De la negra escultura que adorna la plaza,
desde que yo era niño conozco la historia:
Fue esculpida por un atormentado poeta,
para honrar de su amada la triste memoria.
Dicen que juntos eran perfectos,
que habían nacido el uno para el otro.
La musa bella, dulce y sensible,
el poeta desgarrado, apasionado, y loco.
Juntos eran el signo de Géminis,
los amantes perfectos del Tarot,
la simetría oscura de un Rorschach,
las mitades extraviadas de un antiguo dios.
Pero había algo que ambos deseaban,
y que a veces hacia sombra en su felicidad:
Él no lograba inmortalizarla en su arte,
ella, con el divino regalo de la paternidad.
Una noche, sin embargo, ocurrió un prodigio;
nadie sabe de dónde surgió esa enorme obsidiana.
Se dice que a la luz de la luna hicieron el amor,
postrados ante aquella majestuosa deidad pagana.
Al poco tiempo, ella se preparaba para ser madre,
pero el, aunque feliz, aun no encontraba inspiración.
Se consumía pensando que violaba un pacto,
por lo que sus días giraron en torno a esa obsesión.
Se volvió distante de su amada,
quien no le pedía nada más que su amor.
El, estúpida víctima del orgullo,
lleno aquellos días de amargura y dolor.
La luna roja de octubre marco el destino aquel día.
En medio de gritos y sangre, el parto se dio.
El ya nunca compensaría el tiempo perdido,
pues el hijo nació muerto, y la madre no sobrevivió.
A partir de entonces, martillo y cincel en mano,
se entregó con desesperación a su nueva obra.
Ya no había poesía en su voz y alma,
solo la imagen fija de su difunta esposa.
Ebrio de dolor, soledad y llanto,
trazo a su musa en la obsidiana.
Su trágica belleza permanecería,
solo en la muerte logro inmortalizarla.
La escultura fue abandonada en el atrio de la iglesia,
pero aquel terrible poeta desapareció.
Algunos dicen que partió al exilio,
otros dicen que de tristeza murió.
Su trágica historia de amor fue heredada a mi pueblo,
que ahora es conocido por su poética destreza.
Nosotros somos los desterrados hijos de Eva,
amparados bajo el manto de Nuestra Señora de la tristeza.
