El Güero tenía la navaja puesta en la boca del
Gabo, quien lloraba y trataba de suplicar en vano.
- ¡A los Guasones nadie les ve la cara de
pendejos! ¿Te creíste muy chingon, no putito? ¡Ahí te va la v grande, la del
payaso, pa que no se te olvide! -
Acto seguido, jalo con fuerza la hoja, rasgando
ambos lado de la boca. Cuando el Gabo grito, la herida se abrió
descomunalmente, dejándole para siempre una amplia y grotesca sonrisa. La
sonrisa del payaso, la firma de los Guasones.
Gabo siguió gritando en la sala. En la recamara
se escucharon ruidos. Se suponía que el Gabo estaba solo, o eso les había
dicho. El Güero, el Sonrics, y Bacha se voltearon a ver, hasta el huevo de cois, y confundidos.
- Yo voy. - Dijo el Sonrics, y corrió a la habitación
al fondo del pasillo.
Gabo se ahogaba en su propia sangre, aun así,
entre gorgoteos, trataba de emitir una súplica ininteligible. Se escucharon
gritos, y cuatro tiros.
- ¡Puta madre! ¡Cuídalo! - Le ordeno el Güero a
Bacha, y corrió a la habitación.
En todos sus años de gangero nunca había presenciado
algo tan horrible: Como si de una pintura de Polok se tratara, los caóticos
patrones de sangre cubrían todo lo que alguna vez había sido bello. El blanco
de las paredes, las cenefas con motivos infantiles, los juguetes, la litera, la
cuna. En medio de esa carnicería estaba el Sonrics, contemplando con macabro interés
su enfermiza obra de arte.
En el suelo, una señora, probablemente la madre,
rodeaba, protectora, el cuerpo inerte de un pequeño de unos siete años. Ambos tenían
el tiro de gracia. La cabeza del Güero giraba y era un zumbido. Noto en el
suelo un tercer cuerpo que se arrastraba lejos del otro brazo, el extendido
cual Cristo, de la madre muerta. Era una pequeña de unos nueve años, con el
rostro horriblemente crispado por el dolor. Con una de sus manitas trataba
desesperadamente de contener sus entrañas, las cuales, como dotadas de vida
propia, buscaban salir del cuerpo. El Sonrics sonreía maliciosamente.
Finalmente le disparo a la cabeza. Esta, literalmente, exploto.
El Güero ya no pudo más, y vomito junto a la
cuna. Se limpio con la manga de la sudadera los residuos del vomito. Con el
dorso de la mano, se limpio el sudor de la frente. Se incorporo, y entonces lo
vio: En la cuna yacía, nadando en sangre, un cuerpecito vestido de blanco. El
sitio donde debía de haber estado la cabeza era ahora algo amorfo e
indescriptible.
El Güero volteo a ver al Sonrics, con una mezcla
entre horror, odio y confusión, pero no pudo articular palabra. El Sonrics se encogió
de hombros, sonrió, y salió de la habitación, silbando una canción. El Güero
dudo, después salió detrás de él, lo alcanzo en la sala, apoyo el cañón de la
Colt en la cabeza del Sonrics, y disparo a quemarropa.
Sus sesos volaron por toda la habitación.
De inmediato, Bacha comenzó a dispararle. Fallo,
pero el Güero no, y una de sus balas fue a pegar en el hombro de Bacha, quien
alcanzo a salir por la puerta de la casa. Afuera los esperaba el Gordo en el
Grand Marquis. En cuanto vio lo que sucedía, y Bacha logro subirse, se arranco
en chinga. El Güero logro clavar uno de sus tiros directamente en el ojo de
Bacha, pero el Gordo se pelo.
Desesperado, el Güero regreso a la casa. Gabo
gritaba y lloraba frente a la cuna, sin saber qué hacer. Volteo y miro
directamente a los ojos al Güero, con una furia y un dolor que habrían de
perseguir a este hasta el día del juicio.
- Perdóname, por favor. - Y le dio un tiro en la
frente.
Tomo una sudadera de Gabo, y alcanzo a salir por
la ventana, justo cuando se empezaban a escuchar las sirenas de los tiras. Corrió
hasta que se canso, y siguió corriendo. Tiro en una coladera su sudadera, y se
puso la de Gabo. Con los tres pesos que tenía trato de llamar a su jefa, pero
nadie contesto el teléfono en la casa. Seguro había ido al pan. Tenía como
veinte minutos para llegar corriendo a casa de su jefa, en el Cuernito, y
sacarla de ahí. A estas alturas, el Diablo ya debía de haber ordenado que le
dieran piso.
- ¡Puto Sonrics! ¡Que chingue a su madre en el
infierno! -
¿Que madres había pasado? El podía ser una
mierda, pero no mataba bebes. Siempre había sido un héroe para la clicka. El más
verga pa los putazos, el que mejores viejas traía, el que más chupaba, y el que
nunca se rajaba ni fallaba un tiro. El y el Diablo. Ahora iban a cazarlo como a
un perro.
Llego en quince a casa de su jefa, sin aliento.
Apenas vio la casa, supo que todo había valido madres. "Drive by",
carajo. Él le había enseñado eso a la clicka, del tiempo en que vivió en el
Gabacho. Apenas puso un pie dentro, encontró el cuerpo desecho de su jefa,
acribillado a tiros. Grito con rabia, y lloro desconsoladamente, pero sabia que tenia que seguirse moviendo.
Se fue a la Caverna, en las barrancas de Santa Fe. Seguro la clicka y los tiras
lo andaban olfateando pero, de momento, el último lugar donde el Diablo lo buscaría
seria ahí, justo donde se reunían todos. Puso el tanque de gas cerca de la
entrada, y acomodo estrategicamente en varias partes del edificio el alambre de puas que usaban para ponchar llantas. Arranco las tablas y cortinas que tapaban las ventanas, y quito los fusibles de la caja de luz. Se coloco entre las sombras, observando el lugar tenuemente iluminado por la luz que entraba por las ventanas. Esperaria en la oscuridad. Sonó su celular. Era el Diablo.
- Ya ni te muevas, culero, ahorita entramos por
ti. -
No pensaba ir a ningún lado. Llevaba la Colt, las
dos 38, y la Beretta que su tío le había regalado y llevado a bendecir cuando cumplió
quince años. En la Caverna había suficiente munición para aguantar chido varias
horas, quizá en lo que llegaban los tiras. Miro por última vez el tatuaje de su
clicka. Desde su antebrazo, un payaso maligno le sonreía burlón. Le decía, literalmente, que se lo iba a cargar. El Güero sabía que seguiría siendo un Guasón hasta el último momento,
pero siempre supo que no era como ellos.
Afuera, seguramente, el Diablo daba instrucciones
a la clicka. Contando al Gordo y al Mandril, que eran unos pendejos, serian
catorce cabrones los que irían por él. Ninguno, salvo el Diablo, se rifaba
chido con la fusca. No como él.
Como si fuera una armadura, se puso los tres
escapularios con la imagen de san Judas: Uno colgando del cuello, pa que se le
resbalaran las balas. Uno en la muñeca derecha, pa no fallar los tiros, y uno
en el tobillo derecho, pa poder pelarse. Ese último se lo puso solo por respeto
y costumbre.
Con la mano derecha en el corazón, apoyada sobre
el tatuaje de la Niña Blanca, rezo las balas. Los escucho subir, lentamente,
por las escaleras. Esnifo perico. Queria estar al cien para lo que venia. Estaba listo. Se escucharon vidrios rotos, y tiraron la
puerta. Venían por él. No tenía la mas mínima esperanza de salir vivo de esta,
pero era un chingon, y le había jurado a su jefecita, a la familia del Gabo, a
san Juditas, y a la Niña Blanca que, pasara lo que pasara, al amanecer no quedaría
respirando ni un solo Guasón.

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