde el interior de la llama. No gritaba ni sufría, parecía cómodo, y le tendía la mano. Beto titubeo, pero por fin decidió ir con su hermano. Al tomar su mano, despertó. Se levantó de la cama y se dirigió a la salida. Las cámaras seguramente lo captarían, pero lo importante es que nadie lo vería salir, pues todos estaban muy ocupados festejando la Navidad. Además, nadie pensaba que volvería a reaccionar. Aunque para los demás estaba perdido en su mente, y aislado de la realidad, a nivel subconsciente siempre había estado presente en el mundo. Era solo que ya no se sentía parte de él. Beto se había ido aquella trágica noche con su hermano, y solo había quedado un frio caparazón. Se dirigió al baño de visitas, abrió la ventana, salió al patio, y brinco la barda, tan simple como eso. Era como si, en secreto, llevara tiempo planeando su fuga.

Ahora, en medio de tantos recuerdos, todos dolorosos, había venido a terminar lo que su hermano empezó hace tanto tiempo. Pero el, a diferencia de Rodrigo, no albergaba el mal en su corazón. Era incapaz de dañar a nadie, así que eligió ese día porque sabía que sus papas no estarían. Lo único que deseaba era estar con su hermano, al lado de Dios. Gracias a él, Rodrigo no había cometido un pecado que condenara su alma. Lo había salvado, y el precio a pagar había sido vivir un infierno. Pero no importaba, había cumplido bien la misión que Dios le había encomendado. Había sido un ángel para Rodrigo hasta el último momento.

Tomo uno de los galones de gasolina que papa guardaba de emergencia para el coche, y se alegró de ver que algunas cosas nunca cambiaban. Se dirigió a la cocina y tomo unos cerillos, después se fue a la recamara de sus papas. Contemplo una última vez aquel lugar maldito. Derramo el galón entero de gasolina sobre sí mismo. Encendió un cerillo, y se prendió fuego. No grito. Ni siquiera estaba seguro de sentir dolor alguno. Solo podía pensar en su hermano, y en que pronto volverían a encontrarse juntos, en la Gracia de Dios. Derramo lágrimas, parte de felicidad, parte de tristeza, y cerró los ojos. Conocía bien el infierno. Un último dolor, una última agonía, no lograrían quebrar su espíritu. Se sentía cómodo en medio del fuego. Su cuerpo no era importante en este, su último momento caminando por el valle de lágrimas. Ya podía sentir el dolor, y era insoportable, pero pronto terminaría todo. Finalmente, dejo de sentir. Ese cuerpo ya no era suyo. Él se disolvía lentamente, y su espíritu se elevaba hacia el cielo, en forma de humo. Por la Biblia sabía que ese olor, el del cordero inmolado, era agradable al olfato del señor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario