* Inspirado en "La leyenda de San Julián, el hospitalario", de Gustave Flaubert.
Fue cuando entro a primaria que los papas de
Julio decidieron meterlo al Cedros, escuela católica adoctrinada por el Opus
Dei. Un año antes su mama, la señora Adriana, había soñado que el Espíritu
santo le revelaba que Julio seria un santo; ella, fiel hasta el fanatismo a las
enseñanzas de José María Escriba de Balaguer, convenció al señor Héctor, su
marido, de poner a su hijo en el camino del señor.
Julio era un niño tranquilo, amable e inteligente
que, a pesar de ganarse el cariño de todos por su educación y sincera sonrisa, prefería
siempre estar solo. A pesar de lo mucho que disfrutaba de toda la creación
divina, siempre estaba en espera de que sucediera algo más, algo que solo
encontraba leyendo a Shakespeare, Dumas, y las leyendas del Cid campeador y La
mesa redonda.
Sucedió que un día, mientras cursaba quinto de
primaria, cuando Julio caminaba por el bosque del colegio, sumido en profundas
reflexiones, hallo al perro del conserje jugando con el cuerpecito herido de
una pobre paloma. Después de ahuyentar al canino, intento socorrer al avecilla,
la cual se encontraba bastante mal herida, al punto de tener, además de severos
cortes en todo el cuerpo, un ala desgarrada, casi desprendida del resto del
cuerpo. Aquel animalito no sobreviviría. Julio lo sabía, y además podía sentir
su dolor, así que, sin detenerse a pensarlo, le rompió el cuello con un rápido
movimiento de ambas manos. Después enterró a la avecilla lo más profundo que
pudo al pie de un pino. Julio rezaba mientras hacía esto.
Tenía las manos teñidas de rojo, y su corazón
palpitaba salvajemente. El olor de la sangre lo embriagaba. Lamio un poco. Sabía
bien. Observo detenidamente las palmas y el dorso de sus manos, pues no las reconocía.
Acababa de descubrir una fuerza y una habilidad que no sabía que poseía. También
se sentía puro, pues había hecho bien en librar a aquel ser de su dolor.
Permaneció largo rato observando la sangre que lo
cubría. Noto como cambiaba de color y consistencia, volviéndose quebradiza.
Cuando sonó el timbre que indicaba el fin del receso, corrió a lavarse las
manos, para que nadie sospechara nada. Paso el resto de las clases oliendo el
dulce olor de la sangre que aun impregnaba sus manos.
Casi dos años después, en secundaria, en contra
del deseo de su mama, y para beneplácito de su padre, Julio ingreso a la
Academia Militarizada México. Aun tenía muy presente la sensación que le
produjo "liberar" a aquella paloma. La sangre se había vuelto su obsesión.
Durante su segundo año en la AMM, descubrió el box. Se sentía fascinado al ver
la sangre de su oponente, y la propia, pintando la lona. Le gustaba oler a
sangre y sudor. Imaginaba que así olían las bestias salvajes.
Ya en la preparatoria, además de seguir boxeando,
comenzó a asistir a corridas de toros. Le causaba el mismo placer cuando el
toro, o el torero, eran sangrientamente abatidos en la arena. Había poesía y
misticismo en esa lucha entre el hombre y la bestia. Ahí, en la Monumental, conoció
a Iván, quien era aficionado a la caza.
En la AMM, de la cual aun era alumno, tenía tres prácticas
de tiro con semiautomática a la semana, de dos horas cada una. El olor a pólvora
el sonido que hacia la bala al salir del cañón, el control al retroceso, y la puntería
que había adquirido con la práctica, lo hacían sentir poderoso; pero nada se
comparaba a la sensación que le producía el cazar pequeños animales,
principalmente conejos y aves, con el .223 Rem de Iván.
Una semana antes de cumplir los dieciocho,
mientras se encontraban de cacería en un bosque cercano a El mapa, escucharon
gritos. Ambos corrieron cuesta arriba para dominar el panorama. Descubrieron,
al pie del cerro en que se encontraban, una Pick up blanca estacionada junto a
un pequeño claro; ahí, dos jóvenes trataban de abusar de una chica, y estaban a
punto de lograrlo.
Sin pensarlo, Julio se hinco, apoyando el brazo
que sostenía el cañón del rifle sobre su rodilla izquierda, y apunto. Se tomo
su tiempo para calcular dos tiros, el primero fijo y el segundo en movimiento.
Inhalo profundamente, y al finalizar la exhalación, tal como le habían
enseñado, jalo el gatillo. La cabeza del tipo que estaba sobre la chica exploto
como una sandia. El segundo tipo, tal como Julio había previsto, corrió
asustado en dirección a la Pick up. Con tranquilidad, Julio disparo, no hacia
donde estaba, sino hacia donde iba a estar. El tiro pego justo en la sien. La
chica, confundida, aterrorizada, y bañada en sangre, salió corriendo sin
proferir sonido alguno.
Julio le ordeno a Iván que recogiera los
casquillos, y bajo corriendo a donde estaban los cuerpos. Saco el cuchillo que
usaba para desollar animales, y extrajo del cráneo de cada uno de los muertos
la bala; al terminar la sangrienta operación, se dio la vuelta para encontrar a
Iván completamente horrorizado. Este le entrego los casquillos, y ambos
regresaron corriendo al coche de Iván. De regreso nadie dijo una sola palabra. Después
de ese día, Iván no volvió a llamarlo ni a contestarle el teléfono.
Julio no sentía el menor remordimiento. Sabía
que había hecho bien al salvar a aquella chica; sin embargo, esa noche no durmió
bien. Se soñó a si mismo corriendo por el bosque desnudo y bañado en sangre. Su
rostro, su respiración, y sus movimientos, eran los propios de un animal.
Olfateaba el rastro de una presa, De pronto, algo se movió entre los arbustos y
el, sin pensarlo, ataco. Todo era sangre, gritos y gruñidos. El desgarraba y mordía.
Cuando todo hubo terminado, y por fin había saciado su sed de sangre, se
detuvo. Horrorizado, descubrió el rostro de sus padres en medio de aquel
amasijo de vísceras y sangre. Despertó espantado y sudando frio. Esa noche decidió
abandonar ese modo de vida que estaba llevando.
Meses más tarde, entro a la facultad de Medicina.
Sus padres, quienes al verlo vestido de blanco creían ver a un ángel, estaban
muy orgullosos de él. Aunque constantemente se sentía intranquilo por el
recuerdo de aquel sangriento pasado, que seguía avivando en él una anómala sed,
esos fueron los mejores años de su vida.
Aunque todo era distinto, en el hospital también había
mucha sangre; eso, la satisfacción de hacer algo bueno por los demás, y la
adrenalina, fueron lo que lo hicieron decidirse por traumatología. Seis meses después
de haber concluido la especialidad, y con su base en Centro Médico, se caso con
Viviana, su novia desde hacía tres años, a quien conoció en la facultad.
Un día, Julio tuvo como paciente al pequeño
Genaro, de tres años de edad. Fractura expuesta en el brazo. La mama, una joven
mujer de 25 años, dijo que se había caído de las escaleras. Estaba mintiendo.
Las trabajadoras sociales, sin embargo, no pudieron hacer nada: El marido era
un judicial bastante prepotente, que se los llevo a ambos en cuanto pudo. Julio
pudo ver como el tipo abofeteaba a la mama en el coche, ante la mirada del
aterrorizado Genaro. Fue más de lo que pudo soportar.
Busco en el expediente la dirección de esa
familia, y durante dos semanas estuvo acechando, en espera del momento
oportuno. Finalmente, una noche en que el judicial llego pasado de copas, Julio
decidió abordarlo. Debido a la ansiedad y la inexperiencia, le clavo un bisturí
en el cuello, en vez de hacer un corte limpio que atravesara de lado a lado la
garganta. El judicial trato de luchar. Julio, quien estaba en buena condición física,
logro someterlo, pero tuvo que apuñalarlo en repetidas ocasiones, hasta que lo
mato. Se sintió eufórico, fuerte y pleno, pero sobre todo, puro. Por fin sabía
lo que era.
Recordó como durante sus años de servicio
en la UMF 4, en la colonia Doctores, los vecinos vivían atemorizados por el
constante acoso de las pandillas locales, por lo que decidió establecer ahí su
coto de caza. Se dedico a entrenar más duro, a perfeccionar su puntería, y se
hizo de un par de Colt.
Por muchas lunas cazo y dio muerte a los
pandilleros, siempre cuidando de hacer que pareciera un ajuste de cuentas de
una pandilla rival. Por lo general los mataba de un tiro directo a la cabeza y
a quemarropa., pero a algunos, a los peores, los reservaba para su bisturí. Un
solo corte en la yugular, limpio profundo y preciso, era todo lo que
necesitaba. Luego, con gran deleite, se quedaba a verlos morir desangrados. Sin
embargo, siempre tuvo la esperanza de encontrar a uno lo suficientemente sagaz
como para proporcionarle una confrontación física, pero eso nunca sucedía.
Tampoco le incomodaba, era mejor no correr riesgos.
En casa tampoco los corría; siempre podía decirle
a Viviana que se quedaría a guardia en el hospital. Esa doble vida que llevaba,
ayudando a quienes lo necesitaban de día, y cazando animales de noche, lo hacía
muy feliz.
Sin embargo, una noche particularmente
sangrienta, Julio obtuvo lo que tanto anhelaba: Después de abatir a tres
pandilleros a tiro limpio, la Colt se atasco, y tuvo que enfrentar, cuchillo a
cuchillo, a un cuarto pandillero. Al final, Julio logro vencer y darle muerte
al enemigo, pero salió bastante malherido. Quiso la suerte que, en vez de
acudir directamente al hospital, decidiera ir a su casa para que Viviana lo
curara. Pensaba decirle que lo habían asaltado camino al hospital.
Faltaba una semana para su cumpleaños #40, por lo
que Viviana, con ayuda de los papas de Julio, le preparaban una fiesta
sorpresa. Aquella noche, después de recorrer la ciudad afinando los últimos
detalles del plan, Viviana y sus suegros cenaron en casa. Después de la cena,
al señor Héctor le bajo la presión, por lo que Viviana insistió en que pasaran
la noche ahí. El señor Héctor y la señora Adriana accedieron, y Viviana les cedió
la recamara que compartía con Julio.
Cuando este llego, las luces estaban apagadas, y
todo mundo dormía. Entro sin hacer ruido. De inmediato percibió una loción que
no era la suya. La sangre le hirvió. Abrió la puerta de la recamara y pudo ver,
en su propia cama, dos figuras que dormían abrazadas. Confundido, cansado,
herido, y sediento de sangre, como el animal que era, se abalanzo, cuchillo en
mano, sobre ellos. Todo eran gritos, sangre, y gruñidos. Viviana corrió a la
recamara al escuchar el escándalo, y al encender la luz descubrió horrorizada a
Julio, bañado en sangre, hincado sobre los dos bultos sanguinolentos y
destazados que habían sido sus padres.
Viviana grito. Julio volteo a verla y luego,
invadido por un hondo penar, se dio cuenta de lo que había hecho. Cegado por
una nube de dolor y confusión, Julio corrió. Corrió hasta que los pulmones le
ardieron y las venas en la sien le palpitaban violentamente, como martillos. Se
detuvo a tomar aire, lloro, grito, o más bien, rugió como bestia, y volvió a
correr.
Cuando salió el sol, Julio había cruzado la
ciudad, y había llegado al bosque. Estaba rendido, y busco un lugar donde
dormir. Al despertar, cuando ya había salido el sol, lloro amargamente. ¿Que había
hecho? Por satisfacer sus instintos, en una sola noche había destruido todo lo
que amaba. Nunca podría borrar de su mente los cuerpos destrozados de sus
amados padres, ni el rostro crispado por el horror de Viviana. Tampoco podría
perdonarse. No podía volver, pues le esperaba la cárcel, y sabía que no duraría
mucho en cautiverio. No, el tenía que estar lejos del resto de la humanidad,
pero aun tenía mucho que pagar.
Paso años vagando por bosques y pequeños
poblados. Dormía en cuevas y troncos; cazaba conejos y aves para alimentarse, y
robaba ropa de los tendederos para vestir; se bañaba en ríos y lagos, y nunca más
se rasuro o corto el cabello. Aprendió a usar hierbas de forma medicinal,
curando a perros que iba recogiendo en el camino, y por fin un día, cansado de
vagar, llego a Pueblo nuevo de los ángeles, una pequeña ranchería en El Oro,
Estado de México.
Los primeros días, la gente lo miraba con recelo,
pero pronto se dieron cuenta que era alguien pacifico, y terminaron por
acostumbrarse a su presencia. Un día, mientras Julio alimentaba a sus perros
con hogazas de pan, escucho gritos. De inmediato se dirigió a donde estos provenían,
y encontró a una mujer pidiendo ayuda para su marido, que se había
desbarrancado mientras acarreaba leña. Julio, quien a pesar de la edad aun era ágil,
bajo al fondo a ayudar a aquel hombre. Al llegar con él, y revisarlo, se dio
cuenta de que tenia rotas una mano y la pierna. Con ramas y trozos de su ropa,
se las ingenio para entablillarle la pierna y hacerle un cabestrillo. Improviso
también una especie de camilla con troncos, y arrastro cuesta arriba al señor.
Todo el mundo se entero de su hazaña, y fue no solo aceptado, sino querido por
todos.
Un par de años después, Julio ya era conocido
como el curandero del pueblo. No cobraba por sus servicios, pues sentía
que era lo menos que podía hacer para compensar todo el daño que había hecho.
La gente lo proveía de comida y otro tipo de materias primas, tenía una modesta
chocita que el mismo había hecho, y no le faltaba cariño rodeado de sus perros.
Por fin había encontrado la paz.
La tarde de un doce de junio, cuando regresaban
de la escuela, Beto, de ocho años, y su hermana María, de doce, se perdieron en
el cerro tratando de encontrar refugio de una terrible tormenta. Después de
cuatro horas en que la lluvia no amainaba, y los niños no aparecían, se
organizo una búsqueda, temiendo lo peor. Julio dejo a resguardo a sus perros, y
se unió a la búsqueda.
Armados con linternas, se dividieron en grupos de
dos. A Julio lo acompañaba Daniel, un chico sumamente delgado de unos diecisiete
años. Caminaron poco más de una hora, llamando a gritos a los niños por su
nombre. El chubasco hacia casi imposible ver o escuchar nada. Julio olfateo
sangre. El inconfundible aroma lo embriagaba, acelerándole el corazón. Sus
sentidos se avivaron, como hacía muchos años que no lo hacían, y decidió seguir
el rastro, confiando en su instinto.
A unos metros de donde había percibido el olor,
se encontraba María, llorando escondida en el tronco de un árbol. Beto había caído
en una cueva, y hacía rato que no le contestaba. Julio ilumino con la linterna,
y no pudo ver nada. Decidió bajar. La caverna era profunda y estrecha. Al
llegar al fondo, descubrió a Beto, inconsciente y con una herida sangrante,
pero no de gravedad, en la cabeza. No podría sacarlo de ahí sin cuerdas, por lo
que le ordeno a Daniel que se llevara a María, y trajera ayuda. Beto estaba
helado, tenía que hacerlo entrar en calor, o pronto moriría de hipotermia. Se
quito la chamarra empapado que llevaba, y después la sudadera que llevaba
debajo. Hacia muchísimo frio, pero al menos en la cueva estaban a resguardo de
la tempestad. Envolvió en la sudadera a Beto y lo abrazo. Pronto el niño entro
en calor.
Julio temblaba violentamente de frio, pero
trataba de contenerse para no alterar el sueño del pequeño. Respiraba
profundamente para tratar de relajar su cuerpo. Su mente comenzó a viajar al
pasado. Se recordó riendo de pequeño en casa de sus padres, y luego amando en
brazos de Viviana. Inconscientemente, comenzó a hacer un repaso de todos los
momentos alegres que había vivido. Que equivocado había estado al pensar que la
sed de sangre constituía la fuente primigenia de su felicidad. Pero ya era
demasiado tarde para hacer las cosas de otra manera. Con una gran sonrisa en el
rostro, Julio se quedo dormido.
Debido a la lluvia, Daniel no pudo guiar a los demás
hombres hasta el lugar donde se encontraba Julio con Beto. Los encontraron
cerca de las once am del día siguiente. Cuando bajaron a socorrerlos, Beto despertó.
Se encontraba completamente sano y salvo. Sin embargo, Julio había fallecido. Tenía
cincuenta y dos años. En el lugar de los hechos, justo frente a la caverna, se
le puso un altar. Para le gente del pueblo, y en especial para Beto y María,
Julio había sido un santo.

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