Según mi abuela me conto, sucedió en una calurosa noche del
otoño del 72, allá en San José de Chila, Apatzingán. A mitad de la noche,
toda la gente del pueblo escuchaba los desesperados gritos de dolor de Eréndira,
la esposa de Jeremías, desertor del Ejército mexicano después de aquella fatídica
noche de Tlatelolco. Les habían dicho que sería un parto difícil, pero nada los
había preparado para esto.
La partera hacia cuanto estaba en sus manos, pero nada era
suficiente para mitigar el sufrimiento de Eréndira. Finalmente, después de casi
una hora de lucha constante, la creatura nació. "Nació" es una forma
de decir que había salido del vientre materno, pues en realidad estaba muerto,
al igual que su madre. Si, había sido varón.
La noche se cubrió de rezos y lágrimas. De pronto Socorro,
quien se encontraba rezando afuera de la casa, abrió la puerta de esta y dijo:
- Esta niña dice que la Virgen le pidió que viniera. -
Habiendo dicho esto, se hizo a un lado y dejo pasar a una
pequeña de unos nueve años, cabello negro, tez morena, rasgos indígenas, y los
ojos más verdes que nadie hubiera visto jamás. Llevaba una túnica blanca y
lisa, e iba descalza. Todo mundo guardo silencio, y la pequeña avanzo hacia
donde estaban ambos cuerpos. Se acercó al pequeño y puso sus manitas sobre él. Más
tarde, todos los presentes comentaron sobre el calor que estas parecían
irradiar. Con los ojos cerrados, comenzó a rezar algo en un dialecto,
probablemente en Náhuatl. Estuvo así unos cuantos minutos, de pronto se
desplomo al suelo. Estaba muerta. Al instante, el pequeño comenzó a llorar.
Era un milagro, estaba vivo. La multitud se encontraba presa
de una confusa mezcla entre éxtasis y congoja, tanto por la resurrección del
pequeño, como por la muerte de la misteriosa pequeña que le había salvado la
vida. Al día siguiente, afuera de la casa de Jeremías, se le construyo un altar
a la niña, justo donde la habían enterrado, y se le venero como una santa. Mi
abuela decía que de su tuba nació una higuera que en menos de un mes había
alcanzado su plena madures. Me consta que ese árbol sigue en pie hasta la
fecha, pues ella me llevo a verlo.
El pequeño fue bautizado como Aurelio. Aurelio Villegas,
igual que su abuelo. Extraños e indescifrables son los designios de Dios, que quiso que, años más tarde, Aurelio se convirtiera en el temido líder
del cartel de los Villegas Colín. O eso era lo que decían los medios.
La verdad es que un día Aurelio, cansado de la pobreza y opresión
que sufría su gente, reunió a una tropa de valientes, se los llevo a la sierra,
y los entreno del mismo modo en que había hecho con el su padre (q.e.p.d.), y
un buen día arrebataron los plantíos de amapola y marihuana que cultivaba el
Ejercito en la región. Al igual a como había sucedido en Colombia, la guerrilla
liderada por Aurelio comenzó a obtener sus recursos en base al narcotráfico,
sabiendo perfectamente que ellos, los mexicanos, podían ser productores y
distribuidores, pero los gringos eran los principales consumidores.
Para su gente, Aurelio era un héroe: Construyo escuelas e iglesia;
creo muchas fuentes de empleo (en su mayoría legales), para la gente de todo el
estado, y defendió a su pueblo del abuso de criminales y funcionarios (que para
el eran lo mismo). Sin embargo, frente al cartel, Aurelio se había convertido
en un hombre sanguinario.
Una noche, Aurelio recibió una llamada. Hacia unos meses que
andaban cazando a un grupo de tratantes de blancas que robaban niñas indígenas
para, presuntamente, prostituirlas en Playa del Carmen o venderlas a los
tailandeses. Alfredo, su terrateniente, los había localizado esa misma noche.
Aurelio quiso ir para acabar personalmente con ellos, y asegurarse de mandar un
mensaje claro a los de su calaña: No son bienvenidos aquí.
Al llegar al lugar, Aurelio y sus hombres fueron testigos de
cómo doce tipos hacían abordar a un tráiler a más de treinta niñas indígenas,
todas entre siete y doce años de edad. Apenas las niñas estuvieron dentro, lo más
seguras posibles, se armó la balacera. Aurelio dio órdenes precisas de disparar
primero a los pies, y una vez en el suelo, acribillarlos, para dejar fuera de
rango a la caja del tráiler que contenía a las niñas. El operativo fue todo un éxito. Liberaron
a las niñas. Aurelio ayudaba a bajarlas cuando se percató de una en particular:
Era morena, de cabello negro, pero tenía los ojos más verdes y luminosos que había
visto jamás. Experimento una extraña sensación, que hoy en día conocemos como
"deja vu", antes de recibir un disparo detrás de la oreja. Uno de los
abatidos aún estaba vivo, y quiso llevarse a alguien consigo antes de dejar
este mundo.
Todo se oscurecía para Aurelio. La pequeña de ojos verdes se
acercó a él, que se desangraba en el suelo. Se tomaron de las manos, y al mismo
tiempo, los dos dijeron:
- Gracias. -
En ese momento, Aurelio Villegas falleció.

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