domingo, 3 de marzo de 2013

La carta y la rosa


Sucedió hace mucho tiempo, cuando Josué iba en sexto de primaria, y era solo un pequeño paliducho y retraído que se la pasaba en la biblioteca de la escuela leyendo a Shakespeare. En comparación con quinto de primaria, este año no iba tan mal, e incluso había hecho un par de amigos. El recuerdo de los “bully” parecía algo lejano, sin embargo, él seguía prefiriendo sus libros.

Sus compañeros ya comenzaban a mostrar interés, y cierto “cosquilleo” en el cuerpo, por el sexo opuesto, y aunque el descubrimiento de esa “otredad” era el tema de moda en la escuela, a el no le importaba en absoluto: Vivía en un mundo de ensueño, donde la vida en altamar, que había imaginado gracias a Cousteau, Melville, Salgari, y los relatos de la ficticia Scherhezade, era el escape perfecto a su realidad, y la promesa de un futuro brillante y mejor.
Pero un día, la certeza de esa vida de viajes y aventuras que él había creído solida, se esfumo en cuestión de segundos al contemplar la faz de Elena Mireles, la nueva chica en su salón. Josué se quedo petrificado ante aquella visión. Había leído de mujeres hermosas como Cleopatra o Julieta, por quienes osados héroes habían dado la vida y arriesgado su imperio por solo un beso, pero nunca había imaginado siquiera la remota posibilidad de contemplar a una de aquella criaturas: Cabello negro y rizado, tez blanca, pero celestialmente matizada por algo de rubor, y unos labios que, para sorpresa y consternación de Josué, eran una provocativa invitación a ser besados. Sin embargo, lo que más lo cautivo fueron sus ojos grises, profundos, misteriosos y seductores. Elena encarnaba todos los más puros ideales a los que Josué aspiraba, y que había conocido gracias a sus libros.

De la noche a la mañana, Josué cambio por completo la fantástica literatura que acostumbraba, identificándose con héroes como Cyrano, e incluso llegando a entender a la perfección las desventuras del joven Werther. Comenzó a intuir, aunque quizá nunca lo hizo consciente, que esta romántica vocación que en el despertaba, algún día habría de ser su perdición. Pero esa es otra historia.

Pasaron días y semanas de tormento, pues no sabía cómo acercársele, y por lo mismo no reunía el valor para hacerlo. Se sentaba dos bancas detrás de ella, pero en la fila a su izquierda, para poder contemplar su bello perfil; la seguía tímidamente con la mirada en el patio de recreo; estaba pendiente de cada uno de sus movimientos, gestos, y de su bella sonrisa, cuando se encontraba entre su numeroso grupo de amigas. Ella era perfecta, y todos lo sabían. ¿Qué oportunidad tenía un gusano como él?
Josué devoraba libros de poesía, principalmente a Paz, Neruda, Benedetti y Nervo (aun no era tiempo para descubrir a Sabines), buscando la mágica unión de palabras que pudiera describir su romántica dolencia, y aunque a veces las encontraba, pronto le quedaron cortas, y comenzó a escribir para expresar eso que le quemaba por dentro.

De la suma de aquellas primeras lejanas líneas que escribió en honor a Elena, Josué dio vida a su primer poema “Helena de Troya”, que decía más o menos así:

"Me gusta mirarla sin que ella lo note. Tiene un semblante bello y sincero, y la mirada de quien deja pasar de largo el sufrimiento, en vez de hundirse en el. Movía ligeramente la cabeza, y el sol resaltaba el dorado de su cabello. Su piel era un campo de rosas floreciendo entre la nieve. "Helena", me pareció que la llamaban, y fue el mismo nombre con que yo la bautice la primera vez que la vi, con el lucero del alba brillando detrás de sí.

Ella nunca habrá de enterarse de la grandeza espiritual que experimente contemplándola con éxtasis durante aquel breve primer encuentro.

Con ella he elegido el camino del ladrón de miradas, el cazador de sonrisas, del espía de sus silencios, pues se bien que aquellos ojos jamás habrán de reconocerme, que sus labios jamás habrán de nombrarme, que su cuerpo y alma serán un altar sellado a mi amor profano.

Y ¿Quien puede culparme, si por aquellos ojos, por aquella sonrisa, ardería un imperio, se congelaría el infierno, y todos los santos entregarían su alma? Ella podría detener el ritmo con que gira el mundo con tan solo una sonrisa, igual que detuvo mi corazón la primera vez que la vi venir.

Yo, el observador oculto. Yo, invadido por una fiebre interminable. Yo, víctima de su embrujo. Yo, el solitario, el del alma errante...”

El sentimiento crecía, así como una necesidad urgente de gritar lo que sentía, o al menos de revelarle los sentimientos plasmados en aquel poema. Era jueves, y faltaba solo una semana más para que terminara el ciclo escolar. Seguiría la secundaria, y solo Dios sabe a donde iría a parar cada uno, así que no había tiempo que perder. Inspirado en el bravo Aquiles, el viernes finalmente se armo de valor: Cruzo todo el patio, lo cual se le hizo eterno, con una hoja donde había escrito el poema, con la mejor letra posible, acompañada de una rosa cerrada en botón. Todo mundo se le quedo viendo.

Se abrió paso, educadamente, entre el grupo de amigas de su musa. Las manos le escurrían de sudor. Se planto frente a Elena sin decir nada. Ella, quien también se veía nerviosa, quizá por lo incomodo de la situación, sonrió y dijo “Hola”. El, sin apartar la mirada de sus ojos y boca, pero actuando casi como robot, tomo su mano y puso en ella la carta y la rosa; después, sin decir palabra alguna, se marcho.

Todas se quedaron mudas, pero apenas Josué abandono el círculo, y camino unos pasos, sonaron por todo el patio los típicos “Uuuuu” que hacen los niños cuando descubren que alguien siente algo por otro alguien.

Josué regreso al salón y fingió clavarse en las páginas de un libro, pero en realidad estaba muerto de nervios. Cuando termino el recreo ignoro los cuchicheos, risas y comentarios que todos hacían. Por primera vez en su vida, Josué era el centro de atención, y eso lo incomodaba. No podía ni voltear a ver a Elena, quien, aunque miraba al frente fijamente, se encontraba aun sumamente ruborizada.

Terminaron las clases y Josué salió disparado de la escuela, para no ver ni escuchar a nadie. El fin de semana estuvo hecho un manojo de nervios, y se la paso atormentándose con suposiciones. El lunes llego más temprano de lo normal a la escuela, y aparto una banca en el rincón, lo más lejos posible de Elena y de todo el grupo.

Llego el recreo, y busco refugio en un extremo del único lugar al que no se acercaban las niñas: La cancha de futbol. Esa, pensaba, sería su trinchera el resto de la semana. Se concentro en leer un libro que habría de convertirse en uno de sus favoritos: El viejo y el mar.

De pronto, un alboroto lo distrajo. Levanto la mirada del libro, y vio que los niños habían interrumpido su juego de futbol, y discutían y reían con un grupo de niñas. En medio del tumulto, una figura se abrió paso. Era Elena.

De inmediato sintió como el sudor lo cubría, y su corazón palpito violentamente al verla caminar decididamente hacia él, mirándolo fijamente con una mirada indescifrable. Atrás, entre la concurrencia, reinaban el silencio y la expectativa. Aunque Josué estaba muy nervioso, y no sabía cómo reaccionar, le sostuvo la mirada, olvidándose por completo del libro. Ella se hinco frente a él, sostuvo su cara entre sus manos, y poso sus labios en los de Josué.

No hubo movimiento alguno. Aun eran muy jóvenes e inexpertos como para saber, o siquiera imaginar, las danzas en las que pueden entrelazarse los labios y las lenguas, mucho menos los cuerpos; aun así, el momento fue eterno, y de parte de ambos hubo voluntad de permanecer.

Finalmente, el beso termino, y Elena apoyo su frente en la de él. Cuando por fin se alejo un poco, ambos abrieron los ojos, y se miraron con tierna complicidad. Josué estaba mudo, y fue Elena quien rompió el silencio diciendo “Gracias. Después se levanto y se fue. El mundo había dejado de existir para Josué.

El resto de la semana, Elena y Josué no cruzaron una sola palabra, pero compartieron muchísimas miradas y risillas tontas, y ese lenguaje fue, para ambos, mucho más significativo. El fin de curso llego, y ellos nunca más se volvieron a ver; pero en Josué una bella y ardiente pasión había nacido, y con el paso del tiempo él se encargaría de cuidarla y alimentarla. Muchos fueron los labios que beso desde entonces; muchos los corazones que habría de romper sin proponérselo, e incluso llego el día en que el mismo se enamoro perdidamente, y también le rompieron el corazón. Sin embargo, nunca pudo olvidar ese, su primer beso, y por el resto de sus días habría de conservar su dulce sabor en los labios.

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