domingo, 9 de junio de 2013

Sombras y secretos




Ella era frágil y hermosa, como una flor. Se veía a sí misma llena de espinas, como una rosa, y pensaba con tristeza que había sido bien abonada, pues había crecido en medio del estiércol. Ella tenía un secreto, y ese secreto la hacía sentirse sucia, triste y avergonzada. Hace muchos años, cuando aún era pequeña, había sido precisamente el jardinero quien había arrancado con brutalidad su inocencia, la flor más bella de su jardín, llenando de amargura donde debió de haber placer y felicidad.

Nunca se atrevió a contárselo a nadie, hasta que lo conoció a el, el escritor. Había algo perverso y oscuro en su personalidad y sus letras que la atraían poderosamente a sus brazos, donde se sentía segura. Después de un par de meses de encuentros clandestinos, poemas, y canciones, él le confesó que la amaba; ella le correspondió sus gestos y palabras en el lecho, y por primera vez en su vida se sintió amada y feliz.

Fue entonces cuando decidió contarle, con lujo de detalle, como había sido violada. El rostro de él se ensombreció de una forma que la hizo sentir miedo, pero la abrazo tiernamente, seco sus lagrimas con besos, y le dijo suavemente al oído “Todo va a estar bien”.

La semana antes de que ella cumpliera veinticinco, el estuvo ausente, pero le prometió una sorpresa. Lo extrañaba mucho, pero también le carcomía la curiosidad. Exactamente a las 12:01 am del día de su cumpleaños, tocaron a la ventana de su cuarto. Le costó algo de trabajo despertar y darse cuenta de lo que sucedía. Cuando por fin fue plenamente consciente de los suaves, pero persistentes golpes en el cristal, se levanto de la cama. Al abrir la ventana se encontró con una pequeña cajita, de unos treinta por veinte, forrada de terciopelo negro, y envuelta en un moño rosa. No había nadie en la calle. Tomo la caja, cerró la ventana, y prendió la luz.

Se sentó en la cama. Con cuidado, quito el moño y la envoltura. La caja era de madera, y en su interior había una pequeña cajita de música, bastante antigua, con una bailarina de porcelana adornando la tapa. La abrió y la música comenzó a sonar. Era una bonita melodía que a ella, por algún motivo, le sonó triste y lúgubre. Había un papel doblado dentro de la cajita. Era una fotografía de una cabeza decapitada sobre una mesa. A pesar de los años, de inmediato reconoció el rostro de Javier, el jardinero.

Comenzó a llorar desconsoladamente, presa de tantos recuerdos. Cuando logro tranquilizarse, se levanto de la cama, tomo encendedor y cenicero, y quemo la foto. Mientras el rostro tan odiado se consumía entre las llamas, sintió luz y paz interior. Además del dolor que le provocaba el recuerdo, siempre le remordió la conciencia haberse quedado callada y pensar que ese monstruo podía haberle hecho lo mismo a otras. 

Cuando la ultima braza dejo de arder, puso en el buro el cenicero, apago la luz, y regreso a las cobijas. Dejo que siguiera sonando la cajita de música, pues ahora le parecía una dulce canción de cuna. Por algún extraño motivo, pensó en el apellido “Carroll”: Lewis Carroll, el escritor, y Joe Carroll, el asesino. También pensó en Allan Poe. Abrazo su almohada y pensó en su amado. Se sentía bendita por tener a su oscuro ángel de la guarda, dispuesto a matar y morir por ella.

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