domingo, 1 de abril de 2012

De las cenizas


Esa mañana, con fusca en mano, Fernando había decidido quitarse la vida. No, aun no tenia fecha fija, solo pensaba que tenía que ser antes de su siguiente cumpleaños, pues no tenia motivo para festejar. Había considerado varias opciones, finalmente, se decidió por darse un tiro, pues con pastillas cabía la posibilidad de quedar vivo, y ahorcarse le parecía desagradable (alguna vez había leído que les quedaba la lengua de fuera y se les vaciaban los esfínteres, es decir, se cagaban). Cortarse las venas, imposible: Nunca había sido capaz de hacerse daño a sí mismo.

Había vivido muchas cosas, tanto buenas como malas, pero simplemente estaba hasta la madre de todo y de todos, principalmente de sí mismo. Y no es que su vida fuera particularmente mala o trágica, mas bien, tenía una historia algo común en el México de hoy en día: Hijo de padres alcohólicos, encontró a temprana edad un escape a la pobreza, violencia y desolación que reinaba en su casa y su colonia mediante dos formas: Leyendo y robando. Cuando no estaba con los cuates, asaltando Oxxos, peatones y camiones, era seguro que podías encontrarlo aplastado en Coyoacan, leyendo. Si, era el típico chilango gandalla y rata, pero con la escuela trunca hasta la preparatoria, y sin trabajo, ambas actividades se habían vuelto indispensables para sobrellevar sus penas.

Ese día en particular, Fernando se despertó pidiendo una señal a la vida. Si, era algo cursi, digno de la rosa de Guadalupe, pero se sentía desesperado. Ya no encontraba opciones para salir de ese lamentable estado emocional en que se encontraba. Tenía las mismas ganas de vivir que de morir. Dentro de toda aquella telenovela que había creado en su cabeza, tenía pensado volarse los sesos en un hotel (eso sí, sin cartita mamona). Si se pegaba un tiro, pensaba, a nadie le importaría. Bueno, a nadie más que al pobre cabron que tuviera que limpiar sus sesos de donde quedaran embarrados.

En busca de aquella señal, y con la esperanza de aclarar su mente, decidió dejar su residencia en Santo Domingo, es decir, la Santocho, e ir a chingarse un par de libros al Sangrons de San Jerónimo, donde ya eran clientes. Guardo la 45 bajo la cama, se puso su ropa más decente, y se dirigió por su botín. Ya en el famoso lugar de los tres búhos, mientras buscaba algo de su agrado, una pareja, que se veía de varo, discutía acaloradamente (y también estúpidamente, ya que trataban de hablar en voz baja, como si nadie se hubiera dado cuenta de su numerito). Decidió ignorarlos y eligió "Tokio blues", de Murakami, y un grueso libro que incluía la poesía completa de Borges. Después de asegurarse que nadie lo veía, escogió un punto ciego para la cámara en el techo, justo detrás de un estante, y se guardo los libros bajo el brazo izquierdo, ocultándolos con la chamarra. Acto seguido, trazo un discreto "pitito" a la cámara (emeeleeme). Camino hacia la salida. La pareja estaba por la puerta, prácticamente gritando. Súbitamente, el tipo abofeteo a la chica y la saco de los cabellos, como buen cavernícola.

A pesar de todas las cosas malas que había hecho, Fernando nunca hubiera podido golpear a una mujer. No después de ver como su padre había hecho lo mismo con su mama durante 20 años. Alcanzo a la pareja y trato de hacer entender al cavernícola, pero este no la soltaba, al contrario, la jaloneaba con fuerza. La chica lloraba, y eso lo hizo encabronar. Sin más remedio, le dio un derechazo fuerte, justo en el hocico, al cavernario. El tipo soltó a la chica. Aturdido, se limpio la sangre con la mano. Dudo un momento y, acto seguido, el cavernícola se aventó a los putazos contra él. Los de seguridad del establecimiento salieron a ver qué sucedía. Fernando golpeaba y mantenía a raya al tipo con una sola mano (lo cual se veía muy gay), pues con la otra trataba de ocultar y sostener los libros. El tipo lo aventó contra la pared, y soltó los libros, los cuales cayeron justo a los pies del personal de seguridad de la tienda.

Por un momento, todos se quedaron inmóviles, asimilando la situación: Los chismosos que se había juntado para ver el pleito, la pareja madreador/madreada, los orangutanes de seguridad, y Fernando. Uno de los orangutanes le dijo:

- Va a tener que acompañarnos para pagar esos libros.-

Sin pensarlo, se echo a correr a todo lo que daban sus piernas, quizá un poco más. Cruzo, casi sin fijarse, avenida San Jerónimo, sorteando los coches que circulaban a toda velocidad en uno y otro sentido. Eso, y el hecho de que corría bastante rápido, le dio mucha ventaja sobre los orangutanes. Volteo a ver qué tan cerca estaban, y vio que les llevaba una considerable distancia. Corrió entre las calles, hasta que llego al Periférico. Se asomo a ver si pasaba un taxi. Nada. Se agacho un poco, apoyando sus manos sobre las rodillas, mientras recuperaba algo de aire. Putos cigarros. A pesar de eso, lo había conseguido. Estaba riéndose mentalmente, es decir, tragando camote, por lo que apenas pudo escuchar, y ver de reojo, la moto que lo atropello por la izquierda. Después supo que un amable espectador de todo el show afuera del Sangrons se había ofrecido a llevar a uno de los orangutanes para alcanzarlo y cortarle el paso. Cuando lo alcanzaron, los cabrones decidieron arrollarlo.

Fue tal el putazo, que voló un par de metros por los aires, solo para impactarse contra el parabrisas de un coche que venía por la misma calle de la que él había salido. Si, probablemente era el único imbécil en la historia a quien habían atropellado dos veces. Rodo por el cofre y cayó al suelo. De inmediato trataron de levantarlo, pero era inútil, el cuerpo no le respondía. Mentalmente, trato de hacer una especie de inventario para ver si no se había partido algo (además de la madre). Fue en vano. Escuchaba gritos, y sabía que iban dirigidos a él, pero los escuchaba como en un eco lejano. Estaba en shock.

Llegaron los puercops. Entre poemas, halagos, y finas frases filosóficas, lo esposaron con las manos a la espalda, y lo subieron a una unidad. Una señora trataba, inútilmente, de defenderlo, alegando que lo acababan de atropellar. Todo mundo tomaba fotos, seguramente para subirlas a Facebook y Twitter. Irónico: Lo habían agarrado por el menor de sus delitos. El coche y el motociclista se dieron a la fuga (putos todos). Después, todo fue una confusa sucesión de eventos: Lo llevaron al ministerio publico; le tomaron fotos de frente y ambos perfiles, eso sí, evitando que salieran los madrazos (hasta photoshop han de haber usado los culeros); extrajeron de su credencial de elector sus datos, le hicieron quitarse la playera y fotografiaron sus tatuajes (dos, uno de un dragón y otro de la virgen); lo llevaron con el médico legista, el cual determino que no tenia lesiones serias, solo raspones, cortaduras y hematomas. Finalmente, aun esposado, lo hicieron pararse frente a las galeras, dándole la espalda a policías, testigos y funcionarios. Le recordó a la forma en que su padre lo castigaba de niño, con las manos arriba y viendo hacia la pared, después de haberle dado de cinturonazos ("pa que se hiciera más macho", decía el pendejo).

Lo mando llamar el MP. Le pidió un número de casa para hablarle a un familiar. Ellos no tenían teléfono, y así se lo hizo saber. El MP le dijo que tenían tres días para encontrar a sus familiares y resolver su situación, o seria consignado al reclusorio. Fernando sabía perfectamente lo que su padre iba a decir cuando supiera: "Además de ratero, pendejo y bueno para nada. Llévenselo, a ver si en la peni lo enseñan a ser hombrecito, o acaba volviéndose puñal de una buena vez."

El MP quedo en mandar buscar y localizar a sus padres, y lo regresaron al rincón. Después de un rato, le quitaron las esposas y lo pasaron a una oficina, donde lo esperaban cuatro judas que parecían jugadores retirados de futbol americano. Hicieron inventario de sus valiosas posesiones, que eran una cartera con un billete de 20 pesos, su credencial de elector, y algunas tarjetitas promocionales de table dance, además de cinco varos de chicles (pa matar el hambre), quince pesos en monedas, y su celular. Mientras firmaba, cerraron la puerta. Amablemente (y esto es en serio), uno de los judas le dijo:

- Mira, güero, nuestro trabajo aquí es hacer las averiguaciones, checar si no tienes antecedentes, si no se te menciona en alguna otra averiguación, ir al lugar de los hechos y hablar con testigos, además de checar el video de seguridad, etc. Con el MP te puedes arreglar con diez mil varos, así no pagas la fianza de veinte. Nosotros no te estamos vendiendo tu libertad, pero de nosotros depende si te chingas o tienes chance de salir bajo fianza. ¿Cuanto vale para ti nuestra ayuda? -

"¡Veeeeeeerrrrrga!", pensó Fernando, pues no tenía ni para caerse muerto. Ni soñando podría pagar la mordida para el MP y para los judas, menos una fianza de veinte mil. Además, no estaba seguro de si tenía antecedentes después de aquel asunto a los diecisiete, cuando fue a parar al tutelar por madrearse en un centro comercial y atravesar, junto con el otro cabron, el aparador de una tienda de ropa. Aquella vez solo estuvo guardado un par de días, después lo dejaron ir, lo pusieron a jugar futbol los domingos, y tuvo que visitar a una tutora dos veces por semana. Eso no había sido nada, ahora si se lo estaba alzando la chingada. Viendo la cara de "me cago" que debió de poner, otro de los judas dijo, dizque para animarlo:

- Mira, nosotros tenemos que subir tus fotos a la red, y por tu tipo, rapado y con tatuajes, van a salir como quince denunciantes asegurando que tú fuiste el culero que los asalto. La gente no anda buscando quien se la hizo, sino quien se la paga. Si llegamos a un acuerdo contigo, te ahorramos todos esos pedos, te tenemos aquí viendo televisión en lo que se arregla el papeleo, y hasta te traemos tu cena. -

Fernando trago saliva y, después de darle muchas vueltas al asunto (con lo que se vio todavía más puto), les dijo que no tenía un pinche quinto, y su familia tampoco. Lo pasaron a las galeras.

En la galera estaba un chavillo con pinta de tragafuegos (negro cabronizado, flaco, apestoso a thinner, y con el tic de llevarse un chemo imaginario a la nariz), cuyo delito había sido arrebatarle el bolso a una señora y que, para su mala suerte (es decir, por pendejo, igual que él), había chocado de frente con dos policías. También había un borracho trajeado que había derribado con su troca un poste de luz (el típico "¡Déjame ir, jodetuinchemadre! ¿No sabes quién soy? ¡Háblale a tu comandante!"). Completando la tercia de ases, había un cholo en la galera. Este último le pregunto:

- ¿Por qué te trajeron? -

-Por robarme dos libros. - Contesto ruborizado, como puta de La Merced.

El cholo se rio.

- ¡No mames! A mí me trajeron por asaltar y golpear a un cabron...-

Bastante adolorido y aun en shock, dejo de ponerle atención al cholo, pues no estaba de humor para sus mamadas. De repente, el cholo le dio un zape y le dijo:

- ¡Te estoy hablando, pendejo! -

Fernando se levanto rápidamente, sin perder la compostura, y sutilmente le dijo:

- ¡Bájale de huevos, puto! -

El cholo lo agarro de la playera y lo azoto de espaldas contra la pared. Fernando le dio un cabezazo que de inmediato le floreo el hocico. Rápidamente, el borracho y el tragafuego se interpusieron entre ambos. Los judas abrieron la puerta de la galera.

- ¿Que está pasando aquí? -

- Nada, solo queríamos ver si nos estaban poniendo atención. - Pensó, pero no lo dijo.

Fue el borracho el que rajo.

- A ver, pinche güero, te me vas a estar quieto o te mando a la verga. - Le dijo un judas, en perfecto español catalán.

No hubo tiempo de demostrarles que podía estarse quieto y que, por obra del espíritu santo (si, el que embaraza), se había rehabilitado milagrosamente, pues de inmediato lo mandaron a la verga (es decir, a una galera mas apestosa a orines y vómito que la otra, pero eso sí, para él solito).

Pasaron horas. Sentado ahí, solo, madreado y hambriento, tuvo tiempo de sobra para pensar. Toda su vida había sido un puto agujero. Siempre se había sentido arrastrado por las madrizas en su casa, la hierba, las chelas y los atracos con los cuates. Estaba emputado con el mundo, por negarle cosas que él consideraba básicas para triunfar en la vida, como lo eran el trabajo, la escuela y el amor. Pero esta vez todo era distinto, pues había acabado ahí por malas decisiones que el solo había tomado. No se arrepentía por haber ayudado a esa chica. Quizá era lo único bueno que había hecho en su miserable vida. Le dolía saber que estaba ahí, a punto de ser llevado al reclusorio, por haber elegido vivir como rata.

Como pudo, se acomodo para dormir. Hacia frio, apestaba, y era completamente incomodo estar en la galera. Entre sueños, pensó "¿Es esta la vida que me toca vivir, sin esperanza y hacia abajo?" Fernando era bastante cínico, y en otro momento le hubiera valido madres y se  hubiera chingado con los seis meses que pasaría guardado en el bote por un delito menor (aunque sabía que allá dentro no estaría de vacaciones). Pero este día era distinto, pues había pedido una señal, y esta había llegado en confusa y desalentadora forma. Seguía cayendo. Entonces, las lágrimas rodaron por su mejilla. Quería vivir, quería ser libre, y quería llevar una vida distinta a la que hasta ahora había llevado, solo que ya era demasiado tarde para cambiar. En eso, abrieron la galera.

- Levántate, güero, ya puedes irte. -

Confundido, por no decir apendejado, salió de la galera. El MP lo llamo.

- Tienes suerte, pagaron tu fianza. Pero debes de pensar en que la vida que estas llevando no es la correcta. Hoy volviste a nacer, chavo. Te atropellaron, estabas con un pie en el penal, y aun así la libraste. Me dijeron que corres como la chingada, pero eso no importa, pues no puedes huir de ti y de las consecuencias de tus actos. Cometiste un delito menor, pero si vuelves a caer con nosotros, ya no podrás volver a alcanzar fianza. Anota este número de acta, no te voy a dar copia del documento, pero aquí dice que el apoderado legal que enviamos a representarte consiguió un perdón de parte de la tienda, pero no puedes volver a poner un pie ahí. Eres libre, de ti depende lo que pase de aquí en adelante. -

Fernando tenía ganas de chillar como Magdalena, pero se aguanto y ni siquiera hizo pucheros, pues era bien machín. No hizo preguntas, así de pendejo era. Anoto el número de acta en un papel, le dio la mano al MP, y salió con la cola entre las patas.

Mientras bajaba las escaleras, pensó y agradeció el discurso evangelizador que acababa de recibir. "Ese compa debió de ser político, me cae". Hacia frio, pero el aire fresco (con su buena dosis de smog), le hizo bien. Eran las tres de la mañana. No tenía idea de quién y por que habían pagado su fianza, pero ese sería un misterio para otro día. Se cagaba de hambre, y le esperaba una buena caminata antes de llegar a su tan anhelada cama (¿No que muy machín?). No sabía qué hacer, ni por dónde empezar, pero estaba decidido a cambiar. Nunca más volvería a robar, y haría hasta lo imposible por regresar a la escuela. Mañana mismo iría a pedir chamba a un call center donde trabajaba un amigo. Sabía que lo iban a explotar los culeros, pero al menos ganaría dinero de forma honrada. Apenas puso un pie fuera de la delegación, una linda pelirroja, que estaba recargada en un Beetle justo enfrente del edificio, le dijo:

- Hola.-

Era hermosa, y tenía una blanca y angelical sonrisa. Un moretón resaltaba en su pómulo derecho. De inmediato la reconoció como la chica a la que había defendido en la tarde. Contra su pecho abrazaba los libros de Murakami y Borges.

- ¿Tienes hambre? Te invito a cenar, y platicamos.-

Aquello era un buen comienzo.

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