Pasaba ya de la media noche cuando Ernesto se despidió afectuosamente de Noemí, su novia; colgó el teléfono, se puso los guantes y su vieja sudadera negra con capucha, y salió a dar uno de sus habituales paseos nocturnos. Era una calurosa noche de verano, pero soplaba un refrescante aire frio que le sentó bien. Se sentía eufórico y vigoroso; amaba esa sensación.
Como todas las noches del último
mes, camino hacia Tacubaya. Bajo por Avenida Toluca, pasando por taquerías,
coches destartalados y una rata muerta, inflada y putrefacta, que estaba tirada
sobre la banqueta. Camino unos veinte minutos, y después dio vuelta a la
izquierda. Avanzo tres cuadras y se detuvo frente al número 240. Saco su llave
y abrió el zaguán. Sonrió al ver que Sánchez había cambiado las placas del
viejo Rambler y quitado la ventana trasera del lado del conductor. Qué bien lo conocía.
Sánchez lo esperaba viendo tv en la sala. En cuanto lo vio entrar, le pregunto:
- ¿Sera esta noche? –
- Si. –
Sin decir palabra, apago la tele
y se levanto del sillón; se puso su chamarra y gorro, y salieron. Sánchez abrió
el zaguán, y ambos empujaron el Rambler media cuadra, para no despertar a los
vecinos. Ernesto se sentó en el asiento detrás del conductor, Sánchez al volante, después
arrancaron. Manejaron por espacio de quince minutos adentrándose cada vez más
en el barrio, hasta que llegaron a una tienda. Se detuvieron una cuadra antes,
bajo la oscuridad de un poste de luz cuyo foco habían reventado una semana
antes, y nadie se había tomado la molestia de arreglar. Fuera de la tienda,
como todos los jueves, estaban seis de los siete tipos que buscaban, caguama en
mano. Ernesto dijo:
- Vamos. –
Sánchez arranco, se detuvo en la
acera frente a la tienda, y antes de que pudieran entender lo que pasaba, Ernesto
asomo el brazo y les disparo tres ráfagas de AK 47. El mismo cuerno que ellos
le habían vendido por doce mil hacia dos semanas. Arrancaron en chinga, antes
de que alguien pudiera ver lo que pasaba, y se perdieron entre las calles. Al
principio, Ernesto solía regañar a Sánchez cuando este gritaba eufórico después de
un plan bien ejecutado, pero pronto se acostumbro a sus infantiles descargas de adrenalina.
Nervioso, pero feliz, Sánchez se detuvo frente a la entrada de un pequeño
hotelito de mala muerte, a un par de cuadras del metro. Ernesto envolvió el cuerno
en papel aluminio, lo escondió en un compartimento bajo el asiento trasero, y después
se bajo del coche. Se despidieron en silencio y Sánchez se dirigió a casa de su
abuela, donde habría de dejar parkeado el coche por un mes, en lo que se
enfriaban las cosas. Ya habían sido suficientes emociones para Sánchez por una
noche, pero Ernesto aun iba por la cereza en el pastel.
Entro al hotel, y sin quitarse la
capucha, pidió una habitación. El tipo tras el mostrador le cobro doscientos
pesos, y sin despegar la vista de su TVyNovelas, le dio la llave de la habitación
207. Ernesto subió por las escaleras, pero no se dirigió a su habitación, sino al
cuarto piso. En la habitación 410 se escuchaba un violento forcejeo, y muchos “perra”
y “puta”. Se detuvo frente a la puerta, y toco. Hubo silencio, y luego
preguntaron:
- ¿Qué? –
- ¿Podrían dejar de hacer ruido?
No puedo dormir. – Dijo Ernesto tímidamente.
- ¡Chinga tu madre! – Le
contestaron desde la habitación.
Ernesto volvió a tocar la puerta. Se
escucharon mentadas de madre y pasos. Se abrió la puerta. El “Mocho” era un
tipo grande, al menos quince centímetros más que Ernesto, y corpulento a pesar de
su enorme barriga. Le decían “Mocho” porque le faltaba un pedazo de la oreja
izquierda, presuntamente arrancado de una mordida por una prostituta a la que
trato de violar, y a quien finalmente mato.
En cuanto se abrió la puerta, Ernesto se lanzo contra el prominente abdomen del Mocho, apuñalándolo una y otra
vez. El Mocho gritaba, golpeaba, y hacia lo posible por defenderse, pero Ernesto
estaba aferrado a él con una mano, y con la otra apuñalaba indiscriminadamente.
Cayeron al suelo. El Mocho estaba muy herido, y sangraba en abundancia. Ernesto se
levanto a cerrar la puerta, y vio que en un rincón de la habitación había una
chica asustada y severamente golpeada en el rostro. Guardo de nuevo la navaja
en su bota, y saco un cable de la bolsa del pantalón; se lo enredo en las
manos, por encima de los guantes, y lo paso alrededor del cuello del Mocho.
Este comenzó a forcejear y a patalear, mientras Ernesto apretaba con toda su
fuerza y lo arrastraba, parcialmente, hacia atrás. Ese breve momento de lucha,
esos valiosos segundos, eran lo mejor en la vida de Ernesto.
Alguna vez había escuchado que
los adictos a la heroína decían que tomaras tus diez mejores orgasmos, los
multiplicaras por cien, y sabrías lo que ellos sienten cuando el caballo galopa
por sus venas. Las drogas no eran lo suyo; nunca las había probado, y no le
interesaban, pero entendía bien la sensación, pues eso era exactamente lo que él
sentía cuando mataba. La sangre y la adrenalina eran sus vicios. Podía soportar
cualquier tipo de presión en la vida cotidiana, toda clase de problemas familiares,
la ausencia de sexo y la abundancia de dolor físico, pues sabía que, por muy difícil
que pudiera ser la vida de un hombre contemporáneo, el, a diferencia de los demás,
podía alcanzar la libertad mediante su bestia interna. Matar lo hacía sentirse
vivo, fuerte, y útil a la sociedad.
El Mocho hacia un ruido
desagradable con la garganta, como una especie de “e” continua. Finalmente dejo
de pelear, y murió. Para asegurarse, Ernesto abrazo su cabeza, y giro
el cuello con fuerza, haciendo que este crujiera fuerte, como cuando se muerde un dulce. Volteo a
ver a la chica, y le pregunto:
- ¿Estas bien? –
- Si. –
Tomo la cartera del Mocho. En
ella había casi siete mil pesos. Tomo tres y se los dio a la chica.
- Toma, como quedamos. Este
pendejo ya no las va a molestar. Vístete y vete cuanto antes. – Y salió de la habitación.
Regreso al lobby, y apuñalo al
recepcionista; se cercioro de que estuviera muerto. Con eso se acabarían los
abusos a las chicas. Salió del hotel y tiro el cable y la navaja en un
basurero. Los perros y las ratas se encargarían de limpiar cualquier rastro de
sangre. Regreso caminando por avenida Toluca. Unos polis que bajaron de una “perrera”
lo detuvieron para catearlo a la altura de la iglesia de Cristo Rey; no
encontraron nada, le dijeron que se fuera con cuidado, y lo dejaron ir. Llego a
su casa justo para hablarle a Noemí antes de que se fuera a la escuela. Olia a sudor y a sangre. Le gustaba pensar que asi olian las bestias salvajes.
- Buenos días, amor ¿Descansaste?
Soñé contigo… -
Odiaba mentirle, pero ¿Cómo explicarle
esa salvaje necesidad que noche a noche hacía presa de él, hasta que ya no podía
más? Ella vivía en un mundo perfecto, casi de hadas, con comidas familiares los
domingos, ida a misa y al centro comercial de “shopping”, sonrisas y abrazos,
mientras que el era parte del otro lado del mundo, el de las sombras.
Colgó el teléfono después de una
tierna conversación. Al menos en eso, en lo que sentía por ella, era sincero.
Tomo un baño y se metió a la cama. Su turno en la fábrica empezaba hasta las
3:00 pm, así que podría dormir algunas horas. Le gustaba pensar que mientras el
dormía, el sol brillaba para Noemí, quien sonreía en la escuela en compañía de
sus amigos; también le gustaba pensar que cada noche, mientras el abrazaba la
oscuridad y sus demonios, ella dormía plácidamente en su cama, soñando con un
mundo mejor. Un mundo en el que el contribuia con un poco de limpieza.

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