domingo, 1 de julio de 2012

El ultimo tango

 
La música era suave y seductora; la voz áspera y triste de una bella mujer afroamericana acariciaba las almas de todos y cada uno de los que se deslizaban rítmica y sensualmente por la pista de baile, invitándolos a la oscuridad y a la intimidad. La tentación y el pecado podían respirarse en el aire. Flotaban pesados en el ambiente, formando una gruesa capa de deseo que casi podía tocarse. El perfume, el calor de los cuerpos meciéndose, el alcohol en la sangre y en los labios, la tenue luz de las velas, todo era una provocación.

Ella, cabello negro y ondulado, labios sensuales y carnosos, de esos que se antoja devorar como si fuera una fresa, mirada almendrada y cuerpo delgado, pero voluptuoso, bailaba apoyada en el pecho de él, figura espigada, bigote a la Clark Gable, ojos tristes y sonrisa seductora. Por debajo de la música, un danzón lento, perfecto para quienes aman, seducen, o reconquistan. Ella hablo:

- El sabe. -
- ¿Te dijo algo? -
- No, pero sabe. De mi; de ti no creo que sospeche nada. Aun... -
- Ya. -
- Me está matando la incertidumbre. El no se va a quedar de brazos cruzados, tarde o temprano vendrá por mí, por nosotros. Tengo miedo. Tenemos que hacer algo. -
- ¿Que has pensado? -
- Matarlo. -
- No es tan sencillo. Si hubiera alguna forma de hacerlo, sin exponerme y poner en peligro a mi familia, hace tiempo que estaría hecho. -

Hubo silencio. Nuevamente se dejaron envolver por la cadencia de la música. Ellos se amaban perdidamente, y ahora sabían que ese amor seria, precisamente, su perdición. Ella, la esposa del todopoderoso jefe; el, su mano derecha, su brazo ejecutor. Todo comenzó, como empiezan todas las historias de amor, con una mirada. También hubo una sonrisa. Luego, la cercanía, la confianza que los unía más día con día. Después fue una palabra y un beso, hasta que no pudieron dejar de pensar en fundirse en el cuerpo del otro, lo cual, eventualmente, sucedió.

Termino la pieza que bailaban, y se dirigieron a su mesa, un gabinete apartado de las miradas curiosas. Ella pidió un Vodka Martini, el un Courvoisier. En aquel intimo rincón, ella hablo nuevamente:

- Hay otra posibilidad de seguir juntos... -
- ¿Cual?  -
- Quítate la vida conmigo. -
- ¿Qué? -
- Lo que escuchaste. Si estamos condenados, al menos tenemos derecho a elegir como y cuando habremos de irnos. Tengo cianuro, podemos beberlo. Quiero estar a tu lado hasta el último segundo. -
- No puedo dejar así a mi familia. -
-Tu mujer no te ama ni la cuarta parte de lo que yo lo hago, y lo sabes. -
- ¿Que hay de mis hijos? -
- Sabes lo que les hará cuando sepa de ti, y lo hará frente a tus ojos, solo para verte sufrir. Ese maldito no tiene alma... -

Tenía razón. Carajo, ella tenia razón. No era justo que su familia pagara por sus errores, así que finalmente se decidió.

- Tengo que irme. - Dijo ella. En la pista comenzaban a sonar los primeros acordes de un tango de Gardel.
- Baila conmigo una última pieza. - Ella accedió a su petición.

Se movían en perfecta sincronía, como uno solo. El la guiaba suavemente, pero con seguridad. Ella era una frágil y bella hoja que el viento transportaba a capricho. Gráciles y elegantes, hermosos y trágicos, no es que fueran los mas hábiles bailarines sobre la pista, pero lucían perfectos por que estaban hechos el uno para el otro. Si, el amor es bailar, y ellos lo hacían sublime.

Termino la canción, y sus ojos se encontraron. El brillo que había en la mirada de ella era la luz que iluminaba el negro corazón de él. Querían besarse. No había nada en este mundo que desearan más que unir sus labios en un beso. La tensión era casi insoportable, la ansiedad, la espera. Pero no podían, no en público. Ella era su belleza prohibida. Habían hecho de su amor un secreto sagrado, un misterio religioso. Su lecho era el altar donde comulgaban sus cuerpos. Ambos habían conocido a Dios en el cuerpo y alma del otro.

- Voy por mi abrigo. - Dijo ella.

Regresaron al gabinete. El tomo el abrigo de ella, y le ayudo a ponérselo. Parecía un adiós. Sin voltear atrás, y con todo el dolor del mundo en su corazón, ella dio un par de pasos para alejarse de la mesa. El la regreso sujetándola del brazo, y la beso apasionadamente. Después del beso, que pareció eterno, ella bajo la cabeza, y rompió en llanto. El levanto su rostro delicadamente del mentón, y le dijo, mirándola a los ojos:

- Te amo. -
- Esto no puede terminar así. Escápate conmigo, seamos felices lejos de aquí, donde nadie nos conozca. -

El dudo, después dijo:

- De acuerdo. -

Ella lo abrazo fuerte. No cabía en sí de tanta felicidad. El beso con ternura su frente, después sus labios. La música, la cercanía de los cuerpos, y el silenciador, ayudaron a que nadie escuchara el disparo, directo al corazón. La abrazo fuertemente mientras se iba, y derramo las últimas lágrimas que habría de derramar en su vida. Luego la deposito con cuidado en el gabinete, tomo su abrigo y se fue. La orden del jefe, como siempre, se había cumplido, su familia estaría a salvo. Dos corazones se habían roto esa noche; se cavaron dos tumbas.

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