domingo, 14 de octubre de 2012

Luces en el cielo



Las turbinas del avión se encendieron, y las pelotas se le subieron a la garganta. El sudor en sus manos aumentaba conforme iban acelerando; finalmente, despegaron. Siempre le habían dado miedo las alturas, aun así decidió mirar por la ventana, y confrontar el vértigo. Poco a poco la Ciudad de México fue quedando atrás, hasta que llego a parecer solamente un punto ubicado en Google maps. A lo lejos veía solo nubes, y más allá se levantaban, imponentes, el Popo y el Izta.

Una corriente de aire sacudió el avión. Genaro sintió como el color lo abandonaba de nuevo. Pidió un whiskey a la azafata, el quinto del día. No le gustaban los aviones, pero prefería eso a manejar casi doce horas hasta Cancún. Para su desgracia, Genaro, además de fatalista, tenía demasiada imaginación. Irónicamente, eran precisamente esas dos cualidades las que lo habían hecho un escritor de renombre.

En la hora y media que duro el vuelo, Genaro imagino cientos de posibles muertes; eso sí, un poco carentes de imaginación, ya que todas eran versiones mediocres de la escena de "El club de la pelea" en que se deshace un avión, el capitulo de "Lost" en que los protagonistas naufragan, y el episodio de "Dimensión desconocida" en que un gremlin trata de destruir la turbina de un avión. Y es que para él, que no sabía absolutamente nada de aeronáutica, aerodinámica, ni nada por el estilo, le parecía casi un milagro la forma en que un avión se mantenía en el aire, pero pensaba que el mismo principio que lo hacía elevarse y mantenerse arriba, podía precipitarlos súbitamente a una vertiginosa e inevitable muerte. Finalmente, llegaron al aeropuerto, donde Genaro apenas pudo contener sus ganas de besar, al más puro estilo Juan Pablo II, el piso.

Apenas puso un pie en el aeropuerto, una atractiva morena de ojos verdes se le acerco para ofrecerle un paquete para visitar Xcaret y Chichen Itza. Mientras la voluptuosa edecán hablaba, Genaro se imaginaba nadando en sus ojos, sumergiéndose entre sus muslos, recorriendo sus frondosos pechos. El iba solamente para descansar y escribir, y le valía madres volver a visitar dichos lugares, pero a todo dijo que si, con tal de conseguir el numero de aquella chica. Finalmente, hábil lobo de mar, consiguió su propósito. Incluso Mariana (así se llamaba), le llamo en ese instante a su cel para dejar registrado su número. Quedo de pasar al día siguiente a las nueve a su hotel para darle el tour en persona, y se despidieron. "Cuarenta y veinte", pensó Genaro. Ya era, oficialmente, un viejo rabo verde.

Llego al hotel, se registró y subió a su cuarto. Tenía una hermosa vista al mar y a la bahía, tal y como lo había solicitado. Saco de su maleta una botella, salió por hielos a la maquina, y se sirvió un whiskey en las rocas. Coloco su Ipod en el reproductor del cuarto y puso a Led Zeppelin a todo volumen. Se sentó en el balcón a ver el mar. No tenía ni puta idea de que era lo que quería escribir, pero ya llegaría algo. Se sirvió un par de vasos mas antes de quedar profundamente dormido.

Despertó cuando su estomago gruñía de hambre. Salió del hotel y se dirigió a Hooters. Pidió una hamburguesa, una Negra Modelo, y unas alitas. La mesera era amable y bastante bien formada. Genaro pensó en que le gustaría un buen revolcón con ella. Termino de comer, pidió la cuenta y dejo una generosa propina.

Regreso al hotel a bañarse. Hablo al servicio a cuarto para que le trajeran más hielos. En realidad eso era solo un pretexto. Tocaron a la puerta. El botones le entrego la cubetita de los hielos. Genaro aprovecho para preguntarle por un servicio de escort. El botones le dio la dirección de una página de internet. Genaro le dio una buena propina, cerró la puerta y saco su lap top. En la página había una especie de menú. Encontró a una cubana delgada, pero de muy buenas proporciones, llamada Valeria (supuestamente). A pesar de que sus suculentas medidas eran un buen incentivo para elegirla, lo que le había llamándola atención era su rostro angelical y sus ojos almendrados. Finalmente, lo que lo hizo decidirse por ella, es que leyó que practicaba el Candomble. Hizo una llamada y un depósito en línea. Por $800 dólares se acordó que Valeria estaría con el de 7:00 pm a 10:00 am. Le parecía excelente poder compartir una buena noche con una mujer así, ahorrándose el proceso de ligue y probablemente el de divorcio.

Cuando Valeria llego, se saludaron como dos viejos conocidos. Era mucho más hermosa en persona, pero Genaro no se dejo intimidar por su mirada transparente y su cuerpo de ensueño. Le ofreció un whiskey, y ella acepto. Bromearon un poco mientras se presentaban. Genaro le pregunto si ya había cenado, y la invito al restaurant del hotel. Ella pidió una ensalada Cesar, el un rib eye termino medio. Durante la cena, Genaro le pregunto algunas cosas sobre el Yoruba y los Orishas, pues pensaba escribir algo al respecto. Valeria, amablemente, contesto todas sus preguntas, e incluso le dio muchísima información extra. A pesar de que le ponía atención, la miraba embelesado. Amaba su acento, y su figura que quitaba la respiración.

Después de cenar, se dirigieron al Coco Bongo, donde ella lucio su figura con una espectacular gracia para bailar. El, aunque no era un bailarín espectacular (más bien, apenas promedio), hizo lo necesario para seguirle el paso. Valeria conocía a varios de los meseros del lugar, y consiguió que les regalaran una botella en la compra de otra. Ambos salieron hasta la madre de ahí.

Camino al hotel, Valeria saco algo de perico. Ambos esnifaron un par de líneas, y quedaron como nuevos. Llegaron a coger desenfrenadamente. Después de dos revolcones, Valeria quedo profundamente dormida. Genaro aun estaba bastante caliente, pero ya habría tiempo para coger en la mañana. Tomo lo que quedaba de la botella de whiskey, y salió al balcón sin hacer ruido, para dejarla dormir.

El mar estaba bravo, y rugía amenazadoramente. La oscuridad de la noche cubría todo con su manto. El vacio, y la imponente grandeza del mar, lo hicieron sentir frágil e insignificante. Pensó en los barcos que se perdían en medio del océano, en los cientos de naufragios, en los bestiales tsunami que arrasaban con todo a su paso. Imagino como una inmensa ola, que crecía desde las entrañas del mar, golpeaba la costa y destruia todo. Luego imagino que no era una ola, sino una creatura lovecraftiana la que salía de las profundidades del mar. Algo abominablemente indescriptible que exhalaba odio hacia la humanidad. Trago saliva, se sentó y se sirvió otro whiskey.

Si, era bastante cobarde, pero se sentía orgulloso de saber que siempre, de una u otra forma, confrontaba sus miedos irracionales. Así había sido desde niño. Recordó como aprendió a andar en bicicleta: Como le tenía pánico a caer y lastimarse, un día decidió subir a una pequeña pendiente, se trepo a la bici y se aventó a rodar. Al principio sintió como si el estomago se hubiera quedado atrás, pero luego ese miedo se fue disipando, hasta que pudo pensar con claridad.

Ese recuerdo le trajo paz. Decidió sentarse ahí, en calma, a disfrutar simplemente de la vista. Volteo a ver la bahía. A pesar de que ya eran las cuatro de la mañana, aun rebosaba de vida. Podía escuchar la música que provenía de todas partes de ese carnaval que era Cancún. Le llamo la atención unas luces en el cielo. Reflectores. Pensó en lo espectaculares que se veían a nivel del suelo, pero en lo estúpidos que eran desde su perspectiva, donde podía observar el cielo en total plenitud.

Súbitamente, dos luces se separaron del resto, y comenzaron a describir extraños giros. Genaro se quedo pensando en cómo podían manipular los reflectores en tierra para que la luz pudiera comportarse de esa forma. Por más que se quebró la cabeza, no encontró explicación. Las luces comenzaron a avanzar siguiendo la orilla de la playa, venían en dirección a su hotel. Las observo más de cerca: Parecían pequeñas tormentas, entre purpura y blanco, encerradas dentro de una nube. Incluso le pareció observar electricidad dentro de ellas. Se dio cuenta de que estaban pavorosamente cerca de él. Las luces en el cielo se apagaron repentinamente. Pasaron unos segundos, que a él le parecieron eternos, y el cielo se abrió. El ya se encontraba de pie. Una luz se abrió paso hasta llegar a él. Un extraño cosquilleo lo invadió cuando la luz lo toco.

- ¡Su puta madre! -

Valeria despertó cuando escucho a Genaro gritar desesperadamente. Cuando llego al balcón, aun pudo escuchar sus gritos alejándose en dirección al mar, pero no logro ver nada. Jamás volvieron a saber de él.

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