Recuerdo claramente la primera vez que te vi, en aquel concierto de Motley Crue. Tocaban "Live wire", y tu agitabas tu melena de leona, roja como el fuego de tu alma, mientras coreabas la canción a gritos y levantabas la mano derecha, con el índice y el meñique arriba, presa de una euforia total. Quizá es estúpido decirlo ahora, pero fue amor a primera vista.
Estuve cazando tu mirada como por tres canciones, hasta que finalmente volteaste. De todos los hombres presentes, chicos andróginos y perfectos, con alaciados perfectos, o rizos bien definidos, te fijaste en mi, oficinista promedio, sin nada que me hiciera especial.
Ibas acompañada de un tipo, que supuse era tu novio, y no me anime a acercarme. Para que te engaño, sabes que soy muy tímido, y quizá nunca me hubiera acercado a ti. Por suerte tu siempre tuviste los pantalones bien puestos, y juguetonamente te acercaste a mi. Dos semanas después, ya éramos novios.
Siempre me hiciste burla por la forma de pedirte que fueras mi novia: En un centro comercial, frente a una zapatería, y tan nervioso que me trababa al hablar. Tuvo que pasar mucho tiempo para que reconocieras que, en vez de tonto, te había parecido lindo. Recuerdo que íbamos a escondidas al cine, al teatro y a comer, pues en tu casa no les parecía que tuvieras novio, ya que según ellos te distraía de tus estudios. Eso y el asunto de un ex celoso. Con todo y esos obstáculos, ambos disfrutamos muchísimo nuestro noviazgo, y cada dificultad que teníamos que enfrentar no hacia mas que unirnos.
Te pedí matrimonio una semana después de que te titulaste. Yo siempre fui un don nadie, pero me sentía muy orgulloso de cada uno de tus logros. Recuerdo haberte llevado con engaños, pues te dije que iríamos a cenar para festejarte. Cenamos en el Miralto, donde pediste carpaccio de trucha, y yo costilla de cordero. Bebimos una botella de Haras de Pirque, y ya que el vino me había dado algo de valor para pronunciar un emotivo discurso, te pedí que te casaras conmigo. Recuerdo que tus ojitos se llenaron de lagrimas desde que empecé a hablar, por que ya sabias para donde iba. El anillo era de oro blanco, con nueve puntos de diamante. Se que no era la gran cosa, pero tu lo miraste como si te diera las joyas de la corona. Eufórica y emocionada, aceptaste mi propuesta, y me hiciste el hombre mas feliz del mundo.
Nos casamos en la iglesia de Coyoacán. Tu mama y tu hermana decoraron todo con casablancas. Yo estaba muy nervioso, no se por que, pero tu estabas bella y radiante con ese hermoso vestido blanco, sin hombros, que escogiste. Nada ostentoso, sencillo y puro, como tu. Mentiría si dijera que fue el día mas feliz de mi vida por que, desde entonces, cada momento a tu lado fue como vivir en el paraíso. La luna de miel fue en Cancún, donde nos hospedamos en el Hyatt, en un bello cuarto con vista al mar. No sabias nadar, y tuve que enseñarte a hacerlo, fue muy divertido.
Esa noche, de pasión y amor puro, según nuestras cuentas, dimos vida a Aline, nuestra hija, quien llego ocho meses después (yo quería llamarla Sara, como su madre, pero tu no quisiste). Fue un parto difícil, pero te comportaste igual que siempre, como guerrera. Recuerdo que ambos lloramos de felicidad cuando nuestra pequeña tomo tu pulgar entre sus deditos.
Los años siguientes fueron de plena felicidad, y aunque hubo momentos muy difíciles, pudimos sortear todo juntos, como familia, hasta que llego la leucemia. Los últimos meses los viviste, a pesar de todo, feliz y estoicamente. Nunca quisiste que te internáramos, preferías estar en tu hogar, con los tuyos. Alcanzaste a conocer a Ariel, nuestro nieto, y creo que, mas que de dolor, en esos últimos días lloraste de felicidad. Recuerdo una tarde en particular, una semana antes de que te fueras, en que me dijiste que también me habías amado desde la primera vez, y que no habías dejado de hacerlo, ni un poquito, con el paso de los años. Te entendí perfectamente, por que toda la vida me sentí del mismo modo.
¿Sabes? Ahora que estoy aquí, parado frente a tu tumba, como cada año, viendo como cambia el mundo y se convierte en un lugar desconocido y hostil que no logro entender, mientras yo me vuelvo mas viejo, me alegro por que hayas partido primero. Este dolor, con el que supuestamente te acostumbras a vivir, para que nadie te haga preguntas dolorosas, ni te recuerde tiempos que ya se fueron, o se compadezca de ti, en realidad te desgarra el alma, y te consume poco a poco. Prefiero ser yo quien lo viva, yo quien lo soporte, y que tu hayas partido en paz, con mi mano sosteniendo la tuya hasta el ultimo instante.
Yo nunca fui bueno con las palabras, pero cada día, cada minuto de mi existencia, trate de hacerte entender, con mis actos, cuanto te amaba. Me eras tan indispensable como el aire que respiro, quizá mas, pues sin ti, nada, ni la vida misma, tiene sentido. Ahora vuelvo al inicio de mis días, pero ya no soy un joven solitario, sino un viejo melancólico que no deja de mirar el pasado para aferrarse a los recuerdos de los días a tu lado, los mejores de mi existencia.
Aline ya hizo su vida, y aunque seguido me visita, y se preocupa por mi, no es lo mismo que tener a mi lado a mi mejor amiga, a mi compañera, a mi amante, a mi alumna y maestra, a mi esposa y mujer. Trato de vivir dignamente cada día, para honrar tu recuerdo, pero créeme, cuento las horas, minutos y segundos en que finalmente pueda reunirme contigo en la otra vida. Te amo, y te extraño como no tienes idea...