Esto le pudo pasar a cualquiera, en cualquier
momento, en cualquier parte del mundo; pero me sucedió a mí, pequeño burgués
hijo de casa. Aquel día, nos encontrábamos mi mejor amigo, Armando, y yo,
esperando a nuestra amiga Sara en su casa, platicando con su mama y con Jimmy,
su hermano menor (por dos años), de baseball, deporte que el practicaba con
fanatismo.
Habíamos quedado de ver a Sara a las 4:00 pm para ir al cine. Si,
ambos éramos unos estúpidos e inocentes chamacos de diecinueve años, enamorados
de la misma chica. No sé que métodos empleaba Armando para conquistarla, pero a
mí las cartas, los poemas, y las canciones, me habían dado buen resultado, pues
Sara y yo ya nos habíamos besado en dos ocasiones. Siempre pensé que si Sara no
me daba el "si", era para no lastimar a Armando. Ella, la bonita de la escuela, con sus rizos rubios, sus hermosos ojos azules, y un cuerpo que hacia imposible quitarle la mirada de encima, se habia fijado en mi, y hasta la fecha nunca he entendido por que, pero supongo que eso
ya no tiene la menor importancia.
Pasaban ya de las cinco, mas bien, casi eran las
seis, y Sara no aparecía. Por aquellos días, previos al año dos mil, el boom de
los celulares aun no nos alcanzaba, y no había forma de comunicarnos con ella.
Su mama estaba preocupada, pero disimulaba platicando con nosotros. Yo también
me sentía inquieto. De pronto, se abrió la puerta de la casa, y Sara entro
hecha un mar de lágrimas, con la blusa rasgada en jirones, y sangre en la cara.
Todos nos levantamos como rayo para ver que le pasaba. Entre sollozos, nos
platico que unos tipos, que por lo general se reunían a tomar afuera de una
casa, y a molestar a cuanta chica pasaba por ahí (ya antes le habían dicho
"piropos" vulgares a Sara), ese día, envalentonados por el alcohol, habían
decidido ir mas allá: La sujetaron entre dos y la metieron a la fuerza a la
casa, donde la manosearon y trataron de abusar de ella. Por suerte para Sara, los tipos estaban demasiado ebrios para coordinarse, y ella logro huir dándole
un botellazo en la cara a uno.
Mientras Sara nos contaba todo esto, Jimmy se metió
a su recamara. Salió armado con un bat de baseball largo, y sin decir palabra,
le aventó uno igual a Armando y uno más corto a mí, y salió a la calle hecho
una furia. Su mama nos pidió alcanzarlo y detenerlo, antes de que hiciera una tontería.
Para cuando yo salí, Armando ya lo había alcanzado. Intercambiaron unas
palabras, que por la distancia y la ira de Jimmy no pude entender, y Armando se
le unió con la misma convicción asesina. Yo trataba de alcanzarlos, pero sin
poder pensar claro.
Vi a Armando abrir la puerta de aquella casa, el
numero 23, y entrar junto con Jimmy. Cuando cruce la puerta vi que repartían
golpes a diestra y siniestra a los presentes, todos hombres. Habría como doce
tipos, y antes de que alguno reaccionara, yo me uní a mis amigos. El sonido de
la violencia se tatuó para siempre en mi alma. Vi al dueño de la casa, un ruco
con más mala leche que todos los malandros con que se juntaba, entrar a un
cuarto, y lo seguí. Me lo tope en la puerta, tratando de ponerle el cargador a
una pistola, lo cual impedí con un batazo. Supongo que fue el frenesí, la
adrenalina, lo que en un principio me hizo actuar de forma tan violenta, pero
luego recordé a Sara, golpeada y llorando, y sentí como la ira llenaba cada rincón
de mi alma, en ese entonces, inocente. Descargue todo el odio que sentía en
aquel tipo.
Vi como la nariz se le partía a la mitad. Vi sus dientes explotar y
su mandíbula brincar hacia un lado. Sentí como sus costillas se hundían bajo el
peso de mis golpes, al igual que su rodilla. Lo escuche maldecir, gruñir,
suplicar y llorar. Lo vi cubrirse de sangre y perder el conocimiento. Incluso vi cuando su craneo se partia, y aun así, no me detuve. Fue
entonces cuando entraron los polis, apuntándome con sus armas y exigiéndome que
levantara las manos. Ese momento fue como si despertara de un sueño para entrar
a una pesadilla. Recuerdo que pensé "Dios mío, estoy perdido". Yo,
inocente niño burgués, no sabía en qué me había metido.
*
- Agáchate y tose. - Me dice un tipo obeso. Yo me encuentro
completamente desnudo. Acto seguido, hurga dentro de mi trasero con un guante
de látex y una lamparita
Así perdí mi "otra" virginidad.
Después, un oficial me hizo un verdadero favor:
- Chavo, te ves muy "junior", así que te voy a
hacer un paro. - Después de decir esto, me rapo con maquina a la cero. - Te voy
a dar un consejo: No hables hasta que alguien te hable, y cuando lo hagas,
hazlo poco. Pon cara de enojado, pero no andes de farol, y no dejes que vean
que te estas cagando de miedo, o vas a terminar siendo la putita de alguien, y
si alguien te la hace de pedo, de inmediato rómpele su madre; probablemente sus
amigos te revienten de inmediato, pero si no te pican, ya la hiciste. -
Por suerte no tuve tiempo de para usar sus consejos, salvo
no estar de farol, poner cara de enojado, y hablar poco, pues desde el primer día
el Púas me adopto.
Llegue siendo una especie de pinche celebridad, pues todos
querían conocer a uno de los morros que se habían chingado a los Cholos, una
pinche bandita de roba coches. El tipo al que mande a "echar pestaña"
era el Gordo (después supe que no había muerto, pero lo deje en coma), el chingón
de ellos. Si no hubiera sido por el Púas, muchos hubieran querido hacerse
de nombre a mis costillas, pero eso nunca paso.
El Púas se identificó conmigo, pues estaba guardado por
haberse chingado al cabron que violo a su hija. Él siempre fue paternal
conmigo, y me enseño muchas cosas, pero sobre todo a nunca arrepentirme de
hacer lo correcto.
Lo primero que tengo que decir de la "cana", como
le dicen a la peni, es que no es como en las películas: Ahí no hay habitaciones
de lujo para dos, sino cuartos culeros y apestosos donde meten hasta de a doce
cabrones, aunque a la mitad le toque dormir en el suelo. No existe "lo
tuyo y lo mío", todo es de la banda, y te chingas. Aquí tampoco hay un
patio con cancha de tierra, todo es cemento, y el patio parece un mercado o el
recreo de una escuela de malandros. No hay comedor con charolitas y fila, o te
lleva de comer tu familia, o compras en una de las tres tienditas, donde te
venden, además de la comida, caguamas en $100 (en bolsa, de pendejos te dan
envases para que hagas "puntas" o Molotov), cigarros de a $10, porros
de a $100, y grapas, rebajadas con harina, en $200.
A mi mi familia me dejo abandonado. Me convertí no en la
oveja negra, sino en la deshonra, la vergüenza, y simplemente me dieron la
espalda. Tampoco Sara me fue a ver. Después supe que su familia se había ido a
vivir a Morelos. Nunca la culpe por eso. Armando tampoco me visito nunca.
Supongo que estaba demasiado asustado como para hacerlo. Estaba completamente
solo.
La neta es que las primeras semanas todo el tiempo tuve el
puto nudo en la garganta, pero me aguante las ganas de llorar. En la peni no
hay intimidad, hasta las paredes oyen y hablan, y una sola pinche lagrimita
derramada me hubiera convertido de inmediato en puta. Me aguante, y así me hice
duro. El Púas me enseño a "dilerear" para hacerme de varo y tener que
tragar.
A los dos meses yo ya era un malandro: A todo mundo le vendía,
a todo mundo le hablaba, y rápido me volví bien carrilla y alburero. Las
señoras de las tienditas me invitaban mi pozole, y hasta los polis me regalaban
cigarros (un me los fumaba, los vendía). Todo mundo conocía al "Güero",
como me decían, pero sabían, sobre todo, que el Púas era quien me hacia el
paro, quien llevaba el bisne, y a quien yo le daba un 50 de ganancia de todo lo
que moviera. Un 30 era para los polis, y el resto para mí. Mantuve, de pura
suerte, mi reputación de cabron por casi haberme cargado al Gordo, así que
nunca nadie se metió conmigo.
Al principio, aunque nadie me lo crea, todo estuvo chido, y
rápido me olvide de allá afuera. Nunca nadie me llamo a declarar, nunca vi a un
abogado, o algo por el estilo, y nunca nadie me dijo algo sobre mi situación
legal, pero me valía madres, pues allá afuera nadie me esperaba, y todos me
decían que me dejarían salir en menos de tres años, pues no había matado al
Gordo. Pero los problemas empezaron el día en que ingresaron al Negro, un
pinche violador.
Aquel día, el Púas mando por mí. Recuerdo que estaba en el
patio, coqueteando con la hija de un compa que había ido a llevarle comida, y
que siempre me guardaba una torta de milanesa. Cuando llegue, tenían al
Negro, tan madreado que su rostro se veía desfigurado, en uno de los
cuartos acostado boca abajo y con los pantalones a las rodillas. Lo tenían
amarrado de brazos y piernas, y de cada cuerda había un compa sujetándolo y
estirándolo. Incluso había polis viendo. El Púas me dijo:
- Fíjate bien chavo, porque luego le vas a entrar tú. - Yo
estaba temblando, y sentí como el sudor me empapaba las manos.
Estaba esperando que se bajaran los pantalones, o algo así, pero
en eso alguien saco un envase de guama. El Púas se puso un grueso guante de
obrero, e introdujo el envase violentamente en el recto del Negro. Este
grito como nunca había escuchado gritar a nadie.
- ¿Qué se siente, hijo de tu pinche madre? - Le gritaba el Púas,
mientras sacaba y metía la punta ensangrentada del envase. El Negro gritaba de
una forma que me produjo pesadillas por días. - ¡Güero, vas tú! - Me ordeno el Púas.
Yo, dócil, me puse el guante y obedecí las instrucciones que
el Púas me dio. No podía reconocer su cara, desfigurada también, pero por el
odio. Me temblaban las manos, pero hice las cosas tal y como el Púas me lo
indico. En eso, sentí como el envase se rompía, y el Negro, a pesar de estar
bien sujeto, se revolcó como loco. La sangre empezó a manar del ojo de su culo
como si fuera un rio. Yo comencé a ver borroso, y me di la vuelta para vomitar.
Escuche al Púas reír y decir:
- ¡A que pinche Güero! -
Cuando voltee, vi que todos pateaban violentamente al negro,
concentrándose sobre todo en su rostro, estomago, genitales y trasero. Ese fue
solo el primer ajuste de cuentas en el que participe, pero fue el que dejo
huella en mí. Ese fue el único día, sin que nadie me viera, en que derrame una lágrima.
Sentí que algo se había roto dentro de mi pecho.
*
El Negro no la libro, pero resulta que era cuñado del dueño
de una flotilla enorme de trailers. Vamos, alguien forrado de dinero. El Negro
era el menor de los hermanos de su esposa, y era el consentido, por lo que la
susodicha pidió la cabeza del Púas. Nosotros no lo supimos hasta que fue demasiado
tarde.
El diez de mayo, casi seis meses después de lo del Negro,
durante la kermes, con su esposa presente, el Chinche y tres
cabrones, que eran de los chidos de los Abuelos, picaron al Púas hasta que se
cansaron. Se cansaron después de apuñalarlo 37 veces. Incluso le picaron los
ojos. Por el desmadre, y por qué los Abuelos, además de otros putos vendidos se
pusieron a cubrir a los culeros estos, nadie pudo meterse a tirarle paro
al Púas. Lo mataron como a un perro.
Después del desmadre, que salió hasta en los periódicos, nos
separaron en áreas, que prácticamente estaban divididas entre los que éramos la
gente del Púas y los que se alegraron de verlo muerto. Incluso en el patio nos
dividían los tiempos, para no encontrarnos unos con otros, pero todos sabíamos
que el odio hervía, y pronto iba a hacer erupción. Un día, el Pericles, que se quedó
a cargo de los buisnes del Púas, me llamo:
- El Chinche esta en la enfermería. No sabemos que tiene,
pero en dos días van a venir por él, pues lo tienen que operar. Tu
eres el único de nosotros al que no revisarían, así que te vas a guardar esto,
te vas a meter a la enfermería, y te lo vas a chingar. - Habiendo dicho esto,
me dio un fierro hecha con varillas que era casi del tamaño del espacio entre
mi codo y mi muñeca. Muchas cosas me vinieron a la mente, y lo único que se me ocurrió
preguntar fue:
- ¿Donde la escondo? - El Pericles se cago de risa.
*
Fue el Dientes quien me enseño como hacerlo: Primero, forre
la punta, cabron, con papel de baño; luego, lo envolví en plástico
con el que envuelven la comida, que doña Miche mí hizo favor de
conseguirme; después, lo atasque de vaselina para, acto seguido, introducírmelo
en el recto. Me tarde mucho en decidirme a hacerlo, pero no me podía rajar. Sabía
que con eso quizá nunca saldría de la caña, pero no me quedaba de otra, o seria
yo quien saldría de ahí con los pies por delante.
Ha sido la sensación más desagradable que he tenido en la
puta vida. Además de la vergüenza, el asco con uno mismo, están el dolor y la
incomodidad. Es como tener todo el tiempo ganas de cagar. Pase un maldito día
con esa madre guardada en las entrañas. Al día siguiente, para tener un
pretexto para ir a la enfermería, me trague una torta de jamón y queso echada a
perder. Empecé a vomitar, y me retorcía de dolores fingidos. Como el Pericles
me dijo, por tratarse de mí, nadie me reviso.
Cuando llegue, el Chinche estaba sedado. Pasaron un par de
horas en lo que me decidía y buscaba el momento para hacerlo. En eso llevaron
al pinche Mudo, un compa que era un intento de sicario al que le habían cortado
la lengua por soplón. Ese era mi momento. Pedí un cómodo para poder cagar, y me
lo pasaron. Detrás de la cortina, cague el fierro. Ha sido lo más asqueroso que
he hecho en la vida. Lo limpie con las sabanas. Le di el cómodo al enfermero, y
le dije que había tenido un accidente con las sabanas. Me vio con asco, y salió
del cuarto con las cosas. Nos quedamos el Mudo y yo con el poli que nos
vigilaba. El Chinche seguía sedado. Me levante y le rebane la garganta al
poli. El mudo me veía con los ojos abiertos como plato. Cuando este cayo, el
Mudo comenzó a buscar algo entre su ropa, y lo sujeto mientras moría. Me dirigí
al Chinche, y también le rebane la garganta. Después le pique ambos ojos con
una furia que me cuesta trabajo creer que fui yo quien lo hizo. Tome unas
tijeras y corte todo el forro que traía el fierro. Lo escondí dentro del forro
del colchón de la camilla. Le avente el fierro al mudo, y este lo atrapo. En
eso entro el enfermero, y vio la sangrienta escena, con el Mudo sosteniendo el
fierro, y corrió a pedir ayuda. El Mudo, al darse cuenta de que lo había
ensartado, se me echo encima. Peleamos violentamente, hasta que llegaron los
tiras. El Mudo alcanzo a clavarme el fierro entre las costillas antes de que
lograran someterlo.
*
Me volví un héroe para la banda. Todo mundo sabía lo que había
hecho, y las autoridades estaban convencidas de que había sido el Mudo quien se
había cargado al Chinche y al poli. Dos semanas después, también a él le dieron
piso los Abuelos. Cuando me regresaron con los demás internos, todos estaban más
que contentos conmigo. Aquella noche, el Diablo me tatuó mi primer lágrima con
tinta china.
*
Un día, sin previo aviso, me dejaron salir. Resulta que el
Gordo había salido del coma, pero apenas puso un pie fuera del hospital, lo
balearon. Nunca se supo quién fue ni por qué, pero sin que el declarara, no había
caso en mi contra. Había pasado diez meses en la cana, y por fin era
libre, pero no tenía ni idea de que haría ahora. La banda me regalo dos mil
varos, para empezar allá afuera. Cuando salí, no tenía a donde ir, pero sabía
bien que quería hacer. Hay dos formas de reconocer a alguien que ha estado
guardado: Por la forma en la que se agacha, sin mostrar el trasero, y por la
prisa con la que come. Me dirigí a un Burger King y me trague dos de las
hamburguesas más grandes que tenían, además de papas y Coca Cola de a madres.
Me sentía lleno como puerco, pero fue la mejor comida de mi vida. Me puse a
pensar en que haría ahora. No tenía familia, ni amigos, ni casa, trabajo o
dinero. Mi vida de niño fresa se había acabado, yo era otro completamente
nuevo. Necesitaba encontrar chamba y donde quedarme, al menos por esa noche.
Sea como sea, aun tenia mil ochocientos pesos, el estómago lleno, y la vida por
delante. Era un buen comienzo.