domingo, 6 de mayo de 2012

Rezar las balas


El Güero tenía la navaja puesta en la boca del Gabo, quien lloraba y trataba de suplicar en vano. 

- ¡A los Guasones nadie les ve la cara de pendejos! ¿Te creíste muy chingon, no putito? ¡Ahí te va la v grande, la del payaso, pa que no se te olvide! -

Acto seguido, jalo con fuerza la hoja, rasgando ambos lado de la boca. Cuando el Gabo grito, la herida se abrió descomunalmente, dejándole para siempre una amplia y grotesca sonrisa. La sonrisa del payaso, la firma de los Guasones.

Gabo siguió gritando en la sala. En la recamara se escucharon ruidos. Se suponía que el Gabo estaba solo, o eso les había dicho. El Güero, el Sonrics, y Bacha se voltearon a ver, hasta el huevo de cois, y confundidos.

- Yo voy. - Dijo el Sonrics, y corrió a la habitación al fondo del pasillo.

Gabo se ahogaba en su propia sangre, aun así, entre gorgoteos, trataba de emitir una súplica ininteligible. Se escucharon gritos, y cuatro tiros.

- ¡Puta madre! ¡Cuídalo! - Le ordeno el Güero a Bacha, y corrió a la habitación.

En todos sus años de gangero nunca había presenciado algo tan horrible: Como si de una pintura de Polok se tratara, los caóticos patrones de sangre cubrían todo lo que alguna vez había sido bello. El blanco de las paredes, las cenefas con motivos infantiles, los juguetes, la litera, la cuna. En medio de esa carnicería estaba el Sonrics, contemplando con macabro interés su enfermiza obra de arte.

En el suelo, una señora, probablemente la madre, rodeaba, protectora, el cuerpo inerte de un pequeño de unos siete años. Ambos tenían el tiro de gracia. La cabeza del Güero giraba y era un zumbido. Noto en el suelo un tercer cuerpo que se arrastraba lejos del otro brazo, el extendido cual Cristo, de la madre muerta. Era una pequeña de unos nueve años, con el rostro horriblemente crispado por el dolor. Con una de sus manitas trataba desesperadamente de contener sus entrañas, las cuales, como dotadas de vida propia, buscaban salir del cuerpo. El Sonrics sonreía maliciosamente. Finalmente le disparo a la cabeza. Esta, literalmente, exploto.

El Güero ya no pudo más, y vomito junto a la cuna. Se limpio con la manga de la sudadera los residuos del vomito. Con el dorso de la mano, se limpio el sudor de la frente. Se incorporo, y entonces lo vio: En la cuna yacía, nadando en sangre, un cuerpecito vestido de blanco. El sitio donde debía de haber estado la cabeza era ahora algo amorfo e indescriptible.

El Güero volteo a ver al Sonrics, con una mezcla entre horror, odio y confusión, pero no pudo articular palabra. El Sonrics se encogió de hombros, sonrió, y salió de la habitación, silbando una canción. El Güero dudo, después salió detrás de él, lo alcanzo en la sala, apoyo el cañón de la Colt en la cabeza del Sonrics, y disparo a quemarropa. Sus sesos volaron por toda la habitación.

De inmediato, Bacha comenzó a dispararle. Fallo, pero el Güero no, y una de sus balas fue a pegar en el hombro de Bacha, quien alcanzo a salir por la puerta de la casa. Afuera los esperaba el Gordo en el Grand Marquis. En cuanto vio lo que sucedía, y Bacha logro subirse, se arranco en chinga. El Güero logro clavar uno de sus tiros directamente en el ojo de Bacha, pero el Gordo se pelo.

Desesperado, el Güero regreso a la casa. Gabo gritaba y lloraba frente a la cuna, sin saber qué hacer. Volteo y miro directamente a los ojos al Güero, con una furia y un dolor que habrían de perseguir a este hasta el día del juicio.

- Perdóname, por favor. - Y le dio un tiro en la frente.

Tomo una sudadera de Gabo, y alcanzo a salir por la ventana, justo cuando se empezaban a escuchar las sirenas de los tiras. Corrió hasta que se canso, y siguió corriendo. Tiro en una coladera su sudadera, y se puso la de Gabo. Con los tres pesos que tenía trato de llamar a su jefa, pero nadie contesto el teléfono en la casa. Seguro había ido al pan. Tenía como veinte minutos para llegar corriendo a casa de su jefa, en el Cuernito, y sacarla de ahí. A estas alturas, el Diablo ya debía de haber ordenado que le dieran piso.

- ¡Puto Sonrics! ¡Que chingue a su madre en el infierno! -

¿Que madres había pasado? El podía ser una mierda, pero no mataba bebes. Siempre había sido un héroe para la clicka. El más verga pa los putazos, el que mejores viejas traía, el que más chupaba, y el que nunca se rajaba ni fallaba un tiro. El y el Diablo. Ahora iban a cazarlo como a un perro.

Llego en quince a casa de su jefa, sin aliento. Apenas vio la casa, supo que todo había valido madres. "Drive by", carajo. Él le había enseñado eso a la clicka, del tiempo en que vivió en el Gabacho. Apenas puso un pie dentro, encontró el cuerpo desecho de su jefa, acribillado a tiros. Grito con rabia, y lloro desconsoladamente, pero sabia que tenia que seguirse moviendo.

Se fue a la Caverna, en las barrancas de Santa Fe. Seguro la clicka y los tiras lo andaban olfateando pero, de momento, el último lugar donde el Diablo lo buscaría seria ahí, justo donde se reunían todos. Puso el tanque de gas cerca de la entrada, y acomodo estrategicamente en varias partes del edificio el alambre de puas que usaban para ponchar llantas. Arranco las tablas y cortinas que tapaban las ventanas, y quito los fusibles de la caja de luz. Se coloco entre las sombras, observando el lugar tenuemente iluminado por la luz que entraba por las ventanas. Esperaria en la oscuridad. Sonó su celular. Era el Diablo.

- Ya ni te muevas, culero, ahorita entramos por ti. -

No pensaba ir a ningún lado. Llevaba la Colt, las dos 38, y la Beretta que su tío le había regalado y llevado a bendecir cuando cumplió quince años. En la Caverna había suficiente munición para aguantar chido varias horas, quizá en lo que llegaban los tiras. Miro por última vez el tatuaje de su clicka. Desde su antebrazo, un payaso maligno le sonreía burlón. Le decía, literalmente, que se lo iba a cargar. El Güero sabía que seguiría siendo un Guasón hasta el último momento, pero siempre supo que no era como ellos.

Afuera, seguramente, el Diablo daba instrucciones a la clicka. Contando al Gordo y al Mandril, que eran unos pendejos, serian catorce cabrones los que irían por él. Ninguno, salvo el Diablo, se rifaba chido con la fusca. No como él.

Como si fuera una armadura, se puso los tres escapularios con la imagen de san Judas: Uno colgando del cuello, pa que se le resbalaran las balas. Uno en la muñeca derecha, pa no fallar los tiros, y uno en el tobillo derecho, pa poder pelarse. Ese último se lo puso solo por respeto y costumbre.

Con la mano derecha en el corazón, apoyada sobre el tatuaje de la Niña Blanca, rezo las balas. Los escucho subir, lentamente, por las escaleras. Esnifo perico. Queria estar al cien para lo que venia. Estaba listo. Se escucharon vidrios rotos, y tiraron la puerta. Venían por él. No tenía la mas mínima esperanza de salir vivo de esta, pero era un chingon, y le había jurado a su jefecita, a la familia del Gabo, a san Juditas, y a la Niña Blanca que, pasara lo que pasara, al amanecer no quedaría respirando ni un solo Guasón.

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