domingo, 23 de junio de 2013

Mein teil



Una vez al mes, apenas se metía el sol, manejaba el taxi por la zona empresarial de Santa Fe. Buscaba solamente morenas guapas, de entre 25 y 30 años. El modus era siempre el mismo: Se mostraba amable, platicador, y algo curioso. Cuando llegaba la hora de pagar, las inyectaba en la muñeca con M99, y se las llevaba hasta su casita en Tacubaya. En el garaje, las cambiaba de coche, y salía de ahí.

Hacía dos años que había enviudado, y llevaba uno haciendo esto. Su casa era una enorme, pero discreta mansión en Polanco, herencia de su madre. Nunca conoció a su padre. Bajo a la chica del coche, y la llevo al taller. El proceso era largo, pero él era hábil, meticuloso, y paciente. La desnudo sobre la plancha. Se quito los guantes de piel que había usado hasta el momento, y los sustituyo por unos de látex. Tomo fotografías a detalle, poniendo especial atención en el rostro. Colgó el cuerpo de cabeza sobre una tina. Hizo un pequeño corte en la garganta, y la dejo que se desangrara por espacio de una hora. Le gustaba pensar que la muerte era como un sueño para ellas.

Después de asegurarse que había muerto, y cuando ya no escurría más sangre, la bajo y la deposito en una mesa. Con un escalpelo removió toda la piel del cuerpo; la limpio y la salo con Bórax. Dejo la piel reposando, pues tenía que secar durante dos días antes de curtirla y engrasarla. Siguió con el cuerpo. Abrió en canal, desde la pelvis hasta la garganta, y removió todas las vísceras. Paso un par de horas cortando y seleccionando lo que servía y lo que no (era especialmente importante conservar el cráneo). Guardo con cuidado las partes que podía utilizar en una hielera; lo demás lo repartió en siete bolsas rojas de R.P.B.I. Tiro los guantes a la basura, y se dirigió a la cocina.

Puso en el estéreo la sonata en G menor de Tartini, y fue a la alacena. Saco unos pequeños recipientes de cristal, de diversos tamaños, donde fue acomodando órganos y huesos; luego, los metió al refrigerador. Aparto los que constituirían la cena, que esta noche seria intestinos fritos (salados, pero deliciosos) y tuétano asado. Cuando todo estuvo listo, puso la mesa. A la luz de las velas, destapo una botella de Haras de Pirque, y se dispuso a cenar. Con un pequeño tenedor, especialmente diseñado para ese menester, comenzó a extraer la medula del hueso, y lo unto en una rebanada de pan tostado. Su consistencia era tierna, y olía muy bien. La cena era para él un rito religioso, donde sentía que alcanzaba el Nirvana.

Terminando de cenar, se dirigió a su “Salón de almas”, como él la llamaba. Era una amplia sala decorada con imitaciones de Goya, el Bosco, Carrington y Blake, principalmente, además de un par de originales de Hans R. Giger y uno de Remedios Varo, que era su orgullo. Pero, a pesar del placer que le causaba admirar sus cuadros, lo que más deleite le proporcionaba era ver sus esculturas: Maniquíes que el mismo había hecho y detallado, minuciosamente, para después recubrirlos con la piel de cada una de sus víctimas. Siete, hasta el momento, pero pronto se les uniría una octava. Los ojos son el espejo del alma, por eso había invertido tanto tiempo y esfuerzo en preservar los originales. Ese cuarto, y su biblioteca, eran los únicos lugares en el mundo donde no se sentía solo. ¿Qué pasaría cuando el Salón de almas estuviera lleno? Ya habría tiempo para pensar en ello.

No sentía remordimiento alguno, al contrario, les había hecho un bien al inmortalizarlas. Tarde o temprano su belleza se apagaría, pero él había logrado preservar sus cuerpos en aquellas estatuas, y sus almas ahora vivían dentro de el. Se dirigió a la biblioteca, y continuo leyendo las “Máximas” de La Rochefoucauld, justo donde se había quedado. Leyó por espacio de una hora, esta vez acompañado por una copa de Vespral, luego se fue a dormir. Era sábado por la noche, no había prisa por levantarse temprano al día siguiente.

El lunes, como siempre, llego una hora antes al hospital. Después de estacionar su coche en su lugar, se dirigió, sin que nadie lo viera, al depósito de basura, donde arrojo en los contenedores rojos las bolsas de R.P.B.I., después de dirigió a su consultorio. Se puso la bata, y comenzó a estudiar los archivos de los pacientes que vería el día de hoy. Era un buen pediatra, de los mejores del país. Le gustaba ayudar a quien más lo necesitaba, y todo mundo decía que era muy humano.

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