domingo, 24 de junio de 2012

Segunda estrella a la derecha, y de frente hasta el amanecer








En recuerdo de Eric García Guadarrama.

 Despertó con un agudo dolor en el abdomen que lo hizo acomodarse en posición fetal. Apretó los dientes, y todo su cuerpo se tensó. El dolor fue desapareciendo gradualmente, mientras un sudor frio le recorría el cuerpo. Acto seguido, aparecieron las náuseas. Corrió al baño y vomito considerables cantidades de sangre roja y fresca. "Algo no está bien", pensó Fernando, y volvió a vomitar sangre, esta vez acompañada de amarga bilis, en medio de violentas arcadas. Después se desmayó.

Cuando reacciono, se sintió mareado. Lo llevaban en una ambulancia rumbo a Centro Medico. Rosita, la muchacha del aseo, escucho el golpe que dio al caer y llamo a un numero de emergencia. Lo ingresaron en admisión continua y lo interrogaron:

- ¿Nombre?
- Fernando Vallejo Ramos. -
- ¿Edad? -
- Treinta y cuatro años. -
- ¿Estado civil? -
- Viudo. -
- ¿Ocupación? -
- Escritor. -
- ¿Toma bebidas embriagantes? -
- Sí. -
- ¿Con que frecuencia? -
- A veces en fines de semana. - 

En esa última mintió.

Después le tomaron signos, lo hicieron desnudarse y ponerse una estúpida bata verde que dejaba al descubierto su peludo trasero, y le asignaron una cama. El, terco como era, todo el tiempo insistió en que ya se sentía bien.

- Don Fernando, es por su propio bien. - ¿Don? ¿Cuantos años podría llevarle a la doctora? Diez o doce, a lo mucho. Era una bella, sonriente y amable interna de gastro. Le recordaba mucho a Sara, su difunta esposa. Todo mundo le recordaba a Sara.

Sara era periodista. La más inteligente, capaz y honesta que el había conocido. Había fallecido hacia cuatro años, víctima de leucemia. Fernando estuvo hasta el final a su lado. Nunca tuvieron hijos, pero atesoraron solo buenos recuerdos; aun así, sin ella le costaba trabajo conseguir fuerza para levantarse día con día. Por espacio de un año, todas las noches le lloraba desconsoladamente, hasta cansarse, y aun cansado no podía dormir. Fue por el maldito insomnio que comenzó a beber.

El hospital era un circo. Nueve de las doce camas estaban ocupadas, y por todos lados veía correr residentes, enfermeras y trabajadoras sociales. Se acercaron a canalizarlo. Como si fuera un niño chiquito, todos le celebraron su valentía al no mover un solo musculo cuando entro la aguja.

Le advirtieron que tendrían que hacerle un lavado gástrico. Fernando, nervioso, pregunto en que consistía. Le explicaron que una sonda nasogástrica entraría por su nariz hasta llegar al estómago, luego lo llenarían con un litro de solución, misma que posteriormente drenarían. 

- ¿Entonces la sonda entrara por mi nariz? -
- Sí. - Contesto con una risilla la doctora.

Fernando suspiro aliviado al saber que conservaría intacta su "otra virginidad".

Cuando introdujeron la sonda, su ojo derecho lloro como Magdalena. Sintió como su estómago se inflaba al entrar la solución. Después pudo ver como por el tubo de la sonda salía la solución ligeramente teñida de rojo, acompañada de pequeños coágulos. Le dijeron que tendrían que hacerle una endoscopia.

Fue una experiencia memorable. Lo acostaron de lado en una camilla, le pusieron una compresa bajo la cabeza, le rociaron la garganta con xylocaina, y le dieron a morder una boquilla con un orificio en el centro. Una enfermera muy amable le explico que por ahí pasaría el tubo del endoscopio, que tenía que relajarse y dejar escurrir toda la saliva en la compresa. Después le puso otra compresa para taparle los ojos, y sostuvo delicadamente su cabeza. Entonces sintió el maldito tubo del endoscopio deslizarse por su garganta.

Mordió fuerte la boquilla y relajo por completo el cuerpo mientras el tubo llegaba a su estómago y comenzaba a llenarlo de aire. Por reflejo, su ojo derecho nuevamente comenzó a llorar, la saliva escurrió generosamente, y eructo en repetidas ocasiones. A pesar de todo, siguió sin mover un solo musculo del cuello para abajo. La enfermera acariciaba su cabeza y lo alentaba con su dulce voz.

Una sonora flatulencia retumbo por el cuarto. Nadie se rio ni dijo palabra alguna en relación al incidente, pero Fernando quería desaparecer. Habiendo terminado el estudio, el personal se despidió de el amablemente y lo regresaron a su cama, mientras se quedaban comentando y señalando imágenes que aparecían en un gran monitor.

Tuvo que esperar una hora más antes del diagnóstico: Ulcera duodenal, hernia hiatal tipo I, esofagitis grado A de la clasificación de los ángeles, gastropatía aguda de cuerpo y fundus, y gastropatía folicular de antro. En pocas palabras, tenía bastante jodido el estómago, pero no era grave, ni requería cirugía. Le recetaron Omeprazol, y hablaron con el:

- Necesita dejar de tomar, sr. Fernando, o puede desarrollar un cáncer gástrico. - El, dócil, dijo a todo que sí. Apenas lo dieron de alta y llego a casa, encargo a Rosita que le fuera a comprar un six de Bohemia y una botella de etiqueta roja.

*

Hacía tiempo que había dejado de importarle todo. Sara le había dejado una modesta pensión, lo cual le permitió dedicarse de lleno a escribir. Al poco tiempo, Fernando entrego su primer novela larga "El tiempo de las cerezas", a su editor, quien quedó fascinado cuando termino de leerla. Era lo primero que escribía desde que Sara se había ido, y también fue su primer bestseller. La crítica y el público acogieron bien el libro. Cuando le preguntaron que lo había inspirado para crear a Eva, la heroína trágica de su historia, envuelta en un mundo de corrupcion y violencia, simplemente contesto:

- Tuve una buena musa. -

Poco a poco se fue quedando solo. Primero dejo de contestar a sus amigos, conocidos y "fans" en su cuenta de Facebook; luego dejo de contestar el celular y el teléfono de casa. Finalmente, dejo de recibir visitas. No necesitaba de nada ni a nadie. Escribía y bebía whiskey, leía y bebía ajenjo, iba al cine o al teatro, solo, y metía de contrabando una anforita de ron. Desayunaba, comía y cenaba con tequila.

A veces cruzaba la calle y olvidaba mirar a los lados. Caminaba por horas durante la noche y hasta la madrugada sin poner atención por las colonias, a veces peligrosas, por donde andaba. Jugaba discretamente "gallo/gallina" por la línea amarilla a la orilla del metro, y escribía por largos periodos de tiempo, alternando sustancias como la taurina y la cafeína con potentes somníferos, dependiendo de si quería estar bien despierto o dormir. Vivía apartado de la realidad, en un perpetuo estado de alteración de consciencia. Eso era mejor que recordar y sentir.

Su total hermetismo dio pie a que la prensa alimentara una especie de "leyenda negra" en torno a él, dándole un aura de escritor misterioso y maldito, que se reflejó convenientemente en las ventas de sus libros. A el nada de eso le importaba. Vivía solamente para escribir, que era lo único que aliviaba su dolor y lo único que daba sentido a su vida.

*

Una semana después de haber salido del hospital, por fin escogió el lugar: Acapulco. Rentaría la misma suite con vista al mar en el Hyatt Regency, donde él y Sara habían pasado su luna de miel.

Escribió cartas, realizo pagos, hizo un par de visitas a familiares y amigos, y dejo todos sus papeles en orden. Todo tenía que ser perfecto. Fue al banco y saco una buena cantidad, pues no quería limitarse. Le dio una suma grande a Rosita para que se fuera de vacaciones, dio un último vistazo al departamento, y trepo una maleta al Cavalier, junto con cuatro botellas de etiqueta roja. Finalmente fue a ver a su editor, a quien hizo muy feliz al entregarle "Mascaras", su última novela. Paso por última vez al New Orleans, su bar favorito, donde se empino una botella de whiskey, después partió rumbo al mar.

El viaje fue pesado, pero agradable: Un par de Red Bull, mucho jugo de arándano, unas cuantas paradas al baño y por gasolina, una tampiqueña acompañada de frijoles refritos y tres Negra Modelo; Creedence, Audioslave, AC/DC, The Doors, Led Zeppelín, Kings of León, The White Stripes, Stone Temple Pilots, y ni una sola gota de alcohol. La brisa marina alivio un poco su carácter sombrío y melancólico, incluso sonrió cuando finalmente diviso la playa al atardecer.

Se registró y subió al cuarto. Muchas cosas habían cambiado, pero en esencia la habitación seguía siendo la misma. Abrió una botella y se sirvió un whiskey en las rocas. Recordó a Sara al ver el jacuzzi, y una sonrisa triste se dibujó en su rostro. Recordó su cuerpo desnudo, blanco como la leche, su cabello rojo y sus ojos verdes. Se estremeció, excitado. Pero luego la recordó en sus últimos días, postrada en la cama del hospital, y el corazón se le encogió. Decidió salir cuanto antes de aquella habitación tan llena de dolorosos recuerdos. El estomago le dolia. Vomito de nuevo, mas bilis que sangre, y se trago tres Omeprazol. Despues se puso un pantalón y una camisa de manga corta, ambos blancos, y se calzo unas sandalias. Dio un largo trago a la botella y se marchó.

Decidió caminar por la costera Miguel Alemán. Tenía la cabeza llena de planes e ideas para esos últimos días. Sumido en oscuras reflexiones, se detuvo a contemplar el monumento a La Diana, cuando lo abordo una bella pelirroja con cara de niña, pero un impresionante cuerpo de mujer. Tenía ojos café, pero fuera de eso, el parecido con Sara era asombroso. La chica le pregunto:

- ¿Buscas compañía? -
- ¿Cuántos años tienes? -
- Veinte ¿Quieres ver mi credencial de elector? -
- No hace falta. ¿Cuánto cobras? -
- Por penetrar normal, dos mil, pero si quieres a... -
- ¡Hey, hey, hey! No hacen falta detalles. ¿Cuánto cobras por noche? -
- Cinco mil -
- ¿Qué te parece si por esa misma cantidad te invito a cenar? Solo quiero algo de compañía, alguien con quien platicar. -

La pelirroja dudo.

- ¿Solo cenar? -
- Si, solo eso. -
- Ok. Por cierto, soy Aline. ¿Sabes? Eres un tipo raro.-

Fernando soltó una carcajada.

Tomaron un taxi que los llevo a la Barra vieja, donde entraron a cenar al Beto Godoy. Ya en la mesa, frente a la carta, Aline pidió un pescado a la talla y una Coca. Fernando hizo lo mismo, pero pidió una paloma. Aline se mostraba evasiva a las preguntas que el formulo para saber más de ella, y él tampoco estaba dispuesto a platicar cosas personales, así que cambio la conversación, y comenzó a hablarle de como el cabello rojo simbolizaba el poder y fuego femenino en la antigüedad, y de cómo eso fue un pretexto para que la mal llamada "santa" Inquisición acusara a muchas mujeres pelirrojas de brujería.

- Por supuesto, muchas eran mujeres de conocimiento y sabiduría opuesta al cristianismo, pero eso no las hacia adoradoras de Belcebú. - Aline escuchaba fascinada.

Platicaron durante toda la cena, principalmente sobre paganismo. Fernando hablaba sobre el poder que la mujer siempre ha tenido desde la antigüedad, y sobre como el hombre ha querido pisotear ese poder, pues se siente inseguro ante el género femenino. Finalmente, pidieron la cuenta y salieron.

- Fue un placer conocerte, Aline. - Y le tendió la mano.
- ¿A dónde iras ahora? -
- No tengo idea. Supongo que caminare un rato. -
- Pagaste por toda la noche. ¿Algo más que quieras hacer? -

Fernando dudo, pero luego dijo:

- ¿En verdad tienes veinte? –
- Sí. –
- ¿Traes tu credencial de elector? –
Aline la saco de su bolso, y se la mostro.
- ¿Satisfecho? -
- Si. ¿Sabes bailar? Hace tiempo que no bailo. -

Llegaron al Ibiza lounge. Por ir vestido de blanco, le obsequiaron una copa de champagne a la entrada. Le agrado saber que por el precio del cover había barra libre toda la noche. La música fue, para su disgusto, solo electrónica, pues el queria bailar en pareja, pero recordó sus días en la prepa, cuando estaban de moda los "raves", y pronto se adaptó. Aline era sumamente sensual y alegre. Hacía mucho que no se divertía como aquella noche, no desde... detuvo esos pensamientos, y le dio un trago largo a su whiskey. Continuaron bailando hasta muy entrada la madrugada.

Entraron, aun enfiestados y con botella en mano, a la habitación del Hyatt. Aline lo beso, y ese beso envinado fue lo mejor que había experimentado en muchos años. Aline comenzó a quitarse la ropa, y el hizo lo mismo. Hacía mucho que no se sentía tan excitado. Ya desnudos, en la cama, tristes pensamientos hicieron presa de él.

- No puedo. -
- ¿Qué te pasa? -
- En esta misma habitación fue mi luna de miel. -
- Ya. ¿Dónde está tu esposa ahora? - Pregunto Aline, y lo abrazo tiernamente.
- Falleció hace cuatro años. -
- Lo siento. -

Permanecieron abrazados en silencio, hasta que se quedaron dormidos. Al medio día, Fernando despertó y se sintió bien al tener a Aline a su lado. La contemplo, desnuda y hermosa. Comenzó a besar tierna y apasionadamente sus pechos, después su cuello, luego sus labios. Aline despertó y le contesto intensamente los besos, luego hicieron el amor. Permanecieron todo el día en el hotel, cogiendo y tomando como locos. Desayunaron tarde en el cuarto y juguetearon en el jacuzzi. Aline le dijo:

- Podría enamorarme de ti. -

Fernando sonrió con tristeza, y volvió a besarla. Al anochecer, después de comer y hacerlo una vez más, Aline le dijo, no sin antes dudarlo:

- Tengo que ir a trabajar. -
- Esta bien. ¿Cuánto te debo? -
- Ya pagaste ¿Recuerdas? El resto del tiempo que estuvimos juntos fue por que quise estar contigo. -

Fernando sonrió y la beso nuevamente. Mientras ella se bañaba, el metió un fajo de billetes, más del triple de su tarifa por noche, en su bolsa, y le dejo una nota. Aline salió de bañar.

- ¿Volveré a verte? - Pregunto Aline.
- Tengo algunas cosas que hacer hoy, pero ¿Te parece si te invito a comer mañana? -
- Claro. - Y le anoto su número en la palma de la mano.

Se despidieron con un largo y apasionado beso, después, Aline se fue.

Fernando se sirvió un whiskey, se bañó y se vistió de blanco nuevamente. Conecto su lap al equipo de sonido del cuarto, y puso el reproductor en "shuffle". La primer canción que se escucho fue "Again", de Lenny Kravitz. Esa fue la canción que bailo con Sara en su boda. Ella había sido todo para él. La mujer perfecta. Su vida antes de ella había sido gris, pero ella le trajo luz. Ahora, en lo único que pensaba día y noche es en estar de nuevo a su lado. Se sirvió un whiskey en las rocas.

Comenzó "El jinete", la versión de Enrique Bunbury. "Muy apropiado" pensó, y se empino la última botella. Del frigobar saco una botellita de whiskey y lleno un último vaso. Lo sirvió en las rocas con agua mineral y varios gramos de pentobarbital que había comprado en Tepito. Salió al balcón y se sentó a contemplar el mar, la luna y las estrellas. Venus brillaba imponente en el firmamento. Su brillo lo hacía pensar en los ojos de Sara. También pensó en Peter Pan. Sara solía decirle que él era su "niño perdido". Una última lágrima escurrió por su mejilla. Tenía prisa por llegar, así que vacío de un solo trago la mezcla fatal.

- Segunda estrella a la derecha, y de frente hasta el amanecer... -

Pasaron algunos minutos. Dejo caer, ya sin fuerza, el vaso vacío. Seguramente Sara ya lo estaría esperando en Nunca jamás. "No volveras a ver la mirada triste del chico que observaba el infinito", penso, y lentamente se fue desvaneciendo. Antes de perderse para siempre, se permitió una última sonrisa.

2 comentarios:

  1. me encanto: "Vivía solamente para escribir, que era lo único que aliviaba su dolor y lo único que daba sentido a su vida".

    Verdaderamente impresionante la trama, la llevaste muy bien en todo momento, pase por un tobogán de emociones al leerlo, aunque desde el primer párrafo es predecible el final lo que le dio un toque diferente fue Aline.

    Felicidades Miklo me has sorprendido.

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  2. Hola! yo te puedo decir donde puedes conseguir nembutal (pentobarbital), de manera segura y fiable, donde yo lo compré, te muestro pruebas. Escríbeme a : san2ten@hotmail.com
    saludos

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