domingo, 3 de junio de 2012

El crimen de Leonardo Luna


Eran las 9 pm de un jueves por la noche. La calle estaba desierta, y no había nadie en la casa. Abrió la puerta sin forzarla, pues conocía perfectamente bien su maña. Entro en medio del silencio que imperaba. La oscuridad lo envolvía con un cálido manto que le era familiar. Después de todo, el había pasado los últimos diez años de su vida en esa casa. Se deslizo entre los muebles sin chocar. Conocía perfectamente bien el terreno. Quito los fusibles de la caja de luz, que se encontraba en la cocina, y tiro a la basura las velas. Se dirigió a la recamara. Abrió la puerta, y de inmediato se sintió embriagado por el perfume de Janet, su ex esposa. Sintió alivio al poner de nuevo un pie en esa habitación, pero de inmediato lo atormentaron los recuerdos. Tantas noches de intimidad, tantas sonrisas, tantos buenos recuerdos para que, súbitamente, Janet le dijera "Lo siento, ya no te amo". Ese dia, para variar, acepto su derrota y se fue, como el buen perdedor que era. Pero la amaba. Siempre iba a hacerlo, y le calaba pensar que alguien más pudiera amarla en cuerpo y alma, como él lo había hecho. Ya no podía más. Si no era para él, no sería de nadie.

Espero sentado en el reposet, en medio del más profundo silencio. Su alma era más negra que la noche. Espero hora y media, aproximadamente, cuando escucho abrirse la puerta. Luego, el "click" del interruptor de luz, seguido de un "carajo". Había llegado Janet.

Escucho sus tacones. Imagino sus amplias caderas contoneándose sensualmente al caminar. Recordó como esas mismas caderas se habían mecido rítmicamente muchas veces sobre él, mientras la penetraba, pasando de un movimiento suave y profundo a uno salvaje y desenfrenado. Haberla amado fue el cielo, cuando se fue, conoció el infierno. Antes de estrangularla, estaba decidido a poseerla una última vez.

Mientras la escuchaba moverse por la casa, buscando las velas, se quito la ropa hasta quedar completamente desnudo. Acaricio su miembro y pensó, involuntariamente, en una espada. Janet entro a la recamara y cerró la puerta. Desde el rincón mas oscuro del cuarto, y con la luz que entraba por la venta a su favor, observo a Janet desnudarse, hasta que quedo solamente con una diminuta tanga. Su cuerpo era tal y como lo recordaba, con sus nalgas redondas, generosas, y suaves; con sus pechos bellos y firmes. Cada lunar, e incluso las marcas que de niña le habían quedado por la varicela, seguían en el mismo lugar donde él las había dejado la última vez que la recorrió con los labios.

Se acerco a ella mientras estaba distraída buscando su pijama en el closet. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo. La respiro una última vez. Tenía los labios y la garganta reseca. Paso saliva para que no le fallara la voz. Había escogido cuidadosamente sus últimas palabras de amor...

- ¡Leonardo! - El grito de su jefe lo saco de su ensoñación, y lo regreso de golpe a la realidad.

- Deja de tragar camote, cabron, y entrégame los reportes que te pedí. -

Acto seguido, se dio la vuelta y regreso a su oficina. Ni siquiera vio la mirada de frio odio que Leonardo le dirigió. Quizá el imbecil de su jefe había hecho bien en sacarlo de sus fantasías enfermizas. Desde que Janet lo había dejado, su cabeza no estaba bien. Algo negro había incubado en su alma, y lo sentía palpitar y crecer. Pero amaba a Janet, y era incapaz de lastimarla a ella o a cualquier otra mujer. Leonardo podía ser un perdedor y un loco, pero tenía principios y era un caballero.

Saliendo del trabajo se fue un rato al parque que estaba a la vuelta de su casa, para pensar y fumarse un par de cigarros. Todo le recordaba a ella: Aquel firmamento que tantas veces habían visto juntos; aquellas calles que habían recorrido tomados de la mano, y la noche, que hicieron suya a base de gemidos y caricias.

Un gato negro se acerco a él. Le gustaban los gatos. Los perros eran estúpidos y rastreros. Una pequeña muestra de cariño y te daban su amor eterno e incondicional. Igual que el. En cambio, los gatos eran inteligentes y bellos. No tenían dueño, e iban y venían cuando se les daba la gana. Al igual que cada mujer que había amado.

Una furia ciega se apodero de él. Tomo al gato del cuello y lo azoto violentamente contra un árbol. Después comenzó a estrangularlo con ambas manos. El gato se retorcía, bufaba y tiraba zarpazos, pero no conseguía liberarse. Enterró las uñas repetidas veces en las manos de Leonardo, provocando profundos y sangrientos cortes. Este, en vez de aflojar, apretó más fuerte. Finalmente, la batalla termino con un chasquido que anunciaba el cuello roto del felino.

Leonardo contemplo la escena: Sus manos ensangrentadas, y el cuerpo negro e inerte que sujetaban. Soltó el cadáver, horrorizado, y corrió a su casa. Llego directo a vomitar al baño. Lloro como niña.

- Maldito psicopa... - No pudo terminar la frase. Algo en su interior lo callo violentamente.

Un escalofrió sacudió todo su cuerpo. Grito con furia, dirigiendo la cabeza, desafiante, hacia el techo. Permaneció con los ojos y los puños apretados un momento. Después, su cuerpo se soltó, y su pulso comenzó a normalizarse. Bajo la cabeza, suspiro, y abrió los ojos. Algo se había endurecido en su mirada. Sus manos palpitaban de dolor, pero no importaba. Después de todo, el dolor es solo la debilidad abandonando el cuerpo. Se levanto y se dirigió al estéreo. Coloco un disco de nocturnos de Chopin, y le dio play al nocturno #20 en C menor. Siempre le había gustado esa pieza, lo llenaba y envolvía en una negra melancolía. Comenzo a tararear la melodia y a mecerse suavemente. En la oscuridad de su sala, bailo a solas un vals con la muerte. Abrió los ojos al terminar la canción, y sonrió maliciosamente. Había aprendido muchas cosas de si mismo esa noche. La más importante era que, finalmente, Leonardo Luna había muerto.

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