domingo, 16 de junio de 2013

A quemarropa




Hacía ya una semana que les habían avisado que el Presidente de la República visitaría la Universidad; si, el mismo bastardo que, secreto a voces, había matado a su anterior esposa, y golpeaba a la actual. El mismo cerdo que había llegado al poder mediante un descarado fraude, típico del corrupto partido político al que pertenecía, y que además, durante su gestión como Gobernador, había sido responsable de varias masacres a campesinos de su estado. Ernesto, profesor de Ciencias políticas en la Universidad, y hombre de valores y convicciones, creyó ver en esto su oportunidad de hacer algo bueno por este mundo.

El mismo día que le dieron la noticia, se ofreció como voluntario, pues sabía que necesitarían gente de confianza para recibir al Presidente en la comida que se celebraría en su honor dentro del campus. Llegando a su casa, saco la vieja 42 del cajón. Tuvo que apartar la foto de su boda con Eloísa, de quien se había separado hacia poco más de un año, y cuyo recuerdo aun le producía un profundo dolor. Sacudió esa cabeza, como tratando de espantar esos pensamientos, y puso manos a la obra.

Tomo tres balas, aunque sabía que solo tendría oportunidad de realizar un tiro; las preparo, y las coloco en el carrete, justo después de haber limpiado el arma de huellas digitales, la envolvió en papel aluminio; después roció con un atomizador lleno de cloro el paquete, y lo guardo en una bolsa de plástico de esas que se sellan herméticamente, y que por lo general se ocupan para guardar comida. Puso el paquete en su bandolera, y regreso a la Universidad.

Se dirigió al comedor, a la barra donde los empleados sirven la comida para maestros y alumnos. Sin que nadie lo viera, quito los tornillos de la coladera que estaba justo debajo, y deposito el paquete ahí; luego, volvió a atornillar. Si alguien encontraba el arma, lo cual era poco probable, no había forma de que la relacionaran con él.

Por fin llego el gran día. Un par de horas antes de que arribara el Presidente, agentes a cargo de la seguridad presidencial revisaron al personal, y de nueva cuenta las instalaciones. Gracias al cloro y al aluminio, ni los perros ni los detectores encontraron el arma. A ratos, sin que nadie lo viera, Ernesto fue desatornillando poco a poco la coladera; cuando por fin lo logro, guardo el paquete justo detrás de la barra donde se sirven los alimentos, escondido entre los platos. El nunca había sido una persona nerviosa, por lo que nadie noto algo sospechoso en el.

Les avisaron que el Presidente ya había llegado, por lo que tenían que estar en sus puestos. El se coloco detrás de la barra, donde supuestamente serviría los platillos que los meseros llevarían a los comensales. La comitiva presidencial arribo. Al frente de varios funcionarios, y de dos bellas asistentes, iba el Presidente, rodeado de escoltas. Había repasado mentalmente decenas de veces la misma escena: El Presidente lo saluda de mano, el aprovecha para detenerlo y dispararle, por encima de la barra, a quemarropa en la frente.

Mientras la comitiva saludaba y posaba para las fotos, Ernesto, discretamente, desenvolvió el arma. Solo tenía un tiro, una oportunidad antes de que los escoltas lo detuvieran o lo abatieran a tiros. Después de saludar a sus compañeros de mano, tal como lo había previsto, el Presidente se acerco, del otro lado de la barra, y le tendió la mano. Como temía, los escoltas estaban demasiado cerca, y probablemente lo detendrían, bloquearían el tiro, o quitarían de rango al Presidente en cuanto Ernesto levantara la mano con el arma, así que decidió jugársela.

Saludo al Presidente con la mano izquierda, para ganar algo de tiempo, y justo cuando este cambio de mano y tomo la suya para estrecharla, Ernesto disparo los tres tiros contra el cristal de la barra, los cuales impactaron directamente en el tórax del Presidente. La respuesta de los escoltas fue inmediata, y al instante lo derribaron a tiros. Todo eran gritos y caos.

Mientras la vida se le escapaba del cuerpo, Ernesto sonrió: Sabía que esos tres tiros no necesariamente habrían sido letales, a no ser por que tomo la precaucion extra de preparar las balas con cianuro, al igual que el cristal de la barra. Antes de sucumbir al dulce arrullo de la muerte, escucho que el Presidente había fallecido. El también moriría, pero pasaría a la historia como un héroe.

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