domingo, 16 de marzo de 2014

¿Como crear un monstruo?


Después de una violenta discusión por teléfono con Angélica, mi novia, estrangulé a Misha, mi gatita. Perdí el control, no quería hacerlo. Estaba echada en mis piernas, sobre las cobijas, así que la envolví en ellas, para que no me rasguñara, y apreté fuerte su cuello. Ni siquiera lo pensé, fue un impulso súbito, que ejecute de inmediato. Ella trataba frenéticamente de liberarse, y yo apretaba con más fuerza, hasta que, finalmente, dejó de moverse. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, el vacío en el estómago que me había acompañado todo el día, y la desesperación, se hicieron aún mayores. Lloré como no lo hacía desde niño, mientras la abrazaba y repetía su nombre, sinceramente arrepentido. Me levanté de la cama y tome su cuerpecito entre mis brazos, con la intención de llevarla de inmediato al veterinario. Confundido, y quizá en busca de consuelo, le hablé a Angélica. Pensé en decirle la misma mentira que le diría al veterinario, que así la había encontrado. El teléfono sonó tres veces, luego se cortó la llamada. Seguramente me colgó, como acostumbra hacer cuando está enojada. Insisto, pero el teléfono está apagado. Voy llegando a la puerta de salida cuando Misha reacciona. Un pequeño y lastimero maullido. La abrazo y vuelvo a llorar. Esta débil, pero bien. La llevo de regreso a la cama, y se queda dormida echa bolita junto a mí. También yo me quedo dormido, abrazándola.

*

Cuando estoy con Angélica todo es perfecto. Me cubre de amor, y siempre tiene detalles conmigo. Platicamos, reímos, hacemos planes a futuro, nos la pasamos bien. Pero cuando platicamos por Facebook o Whatsapp, no la soporto. Se vuelve una persona completamente distinta. Es fría, arrogante, paranoica, cortante, ofensiva e irracional. Incluso he llegado a pensar que es otra persona la que está al otro lado de la línea. Ayer discutimos, como siempre, por una estupidez. Se enojó porque una amiga, a la que según Angélica le gusto, le dio "like" a algo que escribí. Como siempre, terminé pidiéndole disculpas. Pero ella no sabe perdonar, y una vez que se enoja, no se detiene hasta que ambos explotamos. Me insulta, me manda a la chingada, y me ignora todo el día. No contesta mis llamadas, mensajes, inbox y Whats. No soporto que me ignore, y eso es lo que me hace perder el control.

*

Después del episodio con Misha, Angélica viene a verme. En un principio me emociona y da mucha alegría verla. En otras ocasiones, cuando peleamos, ella llega de sorpresa a mi casa para hacer las paces. Me lleva de comer, o algún regalito, y vuelve a ser la misma mujer tierna de la que estoy enamorado, pero esta vez no es así. Viene decidida a terminar conmigo. Le pido que hablemos, pero no quiere escuchar. Me pide que le regrese las cosas que me ha regalado, le digo que no. Trató de calmarla, pero está furiosa. Discutimos, y ambos decimos cosas de las que después habremos de arrepentirnos. Ella me cachetea en dos ocasiones. La detengo de las muñecas y caemos a la cama en un violento forcejeo. Cuando por fin se calma, le digo que la voy a dejar ir, que la amo, pero que no volveré a buscarla ni molestarla. Nos levantamos, caminamos hacia la puerta, y entonces me besa y me dice que no quiere perderme. Nos besamos apasionadamente, y comenzamos a desvestirnos, pero yo no puedo lograr una erección. No puedo excitarme. Es como si mi cuerpo y mi mente estuvieran en distintos lugares. Entonces ella pone mi miembro en su boca, y por fin comienzo a sentir. Me monta, y cogemos fuerte. Angélica entierra sus uñas en mi piel, rasguñando en varias ocasiones mi pecho y abdomen. La amo, pero me aterra ver el rencor que me tiene. Después del orgasmo, caemos rendidos uno en el cuerpo del otro. Se recarga en mi pecho, y antes de quedarse dormida, me dice que me ama. Entonces me siento inmensamente feliz, hasta que veo los moretones que dejé en sus muñecas cuando la detuve.

*

Duermo. Mis sueños son una mezcla entre actos pornográficos inacabados e imágenes de violencia extrema.

*

Hoy estuvimos todo el día tranquilos. No pudimos vernos, pero nos escribíamos. Por la noche salí a comprar algo de cenar, pero olvidé mi celular en la casa. No le di importancia, pero al regresar tenía varias llamadas perdidas de Angélica, y mensajes donde me decía lo encabronada que estaba por no contestarle. Pasó las siguientes dos horas tratando de calmarla y explicarle, pero es inútil. Ya no sé cómo disculparme, o qué más decirle, entonces exploto. Apagó el teléfono, y salgo a cazar.

*

Cada que mato a alguien veo en esa persona a mi padre. Algún gesto, una palabra, o su apariencia física me lo recuerdan y detonan toda la ira contenida en mí. Odiaba su violencia, su machismo, su estupidez. Por eso busco tipos que me lo recuerden. La primera vez qué lo hice fue obedeciendo un impulso incontrolable. Le destroce la cabeza a un desconocido con un bat de baseball. Fue un porquerillero. Aunque fue agradable liberar toda esa cantidad de energía, no me gustó quedar empapado de sangre. La segunda vez puse una cobija sobre la cabeza antes de machacarla. Fue limpio, pero me sentí estúpido. Después quise probar algo distinto, y degollé al individuo. De nuevo fue sucio, pero me gustó su resistencia ante lo inevitable, y someterlo. Ayer, tras lo de Misha, por fin descubrí el que habrá de ser mi método.

*

Conozco desde hace años a este vecino. Su esposa lo abandonó hace poco, y se llevó a los niños. Hace unos días me enteré que el tipo les pegaba. Entró sin hacer ruido por una ventana que rompí hace dos días con una pelota. Estando en la sala, tiró un vaso de vidrio al suelo, y se rompe escandalosamente. Espero escondido a que el salga a ver qué sucedió. Entonces, en medio de esa oscuridad parcial, a la que mis ojos ya se acostumbraron, rodeo su cuello con un cable, y aprieto con fuerza. Forcejeamos con violencia, como si estuviera montando un toro mecánico. Tiramos la mesa y chocamos contra el sillón. Finalmente logro someterlo, y siento como su vida se apaga tras una exhalación. Un negro silencio llena el ambiente. ¿Me siento mejor? Sí, pero es un placebo. Me recuesto boca arriba, y con las extremidades extendidas y relajadas, al lado del cuerpo, en el suelo frío. Permanezco unos minutos ahí, en completa calma. Incluso mi cabeza se siente limpia y vacía de pensamientos. Entonces una lágrima escurre por mi mejilla. ¡Dios! ¡Que ganas tengo de que Angélica me abrazara!

domingo, 12 de enero de 2014

La sonrisa del payaso


Risitas, el payaso qué le había enseñado el arte, le contó la historia de un pobre tipo que un día, estando muy deprimido, fue a visitar a un doctor. Éste le dijo que no había mejor remedio para curar su tristeza que ir a ver al payaso Pagliachi. El tipo comenzó a llorar desesperado, y le dijo al doctor "Pero doctor, yo soy Pagliachi".

Ese día mientras se maquillaba frente al espejo, recordo aquella historia. Su padre solía decirle que, además de feo, era estúpido, y que nunca haría nada importante en su vida. A pesar de que odiaba al viejo sabía que en cierta forma tenía razón: Con esa cara no iba a llegar a ningún lado. Pero comparado con sus compañeritos de primaria, cuya crueldad no conocia limite, y mas tarde con la gente que conocio en la calle, su padre era una dulce monja. Su cara, fea y llena de cicatrices de acne, siempre fue un problema y un gran dolor para el. Fue así cómo comenzó a pintarse. También, con el tiempo, aprendió a reírse de sí mismo. Riendo por fuera, llorando por dentro.

Lagrimitas se sacudió de la cabeza aquellos pensamientos, y se dispuso a subirse al camión, decidido a poner en práctica su nueva rutina. Después de las presentaciones, comenzó:

- Soy tan feo que cuando naci el doctor, en vez de darme una nalgada, cacheteo a mi mamá. Despues, el doctor fue a la sala de espera y le dijo a mi padre: "Hicimos lo que pudimos... pero nació vivo". Soy tan feo que cuando nací no lloré yo, lloraron mi papá y mi mamá. Mi mamá no sabía si quedarse conmigo o con la placenta. Como era prematuro me metieron en una incubadora... con vidrios polarizados. Mi madre nunca me dio pecho, me daba la espalda. Yo siempre fui muy peludo. A mi madre siempre le preguntaban: "Señora, a su hijo ¿Lo parió o lo tejió?" Mi padre llevaba en su cartera la foto del niño que venía en ella cuando la compró. Pronto me di cuenta que mis padres me odiaban, pues mis juguetes para la bañera eran un radio y un tostador eléctrico. Soy tan feo que cuando jugaba a las escondidillas nadie me buscaba. Una vez me perdí. Le pregunte al policía si creía que íbamos a encontrar a mis padres, y me contesto: "No lo sé; hay un montón de lugares donde se pudieron haber escondido". Soy tan feo que me exhibían en una feria por teléfono. Soy tan feo que hago llorar a las cebollas. Y para colmo era muy flaco, tan flaco que para hacer sombra tenía que pasar dos veces por el mismo lugar. Tan flaco que el único trabajo que me ofrecían era para limpiar mangueras... por dentro. Pero mi problema no es ser tan flaco, sino ser feo. Mis padres tenían que atarme un trozo de carne al cuello para que el perro jugara conmigo. Sí, amigos, yo soy feo, tan feo que una vez me atropelló un auto y quedé mejor. Soy tan feo que un día tiré un boomerang, y éste no regresó nunca mas. Cuando me secuestraron, los secuestradores mandaron un dedo mío a mis padres para pedir recompensa. Mi madre les contestó que quería más pruebas. Tuve que trabajar desde chico. Trabajé en una veterinaria, y la gente no paraba de preguntar cuando me sacrificarían. Un día llamó una chica a mi casa diciéndome: "Ven a mi casa, no hay nadie". Cuando llegué, no había nadie. El psiquiatra me dijo un día que yo estaba loco. Yo le dije que quería escuchar una segunda opinión. Me dijo: "De acuerdo, además de loco, es usted muy feo". Una vez me iba a suicidar tirándome desde la terraza de un edificio de 50 pisos, mandaron a un cura a darme unas palabras de aliento, y este dijo: "En sus marcas, listos..." El último deseo de mi padre antes de morir era que me sentara en sus piernas. Lo habían condenado a la silla eléctrica. -

Era genial, la rutina había funcionado a la perfección. Sus chistes, combinados con su habilidad para contarlos, tuvieron al público riendo a carcajadas todo el tiempo. La gente del camión incluso le aplaudió. Lagrimitas sonreía y agradecía amablemente. Eran las ocho y media de la noche, la hora pico de las salidas de trabajo y escuelas.

Cuando Lagrimitas, usando su voz más tierna, les pidió todo su dinero y celulares, la gente volvió a reír. Fue entonces cuando sacó la 48. La gente comenzo a gritar. Habil e imponente, Lagrimitas los callo a todos con un voz grave y ronca. Dos tipos se levantaron de sus asientos, y con pistola en mano, comenzaron a despojar a los pasajeros de sus pertenencias. La sonrisa de Lagrimitas era ahora una mueca que a mas de uno le causo pesadillas por semanas. El atraco no duró más de 5 minutos, después de esto, Lagrimitas y sus dos cómplices huyeron, perdiéndose entre las calles. Lagrimitas se sentía satisfecho, retribuido. Como dicen, quien ríe al último...

domingo, 5 de enero de 2014

Demian


* Relato escrito en coautoria con Shandi

I

Sentía que algo me llamaba. Algo muy dentro de mí. Inexplicable, pero omnipresente. Constantemente se asomaba y colocaba en mi mente imágenes apocalípticas, reflejos de aquellos deseos que anidaban en las sombras de mi corazón. Recuerdo una época obscura en la que una parte de mi se sostenía sólo de sueños, creando oraciones cubiertas de lágrimas de cristal. Cada noche era igual, deseando encontrar mi alma separada por los Dioses. El mito del Andrógino. Pero cada llamado quedaba sin respuesta. Sumergida en la negrura de mi soledad, que parecía infinita, pasaron los años, y ya había perdido la esperanza de hallar ese sentido de perpetuidad y trascendencia. Hasta que llego Demian, mi oración hecha carne y sangre.

Pero fue hasta esta eterna y fría noche de otoño cuando lo conocí en verdad. Nuestra luna de miel. Llevábamos dos años saliendo, y hacia seis que me propuso matrimonio en el Miralto, donde corono una magnifica cena con un bello anillo de oro blanco y varios puntos de diamante. Después de la ceremonia en la iglesia de Coyoacán, que estuvo llena de casa blancas, hubo un pequeño brindis familiar; después, partimos rumbo a París. La noche, en todos los sentidos, fue mágica: Nos hospedamos en el Champs Elysees, asistimos al Palais Garnier a una opera de Jules Massenet basada en el Werther, de Goethe, y cenamos en el Benoit, en la rue Saint Martin. Después de la cena decidimos caminar, tomados de la mano, hasta el Sena. Parecíamos niños enamorados, riendo por todo y nada, jugando y caminando dentro de la negrura de ese instante. Después de un rato de caminar por oscuras callejuelas, nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido. Aun así, reímos como tontos. No le teníamos miedo a nada.

De pronto, noté a Demian tenso y alerta, como animal salvaje. También noté que sostenía en su otra mano una pluma. Las risas cesaron. Demian me pedía que tratara de caminar rápido, y que no me separara de él. Hasta entonces fui consciente de la soledad del lugar, y la oscuridad que nos rodeaba. Ni siquiera había ya mujeres de la vida galante en ese tramo por el que caminábamos. A pesar de todo, no me sentía angustiada, sino alerta. Sí hubiera estado con cualquier otra persona probablemente hubiera tenido miedo, pero con Demian, no sé porque, siempre me sentía segura. También me sentía observada. De pronto, mi amado acompañante se retiró los lentes, y los guardó en su saco. Él también lo había sentido. Todo sucedió muy rápido: Sentí como una mano, que no era la de Demian, me tocaba de forma indecente, y trataba de acercarme a sí, tomando el talle de mi cintura. El frío que nos rodeaba ya no existía; el infierno había llegado a nosotros. Me paralicé un momento, pero aun así percibía mi sangre hirviendo; era como ver todo en cámara lenta. Sabía que tenía que salir de ahí, y tratar de buscar donde refugiarme, pero algo en mí no me dejó partir, realmente necesitaba estar en ese lugar, y ver cada cuadro del suceso. Escuche una sucesión de palabras en francés, que me parecieron insultos, y una risa estúpida burlándose de Demian, quien aun permanecía en calma. Pensé en algo que había escuchado con anterioridad “La Sonrisa del Diablo”, cuando el rostro de mi amado, el hombre que yo había tenido entre mis brazos, cambiaba hasta distorsionarse en algo que no puedo describir. Mi corazón palpitaba salvaje, comulgando con esa metamorfosis.

Demian me puso detrás de sí, donde permanecí todo el tiempo. La pluma que sostenía fue a parar al costado izquierdo de nuestro atacante, por debajo de las costillas. Se fundieron en un violento forcejeo, que también parecía un apasionado abrazo, y rodaron por el suelo como amantes. Mientras el otro gritaba, Demian seguía penetrando su carne una y otra vez. La noche se cubrió de sangre. Mi mente percibía todo como un eco brilloso y lejano, y a la vez estaba presente en cada golpe que Demian descargaba en el rostro del otro, ésta vez con el puño. Era excitante. No sentía ningún tipo de lástima por el maldito, que estaba prácticamente deforme por cada uno de los golpes que había recibido. De pronto todo se detuvo, y la noche quedó en silencio. Demian se reincorporó lentamente, y fue hacia mí, con las manos y el rostro salpicados de sangre. Su gesto reflejaba sorpresa, quizá porque había perdido conciencia, por un momento, de que yo estaba ahí, observando. Lo abrace tranquilamente, y a media voz le dije:

- Gracias.-

Él estaba desconcertado por mi reacción. El otro no podía moverse por la brutalidad de la que había sido objeto, pero yo sabía que el que esa bestia siguiera respirando no me permitiría vivir en paz. Cubiertos por el manto de la noche, y ocultos entre unos arbustos, miré a Demian a los ojos y envolví con mis manos la suya, que nuevamente sostenía la pluma. Lo acerque a mi rostro y lo bese. Hubo entre nosotros un silencio que fue una verdadera comunión, una íntima complicidad. Escuche su voz, grave y cálida, diciéndome:

- Sólo pídemelo.-

Él había visto en mis ojos algo perverso que también habitaba en mí, pero no quería que yo me entregará a eso. Quería pedirle que terminara con el otro, para que todos pudiéramos estar en paz, pero no me atreví. Me dio la espalda y camino hacia nuestro agresor. Se puso en cuclillas, tapo los labios del otro con una mano, con la otra, clavo la pluma en su cuello. El otro forcejeo, pero Demian lo sostuvo en silencio y con calma, casi como si fuera un ritual. Después permaneció en silencio, como rezando. Me acerqué y vi que Demian lloraba.

-No quería que vieras esto. En verdad quiero una vida a tu lado, y estar en paz contigo, pero entiendo sí ya no quieres estar con alguien como yo”. –

Camine hacia a él. No podía entender lo que decía, o más bien, porque lo decía. Era como ver a un lobo después de matar a su presa. Sólo quería abrazarlo. Lo rodeé con mis brazos, y con un cálido beso bebí las lágrimas que corrían, tímidas, por sus mejillas. No había miedo, ya no sentía la ira que me recorría minutos antes; era conmiseración lo que sentía, y un profundo amor hacia él. Lo alejé del cuerpo, retiré la pluma, y la cubrí con algunos pañuelos desechables que tenía; después la guardé en mi bolsa. Del cuerpo inerte del otro tomé cartera y celular, para que pensaran en un robo. Con los otros pañuelos trate de limpiar posibles huellas digitales nuestras, como hacían en la tele. Mientras, Demian tiraba por una coladera su camisa blanca, quedándose sólo con una playera negra y el saco. Ya había limpiado su rostro y manos, supongo con la camisa.

Llegamos al hotel. Pocos metros antes de la entrada, tirada sobre la banqueta, yacía una rosa. La levanté algo dudosa, pero me pareció una señal de que todo iba a estar bien. Se la mostré y él sonrió. Su mirada había vuelto a ser la de siempre, tierna y cálida. Entramos al hotel como si nada hubiera ocurrido. Entramos a nuestra habitación, e inmediatamente fue a bañarse. Me quedé sentada en la cama viendo la rosa, tratando de asimilar todo lo sucedido. Fui testigo de esa oscuridad que él había tratado de esconder inútilmente de mi durante mucho tiempo, y él había visto la que habitaba en mí. Un escalofrío me recorrió, comencé a llorar, tenía miedo, miedo de que lo ocurrido me hiciera perderlo, y en ese momento alcé nuevamente una oración, con un único deseo, estar con él por toda la eternidad.

Salí de mis pensamientos al oír la puerta del baño abrirse. Posé mis ojos en mi amado Demian. Su rostro mostraba el peso de la culpa y la aflicción. Me miró buscando perdón. Se sentó a mi lado, y quedamos por un momento en silencio. Descansé mi cabeza en su hombro derecho, y el silencio se rompió por un profundo suspiro que provenía de sus labios. Llevó sus manos a la cabeza. Estaba desesperado y enojado. Trató de levantarse y lo detuve. Tomé su rostro con ambas manos, lo miré a los ojos y le dije:

- Te amo, y no te dejaré solo. –

Se tiró a mis pies, y sólo escuche:

- Perdóname Sara, no quiero esto para ti, mereces más. –

Me hinqué junto a él, tomé su rostro entre mis manos, y no dejé que dijera más. Con un beso sellé sus labios, obligándolo a guardar silencio. Entonces lo atraje hacia mí...

II

Una fantasía puede llegar a ser más poderoso bálsamo que nos vincula con nuestras pasiones, y el más resistente símbolo de fragilidad, pero el llevarla a la realidad resulta tan contundente como un huracán, puede definir todo el trayecto de la forma en como coexistiremos con lo deseado. La fantasía, un poderoso veneno insustancial, porqué al final es morir en el Nirvana, renacer en el Olimpo, o vivir en la decepción de los encuentros.

La habitación esta decorada con detalles exquisitos, con un delicado estilo de película del Hollywood de los 40’s, pero cubierto por una total oscuridad. Sólo flota un suave reflejo de luz que surge del gran ventanal, pero es más que suficiente para visualizar nuestras figuras, estéticas y esbeltas, enredándose en esta desenfrenada danza de amor.

Me excita mucho vernos por el reflejo del techo. Yo boca arriba, abierta como las alas de una paloma; el sobre mí, embistiéndome como un toro. Mis manos recorriendo sus nalgas, sus tatuajes. Mis piernas enredadas en su cintura. Sus piernas, sus brazos, y su espalda moviéndose rítmicamente, penetrándome con fuerza. Me veo a mi misma mordiendo el lóbulo de su oído izquierdo, justo donde está su arracada, y diciéndole en susurros todas las obscenidades que quiero que me haga. Terminamos al mismo tiempo. Se viene dentro de mí con un orgasmo glorioso. Estoy empapada. Decido ir abajo a secarme.

Cuando regresó, poseído por no sé qué demonios, Demian me ata de pie al poste de la cama. Yo sé cuanto lo hacen sufrir sus celos, cuanto desea que mi mirada no se pose, ni por accidente, en ningún otro hombre, ni pronuncie un nombre que no sea el suyo. Trato de satisfacerlo siempre, en medida de lo posible, pues me brindaba un perverso placer tener a ese hombre, oscuro y complejo, loco de deseo. Esta noche, y el resto de mi vida, estoy dispuesta a complacer todas sus excéntricas exigencias. Él es mío, y yo suya. Nos pertenecemos.

Siento el calor de las cuerdas en mis muñecas, mi respiración y corazón acelerados e impacientes, tratando de anticipar el juego de mi amado. Estoy por completo a su merced, ansiosa por que me vuelva a hacer suya. Súbitamente se detiene, y va a sentarse en aquel sillón blanco, deleitándose al contemplar cada centímetro de mi cuerpo, como si tratará de grabar en su mente cada detalle de mi figura. Se sirve una copa de absenta. Yo llevo puesto para el un delicado conjunto de encaje blanco, acompañado de unas medias de red que llegaban hasta mis muslos. Agregué al atuendo unas finas zapatillas negras con tacón de aguja, pues se cuánto lo enloquecen.

Demian deja en una pequeña mesa la copa, y se dirige, sigiloso, hacia mí, como cazador, con una mirada decisiva y penetrante que se me clava. Soy su presa. Da vueltas a mí alrededor, como en alguna clase de ritual previo. Sutil, apenas imperceptible, pasa el dorso de su mano por mis nalgas, acariciándolas. No puedo evitar un gemido. Mi espalda se arquea como con vida propia. Se detiene detrás de mí, y puedo ver por el espejo como se hinca. Muerde y besa mis nalgas, mientras aparta con sus dedos la tanga. Después se pone a lamer mi intimidad. Me excita mucho sentir sus labios y manos recorriéndome por completo, no me deja duda alguna de cuanto me desea y necesita de mí.

Se acerca a besar mi cuello; susurro en su oído: Soy sólo tuya, quiero que hagas de mi todo lo que habías deseado. Y con esas palabras detoné su pasión. Nuestros labios se funden; jugamos con nuestras lenguas. Eufórico, hace a un lado el encaje que cubre mis pechos. Sus manos juegan con mis senos, su boca y lengua retozan en mis pezones, estoy temblando con cada cosa que él hace. Parece saber exactamente lo que deseo. Quiero sentir su piel desnuda en la mía. Quiero besar sus tatuajes, lamer sus tatuajes. Me excitan. Entonces veo la navaja en su mano derecha. Recorre suavemente con ella mi cuerpo semidesnudo. No tengo miedo, paradójicamente me excita aún más. Corta con contundentes pero delicados movimientos mi ropa, dejándome completamente expuesta a él. ¡Ya no puedo más! Necesito tenerlo dentro de mí. Clava con fuerza la navaja en el buró que está a mi lado. Me suelta las manos, pero sólo para volver a amarrarme, esta vez con los brazos en la espalda, y me arroja con delicadeza a la cama. Estoy impaciente, siento que no podré más. El baja y vuelve a lamer mi intimidad. Me hace gemir con fuerza, mientras me estimula con sus dedos y lengua. Sabe justo lo que mi cuerpo necesita. De nuevo exploto en un brutal orgasmo, llenando su boca de mí. Pero aún quiero más, lo quiero a él. Se levanta, y yo volteo. Nuestras miradas se cruzan, y puedo ver como esboza una sutil sonrisa de satisfacción, logró lo que deseaba. Hincado detrás de mí, acaricia mi intimidad con su miembro, subiendo y bajando desde mi clítoris hasta aquella otra entrada, la que por siglos ha estado prohibida por las religiones patriarcales. Estoy temblando. Me penetra suavemente por esa otra puerta.

Muerdo la almohada con fuerza. Mis manos, atadas hacia atrás, extienden los dedos y acarician el bello de su pubis. Ambos sentimos cuando llega hasta el fondo. Lo escucho gemir, y eso me prende más. Entonces comienza a darme con fuerza, pero cuidando de no hacerme daño. El placer recorre todo mi cuerpo, estoy temblando a merced de él. Mis senos se mueven al ritmo en que él me penetra. Tendré un magnifico orgasmo; uno como nunca antes había tenido. Es cuestión de segundos antes de que todo vuelva a detonar. Mi piel se eriza. Estoy temblando, y mis pezones están duros. Cada sensación se magnifica. Puedo sentir su sudor gotear por mi espalda, hasta mis nalgas. Con una mano toma el cabello de mí nunca, sujetándome con firmeza, pero sin violencia, y llevándome hacia él. Siento dentro de mí la cálida humedad de su orgasmo, mezclado con el mío. Lo escucho rugir como animal.

Mi amado Demian me abraza con fuerza. Se aferra a mí. La fusión no ha terminado, respira con dificultad, pero eso no le impide tomar mi rostro entre sus manos y besarme con ternura, para decirme que me ama. Con mucho cuidado me desata, mientras me besa con devoción. Pienso en aquel reflejo en el techo, que ha sido testigo de cada cosa que hemos hecho hoy. Me situó frente al espejo, dándole la espalda. De inmediato Demian se sitúa detrás de mí, y me abraza. Me pregunta si me gusta cómo nos vemos juntos. Le respondo con la sonrisa de una mujer locamente enamorada. Me fascina, y no quiero otra piel que me cubra que no sea la suya. Sólo quiero ser su mujer. Nunca nadie me había besado, mirado y tocado como él lo hace, con esa mezcla de amor, de pasión, de ternura y deseo que lo hace aún más siniestro, y tan mío.

Me recorre nuevamente con sus manos. Puedo sentir su aliento en mi cuello, y lo escucho diciéndome que me ama, que soy su mujer, su amiga, su confidente, su amante, su todo. Toma mis caderas, y vuelve a penetrarme. No me di cuenta que de nuevo estaba excitado. Pone sus manos en mis senos, juega con ellos y los aprieta, baja una de sus manos, y me masturba. Nunca deja de mirarme en el espejo, cada detalle y cambio que hay en mi cuerpo, y cada gesto que se detona ante todo lo que hace conmigo. Vuelve a terminar dentro de mí.


Volteo para besarlo. Lo abrazo colgando de su cuello, como chiquilla, y le digo que lo amo. Descanso mi cabeza en su hombro. Demian me carga y me lleva hasta la cama, se recuesta a mi lado y acaricia mi rostro. Me mira con ternura, y me besa suavemente. Me recuesto en su pecho. Siento su mano acariciar mi cabello. En la oscuridad, casi como un susurro, comienza a cantarme con su grave, pero dulce voz. Demian es mi oración hecha vida; mi ángel caído, pero de la guarda, y yo seré suya por siempre. Me hace sentir tan amada y protegida...

domingo, 29 de diciembre de 2013

Nuestra Señora de la tristeza



De la negra escultura que adorna la plaza,
desde que yo era niño conozco la historia:
Fue esculpida por un atormentado poeta,
para honrar de su amada la triste memoria.

Dicen que juntos eran perfectos,
que habían nacido el uno para el otro.
La musa bella, dulce y sensible,
el poeta desgarrado, apasionado, y loco.

Juntos eran el signo de Géminis,
los amantes perfectos del Tarot,
la simetría oscura de un Rorschach,
las mitades extraviadas de un antiguo dios.

Pero había algo que ambos deseaban,
y que a veces hacia sombra en su felicidad:
Él no lograba inmortalizarla en su arte,
ella, con el divino regalo de la paternidad.

Una noche, sin embargo, ocurrió un prodigio;
nadie sabe de dónde surgió esa enorme obsidiana.
Se dice que a la luz de la luna hicieron el amor,
postrados ante aquella majestuosa deidad pagana.

Al poco tiempo, ella se preparaba para ser madre,
pero el, aunque feliz, aun no encontraba inspiración.
Se consumía pensando que violaba un pacto,
por lo que sus días giraron en torno a esa obsesión.

Se volvió distante de su amada,
quien no le pedía nada más que su amor.
El, estúpida víctima del orgullo,
lleno aquellos días de amargura y dolor.

La luna roja de octubre marco el destino aquel día.
En medio de gritos y sangre, el parto se dio.
El ya nunca compensaría el tiempo perdido,
pues el hijo nació muerto, y la madre no sobrevivió.

A partir de entonces, martillo y cincel en mano,
se entregó con desesperación a su nueva obra.
Ya no había poesía en su voz y alma,
solo la imagen fija de su difunta esposa.

Ebrio de dolor, soledad y llanto,
trazo a su musa en la obsidiana.
Su trágica belleza permanecería,
solo en la muerte logro inmortalizarla.

La escultura fue abandonada en el atrio de la iglesia,
pero aquel terrible poeta desapareció.
Algunos dicen que partió al exilio,
otros dicen que de tristeza murió.

Su trágica historia de amor fue heredada a mi pueblo,
que ahora es conocido por su poética destreza.
Nosotros somos los desterrados hijos de Eva,
amparados bajo el manto de Nuestra Señora de la tristeza.

domingo, 27 de octubre de 2013

El rock de la cárcel



Esto le pudo pasar a cualquiera, en cualquier momento, en cualquier parte del mundo; pero me sucedió a mí, pequeño burgués hijo de casa. Aquel día, nos encontrábamos mi mejor amigo, Armando, y yo, esperando a nuestra amiga Sara en su casa, platicando con su mama y con Jimmy, su hermano menor (por dos años), de baseball, deporte que el practicaba con fanatismo.

Habíamos quedado de ver a Sara a las 4:00 pm para ir al cine. Si, ambos éramos unos estúpidos e inocentes chamacos de diecinueve años, enamorados de la misma chica. No sé que métodos empleaba Armando para conquistarla, pero a mí las cartas, los poemas, y las canciones, me habían dado buen resultado, pues Sara y yo ya nos habíamos besado en dos ocasiones. Siempre pensé que si Sara no me daba el "si", era para no lastimar a Armando. Ella, la bonita de la escuela, con sus rizos rubios, sus hermosos ojos azules, y un cuerpo que hacia imposible quitarle la mirada de encima, se habia fijado en mi, y hasta la fecha nunca he entendido por que, pero supongo que eso ya no tiene la menor importancia.

Pasaban ya de las cinco, mas bien, casi eran las seis, y Sara no aparecía. Por aquellos días, previos al año dos mil, el boom de los celulares aun no nos alcanzaba, y no había forma de comunicarnos con ella. Su mama estaba preocupada, pero disimulaba platicando con nosotros. Yo también me sentía inquieto. De pronto, se abrió la puerta de la casa, y Sara entro hecha un mar de lágrimas, con la blusa rasgada en jirones, y sangre en la cara. Todos nos levantamos como rayo para ver que le pasaba. Entre sollozos, nos platico que unos tipos, que por lo general se reunían a tomar afuera de una casa, y a molestar a cuanta chica pasaba por ahí (ya antes le habían dicho "piropos" vulgares a Sara), ese día, envalentonados por el alcohol, habían decidido ir mas allá: La sujetaron entre dos y la metieron a la fuerza a la casa, donde la manosearon y trataron de abusar de ella. Por suerte para Sara, los tipos estaban demasiado ebrios para coordinarse, y ella logro huir dándole un botellazo en la cara a uno.

Mientras Sara nos contaba todo esto, Jimmy se metió a su recamara. Salió armado con un bat de baseball largo, y sin decir palabra, le aventó uno igual a Armando y uno más corto a mí, y salió a la calle hecho una furia. Su mama nos pidió alcanzarlo y detenerlo, antes de que hiciera una tontería. Para cuando yo salí, Armando ya lo había alcanzado. Intercambiaron unas palabras, que por la distancia y la ira de Jimmy no pude entender, y Armando se le unió con la misma convicción asesina. Yo trataba de alcanzarlos, pero sin poder pensar claro.

Vi a Armando abrir la puerta de aquella casa, el numero 23, y entrar junto con Jimmy. Cuando cruce la puerta vi que repartían golpes a diestra y siniestra a los presentes, todos hombres. Habría como doce tipos, y antes de que alguno reaccionara, yo me uní a mis amigos. El sonido de la violencia se tatuó para siempre en mi alma. Vi al dueño de la casa, un ruco con más mala leche que todos los malandros con que se juntaba, entrar a un cuarto, y lo seguí. Me lo tope en la puerta, tratando de ponerle el cargador a una pistola, lo cual impedí con un batazo. Supongo que fue el frenesí, la adrenalina, lo que en un principio me hizo actuar de forma tan violenta, pero luego recordé a Sara, golpeada y llorando, y sentí como la ira llenaba cada rincón de mi alma, en ese entonces, inocente. Descargue todo el odio que sentía en aquel tipo.

Vi como la nariz se le partía a la mitad. Vi sus dientes explotar y su mandíbula brincar hacia un lado. Sentí como sus costillas se hundían bajo el peso de mis golpes, al igual que su rodilla. Lo escuche maldecir, gruñir, suplicar y llorar. Lo vi cubrirse de sangre y perder el conocimiento. Incluso vi cuando su craneo se partia, y aun así, no me detuve. Fue entonces cuando entraron los polis, apuntándome con sus armas y exigiéndome que levantara las manos. Ese momento fue como si despertara de un sueño para entrar a una pesadilla. Recuerdo que pensé "Dios mío, estoy perdido". Yo, inocente niño burgués, no sabía en qué me había metido.
 
*
 
- Agáchate y tose. - Me dice un tipo obeso. Yo me encuentro completamente desnudo. Acto seguido, hurga dentro de mi trasero con un guante de látex y una lamparita
Así perdí mi "otra" virginidad.
 
Después, un oficial me hizo un verdadero favor:
- Chavo, te ves muy "junior", así que te voy a hacer un paro. - Después de decir esto, me rapo con maquina a la cero. - Te voy a dar un consejo: No hables hasta que alguien te hable, y cuando lo hagas, hazlo poco. Pon cara de enojado, pero no andes de farol, y no dejes que vean que te estas cagando de miedo, o vas a terminar siendo la putita de alguien, y si alguien te la hace de pedo, de inmediato rómpele su madre; probablemente sus amigos te revienten de inmediato, pero si no te pican, ya la hiciste. -
Por suerte no tuve tiempo de para usar sus consejos, salvo no estar de farol, poner cara de enojado, y hablar poco, pues desde el primer día el Púas me adopto.
Llegue siendo una especie de pinche celebridad, pues todos querían conocer a uno de los morros que se habían chingado a los Cholos, una pinche bandita de roba coches. El tipo al que mande a "echar pestaña" era el Gordo (después supe que no había muerto, pero lo deje en coma), el chingón de ellos. Si no hubiera sido por el Púas, muchos hubieran querido hacerse de nombre a mis costillas, pero eso nunca paso.
El Púas se identificó conmigo, pues estaba guardado por haberse chingado al cabron que violo a su hija. Él siempre fue paternal conmigo, y me enseño muchas cosas, pero sobre todo a nunca arrepentirme de hacer lo correcto.
Lo primero que tengo que decir de la "cana", como le dicen a la peni, es que no es como en las películas: Ahí no hay habitaciones de lujo para dos, sino cuartos culeros y apestosos donde meten hasta de a doce cabrones, aunque a la mitad le toque dormir en el suelo. No existe "lo tuyo y lo mío", todo es de la banda, y te chingas. Aquí tampoco hay un patio con cancha de tierra, todo es cemento, y el patio parece un mercado o el recreo de una escuela de malandros. No hay comedor con charolitas y fila, o te lleva de comer tu familia, o compras en una de las tres tienditas, donde te venden, además de la comida, caguamas en $100 (en bolsa, de pendejos te dan envases para que hagas "puntas" o Molotov), cigarros de a $10, porros de a $100, y grapas, rebajadas con harina, en $200.
A mi mi familia me dejo abandonado. Me convertí no en la oveja negra, sino en la deshonra, la vergüenza, y simplemente me dieron la espalda. Tampoco Sara me fue a ver. Después supe que su familia se había ido a vivir a Morelos. Nunca la culpe por eso. Armando tampoco me visito nunca. Supongo que estaba demasiado asustado como para hacerlo. Estaba completamente solo.
La neta es que las primeras semanas todo el tiempo tuve el puto nudo en la garganta, pero me aguante las ganas de llorar. En la peni no hay intimidad, hasta las paredes oyen y hablan, y una sola pinche lagrimita derramada me hubiera convertido de inmediato en puta. Me aguante, y así me hice duro. El Púas me enseño a "dilerear" para hacerme de varo y tener que tragar.
A los dos meses yo ya era un malandro: A todo mundo le vendía, a todo mundo le hablaba, y rápido me volví bien carrilla y alburero. Las señoras de las tienditas me invitaban mi pozole, y hasta los polis me regalaban cigarros (un me los fumaba, los vendía). Todo mundo conocía al "Güero", como me decían, pero sabían, sobre todo, que el Púas era quien me hacia el paro, quien llevaba el bisne, y a quien yo le daba un 50 de ganancia de todo lo que moviera. Un 30 era para los polis, y el resto para mí. Mantuve, de pura suerte, mi reputación de cabron por casi haberme cargado al Gordo, así que nunca nadie se metió conmigo.
Al principio, aunque nadie me lo crea, todo estuvo chido, y rápido me olvide de allá afuera. Nunca nadie me llamo a declarar, nunca vi a un abogado, o algo por el estilo, y nunca nadie me dijo algo sobre mi situación legal, pero me valía madres, pues allá afuera nadie me esperaba, y todos me decían que me dejarían salir en menos de tres años, pues no había matado al Gordo. Pero los problemas empezaron el día en que ingresaron al Negro, un pinche violador.
Aquel día, el Púas mando por mí. Recuerdo que estaba en el patio, coqueteando con la hija de un compa que había ido a llevarle comida, y que siempre me guardaba una torta de milanesa. Cuando llegue, tenían al Negro, tan madreado que su rostro se veía desfigurado, en uno de los cuartos acostado boca abajo y con los pantalones a las rodillas. Lo tenían amarrado de brazos y piernas, y de cada cuerda había un compa sujetándolo y estirándolo. Incluso había polis viendo. El Púas me dijo:
- Fíjate bien chavo, porque luego le vas a entrar tú. - Yo estaba temblando, y sentí como el sudor me empapaba las manos.
Estaba esperando que se bajaran los pantalones, o algo así, pero en eso alguien saco un envase de guama. El Púas se puso un grueso guante de obrero, e introdujo el envase violentamente en el recto del Negro. Este grito como nunca había escuchado gritar a nadie.
- ¿Qué se siente, hijo de tu pinche madre? - Le gritaba el Púas, mientras sacaba y metía la punta ensangrentada del envase. El Negro gritaba de una forma que me produjo pesadillas por días. - ¡Güero, vas tú! - Me ordeno el Púas.
Yo, dócil, me puse el guante y obedecí las instrucciones que el Púas me dio. No podía reconocer su cara, desfigurada también, pero por el odio. Me temblaban las manos, pero hice las cosas tal y como el Púas me lo indico. En eso, sentí como el envase se rompía, y el Negro, a pesar de estar bien sujeto, se revolcó como loco. La sangre empezó a manar del ojo de su culo como si fuera un rio. Yo comencé a ver borroso, y me di la vuelta para vomitar. Escuche al Púas reír y decir:
- ¡A que pinche Güero! -
Cuando voltee, vi que todos pateaban violentamente al negro, concentrándose sobre todo en su rostro, estomago, genitales y trasero. Ese fue solo el primer ajuste de cuentas en el que participe, pero fue el que dejo huella en mí. Ese fue el único día, sin que nadie me viera, en que derrame una lágrima. Sentí que algo se había roto dentro de mi pecho.
*
El Negro no la libro, pero resulta que era cuñado del dueño de una flotilla enorme de trailers. Vamos, alguien forrado de dinero. El Negro era el menor de los hermanos de su esposa, y era el consentido, por lo que la susodicha pidió  la cabeza del Púas. Nosotros no lo supimos hasta que fue demasiado tarde.
El diez de mayo, casi seis meses después de lo del Negro, durante la kermes, con su esposa presente, el Chinche y tres cabrones, que eran de los chidos de los Abuelos, picaron al Púas hasta que se cansaron. Se cansaron después de apuñalarlo 37 veces. Incluso le picaron los ojos. Por el desmadre, y por qué los Abuelos, además de otros putos vendidos se pusieron a cubrir a los culeros estos, nadie pudo meterse a tirarle paro al Púas. Lo mataron como a un perro.
Después del desmadre, que salió hasta en los periódicos, nos separaron en áreas, que prácticamente estaban divididas entre los que éramos la gente del Púas y los que se alegraron de verlo muerto. Incluso en el patio nos dividían los tiempos, para no encontrarnos unos con otros, pero todos sabíamos que el odio hervía, y pronto iba a hacer erupción. Un día, el Pericles, que se quedó a cargo de los buisnes del Púas, me llamo:
- El Chinche esta en la enfermería. No sabemos que tiene, pero en dos días van a venir por él, pues lo tienen que operar. Tu eres el único de nosotros al que no revisarían, así que te vas a guardar esto, te vas a meter a la enfermería, y te lo vas a chingar. - Habiendo dicho esto, me dio un fierro hecha con varillas que era casi del tamaño del espacio entre mi codo y mi muñeca. Muchas cosas me vinieron a la mente, y lo único que se me ocurrió preguntar fue:
- ¿Donde la escondo? - El Pericles se cago de risa.
*
Fue el Dientes quien me enseño como hacerlo: Primero, forre la punta, cabron, con papel de baño; luego, lo envolví en plástico con el que envuelven la comida, que doña Miche mí hizo favor de conseguirme; después, lo atasque de vaselina para, acto seguido, introducírmelo en el recto. Me tarde mucho en decidirme a hacerlo, pero no me podía rajar. Sabía que con eso quizá nunca saldría de la caña, pero no me quedaba de otra, o seria yo quien saldría de ahí con los pies por delante.
Ha sido la sensación más desagradable que he tenido en la puta vida. Además de la vergüenza, el asco con uno mismo, están el dolor y la incomodidad. Es como tener todo el tiempo ganas de cagar. Pase un maldito día con esa madre guardada en las entrañas. Al día siguiente, para tener un pretexto para ir a la enfermería, me trague una torta de jamón y queso echada a perder. Empecé a vomitar, y me retorcía de dolores fingidos. Como el Pericles me dijo, por tratarse de mí, nadie me reviso.
Cuando llegue, el Chinche estaba sedado. Pasaron un par de horas en lo que me decidía y buscaba el momento para hacerlo. En eso llevaron al pinche Mudo, un compa que era un intento de sicario al que le habían cortado la lengua por soplón. Ese era mi momento. Pedí un cómodo para poder cagar, y me lo pasaron. Detrás de la cortina, cague el fierro. Ha sido lo más asqueroso que he hecho en la vida. Lo limpie con las sabanas. Le di el cómodo al enfermero, y le dije que había tenido un accidente con las sabanas. Me vio con asco, y salió del cuarto con las cosas. Nos quedamos el Mudo y yo con el poli que nos vigilaba. El Chinche seguía sedado. Me levante y le rebane la garganta al poli. El mudo me veía con los ojos abiertos como plato. Cuando este cayo, el Mudo comenzó a buscar algo entre su ropa, y lo sujeto mientras moría. Me dirigí al Chinche, y también le rebane la garganta. Después le pique ambos ojos con una furia que me cuesta trabajo creer que fui yo quien lo hizo. Tome unas tijeras y corte todo el forro que traía el fierro. Lo escondí dentro del forro del colchón de la camilla. Le avente el fierro al mudo, y este lo atrapo. En eso entro el enfermero, y vio la sangrienta escena, con el Mudo sosteniendo el fierro, y corrió a pedir ayuda. El Mudo, al darse cuenta de que lo había ensartado, se me echo encima. Peleamos violentamente, hasta que llegaron los tiras. El Mudo alcanzo a clavarme el fierro entre las costillas antes de que lograran someterlo.
 
*
Me volví un héroe para la banda. Todo mundo sabía lo que había hecho, y las autoridades estaban convencidas de que había sido el Mudo quien se había cargado al Chinche y al poli. Dos semanas después, también a él le dieron piso los Abuelos. Cuando me regresaron con los demás internos, todos estaban más que contentos conmigo. Aquella noche, el Diablo me tatuó mi primer lágrima con tinta china.
*
Un día, sin previo aviso, me dejaron salir. Resulta que el Gordo había salido del coma, pero apenas puso un pie fuera del hospital, lo balearon. Nunca se supo quién fue ni por qué, pero sin que el declarara, no había caso en mi contra. Había pasado diez meses en la cana, y por fin era libre, pero no tenía ni idea de que haría ahora. La banda me regalo dos mil varos, para empezar allá afuera. Cuando salí, no tenía a donde ir, pero sabía bien que quería hacer. Hay dos formas de reconocer a alguien que ha estado guardado: Por la forma en la que se agacha, sin mostrar el trasero, y por la prisa con la que come. Me dirigí a un Burger King y me trague dos de las hamburguesas más grandes que tenían, además de papas y Coca Cola de a madres. Me sentía lleno como puerco, pero fue la mejor comida de mi vida. Me puse a pensar en que haría ahora. No tenía familia, ni amigos, ni casa, trabajo o dinero. Mi vida de niño fresa se había acabado, yo era otro completamente nuevo. Necesitaba encontrar chamba y donde quedarme, al menos por esa noche. Sea como sea, aun tenia mil ochocientos pesos, el estómago lleno, y la vida por delante. Era un buen comienzo.
 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Striptease


"I feel you", de Depeche Mode, comienza a sonar en el estéreo. Ella sale del cuarto contiguo y camina, lenta y sensualmente, hasta detenerse justo frente a la silla donde me encuentro sentado. Lleva puesto una blusa de red, una falda muy corta de encaje, unas medias con ligeros, y unos tacones de aguja, todo en negro. Se gira y me da la espalda, de modo que puedo contemplar a detalle su bello y bien formado trasero. Abre las piernas y comienza a menear la cadera suave y rítmicamente de lado a lado. Su cuerpo oscila como péndulo, y de inmediato caigo hipnotizado. Mientras se mueve, fatal y seductora como serpiente, se quita con maestría y delicadeza la blusa, dejando al descubierto el tatuaje de rosa que le cubre el hombro izquierdo y baja por su espalda. Levanta, triunfal, la blusa con la mano derecha, y sin voltear a verme la arroja hacia mi, acertando en cubrirme el rostro. Me lo quito rápidamente, y ella me mira, coqueta y divertida, por sobre el hombro. Se gira rápidamente, y se baja, con movimientos ondulatorios de cadera y manos, la falda. La deja caer al suelo y la patea con un movimiento sexy y sutil de bailarina de Can can. Vuelve a girarse y comienza a mover ese bello trasero, apenas decorado, no cubierto, con una tanga negra, también de encaje, como el bra. Se mueve despacio, provocándome. Yo, desde mi silla, ya estoy bramando. Sabe bien lo que tiene, y sabe bien como usarlo para enloquecerme.  Mientras sube y baja, bailando de lado a lado, juega con ambas manos recorriendo la tanga y despegándola de su piel, desde la cintura hasta la parte mas baja de sus nalgas. Luego, retira un tirante de su bra, el del hombro izquierdo, y me sonríe. Respiro con dificultad, trago saliva, y siento como una gota de sudor escurre por mi frente. Sin perder el ritmo, agita el trasero rápida y juguetonamente. Voltea de nuevo, y camina hacia mi con pasos largos y lentos, acentuando su sensualidad. Se desabrocha el bra y lo arroja a un lado. Sus pechos son grandes y hermosos. Llega por fin a mi, se apoya en mis hombros, y arqueando la espalda sube y baja varias veces, permitiendo que la tome de la cintura y acariciando con sus senos mi rostro. Abro la boca y su pezón se posa, por un breve instante, en mis labios. Ambos nos estremecemos. Baja hasta quedar hincada frente a mi. Pasa su barbilla por mi entrepierna, acariciando sobre el pantalón mi miembro firme y dispuesto. Después sube lentamente, apoya su rodilla entre mis piernas, haciendo apenas contacto con mis genitales, y acerca sus labios a mi oído. Mordisquea mi lóbulo izquierdo, jugando con mi arracada, mientras me dice:
- Feliz aniversario, amor. -

domingo, 1 de septiembre de 2013

Como el aire que respiro


Recuerdo claramente la primera vez que te vi, en aquel concierto de Motley Crue. Tocaban "Live wire", y tu agitabas tu melena de leona, roja como el fuego de tu alma, mientras coreabas la canción a gritos y levantabas la mano derecha, con el índice y el meñique arriba, presa de una euforia total. Quizá es estúpido decirlo ahora, pero  fue amor a primera vista.
Estuve cazando tu mirada como por tres canciones, hasta que finalmente volteaste. De todos los hombres presentes, chicos andróginos y perfectos, con alaciados perfectos, o rizos bien definidos, te fijaste en mi, oficinista promedio, sin nada que me hiciera especial.
Ibas acompañada de un tipo, que supuse era tu novio, y no me anime a acercarme. Para que te engaño, sabes que soy muy tímido, y quizá nunca me hubiera acercado a ti. Por suerte tu siempre tuviste los pantalones bien puestos, y juguetonamente te acercaste a mi. Dos semanas después, ya éramos novios.
Siempre me hiciste burla por la forma de pedirte que fueras mi novia: En un centro comercial, frente a una zapatería, y tan nervioso que me trababa al hablar. Tuvo que pasar mucho tiempo para que reconocieras que, en vez de tonto, te había parecido lindo. Recuerdo que íbamos a escondidas al cine, al teatro y a comer, pues en tu casa no les parecía que tuvieras novio, ya que según ellos te distraía de tus estudios. Eso y el asunto de un ex celoso. Con todo y esos obstáculos, ambos disfrutamos muchísimo nuestro noviazgo, y cada dificultad que teníamos que enfrentar no hacia mas que unirnos.
Te pedí matrimonio una semana después de que te titulaste. Yo siempre fui un don nadie, pero me sentía muy orgulloso de cada uno de tus logros. Recuerdo haberte llevado con engaños, pues te dije que iríamos a cenar para festejarte. Cenamos en el Miralto, donde pediste carpaccio de trucha, y yo costilla de cordero. Bebimos una botella de Haras de Pirque, y ya que el vino me había dado algo de valor para pronunciar un emotivo discurso, te pedí que te casaras conmigo. Recuerdo que tus ojitos se llenaron de lagrimas desde que empecé a hablar, por que ya sabias para donde iba. El anillo era de oro blanco, con nueve puntos de diamante. Se que no era la gran cosa, pero tu lo miraste como si te diera las joyas de la corona. Eufórica y emocionada, aceptaste mi propuesta, y me hiciste el hombre mas feliz del mundo.
Nos casamos en la iglesia de Coyoacán. Tu mama y tu hermana decoraron todo con casablancas. Yo estaba muy nervioso, no se por que, pero tu estabas bella y radiante con ese hermoso vestido blanco, sin hombros, que escogiste. Nada ostentoso, sencillo y puro, como tu. Mentiría si dijera que fue el día mas feliz de mi vida por que, desde entonces, cada momento a tu lado fue como vivir en el paraíso. La luna de miel fue en Cancún, donde nos hospedamos en el Hyatt, en un bello cuarto con vista al mar. No sabias nadar, y tuve que enseñarte a hacerlo, fue muy divertido.

Esa noche, de pasión y amor puro, según nuestras cuentas, dimos vida a Aline, nuestra hija, quien llego ocho meses después (yo quería llamarla Sara, como su madre, pero tu no quisiste). Fue un parto difícil, pero te comportaste igual que siempre, como guerrera. Recuerdo que ambos lloramos de felicidad cuando nuestra pequeña tomo tu pulgar entre sus deditos.

Los años siguientes fueron de plena felicidad, y aunque hubo momentos muy difíciles, pudimos sortear todo juntos, como familia, hasta que llego la leucemia. Los últimos meses los viviste, a pesar de todo, feliz y estoicamente. Nunca quisiste que te internáramos, preferías estar en tu hogar, con los tuyos. Alcanzaste a conocer a Ariel, nuestro nieto, y creo que, mas que de dolor, en esos últimos días lloraste de felicidad. Recuerdo una tarde en particular, una semana antes de que te fueras, en que me dijiste que también me habías amado desde la primera vez, y que no habías dejado de hacerlo, ni un poquito, con el paso de los años. Te entendí perfectamente, por que toda la vida me sentí del mismo modo.

¿Sabes? Ahora que estoy aquí, parado frente a tu tumba, como cada año, viendo como cambia el mundo y se convierte en un lugar desconocido y hostil que no logro entender, mientras yo me vuelvo mas viejo, me alegro por que hayas partido primero. Este dolor, con el que supuestamente te acostumbras a vivir, para que nadie te haga preguntas dolorosas, ni te recuerde tiempos que ya se fueron, o se compadezca de ti, en realidad te desgarra el alma, y te consume poco a poco. Prefiero ser yo quien lo viva, yo quien lo soporte, y que tu hayas partido en paz, con mi mano sosteniendo la tuya hasta el ultimo instante.

Yo nunca fui bueno con las palabras, pero cada día, cada minuto de mi existencia, trate de hacerte entender, con mis actos, cuanto te amaba. Me eras tan indispensable como el aire que respiro, quizá mas, pues sin ti, nada, ni la vida misma, tiene sentido. Ahora vuelvo al inicio de mis días, pero ya no soy un joven solitario, sino un viejo melancólico que no deja de mirar el pasado para aferrarse a los recuerdos de los días a tu lado, los mejores de mi existencia.

Aline ya hizo su vida, y aunque seguido me visita, y se preocupa por mi, no es lo mismo que tener a mi lado a mi mejor amiga, a mi compañera, a mi amante, a mi alumna y maestra, a mi esposa y mujer. Trato de vivir dignamente cada día, para honrar tu recuerdo, pero créeme, cuento las horas, minutos y segundos en que finalmente pueda reunirme contigo en la otra vida. Te amo, y te extraño como no tienes idea...