La música era suave y seductora; la voz áspera y triste de una bella mujer
afroamericana acariciaba las almas de todos y cada uno de los que se deslizaban
rítmica y sensualmente por la pista de baile, invitándolos a la oscuridad y a
la intimidad. La tentación y el pecado podían respirarse en el aire. Flotaban
pesados en el ambiente, formando una gruesa capa de deseo que casi podía
tocarse. El perfume, el calor de los cuerpos meciéndose, el alcohol en la
sangre y en los labios, la tenue luz de las velas, todo era una provocación.
Ella, cabello negro y ondulado, labios sensuales y carnosos, de esos que se
antoja devorar como si fuera una fresa, mirada almendrada y cuerpo delgado,
pero voluptuoso, bailaba apoyada en el pecho de él, figura espigada, bigote a
la Clark Gable, ojos tristes y sonrisa seductora. Por debajo de la música, un danzón
lento, perfecto para quienes aman, seducen, o reconquistan. Ella hablo:
- El sabe. -
- ¿Te dijo algo? -
- No, pero sabe. De mi; de ti no creo que sospeche nada. Aun... -
- Ya. -
- Me está matando la incertidumbre. El no se va a quedar de brazos cruzados,
tarde o temprano vendrá por mí, por nosotros. Tengo miedo. Tenemos que
hacer algo. -
- ¿Que has pensado? -
- Matarlo. -
- No es tan sencillo. Si hubiera alguna forma de hacerlo, sin exponerme y
poner en peligro a mi familia, hace tiempo que estaría hecho. -
Hubo silencio. Nuevamente se dejaron envolver por la cadencia de la música.
Ellos se amaban perdidamente, y ahora sabían que ese amor seria, precisamente,
su perdición. Ella, la esposa del todopoderoso jefe; el, su mano derecha, su
brazo ejecutor. Todo comenzó, como empiezan todas las historias de amor, con
una mirada. También hubo una sonrisa. Luego, la cercanía, la confianza que los unía
más día con día. Después fue una palabra y un beso, hasta que no pudieron dejar
de pensar en fundirse en el cuerpo del otro, lo cual, eventualmente, sucedió.
Termino la pieza que bailaban, y se dirigieron a su mesa, un gabinete
apartado de las miradas curiosas. Ella pidió un Vodka Martini, el un
Courvoisier. En aquel intimo rincón, ella hablo nuevamente:
- Hay otra posibilidad de seguir juntos... -
- ¿Cual? -
- Quítate la vida conmigo. -
- ¿Qué? -
- Lo que escuchaste. Si estamos condenados, al menos tenemos derecho a
elegir como y cuando habremos de irnos. Tengo cianuro, podemos beberlo. Quiero
estar a tu lado hasta el último segundo. -
- No puedo dejar así a mi familia. -
-Tu mujer no te ama ni la cuarta parte de lo que yo lo hago, y lo sabes. -
- ¿Que hay de mis hijos? -
- Sabes lo que les hará cuando sepa de ti, y lo hará frente a tus ojos, solo
para verte sufrir. Ese maldito no tiene alma... -
Tenía razón. Carajo, ella tenia razón. No era justo que su familia pagara
por sus errores, así que finalmente se decidió.
- Tengo que irme. - Dijo ella. En la pista comenzaban a sonar los primeros
acordes de un tango de Gardel.
- Baila conmigo una última pieza. - Ella accedió a su petición.
Se movían en perfecta sincronía, como uno solo. El la guiaba suavemente,
pero con seguridad. Ella era una frágil y bella hoja que el viento transportaba
a capricho. Gráciles y elegantes, hermosos y trágicos, no es que fueran los mas
hábiles bailarines sobre la pista, pero lucían perfectos por que estaban hechos
el uno para el otro. Si, el amor es bailar, y ellos lo hacían sublime.
Termino la canción, y sus ojos se encontraron. El brillo que había en la
mirada de ella era la luz que iluminaba el negro corazón de él. Querían
besarse. No había nada en este mundo que desearan más que unir sus labios en un
beso. La tensión era casi insoportable, la ansiedad, la espera. Pero no podían,
no en público. Ella era su belleza prohibida. Habían hecho de su amor un
secreto sagrado, un misterio religioso. Su lecho era el altar donde comulgaban
sus cuerpos. Ambos habían conocido a Dios en el cuerpo y alma del otro.
- Voy por mi abrigo. - Dijo ella.
Regresaron al gabinete. El tomo el abrigo de ella, y le ayudo a ponérselo. Parecía
un adiós. Sin voltear atrás, y con todo el dolor del mundo en su corazón, ella
dio un par de pasos para alejarse de la mesa. El la regreso sujetándola del
brazo, y la beso apasionadamente. Después del beso, que pareció eterno, ella
bajo la cabeza, y rompió en llanto. El levanto su rostro delicadamente del mentón,
y le dijo, mirándola a los ojos:
- Te amo. -
- Esto no puede terminar así. Escápate conmigo, seamos felices lejos de aquí,
donde nadie nos conozca. -
El dudo, después dijo:
- De acuerdo. -
Ella lo abrazo fuerte. No cabía en sí de tanta felicidad. El beso con
ternura su frente, después sus labios. La música, la cercanía de los cuerpos, y
el silenciador, ayudaron a que nadie escuchara el disparo, directo al corazón.
La abrazo fuertemente mientras se iba, y derramo las últimas lágrimas que habría
de derramar en su vida. Luego la deposito con cuidado en el gabinete, tomo su
abrigo y se fue. La orden del jefe, como siempre, se había cumplido, su familia
estaría a salvo. Dos corazones se habían roto esa noche; se cavaron dos tumbas.

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