domingo, 28 de abril de 2013

Santa sangre


* Inspirado en "La leyenda de San Julián, el hospitalario", de Gustave Flaubert.

Fue cuando entro a primaria que los papas de Julio decidieron meterlo al Cedros, escuela católica adoctrinada por el Opus Dei. Un año antes su mama, la señora Adriana, había soñado que el Espíritu santo le revelaba que Julio seria un santo; ella, fiel hasta el fanatismo a las enseñanzas de José María Escriba de Balaguer, convenció al señor Héctor, su marido, de poner a su hijo en el camino del señor.

Julio era un niño tranquilo, amable e inteligente que, a pesar de ganarse el cariño de todos por su educación y sincera sonrisa, prefería siempre estar solo. A pesar de lo mucho que disfrutaba de toda la creación divina, siempre estaba en espera de que sucediera algo más, algo que solo encontraba leyendo a Shakespeare, Dumas, y las leyendas del Cid campeador y La mesa redonda.

Sucedió que un día, mientras cursaba quinto de primaria, cuando Julio caminaba por el bosque del colegio, sumido en profundas reflexiones, hallo al perro del conserje jugando con el cuerpecito herido de una pobre paloma. Después de ahuyentar al canino, intento socorrer al avecilla, la cual se encontraba bastante mal herida, al punto de tener, además de severos cortes en todo el cuerpo, un ala desgarrada, casi desprendida del resto del cuerpo. Aquel animalito no sobreviviría. Julio lo sabía, y además podía sentir su dolor, así que, sin detenerse a pensarlo, le rompió el cuello con un rápido movimiento de ambas manos. Después enterró a la avecilla lo más profundo que pudo al pie de un pino. Julio rezaba mientras hacía esto.

Tenía las manos teñidas de rojo, y su corazón palpitaba salvajemente. El olor de la sangre lo embriagaba. Lamio un poco. Sabía bien. Observo detenidamente las palmas y el dorso de sus manos, pues no las reconocía. Acababa de descubrir una fuerza y una habilidad que no sabía que poseía. También se sentía puro, pues había hecho bien en librar a aquel ser de su dolor.

Permaneció largo rato observando la sangre que lo cubría. Noto como cambiaba de color y consistencia, volviéndose quebradiza. Cuando sonó el timbre que indicaba el fin del receso, corrió a lavarse las manos, para que nadie sospechara nada. Paso el resto de las clases oliendo el dulce olor de la sangre que aun impregnaba sus manos.

Casi dos años después, en secundaria, en contra del deseo de su mama, y para beneplácito de su padre, Julio ingreso a la Academia Militarizada México. Aun tenía muy presente la sensación que le produjo "liberar" a aquella paloma. La sangre se había vuelto su obsesión. Durante su segundo año en la AMM, descubrió el box. Se sentía fascinado al ver la sangre de su oponente, y la propia, pintando la lona. Le gustaba oler a sangre y sudor. Imaginaba que así olían las bestias salvajes.

Ya en la preparatoria, además de seguir boxeando, comenzó a asistir a corridas de toros. Le causaba el mismo placer cuando el toro, o el torero, eran sangrientamente abatidos en la arena. Había poesía y misticismo en esa lucha entre el hombre y la bestia. Ahí, en la Monumental, conoció a Iván, quien era aficionado a la caza.

En la AMM, de la cual aun era alumno, tenía tres prácticas de tiro con semiautomática a la semana, de dos horas cada una. El olor a pólvora el sonido que hacia la bala al salir del cañón, el control al retroceso, y la puntería que había adquirido con la práctica, lo hacían sentir poderoso; pero nada se comparaba a la sensación que le producía el cazar pequeños animales, principalmente conejos y aves, con el .223 Rem de Iván.

Una semana antes de cumplir los dieciocho, mientras se encontraban de cacería en un bosque cercano a El mapa, escucharon gritos. Ambos corrieron cuesta arriba para dominar el panorama. Descubrieron, al pie del cerro en que se encontraban, una Pick up blanca estacionada junto a un pequeño claro; ahí, dos jóvenes trataban de abusar de una chica, y estaban a punto de lograrlo.

Sin pensarlo, Julio se hinco, apoyando el brazo que sostenía el cañón del rifle sobre su rodilla izquierda, y apunto. Se tomo su tiempo para calcular dos tiros, el primero fijo y el segundo en movimiento. Inhalo profundamente, y al finalizar la exhalación, tal como le habían enseñado, jalo el gatillo. La cabeza del tipo que estaba sobre la chica exploto como una sandia. El segundo tipo, tal como Julio había previsto, corrió asustado en dirección a la Pick up. Con tranquilidad, Julio disparo, no hacia donde estaba, sino hacia donde iba a estar. El tiro pego justo en la sien. La chica, confundida, aterrorizada, y bañada en sangre, salió corriendo sin proferir sonido alguno.

Julio le ordeno a Iván que recogiera los casquillos, y bajo corriendo a donde estaban los cuerpos. Saco el cuchillo que usaba para desollar animales, y extrajo del cráneo de cada uno de los muertos la bala; al terminar la sangrienta operación, se dio la vuelta para encontrar a Iván completamente horrorizado. Este le entrego los casquillos, y ambos regresaron corriendo al coche de Iván. De regreso nadie dijo una sola palabra. Después de ese día, Iván no volvió a llamarlo ni a contestarle el teléfono.

Julio no sentía el menor remordimiento.  Sabía que había hecho bien al salvar a aquella chica; sin embargo, esa noche no durmió bien. Se soñó a si mismo corriendo por el bosque desnudo y bañado en sangre. Su rostro, su respiración, y sus movimientos, eran los propios de un animal. Olfateaba el rastro de una presa, De pronto, algo se movió entre los arbustos y el, sin pensarlo, ataco. Todo era sangre, gritos y gruñidos. El desgarraba y mordía. Cuando todo hubo terminado, y por fin había saciado su sed de sangre, se detuvo. Horrorizado, descubrió el rostro de sus padres en medio de aquel amasijo de vísceras y sangre. Despertó espantado y sudando frio. Esa noche decidió abandonar ese modo de vida que estaba llevando.

Meses más tarde, entro a la facultad de Medicina. Sus padres, quienes al verlo vestido de blanco creían ver a un ángel, estaban muy orgullosos de él. Aunque constantemente se sentía intranquilo por el recuerdo de aquel sangriento pasado, que seguía avivando en él una anómala sed, esos fueron los mejores años de su vida.

Aunque todo era distinto, en el hospital también había mucha sangre; eso, la satisfacción de hacer algo bueno por los demás, y la adrenalina, fueron lo que lo hicieron decidirse por traumatología. Seis meses después de haber concluido la especialidad, y con su base en Centro Médico, se caso con Viviana, su novia desde hacía tres años, a quien conoció en la facultad.

Un día, Julio tuvo como paciente al pequeño Genaro, de tres años de edad. Fractura expuesta en el brazo. La mama, una joven mujer de 25 años, dijo que se había caído de las escaleras. Estaba mintiendo. Las trabajadoras sociales, sin embargo, no pudieron hacer nada: El marido era un judicial bastante prepotente, que se los llevo a ambos en cuanto pudo. Julio pudo ver como el tipo abofeteaba a la mama en el coche, ante la mirada del aterrorizado Genaro. Fue más de lo que pudo soportar.

Busco en el expediente la dirección de esa familia, y durante dos semanas estuvo acechando, en espera del momento oportuno. Finalmente, una noche en que el judicial llego pasado de copas, Julio decidió abordarlo. Debido a la ansiedad y la inexperiencia, le clavo un bisturí en el cuello, en vez de hacer un corte limpio que atravesara de lado a lado la garganta. El judicial trato de luchar. Julio, quien estaba en buena condición física, logro someterlo, pero tuvo que apuñalarlo en repetidas ocasiones, hasta que lo mato. Se sintió eufórico, fuerte y pleno, pero sobre todo, puro. Por fin sabía lo que era.

 Recordó como durante sus años de servicio en la UMF 4, en la colonia Doctores, los vecinos vivían atemorizados por el constante acoso de las pandillas locales, por lo que decidió establecer ahí su coto de caza. Se dedico a entrenar más duro, a perfeccionar su puntería, y se hizo de un par de Colt.

Por muchas lunas cazo y dio muerte a los pandilleros, siempre cuidando de hacer que pareciera un ajuste de cuentas de una pandilla rival. Por lo general los mataba de un tiro directo a la cabeza y a quemarropa., pero a algunos, a los peores, los reservaba para su bisturí. Un solo corte  en la yugular, limpio profundo y preciso, era todo lo que necesitaba. Luego, con gran deleite, se quedaba a verlos morir desangrados. Sin embargo, siempre tuvo la esperanza de encontrar a uno lo suficientemente sagaz como para proporcionarle una confrontación física, pero eso nunca sucedía. Tampoco le incomodaba, era mejor no correr riesgos.

En casa tampoco los corría; siempre podía decirle a Viviana que se quedaría a guardia en el hospital. Esa doble vida que llevaba, ayudando a quienes lo necesitaban de día, y cazando animales de noche, lo hacía muy feliz.

Sin embargo, una noche particularmente sangrienta, Julio obtuvo lo que tanto anhelaba: Después de abatir a tres pandilleros a tiro limpio, la Colt se atasco, y tuvo que enfrentar, cuchillo a cuchillo, a un cuarto pandillero. Al final, Julio logro vencer y darle muerte al enemigo, pero salió bastante malherido. Quiso la suerte que, en vez de acudir directamente al hospital, decidiera ir a su casa para que Viviana lo curara. Pensaba decirle que lo habían asaltado camino al hospital.

Faltaba una semana para su cumpleaños #40, por lo que Viviana, con ayuda de los papas de Julio, le preparaban una fiesta sorpresa. Aquella noche, después de recorrer la ciudad afinando los últimos detalles del plan, Viviana y sus suegros cenaron en casa. Después de la cena, al señor Héctor le bajo la presión, por lo que Viviana insistió en que pasaran la noche ahí. El señor Héctor y la señora Adriana accedieron, y Viviana les cedió la recamara que compartía con Julio.

Cuando este llego, las luces estaban apagadas, y todo mundo dormía. Entro sin hacer ruido. De inmediato percibió una loción que no era la suya. La sangre le hirvió. Abrió la puerta de la recamara y pudo ver, en su propia cama, dos figuras que dormían abrazadas. Confundido, cansado, herido, y sediento de sangre, como el animal que era, se abalanzo, cuchillo en mano, sobre ellos. Todo eran gritos, sangre, y gruñidos. Viviana corrió a la recamara al escuchar el escándalo, y al encender la luz descubrió horrorizada a Julio, bañado en sangre, hincado sobre los dos bultos sanguinolentos y destazados que habían sido sus padres.

Viviana grito. Julio volteo a verla y luego, invadido por un hondo penar, se dio cuenta de lo que había hecho. Cegado por una nube de dolor y confusión, Julio corrió. Corrió hasta que los pulmones le ardieron y las venas en la sien le palpitaban violentamente, como martillos. Se detuvo a tomar aire, lloro, grito, o más bien, rugió como bestia, y volvió a correr.

Cuando salió el sol, Julio había cruzado la ciudad, y había llegado al bosque. Estaba rendido, y busco un lugar donde dormir. Al despertar, cuando ya había salido el sol, lloro amargamente. ¿Que había hecho? Por satisfacer sus instintos, en una sola noche había destruido todo lo que amaba. Nunca podría borrar de su mente los cuerpos destrozados de sus amados padres, ni el rostro crispado por el horror de Viviana. Tampoco podría perdonarse. No podía volver, pues le esperaba la cárcel, y sabía que no duraría mucho en cautiverio. No, el tenía que estar lejos del resto de la humanidad, pero aun tenía mucho que pagar.

Paso años vagando por bosques y pequeños poblados. Dormía en cuevas y troncos; cazaba conejos y aves para alimentarse, y robaba ropa de los tendederos para vestir; se bañaba en ríos y lagos, y nunca más se rasuro o corto el cabello. Aprendió a usar hierbas de forma medicinal, curando a perros que iba recogiendo en el camino, y por fin un día, cansado de vagar, llego a Pueblo nuevo de los ángeles, una pequeña ranchería en El Oro, Estado de México.

Los primeros días, la gente lo miraba con recelo, pero pronto se dieron cuenta que era alguien pacifico, y terminaron por acostumbrarse a su presencia. Un día, mientras Julio alimentaba a sus perros con hogazas de pan, escucho gritos. De inmediato se dirigió a donde estos provenían, y encontró a una mujer pidiendo ayuda para su marido, que se había desbarrancado mientras acarreaba leña. Julio, quien a pesar de la edad aun era ágil, bajo al fondo a ayudar a aquel hombre. Al llegar con él, y revisarlo, se dio cuenta de que tenia rotas una mano y la pierna. Con ramas y trozos de su ropa, se las ingenio para entablillarle la pierna y hacerle un cabestrillo. Improviso también una especie de camilla con troncos, y arrastro cuesta arriba al señor. Todo el mundo se entero de su hazaña, y fue no solo aceptado, sino querido por todos.

Un par de años después, Julio ya era conocido como el curandero del pueblo.  No cobraba por sus servicios, pues sentía que era lo menos que podía hacer para compensar todo el daño que había hecho. La gente lo proveía de comida y otro tipo de materias primas, tenía una modesta chocita que el mismo había hecho, y no le faltaba cariño rodeado de sus perros. Por fin había encontrado la paz.

La tarde de un doce de junio, cuando regresaban de la escuela, Beto, de ocho años, y su hermana María, de doce, se perdieron en el cerro tratando de encontrar refugio de una terrible tormenta. Después de cuatro horas en que la lluvia no amainaba, y los niños no aparecían, se organizo una búsqueda, temiendo lo peor. Julio dejo a resguardo a sus perros, y se unió a la búsqueda.

Armados con linternas, se dividieron en grupos de dos. A Julio lo acompañaba Daniel, un chico sumamente delgado de unos diecisiete años. Caminaron poco más de una hora, llamando a gritos a los niños por su nombre. El chubasco hacia casi imposible ver o escuchar nada. Julio olfateo sangre. El inconfundible aroma lo embriagaba, acelerándole el corazón. Sus sentidos se avivaron, como hacía muchos años que no lo hacían, y decidió seguir el rastro, confiando en su instinto.

A unos metros de donde había percibido el olor, se encontraba María, llorando escondida en el tronco de un árbol. Beto había caído en una cueva, y hacía rato que no le contestaba. Julio ilumino con la linterna, y no pudo ver nada. Decidió bajar. La caverna era profunda y estrecha. Al llegar al fondo, descubrió a Beto, inconsciente y con una herida sangrante, pero no de gravedad, en la cabeza. No podría sacarlo de ahí sin cuerdas, por lo que le ordeno a Daniel que se llevara a María, y trajera ayuda. Beto estaba helado, tenía que hacerlo entrar en calor, o pronto moriría de hipotermia. Se quito la chamarra empapado que llevaba, y después la sudadera que llevaba debajo. Hacia muchísimo frio, pero al menos en la cueva estaban a resguardo de la tempestad. Envolvió en la sudadera a Beto y lo abrazo. Pronto el niño entro en calor. 

Julio temblaba violentamente de frio, pero trataba de contenerse para no alterar el sueño del pequeño. Respiraba profundamente para tratar de relajar su cuerpo. Su mente comenzó a viajar al pasado. Se recordó riendo de pequeño en casa de sus padres, y luego amando en brazos de Viviana. Inconscientemente, comenzó a hacer un repaso de todos los momentos alegres que había vivido. Que equivocado había estado al pensar que la sed de sangre constituía la fuente primigenia de su felicidad. Pero ya era demasiado tarde para hacer las cosas de otra manera. Con una gran sonrisa en el rostro, Julio se quedo dormido.

Debido a la lluvia, Daniel no pudo guiar a los demás hombres hasta el lugar donde se encontraba Julio con Beto. Los encontraron cerca de las once am del día siguiente. Cuando bajaron a socorrerlos, Beto despertó. Se encontraba completamente sano y salvo. Sin embargo, Julio había fallecido. Tenía cincuenta y dos años. En el lugar de los hechos, justo frente a la caverna, se le puso un altar. Para le gente del pueblo, y en especial para Beto y María, Julio había sido un santo.

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