domingo, 20 de enero de 2013

Los amantes suicidas de la Roma




Se conocieron justo al término de la carrera, y en el ocaso de su vida. Daniela y Fernando, dos jóvenes promesas de la medicina. Ella, hermosa, sensible, de buena familia y muy dedicada a sus responsabilidades; el, apasionado, noble, y poseedor de una memoria privilegiada. Ambos desgarrados profunda e irrevocablemente por el amor.

Ella, que tuvo que dejar Querétaro, su tierra natal, porque sus papas querían que estudiara medicina en la capital, perdió a Rubén, el hombre que había amado durante tres años, pues este no pudo soportar la distancia, y pronto encontró reemplazo para ella en su lecho y en su corazón. El, quien después de un intenso, pero fallido matrimonio que duro diez años con Rebeca, perdió la esperanza, la pasión y la voluntad, aferrándose al trabajo en el hospital y convirtiéndose en una triste sombra de lo que fue.

- Prométeme que pase lo que pase, no te vas a enamorar de mí. Tarde o temprano me voy a ir, y no quiero lastimarte. – Le había dicho Daniela en un momento de calma durante la primera noche que pasaron juntos.
- Esta bien, pero prométeme que pase lo que pase no trataras de salvarme, por favor. – Daniela no supo que contestar.

Habían sido presentados por amigos, y nadie nunca imagino que entre ellos podría llegar a haber más que amistad, pero así fue. Lo que los unió, curiosamente, fue una red social, donde Fernando volcaba el alma publicando desoladores poemas y pensamientos, propios y ajenos, con los que Daniela se identifico. Pronto quedaron en salir a tomar un café, y esa primer conversación fue un bello desahogo para ambos, pues sentían que nunca antes nadie los había comprendido como ese día.

Comenzaron a verse más seguido. Iban a todos lados juntos. Eventualmente, gracias a una noche de copas, terminaron haciendo el amor. Sin decir una sola palabra al respecto, comenzaron a actuar como una pareja. Un día, después de una fiesta en la colonia Roma, decidieron caminar un poco antes de tomar un taxi que habría de llevarlos a sus respectivos departamentos. Caminaron, rieron y platicaron un poco de todo. Como atraídos magnéticamente por un hechizo, llegaron frente a un edificio ubicado frente a la Plaza Roma. 

- Seria un buen lugar para vivir ¿No crees? - Pregunto Daniela.

- Si. – “La casa de las brujas” siempre le había recordado a Fernando al sitio donde mataron a Lennon, y donde Roman Polanski grabo “El bebe de Rose Mary”. Le gustaba mucho, le parecía un sitio agradable para morir.

Dos semanas más tarde, Daniela había encontrado un departamento vacio en ese mismo edificio, y convenció a sus papas de cambiarse ahí, donde compartiría renta con un amigo. Ese amigo era Fernando. Hicieron de ese departamento su refugio. Era lo más cerca que habían estado de tocar el cielo después del infierno que dejaron sus relaciones anteriores.

El trabajo en el hospital era un buen distractor, y era algo que a ambos apasionaba, pero apenas terminaban su turno, ambos salían disparados para encontrarse con el otro, antes de que la tormenta que crecía en sus almas arreciara fuerte. Estudiaban juntos, veían películas acostados en la cama, desayunaban, comían y cenaban sushi encargado en Kabuki, (aunque con bastante frecuencia iban a comer a Micasa), nunca se perdían el dos por uno de Yogurthland, los domingos caminaban tomados de la mano por el tianguis, comiendo helado de tiramizu y comprando cuanta cosa se les ponía en frente, y frecuentemente hacían el amor; pero siempre había una sombra presente en el corazón de ambos: Para Daniela esa sombra era Rubén, a quien aun no lograba olvidar; para Fernando, quien tampoco podía dejar de pensar en Rebeca, esa sombra era la muerte.

El día que un abogado le entrego los papeles de divorcio firmados pro Rebeca, junto con una nota diciéndole que había conocido a alguien más, y que quería rehacer su vida, Fernando sintió que el mundo se le venía abajo. Daniela, después de consolarlo, le confesó que hacía dos días se había enterado que Rubén se acababa de casar. Esa noche lloraron y cogieron como si fuera el fin del mundo. Finalmente, durmieron profundamente, agotados de tantas lágrimas y sudor.

Un domingo, después de que Daniela regresara de visitar a su familia en Querétaro, Fernando noto muy seria a Daniela, pero no dijo nada, pues temía  lo que esta tuviera que decir. Después de caminar por el tianguis y comprar su ya típico helado, se fueron a sentar a un café, y hasta entonces ella se decidió a soltar la bomba.

- En dos meses, apenas terminen las vacaciones, regresare a vivir a Querétaro. Discutí con mis padres, y aunque no estoy de acuerdo, creo que es lo mejor. Fernando guardo silencio. - ¿No vas a decirme nada? Ambos sabíamos que esto tenía que pasar. – Insistió Daniela.

- Si ya lo has decidido, no hay algo que yo pueda hacer o decir al respecto. Lo único que podemos hacer es disfrutar este tiempo que nos queda juntos. – Dijo Fernando, y así lo hicieron.

El sexo, que al principio había sido difícil debido a la tristeza que imperaba en ambos, mejoro considerablemente. Esta vez había voluntad de hacer y permanecer, y el cuerpo de sus anteriores parejas, que tantas noches había estado presente, ahora era solo un recuerdo lejano.

Finalmente, llego el día tan temido por ambos. Los papas de Daniela pasaron a recogerla al departamento para tomar el avión; ya luego enviarían a alguien a recoger el resto de las cosas. La esperaron abajo mientras se despedían.

- Dame un tiempo para arreglar mis cosas por allá, y luego vemos que pasa con nosotros ¿Si? Espérame, por favor. –

Fernando asintió y sonrió antes de besarla por última vez. Hubiese podido engañar a cualquiera, menos a ella, quien pudo ver la tristeza que se escondía en su mirada. Sin embargo, permaneció callada. Le dio un último y tierno beso en los labios, lo abrazo con toda la fuerza de la que era capaz su diminuto y bello cuerpo, después se dio la vuelta y salió del departamento sin decir nada y sin mirar atrás.

Esa noche, Daniela no pudo dormir. Estaba preocupada por Fernando, y además extrañaba dormir pegada a su cuerpo. Le hacían falta su loción impregnándola, sus brazos rodeándola y protegiéndola, sus piernas enredadas con las suyas, su respiración en su cuello, su pelvis rozando suavemente sus nalgas, su calor. Pensaba también en lo tonta que había sido por haber permitido que sus papas decidieran, una vez más, por ella, siendo que en el DF ya había construido toda una vida, haciendo de la Roma su santuario, y encontrando en Fernando su religión.

En cuanto salió el sol, Daniela ya estaba vestida y terminando de hacer maletas. Después de una acalorada y dolorosa discusión con sus padres, quienes amenazaron con desheredarla y dejarla en la ciudad a la deriva y sin ayuda económica, Daniela tomo un taxi y abordo un camión de regreso a la ciudad, ansiando estar pronto de regreso en su adorada Roma y con su amado Fernando. Si, su amado, pues esa noche había decidido que lo amaba, y que habría de luchar por él y por esa bella, pero dolorosa, relación que tenían. Él era el hombre con el que quería pasar el resto de sus días, y ella era la mujer que habría de darle la familia y el hogar que el tanto añoraba. Su destino era estar juntos.

Ya había oscurecido cuando llego al departamento. Saco su llave y entro gritando

- ¿Amor? - No hubo respuesta.

En el departamento se respiraba un frio aire sepulcral. Al entrar a la recamara lo encontró. La piel estaba impresionantemente morada, y su rostro se veía como hundido en los huesos. No necesitaba tomarle el pulso para darse cuenta que estaba muerto. En su laptop sonaba “Black”, de Pearl Jam.

“I know someday you'll have a beautiful life,
i know you'll be a star in somebody else's sky,
but why can't it be mine?”

En la penumbra pudo ver vidrios brillando en el suelo, pertenecían a un cuadro roto con la foto de Rebeca. En el buro, junto a la cama, había una botella vacía de whiskey y un frasco a medias de Clonazemap. Temblorosa, Daniela se acerco a Fernando, entonces descubrió que abrazaba la ultima foto que se habían tomado juntos, frente a la fuente de las Cibeles.

Se recostó en sus piernas y lloro desconsolada, hasta que se quedo dormida. Despertó un par de horas después, y sin pensarlo, bebió de fondo lo que quedaba en el frasco. El sabor dulce del medicamento era agradable. Se levanto con torpeza de la cama y puso “Luz de día”, de los Enanitos verdes. Siempre pensó que esa sería la canción que habría de bailar en su boda. Regreso a acostarse al lado de Fernando. Quito la foto y con trabajo pudo meterse bajo su brazo rígido. Le dio un último beso en los labios antes de cerrar los ojos para nunca más volver a abrirlos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario