El ingeniero Javier Contreras,
supervisor de calidad de la fábrica, no supo ni que lo golpeo ese día. En la oscuridad
del estacionamiento, justo frente a su coche, mientras buscaba las llaves para
abrirlo, recibió un batazo en las corvas, que de inmediato lo hinco frente a la
puerta. Solo emitió una especie de gruñido, pero no grito. Hasta ahí llegaba la
parte del Beto, quien de inmediato se hizo a un lado; lo demás le tocaba
terminarlo al Gato. Apenas cayo el ingeniero sobre sus rodillas, el Gato le
estampo la planta del pie en la nuca, rompiéndole violentamente la nariz, y abollando
en el proceso la puerta. Lo malo de los coches modernos, como el Mini Cooper
del inge, es que son pura fibra de vidrio, y no resisten bien los golpes. Antes
de que cayera inconsciente al suelo, el Gato le detuvo la cabeza del cabello, y
le azoto en tres ocasiones más la cara contra la puerta, dejando un macabro
collage de sangre en ella. Ya en el suelo, tanto el Gato como el Beto lo
patearon en el torso, con la intención, y la experiencia, de romper varias
costillas. Por último lo bolsearon, sacándole el Iphone, y la cartera, gorda
por ser día de quincena, del pantalón; del portafolio tomaron una tablet Galaxy
de Samsung, y una lap Macintosh muy chingona. Si hubieran tenido más tiempo, lo
hubieran orinado, pero escucharon a los de seguridad, aun bastante lejos, así
que solo se conformaron con escupirle en la cara. Corrieron hacia la barda, la
saltaron y se subieron al viejo Maverick del Chango, quien los espero con el
motor encendido. Se arrancaron y se fueron a festejar al Mandingos con el
dinero del inge, no sin antes pasar por unas morras.
El Gato era nuevo en la fábrica,
pero ya había aguantado dos quincenas el acoso constante y las humillaciones del
Ingeniero Javier, quien no toleraba a los tipos tatuados. El Gato podría ser tranquilo,
responsable, humilde, caballeroso, buen hijo, buen amigo, y bastante
chambeador, pero nunca había sido, ni estaba dispuesto a ser, perra de nadie.

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